<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6661261827580639989</id><updated>2011-11-27T15:17:35.486-08:00</updated><category term='teoría y práctica de la literatura'/><title type='text'>Proyecto narrativo</title><subtitle type='html'>Este blog está destinado a publicar extractos y síntesis de mis novelas, así como los lazos comerciales en los que se pueden adquirir.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://proyectonarrativo.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6661261827580639989/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://proyectonarrativo.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>alemany</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17897985113245172928</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_fxoQjVAsWrs/SNUsTDBX_7I/AAAAAAAAAAU/lnTRDNsXQdY/S220/P1000233.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>17</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6661261827580639989.post-9117463203307253300</id><published>2011-03-01T04:09:00.000-08:00</published><updated>2011-03-01T04:11:32.642-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='teoría y práctica de la literatura'/><title type='text'>LOGORREA AUTOCONSCIENTE</title><content type='html'>« Rasga los polvorientos velos de tu memoria&lt;br /&gt;                                       y que discurra el sueño, y que sepamos todos&lt;br /&gt;                                       de dónde brota el agua que sacia nuestra sed.”&lt;br /&gt;                                                                                                                             Antonio Colinas, Invocación a Hölderlin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. La voz narrativa.&lt;br /&gt;La ocurrencia de que el propio autor de la ficción (porque, sea como fuere, se trata de ficción y no de otra cosa) se dirija al lector explicándole buenamente, o malamente, o sin explicárselo pero actuando en consecuencia, bueno, sí, yo, Fulano de tal, con DNI número tal, estuve allí y presencié los acontecimientos que voy a referir, resulta, ciertamente, poco frecuente, aunque no inédita, ni siquiera en la literatura contemporánea o, hilando más fino, en la postmoderna (en la que, por cierto, puede suceder todo y cualquier cosa). Un ejemplo nos lo aduce “Crónica de una muerte anunciada”, obra en la que el propio García Márquez aparece (como él mismo confiesa) en tanto que personaje testigo y testigo de los testigos, es decir, personaje que recoge los testimonios de otros personajes (y a veces el suyo propio) para así entregarlos al lector en una estructura en forma de noria en la que los principales personajes son los cangilones. Sin embargo, parece que García Márquez haya utilizado este recurso justamente para desprestigiar a este narrador testigo (al que bien se le puede aplicar el viejo adagio de “cuando veas las barbas de tu vecino afeitar, en este caso las vedijosas del narrador omnisciente, pon las tuyas a remojar”). Dejando aparte el hecho de que cuando se produjo el acontecimiento fundamental en la novela, el clímax dramático, me refiero por supuesto al asesinato de Santiago Nasar, nuestro ligero narrador testigo se hallaba durmiendo nada menos que en el “regazo apostólico de María Alejandrina Cervantes”, la dama de compañía del lugar, preciso es notar igualmente que éste tiene que recurrir al sumario, chapoteando en las aguas de la inundación para no conseguir rescatarlo del todo, y también, libreta en mano como ya se ha dicho, a los restantes testigos. Aún así, el autor insiste, a su manera, sobre el hecho de que 27 años después de que ocurrieran los hechos, y tal vez aunque sólo fueran 27 días, no hay manera de escribir una “crónica” absolutamente fidedigna de nada. La memoria de esos testigos falla, lo que les hace entrar en contradicción unos con otros. ¿Llovía o no llovía el día que mataron a Santiago Nasar? Los hay también que mienten, tal Victoria Guzmán, y sólo con el correr de los años se aclararán sus embustes. El secreto fundamental, el de quién fue el artífice “del perjuicio” de la protagonista, jamás lo conocerá ese narrador testigo, por muy autor que sea y, en consecuencia, mal podrá revelárselo al lector, quien necesita transformar el sistema en estructura y no se lo ponen nada fácil. “Ya no le des más vueltas, primo”, le dice al cabo Ángela y se llevará el secreto a la tumba. &lt;br /&gt;   ¿Redunda esto en desdoro de la novela? En absoluto. La ignorancia del mencionado secreto ni quita ni pone nada a la intensidad de la obra. La cual nos transmite otro tipo de verdades, de una magnitud mucho más elevada que ese simple secreto de alcoba, aunque costara la vida de un hombre o tuviera algún tipo de relación con su muerte, sobre la naturaleza humana o de una determinada tipología social. &lt;br /&gt;   Según ello, la exactitud y veracidad de los acontecimientos narrados no es un rasgo esencial en una buena novela. Elogio, pues, de discurso y menosprecio de fábula.  Tal vez sea eso lo que ha derribado de su pedestal al narrador omnisciente y no su parecido con Dios y que Dios se halle desprestigiado en nuestra descreída sociedad moderna. La realidad, ese vasto universo repleto de detalles sin clasificar, ese inmenso arcón al que jamás podremos encontrarle su fondo, se revela menos importante que la particular manera que tiene una conciencia de percibirla. Y ello es así porque dicho proceso se revela similar, si bien no idéntico, al que tiene lugar continuamente en la conciencia de cada lector; el cual busca, es cierto, en la literatura, entre otras cosas, una experiencia vicaria, pero no la realidad, que es inasible, y que es también inagotable por infinita, sino de un modelo de percepción de la realidad, con el cual completar y afinar el propio. &lt;br /&gt;   Ahora bien, este paradigma de narrador omnisciente no es el único que nos ofrece la narrativa tradicional. Esa voz reseca que crepita junto al lar donde arden los sarmientos del inmemorial folklore, los viejos cuentos de hadas y princesas, o esa otra del bardo épico que, de tanto recitar antiguos romances, los va modificando poco a poco, los va acendrando, son ambas voces anónimas que surgen de una sola boca, pero que expresan el sentir de toda una comunidad. Nos imaginamos a su propietario como un anciano enjuto, de barba y pelo canos, o como una sibila de pueblo, enlutada y enteca, con más años que la agricultura. Tanto el uno como la otra simbolizan la experiencia, la humana sabiduría, que es distinta a la omnisciencia, y acaso representen también a ese inconsciente colectivo del que habla Jung, asegurando que mora en el interior de cada uno de nosotros y que nos habla a través de sueños o de inspiraciones. Aunque si se prefiere otra suerte de autoridad, más consolidada por los siglos y los concilios, también se puede traer a colación al “maestro interior” de San Agustín, el Verbo, verdad increada que reside en el interior del hombre: “Nadie ve ser verdadero aquello que lee en el libro mismo o en el que escribe, sino más bien en sí mismo” (Epístola 19). Es una voz, en todo caso, que no solamente conoce la naturaleza humana como nadie, sino que además posee un vasto saber lingüístico y un inagotable repertorio léxico, actualmente en uso o no.&lt;br /&gt;   Estamos ya, pues, ante una conciencia que filtra la realidad, si bien se trata de una conciencia colectiva, una supra conciencia, situada por encima de los hechos que presenta; los cuales, únicamente de manera remota pueden afectarle. Su modo de operar es, por lo tanto, distinto al de una conciencia individual inmersa en los acontecimientos, que es lo que quiere ser la conciencia del lector. Éste desea sentir, aunque sea de manera vicaria, el escalofrío de verse en el ojo del ciclón. Le interesan menos los modelos a imitar, los paradigmas de conducta susceptibles de restablecer el equilibrio social en momentos de crisis. Sus intereses son cada vez menos gregarios, pues ha vislumbrado una poterna de acceso a un vasto mundo interior. &lt;br /&gt;   La voz narrativa, conforme han ido pasando los años, se ha ido metiendo en la conciencia de los personajes, o bien ha acabado cediéndoles meramente la tarea y la responsabilidad de narrar. &lt;br /&gt;   Claro que, una vez tomada la decisión de adoptar el punto de vista de un personaje, ello implica un compromiso estructural que no puede romperse de cualquier manera, a menos que se haga mediante la aplicación de un plan, verbigracia, atribuir un narrador distinto a cada uno de los grandes tramos de la novela, o bien poner a los personajes principales en rueda e ir cediéndoles la palabra a lo largo de todo un capítulo, o simplemente meternos en la piel de un narrador único que ejerce su función de cabo a rabo de la novela.  &lt;br /&gt;   Esto último tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Entre las primeras cabe destacar que no se rompe la ilusión de esa experiencia directa de la molienda de unos acontecimientos por parte de una conciencia única que es, durante el tiempo de la lectura, la del lector. Y si no lo es, bien lo parece. Todo lo que ocurre en la novela, le está aconteciendo a él, no a terceras personas interpuestas, como se percibe enseguida en la técnica de la rueda o noria. Cuando uno vive intensamente un suceso y se dice ¿quién me mandaría a mí meterme en este berenjenal?, no va saltando de conciencia en conciencia, contemplando una naranja desde todas las perspectivas posibles. Aunque a veces, en narraciones más reposadas, generalmente de una naturaleza más intelectual, lo dicho no impide que sea éste el procedimiento idóneo, aclare o enturbie más aún de lo que ya estaba el conocimiento que el lector vaya teniendo de los hechos, pero sí habrá penetrado en una buena media docena de caracteres, lo cual vale por decir otras tantas maneras de ver un objeto y, a través de él, el mundo. Entre los inconvenientes se halla la dificultad que experimenta un personaje, por muy protagonista que sea, para hallarse presente en todos los acontecimientos que mueven la trama, sobre todo aquellos que se urden a sus espaldas para perjudicarle, o en aquellos que avanzan por las ramas secundarias de la acción. Para sacar esto a la superficie de la narración habrá que recurrir a argucias, a la utilización, por ejemplo, de otros personajes que cuentan, que delatan o se delatan, que cambian de campo o de opinión. Queda también la posibilidad de encuadrar las intervenciones de dos narradores en el marco de la conversación.&lt;br /&gt;   De lo que no parece que haya duda es de esa tendencia asumida por la novela a ir hundiéndose cada vez más en las arenas movedizas de la conciencia del narrador, sea cual sea su naturaleza o su número y, dicho sea de paso, a invadir un terreno que había sido el coto privado de la poesía, así que no hay que extrañarse si utiliza también algunos de sus recursos. El texto narrativo se va ajustando a esa “corriente de conciencia” que fluye a través de la mente de quien nos cuenta la historia o de quien nos presta sus instrumentos de percepción y digestión de la misma, pero que no solamente arrastra los pormenores de la fábula, sino también algunos que están relacionados con sus intereses privados o sus preocupaciones del momento, lo cual crea un discurso más complejo, entreverado de hilos de diversos colores, tupido. El término, “stream of consciousness”, fue acuñado por William James, psicólogo y hermano del novelista Henry James, con objeto de definir el flujo continuo de pensamiento y sensación, recuerdo y fantasía que mueve sin parar la rueda de ese molino de palabras que somos todos. Durante las primeras décadas del siglo XX, escritores como James Joyce, Dorothy Richardson  y Virginia Woolf, dejaron el método completamente afianzado. &lt;br /&gt;   Dos técnicas permiten la representación de esta corriente de conciencia. La primera de ellas es el “monólogo interior”, el cual, al emplear la primera persona gramatical, cae enseguida en lo más profundo del pozo y permite verbalizar, en tiempo real, es decir, a medida que se producen, esas sensaciones y elucubraciones del sujeto que va construyendo su mundo a través de sus sentidos, su palabra y su pensamiento, es decir, va generando un texto, participio pasado de texere, tejer, más enmarañado y espeso que nunca. La segunda es el “estilo indirecto libre” que utiliza la tercera persona y cuyo discurso brota de una instancia situada, por decirlo de alguna forma, justo encima de la conciencia del personaje sobre el que queda focalizada, conservando un acceso pleno a todo cuanto ocurre en su interior pero sin acordarle la responsabilidad de acuñar la voz narrativa. Esta “instancia” toma el lenguaje, en bruto, con las características personales de esa particular conciencia, observada en pleno trabajo y lo refleja sobre una pantalla en la que aparece como texto literario. Tal reflejo se supone que es susceptible de adquirir una tonalidad ligeramente distinta a la que poseía el original. O dicho de otro modo, todo reflejo implica la existencia de un espejo, en este caso otra conciencia con vocación de reflejar las impresiones que recibe, de transmitir en toda su pureza, a veces no es así, lo que ve, si bien, al permitir que dicha corriente de conciencia incida en su superficie, no podrá evitar que ésta arranque átomos, partículas, limo, de su propio ser y los deposite en la conciencia del lector a través del texto. Que esta supuesta “instancia” de la que surge el logos de estas obras tenga o no existencia real, o verosímil, o simplemente posible, constituye un problema metafísico, cuya resolución no entra dentro de las competencias ni de los cometidos de la literatura, que es arte y, por lo tanto, artificio. A la literatura no le corresponde resolver problemas, ni metafísicos ni de cualquier otra índole, sino, acaso, plantearlos. &lt;br /&gt;   Dada la proximidad de su foco, ambas técnicas pueden combinarse. Es lo que hace Joyce en “Ulysses” para evitar la monotonía así como el riesgo de abrumar al lector con una avalancha de detalles triviales que surgen naturalmente de sus monólogos interiores, variando la estructura gramatical de su discurso, combinando el monólogo interior con el estilo indirecto libre y la descripción de la narrativa clásica. Como más tarde mezclará García Márquez, en el “Otoño del patriarca”, el estilo directo y el indirecto, sin prevenir en modo alguno al lector, porque es consciente de que se trata ya de un lector mayor de edad, que sabe dónde le aprieta el zapato. &lt;br /&gt;   “......y así sacaban las tres bolas mantenidas en hielo durante varios días con los tres números del billete que él se había reservado, pero nunca pensamos que los niños podían contarlo, mi general, se nos había ocurrido tan tarde que no tuvieron otro recurso que esconderlos de tres en tres......”&lt;br /&gt;   Dicha apertura no sólo responde a la oportunidad de prevenirse contra la monotonía de un discurso monolítico, sino sobre todo a una necesidad compulsiva de la novela. La cual, a diferencia de la épica tradicional, de la lírica e incluso de la prosa expositiva, que son monológicas, que imponen una única visión de su objeto, o del mundo, es dialógica o polifónica, según el término acuñado por el ruso Mikhail Bakhtin. La paradoja de la novela es que presenta un mundo repleto de voces distintas, pero una sola debe contarnos la historia. Con tal objeto, esa voz debe integrar las otras en el plano de su propio discurso sin destruirlo. La narrativa tradicional solventaba el problema alternando la voz del narrador con la de cada uno de los personajes. Quien dice voz, dice, evidentemente, estilo, una modalidad precisa de habla, por emplear el término de Saussure. La narrativa moderna, en cambio, suele recurrir a la técnica del estilo indirecto libre, la cual implica, como ya se ha visto, la existencia de esa “instancia” narrativa distinta del personaje, dotada de una cualidad mimética que, por cierto, puede ser explotada en beneficio de la ironía. El monólogo interior, por su parte, cuando alza la vista y ve otros personajes, tiene la posibilidad de transmitirnos, aunque sea indirectamente, y por lo tanto teniendo también a su disposición el impagable instrumento de la ironía, su sentir mediante el procedimiento de tornasolar fragmentos de su propio discurso con el color del estilo de dichos personajes. Es lo que Bakhtin denomina “discurso doblemente orientado” en el que el lenguaje describe una acción y al mismo tiempo imita un habla precisa, un estilo que define a un personaje distinto de la instancia narrativa, con lo que se abre la conquista de una visión diferente del mundo. En caso de que haya un desfase entre el estilo utilizado en ese momento de la narración y el tema tratado, puede muy bien crearse un efecto de parodia. &lt;br /&gt;   En suma, la vocación de una novela no es la de afianzar una posición ideológica o moral, sino más bien crear un espacio virtual en el que el mayor número de ellas entre en contradicción y en el cual nada ni nadie debe estar al abrigo de la crítica. La característica de ese universo será la multiplicidad de centros, cada uno de los cuales sujetará una circunferencia con propiedades diversas. Por lo tanto, no se halla conformada por un lenguaje único sino por una armonización de una multitud de ellos. Y es, dicho sea de paso, el género que más conviene a la expresión en el marco de un sistema democrático. &lt;br /&gt;   Según lo expuesto, asentar una voz narrativa equivale a colocar la piedra angular de un edificio complejo, macizo, pesado, de dimensiones considerables. Más aún, la forma particular de esa piedra angular determinará la estructura global del edificio entero, de la misma manera que el ADN de un ser vivo lo contiene en potencia y lo guía en su crecimiento. Para efectuar la decisión más acertada en este momento crucial de la construcción narrativa, el autor dispone de un catálogo de modelos para armar, que va desde lo más aproximado al narrador omnisciente, verbigracia un personaje, directa o indirectamente implicado en la acción, situado en el mismo plano que ella, pero que juega a ponerse en la piel de cada uno de los personajes, a fingir (verbo clave donde los haya, en la materia que nos ocupa) que conoce con toda exactitud sus reacciones íntimas y, puesto que cuenta una historia pasada cuyo desenlace conoce, puede legítimamente anticipar ese fin cuantas veces le venga en gana, hasta el mencionado monólogo interior que efectúa la autopsia a cuanto cadáver le cae entre las manos y se los lleva luego a enterrar en las catacumbas de su vasta conciencia, pasando por diversos grados de narradores testigo o actores más o menos implicados en la acción principal, más o menos al corriente de lo esencial, pero que sólo entregan lo que han percibido, ya sea a través de su propia voz en primera persona, ya sea a través de otra “entidad” en el estilo indirecto libre. El autor puede incluir, calculando siempre el equilibrio de fuerzas en presencia, uno o varios narradores, pero ellos no bastarán para formar ese grupo polifónico que debe ser la novela, por lo que tendrán que integrar, canalizar, otras muchas voces para que la novela dé realmente la impresión de ser un mundo, dentro o fuera del hombre.&lt;br /&gt;   Ahora bien, de ese relativamente amplio catálogo de modelos, ¿cuál elegir? Si bien no existen recetas y por otra parte preciso es reconocer que la habilidad del escritor puede permitirle remontar cualquier corriente adversa, cualquier dificultad intrínseca al paradigma escogido (lo que parece ser admitido por todos es que ya no se puede escribir como en el siglo XIX, aunque sí aprender de los mejores de entre sus representantes, Galdós sin ir más lejos, en contra de lo que alguien ha dejado dicho con mayor facilidad que reflexión), también es verdad que ciertos tipos de novela ganan naturalidad con un tipo preciso de narrador, utilizando una técnica más bien que otra. &lt;br /&gt;    Si tomamos la clasificación de la novela efectuada por Wolfgang Kayser, nos encontramos en ella con tres modalidades. Novela de acción o acontecimiento, caracterizada por una intriga concentrada, cuidadosamente definida y estructurada, empeñada sobre todo en el encadenamiento de situaciones. Novela de personaje, cuyo interés se centra en el estudio de una personalidad que ofrece unas características dignas de atención; es la ocasión de efectuar un detallado estudio psicológico y de ahí se suele derivar hacia el subjetivismo lírico de tono confidencial. Finalmente novela de espacio, donde prima la descripción de un ambiente histórico y de un entramado social concreto. Su objetivo es componer un cuadro de sociedad en un momento preciso. Pues bien, resulta obvio que si nos referimos al tipo primero, cuanto más se acerque el narrador al tipo omnisciente, sin caer de lleno en el paradigma puro por encontrarse éste bastante desacreditado no sin razón, utilizando para ello las triquiñuelas arriba sugeridas u otras, mayormente facilitará el proceso narrativo, podrá ir saltando de maquinación en maquinación, de fechoría en fechoría y de rama en rama y cuando le parezca unirá y atará y cuando lo juzgue oportuno desatará y liberará. O también tiene la posibilidad de utilizar un testigo instalado en la corriente principal de acción y dotado de un carácter más bien reservado para no abrumar con una sobrecarga de impresiones personales cada vez que una situación nueva se produzca. Las acciones secundarias las referirá de oídas, o tras un estudio posterior, o no las referirá y dejará que surjan. Quizá el paradigma más pertinente para ello sea el strong silent man de la novela norteamericana, acompañada de la técnica del estilo indirecto libre. &lt;br /&gt;   Últimamente, siguiendo el magisterio de Eco y otros, se ha insistido en dar al lector un papel más activo en la creación del producto final. En fin, lo tenía ya antes que los semiólogos se sacaran de la manga la distinción entre texto y espacio textual, el segundo sería el ámbito del autor y se correspondería con lo comunicado y lo significado, mientras que el primero se referiría al sentido, habiendo tantos sentidos como lectores. Pero lo cierto es que la narrativa reciente busca abiertamente la colaboración del lector y las primeras víctimas de dicha colaboración son los signos convencionales de la escritura y una de las grandes beneficiadas es, por ejemplo, la elipsis. Un método para acordarle protagonismo al lector consistiría en el empleo del mencionado estilo indirecto libre combinado con la llamada técnica de “permanecer en la superficie” del comportamiento de los personajes. Este tipo de novela consiste esencialmente en descripción y diálogo, sin introspección en los caracteres, sin comentarios que lleven el sello autorial, sin verbos introductorios de discurso, escrita objetivamente en presente, acompañando a los personajes en su desplazamiento hacia un futuro ignorado. La responsabilidad de la interpretación quedará únicamente entre las manos del lector. Avanzando la novela por esta vía, la vieja alternancia entre el “mostrar” y el “contar” se está resolviendo en una clara preponderancia del primero, pues la técnica del estilo indirecto libre no es sino una fusión de la voz autorial con la voz del personaje. &lt;br /&gt;   Por el contrario, en el caso del segundo de los tipos de novela según Kayser, es decir, la novela de personaje, parece natural utilizar el monólogo interior. O también el estilo imprecativo de la segunda persona. Y qué duda cabe que las novelas llamadas de espacio serán favorecidas con la presencia de varias voces narrativas cuyo único lazo de unión lo constituya el hecho de transitar y compartir el mencionado espacio. Sin olvidar que esas voces, al propio tiempo que vehiculizan otras voces, en última instancia quedan reducidas a una sola. A menos que sea, o acabe siendo, lo opuesto, como para Philip Roth, “Lo único que puedo decirte con toda certeza es que yo no tengo yo....Lo que sí tengo es toda una variedad de imitaciones, y no sólo de mi yo, sino también de un auténtico tropel de intérpretes interiorizados, una compañía estable de actores a los que puedo recurrir cada vez que necesito un yo, una cambiante reserva de obras y papeles que integran mi repertorio,” Philip Roth, La contravida. Gajes del oficio. &lt;br /&gt;   Un error en este paso, si no es consciente y asumido y dotado de valor estructural, y entonces ya no es error sino o bien contumacia o bien clarividencia genial, puede ser fatal, no sólo para el resultado perseguido, sino para la propia ejecución de la obra.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6661261827580639989-9117463203307253300?l=proyectonarrativo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://proyectonarrativo.blogspot.com/feeds/9117463203307253300/comments/default' title='Publier les commentaires'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6661261827580639989&amp;postID=9117463203307253300' title='0 commentaires'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6661261827580639989/posts/default/9117463203307253300'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6661261827580639989/posts/default/9117463203307253300'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://proyectonarrativo.blogspot.com/2011/03/logorrea-autoconsciente.html' title='LOGORREA AUTOCONSCIENTE'/><author><name>alemany</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17897985113245172928</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_fxoQjVAsWrs/SNUsTDBX_7I/AAAAAAAAAAU/lnTRDNsXQdY/S220/P1000233.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6661261827580639989.post-7741169427937466620</id><published>2010-06-14T06:43:00.000-07:00</published><updated>2010-06-14T06:45:06.154-07:00</updated><title type='text'>OBJETO DEL BLOG</title><content type='html'>En uno de los prólogos a “La Colmena” Camilo José de Cela escribió lo siguiente: “Si el escritor no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio.” Ante tan categórica afirmación, ¡cuánto más verdadera por los tiempos que corren!, no cabe más que extraer las consecuencias. Hecho está. De unos años, bastantes, a esta parte, tan sólo Paco Umbral ha sido capaz de hacer verdadera literatura y vivir de ello. Los demás pierden el tiempo en actividades diversas y variadas, aunque, en sus ratos libres, escriben. No son escritores de cuerpo entero, cierto, pero también es preciso que la sociedad que los emplea sepa lo que quiere. Ahora bien, si se conforma con los escritores ricos de cuna, con su pan se lo coma.&lt;br /&gt;A los otros tampoco se les puede pedir que, además de quitarse horas de sueño para consagrarlas al estudio y al improbable ejercicio de tan fantasmagórico oficio, se conviertan en santos. Porque si lo hicieran, sólo lograrían ser uno de esos santos antipáticos que más hubiera valido que no lo fueran nunca, pues transmitieron con su ejemplo una imagen errada, falsa, de la religión que profesaron. Me refiero a santos como por ejemplo San Simeón Estilita, quien, tras dieciocho años de ausencia, se negó a bajar de su columna para despedirse de su madre moribunda, o San Alexis, el cual, el mismo día de su boda, abandonó esposa y padres para irse a recorrer mundo como mendigo por el amor de Dios. Y aún los hubo peores. Lo digo eligiendo bien el adjetivo.&lt;br /&gt;Justo antes de la anterior cita, Camilo José de Cela escribía: “Lo único que al escritor no le está permitido es sonreír, presentarse a los concursos literarios, pedir dinero a las fundaciones y quedarse entre Pinto y Valdemoro, a mitad de camino.”&lt;br /&gt;Pues bien, habrá que hacerlo, todo además, si no quiere uno convertirse en una suerte de San Simeón Estilista.&lt;br /&gt;Habrá que hacerlo, digo, pero sin exagerar tampoco. Y con ello manifiesto mi discrepancia, mal que me pese, con otra frase, tan tajante como las anteriores, de nuestro insigne Premio Nobel, encontrada en el mismo lugar: “La ley del escritor no tiene más que dos mandamientos: escribir y esperar.” Pues no, hoy no hay que esperar, para bien o para mal. Al menos no mucho.&lt;br /&gt;De mí sé decir que consiento en presentar una obra a concurso. Acaso la haga llegar también a la mesa, más probablemente a la papelera sin otro trámite, del editor o agente literario. Una sola vez. Mas no habrá para ella segunda oportunidad, de cabeza vendrá a parar al blog. Puesto que nada vale, nada pido a cambio y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.&lt;br /&gt;No obstante, si alguien desea leerla en papel, la encontrará en unibook, en lulu o en bubok. A un precio excesivo, claro, pero del que sólo me habré reservado unos céntimos. Lo demás se va en fabricación y distribución. Es el ya conocido método de edición a la demanda.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6661261827580639989-7741169427937466620?l=proyectonarrativo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://proyectonarrativo.blogspot.com/feeds/7741169427937466620/comments/default' title='Publier les commentaires'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6661261827580639989&amp;postID=7741169427937466620' title='0 commentaires'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6661261827580639989/posts/default/7741169427937466620'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6661261827580639989/posts/default/7741169427937466620'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://proyectonarrativo.blogspot.com/2010/06/objeto-del-blog.html' title='OBJETO DEL BLOG'/><author><name>alemany</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17897985113245172928</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_fxoQjVAsWrs/SNUsTDBX_7I/AAAAAAAAAAU/lnTRDNsXQdY/S220/P1000233.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6661261827580639989.post-7789579126766534692</id><published>2010-05-03T09:21:00.000-07:00</published><updated>2010-05-03T09:25:10.025-07:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>TERCERA PARTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me desperté poco antes del mediodía. “Se le llama una forma sin forma, una imagen sin imagen. Se le llama vago, indeterminado. Si uno va delante de él, no le ve la cara; si le sigue, no le ve la espalda. Es observando el Tao de los tiempos antiguos como se puede gobernar las existencias de hoy en día. Si el hombre alcanza a conocer el origen de las cosas antiguas, se dice que mantiene el hilo del Tao.” Si el cuerpo no trabaja, no necesita respirar demasiado; entonces la vida alrededor se va poniendo de relieve, se va intensificando hasta que uno lo mira todo, lo escucha todo, pero no existe, se ha convertido en un trozo de madera que sirve para cualquier cosa, en un trapo que cuelga de un clavo, en un reflejo que una capa de polvo empaña. Sale al jardín, se echa al pie de la higuera y se confunde con sus raíces, la hierba recubre enseguida su cuerpo, su piel se reseca y, a poco, se confunde con la tierra. El ogro hembra que vive al lado atruena la casa y hace tambalearse los muros con sus bramidos. El ogro macho que vive con ella replica con gruñidos no menos bestiales que los de su consorte. Del otro lado, cae en cascada un caudaloso silencio de telarañas y de salas vacías. Yo soy una minúscula bola de luz que habita el centro de una materia inerte, una masa en hibernación. ¿Vive alguien ahí? Un escritor, trabaja por la noche y duerme durante el día. Los gorriones arman un revoltijo de mil demonios en el tejado, luego se derraman como un racimo alado por los aleros y continúan su querella entre las hojas de papel de lija de la higuera. ¿Es un escritor conocido? ¿Y yo qué voy a saber, si no conozco a ninguno? En el congelador hay una barra de pan. Lo pongo a descongelar en el microondas. Luego lo corto y lo inserto en la tostadora, lo rocío con aceite y sal. Me doy con él un verdadero banquete crujiente y vuelvo a la cama. Duermo hasta las seis de la tarde. Salgo por la parte trasera de la casa y allí, donde nadie me ve, me pongo a leer hasta que anochece. Cuando todo el mundo se mete en las viviendas para cenar, salgo, me compro un bocadillo y un agua mineral, me lo como en la playa, escuchando el latín del mar, recreándome en la larga cadencia de sus frases, recibiendo noticias de los más lejanos rincones del imperio. Ayer, hoy y mañana, todo se confunde en una sola reminiscencia, en un solo soplo de brisa lunar, en el afilado rejón de plata de una estrella solitaria. Y vuelvo a casa, mientras todo el mundo mira la tele. Leo en mi despacho hasta la madrugada. Así, durante tres días. Tres días para bajar a la nada, olvidar en sus aposentos el nombre que a uno le han puesto y regresar a la superficie del mundo, regenerado.&lt;br /&gt;No obstante, tras ese paréntesis razonable, fue preciso retomar las riendas de la situación, aunque de otra manera ya. Celebré, en el más absoluto secreto, al abrigo de los pesados sillares del monasterio templario que había adquirido unos meses atrás, las anunciadas reuniones, pues lo más urgente era, con toda evidencia, poner al día las cuentas de la empresa; seguidamente, encauzarla desde el punto de vista financiero y en ese aspecto la conversación con Ruano confirmó su verdadera relevancia de providencial inspiración. Mis consejeros entendieron pronto el lenguaje en que les hablaba y abundaron en ideas y recursos. Esa noche quedaron fundadas las bases de una nueva era para nosotros. Una compleja e inconmensurable maquinaria de fabricar dinero se puso en marcha casi de inmediato, porque en nuestros días no admitimos plazos, pues ya hemos olvidado los rudimentos y los socorros de la espera, lo que no funciona en el acto, es desechado por obsoleto, por eso el circuito del dinero ya no contempla la fabricación de bienes sino que, como el Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, tiene que revertirse enseguida en más dinero, para enroscarse de nuevo en la siguiente espiral y así sucesivamente, hasta acabar en la sequedad estéril de un borujo de papeles sin valor, porque ése es el signo de nuestros tiempos. Eso no podía durar indefinidamente, claro, pero para nosotros, en ese preciso momento, era como lluvia de mayo para medrar y tomar con la mayor celeridad posible las posiciones que requería nuestra ambición y el nuevo peso específico que habíamos adquirido en los últimos días.&lt;br /&gt;Tomadas estas provisiones, no me quedaba sino atender a un cabo suelto que pendía de la urdidera. Con tal propósito fui un día a la atalaya, a la hora en que suele desayunar el personal que vive allí. Mefiboshet, ayudado de los demás, sirvió la mesa en la terraza y nos sentamos todos, en buena hermandad, al frescor de la mañana. Nuestro prioste parecía, sin embargo, un poco mosqueado. ¿Qué te pasa, Juan? ¡Juan, Juan, aquí el único que me llama Juan eres tú! Los demás que si Mefiboshet por aquí, que si Mefiboshet por allá, que si Mefiboshet esto, que si Mefiboshet aquello, tanto es así que hasta la chica rusa cree que me llamo Mefiboshet. ¡A saber qué quiere decir Mefiboshet en su infernal idioma! Como no dejen de llamarme así, un día de estos les pongo ácido sulfúrico en el desayuno. Si hubiera sido un hombre honesto, le habría confesado la responsabilidad abrumadora que me incumbía en ello. Dunia me recriminó mi obcecada ausencia desde que habíamos llegado. Le repliqué que era, cuanto menos, prudente, si no necesario, mostrarse discreto, al menos al principio, pero prometí que, más tarde, la llevaría a visitar los lugares de interés en los alrededores. Luego, en un aparte con Nicolai, le comenté que, si se encontraba demasiado al estrecho en una sola habitación con su hermana, no tenía más que decirlo y mandaría que se les comprara un buen apartamento para los dos. Me repuso que era muy amable de mi parte y me lo agradecía, pero con el dinero que poseía tras el primer reparto de beneficios, bien podía adquirirlo él mismo. No, deja más bien ese dinero reposar tranquilo por el momento, yo encontraré el modo de efectuar una transacción discreta, vosotros no tenéis más que consultar las ofertas de los periódicos y elegir, eventualmente visitar, el resto lo haremos de otra manera. Quiero que sea, no obstante, un apartamento soberbio. Al fin y al cabo, si Dunia está aquí, es por culpa nuestra. Lo menos que podemos hacer es acogerla del mejor modo posible. Entendido.&lt;br /&gt;Luego busqué a Milos. Ven, tienes que ponerme al corriente sobre ciertos asuntos. Entramos en el despacho y nos instalamos cómodamente en los sillones. Dime, ¿dónde nos encontramos exactamente en relación al caso del príncipe Moshin? Todo está dispuesto para que nos lancemos al asalto, si verdaderamente crees que nos interesa hacerlo. ¿Por qué no nos iba a interesar, si el asunto está, como pareces insinuar, a punto de caramelo? No sé, me da la impresión de que llevamos una velocidad de vértigo, pienso si no sería más sensato, acaso, afianzar primero nuestras posiciones, dejar que la inmensa polvareda que hemos levantado caiga y podamos entonces ver más claro. Ese asunto está en otro campo y el viento sopla en la dirección opuesta. Pero los movimientos….tú mismo has dicho que hay que ser discreto. Cierto, hay que ser discreto, mas no por ello hay que dejar malograrse las oportunidades, cada fruto tiene su día para cogerlo, ni más ni menos. Es que esto me huele a asunto de Estado y dos asuntos de Estado en el mismo mes, me parece excesivo. Explícame primero el punto exacto en que nos encontramos y luego veremos. El príncipe Moshin trata con unos caballeros ingleses a través de un intermediario que obedece al nombre de Gedeón Pacheco, a mi modo de ver se está fraguando un contrato de venta de armas a una escala formidable, difícil de predecir por el momento. ¿Y qué necesidad tiene ese miembro de la familia real de pasar a través de este Gedeón Pacheco para firmar un contrato de venta de armas a su país? Acabaría antes convocando a los mencionados caballeros ingleses, que supongo no son sino altos cargos de la empresa que fabrica las armas, en un despacho del ministerio de la guerra, discutiendo las condiciones, luego las aceptaría o las rechazaría y santas pascuas. Eso que acabas de decir es una ingenuidad. Debes saber que no se firma ningún contrato con ese país, el cual no constituye, por otra parte, una excepción, a no ser, si acaso, en cuanto a las proporciones que se manejan, sin que se paguen suculentas comisiones. Convendrás conmigo en que la discusión de tales pormenores es un asunto privado, en el cual, aunque sólo sea por delicadeza, no debe implicarse a ninguna institución oficial. Una vez estas cuestiones discutidas y precisadas con todo detalle las modalidades de pago, facturas hinchadas, servicios que jamás serán prestados, etc.….entonces ya se puede pasar por el ministerio de la guerra y hasta por el propio palacio real si se tercia. En fin, por el momento no tenemos más que suposiciones, nada concreto; a pesar de todo, yo pondría la mano en el fuego para afirmar que se trata de eso. La empresa, probablemente británica, o quizá americana, que está detrás de esto la desconocemos, así como el tipo de armas en cuestión. El círculo que protege a todos estos personajes es un anillo de hierro, sin ninguna fisura, excepto, tal vez, una. Dicho resquicio se llama, presumo, Victoria de la Mata. Así es. ¿Qué más habéis averiguado de ella? Antes de que os fuerais, advertimos que frecuentaba una especie de gimnasio entreverado con escuela de danza, enteramente consagrado al bello sexo. El caso es que no acudía a él ni una sola mujer que tuviera la menor necesidad de hacer ejercicio alguno. Sí, claro, hay que conservarse… Pero todas mujeres de bandera, es así como decís los españoles ¿no? Bellísimas en todo caso, sin una sola excepción. Solicitamos pues la colaboración de una joven de nuestra entera confianza y la enviamos allí. Primero que nada, le revisaron todos los papeles, como si fuera un control policial. Hasta le pidieron documentos de justificación de domicilio. Ella prometió que los traería sin falta la próxima vez. Luego la hicieron pasar al despacho del gerente, que fue quien la admitió personalmente. Durante las primeras semanas, no hubo sino gimnasia y danza, todo perfectamente normal. A partir de ahí, la danza se iba haciendo cada vez más sensual y comenzaron a impartirse cursos de cómo caminar por una pasarela, cómo se efectúan bailes de seducción. Las chicas aceptaron esto como una evolución natural de la formación. Finalmente la convocaron al despacho del gerente y éste le reveló la verdadera naturaleza del establecimiento. Se trataba, en efecto, de una escuela de formación de mujeres de compañía de altísimo lujo, para atender a clientes realmente especiales que pagaban cantidades fabulosas por servicios de un refinamiento inhabitual. Lo que solicitaban era verdaderas geishas occidentales. Todo el mundo sabe que por esta ciudad pasan políticos del más alto rango, incluso jefes de Estado, así como los hombres más ricos del planeta. No tendría que intervenir a menudo, pero con lo poco que lo hiciera podría considerarse rica a la vuelta de un año. Aparte de que dominaría el arte de la seducción a un nivel tan elevado que llegaría a convertirse para ella en una magia infalible que pondría el universo entero a sus pies. Ella, siguiendo las instrucciones que le habíamos dado, repuso que le dieran veinticuatro horas para pensarlo. Dimitri Tchourbanov, que tal era la gracia del gerente, admitió este plazo considerándolo una reacción razonable en una muchacha a la que se le pedía renunciara a la honestidad de una vez por todas. Inmediatamente le pagamos a la chica un largo viaje de placer mientras tomábamos las disposiciones necesarias para asegurarnos de que no volverían a inquietarla. E hicimos bien pues, vencido el intervalo convenido, fueron a buscarla infructuosamente a su propia casa. En realidad, no tuvimos que hacer nada más pues, como te dije, Evgueni se esfumó de repente junto con sus lugartenientes, entre los que figuraba el propio Tchourbanov. Éste dejó a cargo de la agencia “El ánfora”, a uno de sus subalternos, a quien nosotros supimos convencer enseguida de que, privado de protección, le convenía llegar a un acuerdo mediante el cual se comprometía a pagarnos un tributo y a acceder con toda libertad a la información que ellos poseen sobre sus clientes, prometiendo utilizarla con discreción. Eventualmente se nos permitiría recurrir a las chicas para obtener complementos de la misma. Supongo que no intervendrías personalmente en tales negociaciones. Por supuesto que no, envié a algunos de mis hombres con los que no necesito tener un trato directo. De modo que ahora Verónica de la Mata trabaja para nosotros. Exacto. No logro entender cómo una mujer rica, rica de cuna e incluso de solar noble, tome esa clase de riesgos por dinero. A mi modo de ver no solamente es por dinero. No me digas que cuando se la cepilló el enano barrigón, que tuvieron que ponerle un escabel para llegar a la altura requerida, ella disfrutó con ello. Pienso que sí, tengo la convicción de que algunas mujeres son capaces de encontrarle morbo a cualquier situación; muy pocos hombres para una aventura, digamos, rápida, aceptarían una oponente que no tuviera algún tipo de atractivo, en mayor o menor grado. Las mujeres, en cambio, acuerdan un elevado precio al acto mismo de la entrega y no me estoy refiriendo únicamente al precio en metálico. Algunas damas de la mejor sociedad se entregan a camioneros, en la cuneta misma de las carreteras, sin tomar apenas la precaución de ocultarse tras los primeros arbustos, sólo porque esa escena tiene el formidable morbo del escándalo. Nada que ver con el polvo rutinario que le da en la cama el marido con las luces apagadas y el gorro de dormir bien encasquetado. Cuanto más morganática sea la entrega, mejor. Hemos seguido un poco a Verónica, no es que salga de una cama para entrar en otra, pero durante el mes que habéis estado fuera, lo mismo la ha obtenido un ejecutivo de la categoría de su marido, tal vez de su círculo íntimo, que un fontanero obeso que vino a reparar una cañería. Y no sé si no se lo pasó mejor con el segundo que con el primero, con el cual estuvo simplemente “profesional.” Imagino que también debe excitarles la imaginación, me refiero a esas damas de compañía, pues ella lo es, las cantidades realmente exorbitantes que ciertos magnates pagan por pasar unas horas con ellas, supongo que su autoestima crece y que Dios me perdone pero adivino que muchas de ellas no pueden pasarse de una dosis frecuente de dicha droga. Con el dinero que ganan se ofrecen caprichos caros, lencería de lo más fino, joyas sin pasarse pues no pueden llamar la atención del marido y poca cosa más. Por lo general, el capital que obtienen duerme a pierna suelta en una cuenta de ahorro. Ninguna de ellas lo necesita para vivir. He estado revisando los ficheros, el noventa por ciento pertenece a la clase alta. El diez por ciento restante, enteramente a la clase media. Verónica de la Mata disfraza algunas aportaciones personales a la economía familiar con donaciones de su padre, sabiendo que entre los dos hombres jamás girará la conversación en torno al tema crematístico, no al menos en lo concerniente a los gastos domésticos. Así, el matrimonio lleva un tren de vida fastuoso.&lt;br /&gt;Necesitamos que colabore con nosotros en este asunto. Si el dinero no puede ser un argumento definitivo para con ella, ¿a qué otro podríamos recurrir? Mi opinión es que ese argumento debería contener una mezcla de ambos temas, a saber, dinero y morbo. ¿Tienes algún plan? Sí, lo llevo pensando algún tiempo. Verás, hay que poner sobre el tapete una cantidad suculenta, eso por descontado. Pero luego conviene proceder de un modo que excite su imaginación, a la par que implique la perennidad de esa fuente, a la vez de recursos y de cierta clase de placer. He aquí mi plan, el actual gerente de la agencia “El ánfora” la convoca a su despacho y le dice con toda claridad que gente situada muy por encima de él, manejando hilos que le mueven personalmente, la ha elegido para una misión especial cuyo contenido él mismo ignora. Sólo se lo explicarán a ella de viva voz si acepta ciertos requisitos para que pueda tener lugar dicha cita sin que la personalidad de sus interlocutores quede revelada. Entonces viene el aspecto rocambolesco de la cosa, al tiempo que necesario, por cierto. La condición es que un coche vendrá a recogerla, de noche, al estacionamiento interior de la agencia. Antes de subir al mismo deberá consentir que se le venden los ojos y seguidamente viajará acostada en el asiento trasero. Debe saber también que la persona o personas con quienes se entrevistará llevarán el rostro cubierto por una máscara. Cuando se le haga la proposición, todavía estará a tiempo de rechazarla, prometiendo, eso sí, no divulgarla, especialmente al principal interesado en ello. Ese encuentro podría tener lugar en el mismo escenario que el de Ruano.&lt;br /&gt;Por cierto, tu yugoslavo aprendió en poco tiempo a hablar un español impecable. También Leviatán lo maneja con una pulcritud que envidiarían muchos labriegos de la vieja Castilla y no parece ser oriundo de ningún país hispánico. Leviatán es cosmopolita y políglota por necesidad de su oficio. La verdad es que yo te entrego una adaptación bastante personal de las prestaciones lingüísticas de Milos y de los otros. Aunque hay que reconocer que han hecho notables progresos desde que, antes de irme a Rusia, cumplí mi amenaza de imponerles un profesor, que luego resultó ser profesora, de castellano; la cual viene regularmente a la atalaya dos veces por semana.&lt;br /&gt;En fin, le dije a Milos que estaba de acuerdo. Y que lo haríamos así. Podía ponerlo en marcha de inmediato. Se levantó con parsimonia del butacón, como si le dolieran los huesos, y salió del despacho. A los pocos minutos le imité.&lt;br /&gt;No había nadie en la terraza. Tomé asiento en el columpio. Se anunciaba uno de esos días de septiembre que son un estallido permanente de luz, en una atmósfera diáfana. El sol todavía no había comenzado a calentar. Cerré los ojos para absorber a gusto los nuevos datos que se hallaban en la antesala de mi mente. Sentí la presencia de alguien y los abrí. Era Mefiboshet con los periódicos. Se lo agradecí. Tomé distraídamente el primero de ellos y me puse a hojearlo.&lt;br /&gt;Una nueva sombra sobre el papel me indicó que alguien pasaba por delante de mí. Alcé los ojos y resulta que era Dunia. Nicolai se ha ido para un asunto importante, me ha dicho. Tal vez no regrese para comer. Intuí que Verónica de la Mata tenía algo que ver con esa defección de Nicolai. Todavía nos quedan algunos días de verano, eso si aquí no es verano todo el año. Podríamos ir a bañarnos a la playa. No era una buena idea presentarse en la playa con una mujer así, para alguien que trata de pasar desapercibido. Tal vez no a la playa de aquí, por precaución, pero sí podemos ir a una cala discreta, sólo frecuentada por extranjeros que tienen sus casas colgando del acantilado. Allí hay un magnífico restaurante, al que sólo acuden ellos, con una espléndida vista sobre el mar. Dunia desplegó una sonrisa increíble en cuanto a su perfección. A decir verdad, yo mismo no podría haber imaginado un mejor modo de emplear el día en espera de acontecimientos. Pero primero tengo que pasar por algún sitio para comprarme un traje de baño, replicó.&lt;br /&gt;Tomé las llaves del deportivo y le dije a Mefiboshet que no nos esperaran para comer. No la llevé, desde luego, a cualquier sitio para comprarle el bañador. La vendedora pontificó, de buenas a primeras, una mujer así, está hecha para lucirse. De modo que sugirió enseguida modelos atrevidos para que se los probara. Dunia sonreía de verse así, pero no se hallaba en absoluto cohibida. Mi opinión es que no era en absoluto consciente del efecto que causaba. Al final declaró que todo aquello le parecía demasiado atrevido y que no se imaginaba ataviada de ese modo en la playa, a la vista de todos. Le repliqué que, al lugar al que íbamos, un bañador así aparecería como algo más bien discreto, pues la mayor parte de las mujeres bajan con una sola y menguada pieza, las otras, a la última moda, es decir con lencería, y algunas totalmente desnudas. ¿Es eso posible? Ya lo verás con tus propios ojos. Dunia rió y la vendedora se maravilló. Pero chica, ¿de dónde vienes tú? Y nos reímos los tres. Coge varios de los que más te gusten. Sáquele luego alguno más discreto, por si algún día vamos a la piscina de Acción Católica. Dunia no desmerecía con ninguno. Me preguntó cuál prefería para llevárselo puesto. Elegí uno con el que sus caderas aparecían surcadas tan sólo por un finísimo hilo transversal. Con su mirada pareció hacerme comprender que era un sinvergüenza, pero sin enfadarse. Y, lo mejor de todo, accedió. Porque no es una playa concurrida, dijo. A mi vez, saboreé con delectación la conclusión que se imponía, a saber, a mí, al menos, me era dado contemplar esa visión sublime.&lt;br /&gt;Tras bajar por una carretera que semejaba una escalera de caracol, llegamos a un reducido aparcadero en el que no habría más de tres o cuatro vehículos, ninguno de ellos precisamente corriente. La minúscula playa de guijarros, sin estar concurrida, estaba al menos poblada. Sugerí a Dunia que subiéramos primero al restaurante para reservar una mesa, pues nunca se sabe. Y, al mismo tiempo, podríamos dejar allí las llaves del coche para sentirnos más libres. Entonces tendremos que quitarnos la ropa ahora y dejarla en el coche. Bueno, si quieres, aunque aquí nadie roba la ropa. Un deportivo como este no sé, pero no la ropa, desde luego. Claro, dijo, y empezó a desabrocharse los vaqueros. Yo hice lo propio, pero no pude evitar espiar con el rabillo del ojo su sensual maniobra. Nos dejamos una camisa encima.&lt;br /&gt;Para alcanzar el restaurante, había que ascender una larga y pronunciada escalera de piedra. Al cabo de la misma apareció una terraza reverberante de sol, provista de mesas y sombrillas. El comedor daba la impresión de estar colgado sobre el azul y la vista se desplegaba hasta una distancia inusitada. Le pregunté si quería tomar algo y me repuso que no, que estaba ansiosa por bañarse en ese mar.&lt;br /&gt;Rehicimos lo andado, atravesamos el aparcadero, más allá del cual se hallaba la recoleta playa de guijarros. El paraje formaba, en efecto, una acogedora cala. ¿Ves –le recordé- cómo baja la gente a bañarse? Ya veo, ya…. Era exactamente como yo había vaticinado. Sin embargo, a pesar de que iba vestida con hábito de monja de clausura, en comparación con las demás, todo el mundo miraba a Dunia admirativamente. Una vez más se apoderó de mí, mediante un osado golpe de mano, la idea de que era posible empezar todo de nuevo, nacer una segunda vez, ver este mar, que es el único mar que me interesa al fin y al cabo, con la visión deslumbradora, casi dolorosa por efecto de esa belleza prístina de tierra nueva y cielo nuevo que me dieron aquellos ojos recién estrenados de la infancia. Durante un instante regresó esa sensación aguda de los días brillantes, demoledores, turbadores, de antaño, que le dejaban a uno el cuerpo magnetizado, aturdido como un ciego por ver más de la cuenta.&lt;br /&gt;Dejamos zapatos y camisas entre las peladillas enharinadas y nos pusimos a imitar el albatros de Baudelaire, avanzando desmañada y penosamente por la cubierta, pero luego, en cuanto tocó el agua, se convirtió en un cisne majestuoso. Se lanzó hacia la inmensidad líquida, ora nadando por la superficie, ora explorando el fondo. Cuando sólo veía su cara, parecía una niña feliz, quizá un poco frágil.&lt;br /&gt;Quiso ir hasta la boca de la herradura y ver lo que había más allá. Le dije que muy bien y me puse a nadar a su lado. Cortaba el agua sin esfuerzo, con movimientos precisos y bien sincronizados. Sentí una vaga inquietud al contemplar aquella muñeca fina y delicada entre los brazos del mar, dotado en ese momento de una fuerza tranquila pero inconmensurable. Llegamos a un tramo que daba acceso al mar abierto, donde la corriente se intensificó sensiblemente. Durante un tiempo nos quedamos estancados, sin avanzar ni retroceder. A pesar de todo, era una sensación agradable, el masaje del agua viva a lo largo de todo el cuerpo. Creo que mi compañera se recreaba también en dicha percepción. De repente aceleró la cadencia y se puso a avanzar, lenta pero francamente. La imité. Durante no menos de diez minutos estuvimos midiendo nuestras fuerzas con las que nos enviaba el mar, la naturaleza. Al fin logramos imponernos, doblamos la esquina y fuimos a caer sobre una minúscula playa, protegida, no obstante, por una hilera de rocas del tamaño de una persona. Dunia salió la primera, agarrándose a ellas y desplazándose con precaución para evitar una caída o un golpe sobre las resbaladizas aristas sumergidas. Yo la contemplaba flotando todavía. Cuando me tocó a mí trepar, comencé por posar mis pies sobre una roca plana y me erguí. El agua me llegaba al pecho. Alcé los ojos y la espléndida silueta de sirena que encontraron me lanzó un mazazo que me dolió en todo el cuerpo; por otra parte, el prodigioso contacto con el agua del mar sublevó mi sangre de un modo tan contundente que no me atreví a moverme siquiera, quedándome como una estatua desnuda a la que la marea descendente amenaza con descubrir. ¿No subes? Dudé un instante, e incluso creo que enrojecí. Sin embargo, permanecer inmóvil hubiera sido revelarlo todo con la misma claridad. Después de todo, tal vez el efecto no fuera en realidad tan manifiesto como creía y acaso pasara desapercibido. La imité en su recorrido, me agarré a las mismas rocas que ella, un tanto inquieto porque notaba el efecto de su atenta mirada. Cuando noté que mis pies se hallaban definitivamente afianzados en la orilla, alcé de nuevo los ojos. Sonreía con un fulgor entre irónico y divertido. Supe entonces que la reacción que me había puesto todo tenso como una maroma de barco, en modo alguno le había pasado desapercibida. Me ruboricé sin remedio hasta las orejas. Dunia avanzó hacia mí como en un sueño, posó sus manos sobre mis hombros y suavemente empujó hasta que sentí apoyada la espalda contra la roca. Recibí su cuerpo a lo largo de todo el mío y el contacto de su boca abrasó mi médula espinal y luego las entrañas. El deseo, en ciernes durante tantos días, estalló sin remedio, mis manos se aferraron a sus ansiadas formas y sin saber cómo ni cómo no, a poco habíamos formado ya un solo latido y un solo cuerpo. Así son las cosas y así se abren camino.&lt;br /&gt;No vayas a creer que, porque te haya hecho el amor, te he perdonado el hecho de que, por tu culpa, me halle enamorada por primera vez y que ello sea de un gánster. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esta vida? Seis meses. Se maravilló. ¿Sólo? Sí. ¿Y antes? Un empleado de oficina. ¿Casado? Casado. ¿Y dónde está ahora tu mujer? Lo ignoro. ¿Os habéis divorciado? No. ¿Cómo fue que te metiste en esto? Eran igual que ovejas sin pastor. ¿Piensas dejarlo alguna vez? Cuando todo esté encauzado, le pasaré el testigo a Milos. Quizá todavía sea posible que no hayamos cometido los tres la locura de nuestras vidas. Quizá. Y es verdad que, en ese momento, hablando con Dunia, lo daba por hecho.&lt;br /&gt;Ahora vamos a comer, pues con tanto ejercicio se me ha abierto el apetito. Diciendo esto, se lanzó al agua. La corriente nos dio alas para el camino inverso, entramos en la ensenada como dos bajeles con las velas desplegadas, cruzamos transversalmente el espacio interior de la herradura, de una tirada, hasta llegar a la playa. Creo que, en esa excursión a nado, no solamente la conocí bíblicamente, sino que se me apareció como una chica vigorosa, fuerte, decidida. Estaba encantado.&lt;br /&gt;Ascendimos la pina escalera acicateados por el hambre y la sed. Nos instalamos en nuestra mesa para dos, rodeados de alemanes y de ingleses tostados como bantúes al final del verano. ¿Qué me aconsejas? La paella marinera, la hacen excelente aquí, a fuego de leña. El camarero tomaba nota. Y un vino blanco de la tierra.&lt;br /&gt;Mientras llegaba el pedido, consumimos un Martini, también blanco, con cubitos. Pensé que había tantas cosas que mostrarle a Dunia, tantos lugares que visitar, en la costa, en el interior, tantos platos típicos que hacerle probar en el sitio mismo en que nacieron. Tan sólo con esta región, había mil días de felicidad. Y luego teníamos el mundo, que no es moco de pavo.&lt;br /&gt;Fue tal la despreocupación de ese día, que olvidé todo, los dolores antiguos y los modernos, mis planes, mis temores, mis frustraciones, mis remordimientos y mi orgullo; si alguna vez me había apretado el zapato en algún sitio, lo había olvidado. Era, en efecto, como si hubiera bebido un buen trago de agua de Leteo y la encontraba fresca, embriagadora.&lt;br /&gt;Bromeamos juntos sobre todas las experiencias que habíamos compartido, sobre los personajes que habíamos conocido, desde el primer ministro hasta su tía Anastasia. También sentimos un escalofrío ante el recuerdo de los muertos, pero se nos pasó pronto. No era ése un momento para pensar en los muertos. Tampoco nos detuvimos mucho en la evocación de la datcha. Aunque sí en el viaje que emprendimos con la pavorosa huída. Le conté asimismo nuestras aventuras en Moscú antes de que apareciera ella. Y finalmente la pura verdad de todo.&lt;br /&gt;Cuando quisimos darnos cuenta estábamos solos, con la excepción de los camareros. Pedimos la cuenta y volvimos a bajar a la playa. Tomamos el sol y nos bañamos, sin preocuparnos por las llaves del coche ni por la ropa.&lt;br /&gt;Cuando la tarde comenzó a declinar, nos vestimos y nos fuimos a pasear por una playa anónima. Había un mercadillo donde compramos infinidad de cosas. Las dejamos en el maletero del coche y la emprendimos con el paseo marítimo, con los farallones del puerto, el pueblo de pescadores, en fin, con todo lo que había que ver allí sólo porque lo veíamos juntos, razón por la cual se hallaba revestido por una pátina especial y no había que desperdiciar ni una sola perspectiva, ni una sola escena.&lt;br /&gt;Más por respetar las conveniencias que por otra cosa, regresamos a la atalaya a la hora de cenar. Decidimos no manifestar por el momento el lazo que nos unía. Pero nuestros ojos debían poseer un brillo extraño que lo delataba todo. Nicolai, acercándose discretamente a nosotros, nos comentó. Ahora, tal vez sea más conveniente que seáis vosotros quienes busquéis un piso. Le repliqué que también él podía hacerlo, si así lo deseaba. Repuso que no, que allí le daban la comida hecha, de calidad, además, y la ropa lavada. Le apañaba esa situación, de momento. Perspicaz, tu hermano, le dije a Dunia cuando éste se hubo alejado. Él tenía la ventaja de haber sido prevenido, contestó.&lt;br /&gt;También Milos se acercó en cuanto me vio solo. Verónica de la Mata acepta reunirse contigo. La cita tendrá lugar mañana.&lt;br /&gt;Así que, al día siguiente, anochecido ya, me hallaba en el palacio arzobispal, convertido de nuevo en el hermano negro de la risa fija. Había mandado que trajeran más candelabros. Quería una atmósfera menos lúgubre que la utilizada para recibir a Ruano. La luz y el fuego debían dominar ligeramente sobre las tinieblas. Al fin y al cabo era una mujer y no hacía falta abrumarle tanto el espíritu. El espíritu de Verónica de la Mata se hallaría más bien en una situación, hasta cierto punto, familiar pues la nobleza española tiene los ojos avezados, desde la más tierna infancia, a la luz temblorosa de las candelas, a la penumbra y a los recovecos oscuros de las iglesias y monasterios. Se trata de encontrar para ella un equilibrio entre una emoción que no llegue al susto, portadora quizá de reminiscencias, y el respeto, indirectamente ligado al que los venerables padres le habrían impuesto durante las ceremonias sagradas a las que pronto fue iniciada y a las que nunca ha dejado de asistir. La máscara de la risa es otra cosa. Veremos de qué tipo de estofa de mujer está hecha Verónica de la Mata.&lt;br /&gt;La máscara de la risa. Mientras me paseaba con ella en la mano por aquella vasta sala iluminada con profusión de cirios como para una misa de réquiem, me pregunté cómo sería realmente por dentro un hombre con una sonrisa indeleble impresa en los labios, pero ello no siendo la consecuencia de una suerte de defecto de nacimiento o de accidental herida, sino por voluntad propia, como resultado de una inquebrantable decisión. Y, sobre todo, cómo sería percibido por los demás. Los acontecimientos de toda índole sucediéndose ante sus ojos y él deslizándose invariablemente entre ellos con su sonrisa inalterable. El alma de un hombre así, sólo puede ser insuflada por el Diablo, o ser el Diablo mismo. Un perenne desafío a la obra de Dios que impone altibajos de fortuna, mudanza. Ciertamente no habría seriedad que pudiera igualar esta risa. Un hombre así, dirían quienes estuviesen bajo su férula, es capaz de cualquier cosa. Sin embargo, la única utilidad que le veo es la de mandar. Mandar haciendo el sacrificio de su propia vida. Mandar, sobre todo, una asociación secreta, pues las grandes masas no podrían soportar por mucho tiempo semejante dosis de terror. Tener trato tan sólo con un escogido grupo de adeptos bien templados. Tienes ideas de César de las tinieblas, es decir, de César Borja, de Papa Negro. Desde que tuve los primeros efluvios de ti, me di cuenta de lo bien fundado del juicio de quienes me pagan. Un año más y te hubieras convertido en el piñón libre más peligroso del mundo. Una pesadilla para sus Señores legítimos, en el supuesto de que éstos dejen alguna vez prosperar en suelo fértil una semilla de cedro, lo cual resulta poco probable. Por sus obras los conoceréis. Y, al día siguiente, cuello rebanado.&lt;br /&gt;Había prometido a Dunia que dejaría esa vida a la menor ocasión. Sí, hay muchos sabios que se caen de la torre por el espejismo de una mujer. Sin embargo, el ojo del cedro, el que dirige el crecimiento de la planta, no va a dejar de subir por amor a la tierra. Las más de las veces se llega a un compromiso y acepta acariciarla y nutrirse de ella tan sólo por el intermedio de las raíces. El amor es más fuerte que la muerte, dice el texto sagrado. Pero al destino se le suele representar con los atributos de un dios. ¿Y el libre albedrío? El libre albedrío es una parida de Trento, ¿acaso tu meditación sobre la máscara de la risa no era una meditación sobre el poder?&lt;br /&gt;El poder, sí, me dije mientras acariciaba su superficie lisa, de alabastro, cuando se paladean sus mieles, se pierde el gusto por los otros manjares. Enfrente, Dunia, pesaba tanto en la balanza como todo eso; los mil días de felicidad, como preludio a toda una nueva vida. Una vida nueva, de inmersión en el eterno femenino, ¿por qué no? ¿Qué tiene de malo el eterno femenino? Sin hacer mal a nadie, sin hacer tampoco el bien. Que cada palo sostenga su vela y a quien Dios se la da, San Pedro se la bendiga.&lt;br /&gt;La máscara de la risa no estaba aún sobre mi faz, sino entre mis manos, burlándose de mí, de mis dudas, de mi personalidad escindida, de mi poco fuste. Pero no quise tomármelo a mal a causa del servicio que me iba a prestar. Lo que escuece siempre cura y nunca hace mal contemplar su propia imagen tomada desde el ángulo más propicio a la derrisión. Por eso, los príncipes de raza no practican el culto a la personalidad, ésa es la obsesión de los advenedizos; ellos contratan bufones para que les imiten de la manera más ácida posible. Y si caen en desgracia y no pueden permitirse tales dispendios, lo hacen ellos mismos.&lt;br /&gt;Por el momento disponía de una moratoria y de un postrer asunto. Tras el cual legaría a Milos si no un imperio, sí un emporio. No lo rechazaría. ¿Y la propia Dunia, me dije entonces, cómo reaccionará ella cuando se vea entronizada reina de este Reino de Tiniebla? Paciencia y barajar; las decisiones se toman maduras, como la fruta, si no, pueden hacer daño.&lt;br /&gt;Percibí una cierta agitación en el patio. Se oían pasos precipitados y alguna voz atenuada. Cuatro benedictinos con cogulla se dirigieron con paso vivo hacia la poterna que daba acceso al garaje. La señora de la Mata había llegado, sin duda alguna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ocupé mi sitial y ajusté la máscara. Los vapores lúgubres de las anteriores ideas me tenían todavía un tanto abatido. La puerta se abrió tras un prolongado chirrido de goznes. Una deslumbrante Verónica de la Mata apareció entre los cuatro encapuchados. Había optado por la seducción, era su baza y ella lo sabía de memoria. Llevaba un vestido pastel, con cinturón, que le cubría apenas la franja central del cuerpo, marcándole demasiado bien las formas. Por arriba destacaban, casi descubiertos, unos senos turgentes y unos hombros esbeltos sólo envueltos por la melena negra. Por abajo, la tela se detenía igualmente pronto, desvelando la práctica totalidad de unos muslos potentes, unas piernas doradas, largas y bien torneadas, fijadas al suelo mediante unos zapatos plateados, de tacón de aguja.&lt;br /&gt;Hice una seña a los cluniacenses para que le quitaran la venda y luego otra para que nos dejaran solos, no era aquella una visión apropiada para sus castos ojos. Aguardé hasta que la puerta se hubo cerrado de nuevo. Indicándole con la palma de mi mano la silla que le habían preparado, le rogué que tomara asiento. Los frailes traían una cuerda, al descubrir la silla pensé que me iban a atar a ella. No lo considero necesario. En lugar de sentarse, avanzó directamente hacia mí. Tal vez no haya tomado la decisión correcta, debería saber que las mujeres somos curiosas, ¿y si le arrancara la máscara para contemplar su rostro y ver si es usted tan feo como el fantasma de la ópera? Su rostro se acercó tanto al mío que apenas los separaba un palmo de distancia. Una poderosa fragancia de mujer me dejó narcotizado. No moví ni un músculo para impedir su acercamiento. Recapacite un instante antes de hacerlo, pues si consumara el acto, me vería obligado a determinar que no saliera nunca más de estos muros. A lo mejor no es una mala idea, entregada día y noche a los sementales de esa hermandad que me ha traído. A la larga acabaría por cansarse, presumo. Quizá.&lt;br /&gt;A través de los agujeros de la máscara, la veía como una serpiente cascabel alzada sobre una parte de su cuerpo, pronta a lanzar el ataque. Las pupilas de sus ojos se clavaban sobre las mías como dardos envenenados.&lt;br /&gt;Dio media vuelta y fue a sentarse en su silla, cruzándose de piernas y con mirada todavía retadora. Por cierto, esos religiosos que me han conducido a su presencia tenían la mano un tanto laica y larga, para haber hecho voto de castidad. Hablaré con ellos para que el incidente no se repita durante el trayecto de vuelta. No vale la pena que se tome la molestia, no me han hecho ningún mal. Dígame, ¿en qué puedo servirle?&lt;br /&gt;Le he pedido que venga para proponerle un trato. En principio sólo puedo explicárselo con parábolas. ¿Me ha traído aquí, acaso, para leerme el evangelio? Digamos que en el interior de una fortaleza inexpugnable va a sellarse, en breve, un pacto, algo así como un fabuloso acuerdo de venta de armas que debe ser negociado entre una empresa de occidente y un gobierno, pongamos por caso…oriental. Bueno, no es precisamente una materia relacionada con una obra pía, tal como, en principio, podían sugerir sus hábitos. El interés esencial de este asunto consiste en que los representantes de ese gobierno oriental no están dispuestos a dar el visto bueno al plan si no es a cambio de voluminosas, y cuando digo voluminosas estoy poniendo el adjetivo en los labios de gente que ya de por sí es inmensamente rica, comisiones. ¿Y mi papel en este esquema? Usted será la doncella que introducirá de las riendas el caballo de Troya en el interior del recinto, como un regalo que no puede ser rechazado. ¿Y quién le asegura a usted que se me abrirán a mí precisamente las puertas del reducto amurallado, cuando es sabido que las fiestas con las doncellas suelen hacerse antes o después, no durante, las firmas de los convenios? Su misión consistirá únicamente en depositar el caballo de Troya, no en asistir a las sesiones. Pero el caballo de Troya debe ser depositado en el lugar mismo en que vayan a transcurrir las negociaciones. Eso déjenoslo de nuestra cuenta, tenemos un plan; permítame únicamente asegurarle que ello es factible, aunque también es verdad que la empresa no carece de peligro. ¿Y qué obtendré a cambio? Una parte suculenta del dinero que pensamos extorsionarles. ¿Qué cantidad exactamente? En el actual estado de cosas no podemos hablar de cantidades precisas, pues ignoramos el volumen exacto del negocio, pero le aseguro que será una cifra por la que valdrá la pena tomar cierto riesgo, siempre razonable, por supuesto. El dinero no me conmueve, necesito más detalles. No puedo dárselos mientras no obtenga su compromiso formal. Y yo no puedo comprometerme sin conocer con toda exactitud las cláusulas del contrato. Está bien, hablar de la fortaleza inexpugnable es una manera metafórica de hablar, en realidad se trata de aproximarse a una de las partes y eso, nos consta, usted ya lo ha hecho en varias ocasiones. Por decirlo de otra manera, las puertas del castillo se abren y se cierran como usted quiera y en el momento que usted quiera. El caballo de Troya en cuestión es una réplica exacta del móvil que suele usar determinado personaje; por cierto, ésa sería su primera labor, proporcionarnos tal información. Se trata de un modelo exclusivo de Nokia, en oro macizo, puesto que el personaje al que se está refiriendo no es otro que el príncipe Moshin.&lt;br /&gt;Ha dado usted en el clavo. Esto complica levemente la operación, pero no la hace imposible. Explíquese. Cuando no podemos dar el cambiazo, tenemos un plan alternativo, que consiste en robar el aparato, ponerlo entre las manos de nuestros técnicos, quienes le introducen un dispositivo mediante el cual obtenemos los mismos efectos que con la opción precedente y no lo puede detectar más que el ojo atento de un experto, tras haber desmontado el móvil, por supuesto. La operación dura unos diez minutos. Tal vez algunos más con un aparato sofisticado como sin duda lo es el del príncipe.&lt;br /&gt;Lo siento, pero no puedo aceptar. ¿Sería tan amable de explicarme sus razones? Es imposible sustraerle el móvil y entregárselo a sus técnicos, el cerco de vigilancia establecido en torno al príncipe Moshin es demasiado estrecho. Escuche, la acción tendrá lugar en su propia casa, nuestros técnicos se esconderán una hora antes en el sótano, el cual puede maquillarse durante los días precedentes con objeto de que nadie pueda encontrarles si los guardias del príncipe deciden efectuar una inspección previa. A una señal suya que puede establecerse fácilmente, un agente nuestro subirá hasta su habitación, poco importa el trayecto que tenga que realizar, existen soluciones. Ahora es usted quien no quiere entender la situación, su guardia personal no le abandona jamás, tal vez cuando esté con sus mujeres legítimas consienta en contentarse con vigilar puertas y ventanas, pero no en mi caso, yo no soy más que una prostituta que él paga con su dinero; eso sí, una prostituta de mucho lujo. Una aristócrata del reino de Ifrancha, según él, nada menos. ¿Quiere usted decir que cuando….? Cuando se me está pasando por la piedra, de todos los modos que se le antoja, hay siempre alrededor un corro de cuatro o cinco mamelucos que no pierden miga. Cuando se trata de sus propias esposas, sabido es que no las quieren mostrar sino cubiertas de velos, hasta el punto de que sólo se las conoce por ésta o aquella cualidad de los ojos. Sin embargo, la aristócrata de Ifrancha es una cosa muy distinta. No es inhabitual que invite a sus amigos para que asistan a los asaltos y se ha dado el caso de que les permita participar en ellos, unos por delante, los otros por detrás, los unos por arriba, los otros por abajo. Está sumamente orgulloso de su aristócrata de Ifrancha. Ella pertenece a la altiva casta de quienes los desterraron de Al-Ándalus. Es una manera de desquitarse de la afrenta mal olvidada y eso a mí me excita lo indecible, no solamente porque se ponen furiosos como macacos representando la pantomima, sino porque a una mujer, que es toda ella el puro concepto de la entrega, le gusta humillarse cuando practica el sexo, y qué manera más profunda de entregarse que cuando se humilla, no solamente a sí misma, sino a toda su estirpe al propio tiempo.&lt;br /&gt;Bueno, debo admitir que esto lo complica aún más. Concédame al menos que, si encontramos un plan viable, podremos contar con su colaboración. No cuente conmigo, es demasiado peligroso y, mientras no se demuestre lo contrario, imposible. Considere que cuando hay tanto dinero en juego, el ingenio se aguza. Ya le he dicho que el dinero no me interesa. Hágalo por la aventura entonces…. Prefiero ver una película de Indiana Jones. Hablando de películas, permítame que veamos juntos unas escenas.&lt;br /&gt;Abrí la gaveta de un escritorio que se hallaba junto a mí y tomé un mando a distancia. Pulsé un botón y comenzó a desplegarse una pantalla. Luego apreté otro y ésta se llenó de vida. La primera secuencia reprodujo la hazaña del príncipe con el escabel. La segunda contenía los embates, más serios, de Nicolai. Sólo eran extractos, por lo que la sesión no duró mucho. De nuevo pulsé los mismos botones, se apagó el aparato y se enrolló la pantalla.&lt;br /&gt;Verónica ni se inmutó, antes al contrario, esbozó la más sensual de sus sonrisas. Se levantó, sin ocuparse de su falda que se le había subido tanto que a punto estaba de mostrar otras prendas más íntimas y avanzó de nuevo hacia mí. Se asomó, curiosa, una vez más, a los agujeros tras los cuales me ocultaba. Luego fue bajando lentamente hasta quedar arrodillada en el suelo. Pero su rostro miraba hacia arriba, con una complicada mezcla de arrogancia y malicia.&lt;br /&gt;He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra. Así, se quedó allí, como esperando una orden. Bien, te pondremos al corriente en cuanto hayamos perfilado un plan mejor acabado. Eso es todo, por el momento. Puedes irte. ¿Tan pronto? Sí, todo está hablado.&lt;br /&gt;Sin más, me dirigí a la puerta. Antes de abrirla, me volví hacia ella y esperé a que se pusiera en pie. Se bajó la falda con un exagerado contoneo de caderas. Abrí pues y los cuatro encapuchados entraron.&lt;br /&gt;Ha sido un placer conversar con usted. El gusto es mío. Bajó los ojos y echó a andar custodiada por las cuatro moles negras.&lt;br /&gt;Una noche agitada y mal dormida sobrevino. Apenas amaneció, me puse bajo la ducha durante un largo rato, esperando lavar sus efectos. A la hora del desayuno, me encontraba en la atalaya, esperando a que sus pobladores fueran emergiendo uno a uno. Les anuncié que, tras levantar los manteles, iríamos todos al despacho para una reunión plenaria. Dije esto porque, cuando se hablaba de reunión plenaria, todos, hasta el propio Mefiboshet debían asistir a ella, aunque éste solía solicitar pronto permiso para abandonarla con cualquier excusa doméstica. Así, me aseguré la presencia de Dunia.&lt;br /&gt;Referí someramente el contenido de mi entrevista la noche anterior con Verónica de la Mata y solicité la colaboración de todos para afinar el plan, según los nuevos datos que incidían en él. Que reflexionaran y no dudaran en exponerme sus conclusiones.&lt;br /&gt;Por otra parte, puesto que Evgueni no está, seremos nosotros quienes compremos el complejo “Las torcaces”. Milos, da las órdenes oportunas a nuestros consejeros económicos y jurídicos. Otra cosa, ¿dónde nos hallamos en el asunto del palacio del marqués de las Tejas? Pigmalión ha firmado la licencia, como él mismo había anunciado. Perfecto, manda a alguien a Madrid; quiero todos los detalles referentes a esa licencia.&lt;br /&gt;Concentrémonos ahora en la personalidad de Gedeón Pacheco, porque bien pudiera ser que nos conviniera cambiar de estrategia y tratar de penetrar en el reducto a través de él. No será tampoco tarea fácil, repuso Milos. Gedeón Pacheco es el hombre de las cavernas que aparenta ser, no usa móvil, ni ordenador, tan sólo la cabeza donde almacena, según parece, una cantidad ingente de datos. ¿Vive solo? Con su mujer, pero ésta apenas sale de la casa que poseen hacia el final de la playa; pienso que está enferma y desde luego no interviene para nada en los asuntos del marido, me pregunto si siquiera tiene conocimiento de ellos. Imagino que nuestro Gedeón está siendo sometido a una vigilancia férrea. Sí, claro. ¿Y ha dado algo de sí tal provisión? De momento nada. Se ha reunido dos veces más con el príncipe Moshin, en condiciones similares a la primera, en la misma casa de campo. Las precauciones que toman son tales, que nos es imposible saber de qué tratan. Luego va a Madrid, se reúne con dos gentleman, en su lujosa habitación de hotel, donde, por cierto, desentona como el pan de centeno en la mesa de un arzobispo. Después salen a pasear por Madrid, hacen turismo, visitan museos, cenan opíparamente y cada mochuelo a su olivo. ¿Cuál es el olivo de los gentleman? Otro hotel caro de la capital. ¿Habéis intentado poner micrófonos en las habitaciones? Las tres están intervenidas, por supuesto. Y registradas cuidadosamente. Pero jamás hablan de negocios en ellas, ni siquiera en las mesas de los restaurantes, ni de los bares. Tan sólo en bancos públicos, envueltos en el ruido del tráfico más denso de la capital. Así que, por el momento, no hemos sacado nada en claro. Es un viejo zorro, ese Gedeón Pacheco; que no se le deje ni a sol ni a sombra.&lt;br /&gt;Vuk, ponte en contacto con Felipe y averiguad lo que podáis sobre los modelos exclusivos que Nokia hace para los grandes de este mundo, qué material contienen, las funcionalidades y, sobre todo, cómo se desmontan, si tienen algún tipo de mecanismo de protección, en fin, todo lo que os permita no quedaos pasmados cuando os lo pongan entre las manos, si alguna vez esto llega a suceder.&lt;br /&gt;Es todo por el momento.&lt;br /&gt;Cada cual vacó a sus obligaciones, que no eran pocas. Dunia, ¿te apetece una nueva sesión de playa? Afortunadamente tengo ahora una colección de trajes de baño para elegir. Fuimos a otra cala, tan discreta como la anterior. Comimos en un restaurante de tierras adentro y visitamos una ciudad amurallada. Regresamos a la atalaya para cenar, pues estaba un tanto ansioso, por todo en general. Sabía que habíamos entrado otra vez en un período de acción, la cosa no podía pararse ahí, los añafiles que convocan al combate sonaban sin parar en mis oídos. Todo va bien, me tranquilizó Milos. Sin embargo hay una novedad. Verónica de la Mata solicita verte de nuevo. He arreglado una cita para esta noche, según idéntico procedimiento. Vale, asegúrate de que nadie sigue al coche que la lleva a palacio. Descuida.&lt;br /&gt;Verónica llegó arrebatadora, como en la ocasión anterior. Con un vestido distinto, eso sí. Tenía un plan, que me expuso. Su marido partía al día siguiente para un largo viaje, el propio príncipe Moshin, usando de sus influencias, había arreglado el expediente con las altas esferas de la empresa. No era la primera vez que el abnegado ejecutivo era propulsado, como un satélite en órbita alrededor del mundo, por la misma mano. Nuestros hombres podrían ir enseguida para inspeccionar el terreno y efectuar los trabajos que se impusieran para disimular su presencia en el sótano. Ella retrasaría la cita con el príncipe hasta que todo estuviera dispuesto. La ventaja, explicó, es que si la cosa no sale bien, tal vez no lleguen a enterarse y podamos inventar otro subterfugio. Estuve de acuerdo con ella y lanzamos la operación.&lt;br /&gt;Entró Verónica en su despejado salón, seguida del príncipe y su séquito. Hoy quiero ofrecerte, Mulana, a ti y a tus bravos, un regalo entrañable. ¿Qué clase de obsequio desea ofrecer la gacela del rebaño del rey? Un espectáculo de los que no se ven en los palacios de oriente, ni aun cuando la noche se halla en la mitad de su carrera y sólo quedan en pie los insomnes más perversos. ¡Habla pues, ye princesa de las bellas! Es un deseo íntimo que va a hacer mis delicias tanto como las tuyas y refrescará los ojos de tus mamelucos. ¡Dime, oh Luna en su catorceavo día! Un espectáculo, quiero ofreceros esta noche un espectáculo que culminará en un número dotado de una fuerza telúrica.&lt;br /&gt;El príncipe Moshin experimentaba dificultades en contener su respiración.&lt;br /&gt;Dime, excelencia, ¿no te gustaría ver a tu yegua de Ifrancha cabalgada por un verdadero Pegaso, por el ariete descomunal de tu palafrenero? ¿Mi palafrenero? Tu cochero, Mulai, tu chófer, el más humilde de tus servidores. He notado que cada vez que aparezco en su presencia, se exalta. Y no hay semental que posea un bulto semejante al de él. Desearía tenerlo dentro y que tú y tus arrocavas lo vierais y gozarais con semejante fantasía. Jamás he visto una zorra con la mitad del frenesí que abrasa tu ingle. Por eso me quieres bien. Es verdad, pero has de saber que el sib que posee mi cochero es ciclópeo. Le puedo pagar las putas más refinadas del mundo, pero no sirven, son demasiado delgadas, demasiado sutiles; es preciso ir a lugares especiales, sólo allí se encuentran mujeres de su talla. Y aún así las hace sufrir lo indecible y hay que pagarles siempre el triple; mis ojos han visto todo eso. Pues bien, esta noche van a ver maravillas, mi señor. Pero antes de que lo hagas subir, necesito estar preparada, para lo cual requiero la colaboración de todos. Dispón a tu antojo de nuestras personas, soberana del fuego.&lt;br /&gt;Y la soberana del fuego dispuso, ordenó y mandó. Y todos los demás, sin excepción, obedecieron como cadáveres.&lt;br /&gt;El programa, con todos sus efectos especiales, había sido preparado de antemano y consistía en una mezcla de pase de modelos, en el que Verónica exhibió una verdadera colección de la más atrevida lencería, danza y, por supuesto, música. La artista había colocado a los espectadores sentados en fila y, de vez en cuando, cual pájaro audaz, se iba posando en el palo de uno y de otro, cual ave del paraíso. Luego alzaba el vuelo como una tórtola y continuaba la función. También, con sus idas y venidas, la guardia de proximidad del príncipe Moshin, así como el propio infante, se iba encontrando cada vez más ligera de ropa.&lt;br /&gt;Cuando los hubo despojado por completo, pasó a una fase más emocional, la cual consistió en tocamientos cada vez más osados. Finalmente llegó la fase de penetración, pero la paloma seguía sin demorarse mucho en cada palo, de modo que la exaltación se convirtiera en frenesí.&lt;br /&gt;Ahora, Mulana, ya puedes llamar al chófer. El príncipe hizo un gesto a uno de sus alfiles y éste tomó su móvil y conminó al interfecto para que subiera. No hubo que esperar mucho pues el coche, por razones de discreción, había sido aparcado en el garaje mismo de la casa, o dicho de otro modo, en el interior.&lt;br /&gt;En el instante en que el infeliz hizo su entrada en el salón, parecía que había ingurgitado varias botellas de alcohol puro. Sus ojos eran como platos y no parpadeaba. No es que no hubiera imaginado lo que había venido a hacer su señor en esa casa. Pero de ahí a verlo y percibir a toda la guardia al completo como Alá los trajo al mundo, ciertamente, había un trecho. Tampoco oía, se le hablaba y no obedecía, ni siquiera a la voz del príncipe.&lt;br /&gt;Verónica tuvo que cogerlo de la mano, como a un niño, sentarlo en el sofá, secarle el sudor con un pañuelo, hablarle primero como una madre, luego, poco a poco, como una novia. Hasta que notó que el cipote comenzaba a subir como de costumbre, como cada vez que la veía acercarse o alejarse del coche, o subir en el asiento de atrás y desplegar sus infinitas piernas que le ponían a hervir el cerebro como si fuera una calcinada roca del desierto.&lt;br /&gt;Llegó el momento, Mulai, de pasar a mi alcoba, para superar este trance necesito un mínimo de confort. Tomó de nuevo de la mano al incrédulo palafrenero, que aún no había comprendido lo que le esperaba, y se dirigió hacia su habitación, seguida, como convenido, por el entero tropel de hombres enardecidos hasta el frenesí, hechizados y olvidados hasta de su propio nombre. Dio orden de encender todas las luces, de abrir todas las puertas del armario ropero y de orientar todos los espejos hacia la cama. Entonces comenzó a ocuparse del pobre diablo que, al cabo, llegaba a entender algo de lo que se esperaba de él.&lt;br /&gt;Mientras tanto, Moussa atravesaba descalzo el salón, directamente hacia la chaqueta del prócer cuya ubicación exacta había reparado a través de la pantalla, pues, evidentemente, las cámaras de televisión no se habían retirado todavía, a pesar de que la dueña de la casa estaba al corriente de su existencia. Ouissen y Vuk se hallaban cada uno tras una jamba de la puerta, armados con fusiles de asalto, por si acaso las cosas se torcían de mala manera.&lt;br /&gt;Felipe tardó catorce minutos exactos en operar el artefacto. Cuando los demás lo recibieron entre sus manos, estaban todos sudando la gota gorda. No sabían que, dos horas y media más tarde, todavía no había salido ni un alma de la habitación de Verónica de la Mata.&lt;br /&gt;La tensión que nos había mantenido en vilo durante los tres días que duraron los preparativos, nos pasó factura de una manera fulgurante. Apenas pude mantenerme en pie el tiempo necesario para aguardar la llegada de los protagonistas de ese golpe de mano fabuloso y felicitarles. Ellos estaban, cómo no, orgullosos, pero la extraordinaria zozobra que habían vivido les había dejado agotados, con los ojos vidriosos. Les dije que a dormir, que mañana sería otro día.&lt;br /&gt;Y no me equivoqué, el día siguiente fue otro día, pero de los de órdago. Ocurrieron sucesos de la máxima importancia que, pese a haberlos previsto, no dejaron de sorprendernos. Sobre todo porque ocurrían en pleno remolino de impaciencia ante los prometedores resultados de la operación de la víspera.&lt;br /&gt;A pesar del cansancio, dormí mal, a trechos. Pero, dado que me levanté tarde, alguna compensación se produjo. Tomé una ducha que me devolvió un espíritu en condiciones aceptables. Renuncié, a causa de la hora, al desayuno en la atalaya, aunque deduje que ellos se habrían levantado tan tarde como yo. Me preparé una cosa simple que me sentó de maravilla. Acaso el tratable sol de aquella clara mañana de finales de septiembre contribuyera algo a ello. Salí un minuto a respirar el aire fresco del jardín, el cual rebosaba de trinos de los más variados tonos. Hasta que tronó el vozarrón de la serranilla en la casa de al lado y salieron todas las especies despavoridas.&lt;br /&gt;Me vestí y salí a la calle, con un ánimo que califiqué de renovado. La ciudad parecía como un río cuyas aguas vuelven, poco a poco, a su cauce, recuperando su serenidad y su transparencia, la mayor parte de los turistas se había ido o bien aprovechaba las últimas horas de sol en las playas, lejos de las tiendas del centro, los niños estaban en los colegios y los adultos en sus puestos de trabajo. Tan sólo las amas de casa a la antigua se afanaban por las calles, los jubilados se recreaban al sol, en los bancos, bajo las acacias, algún que otro ordenanza flemático o pasante de pluma distraído vagaba sin demasiada convicción por la zona peatonal.&lt;br /&gt;De repente me quedé parado sin saber al principio por qué. Tan sólo en un segundo momento, al recapacitar sobre mi situación, supe que había visto, en los periódicos expuestos a la entrada de un quiosco, la foto de alguien conocido. Volví rápidamente sobre mis pasos. Y entonces me di de bruces con la noticia del día. Oí que dentro del quiosco la estaban comentando. Más aún, descubrí retrospectivamente, al reunir retazos dispersos de frases a las que aisladamente no había acordado importancia, que en todas las terrazas de los bares donde había hombres almorzando, no se hablaba de otra cosa. Incluso los diarios de tirada nacional la traían en primera página. Ruano había sido detenido. Aparecía esposado, escoltado por guardias civiles, junto a grandes titulares que hablaban del mayor caso de corrupción urbanística jamás desvelado en el país.&lt;br /&gt;Compré el periódico y sin leerlo me dirigí con paso rápido hacia la atalaya. Estaban todos terminando de desayunar en la terraza. Reunión extraordinaria, dije. Y, por toda explicación, deposité el ejemplar sobre la mesa.&lt;br /&gt;Quiero que nuestros agentes de Madrid se pongan de inmediato en contacto con Pigmalión, si es necesario que pasen primero a través de Elena Castañeda, y le muestren una copia de la grabación en la que se le ve con esta última, en paños más que menores y diciendo por añadidura cochinadas, proclamando sin ambages su implicación en el mayor caso de corrupción urbanística que se ha conocido jamás en este católico país. Si es ésa la imagen pública que desea ofrecer a partir de ahora, no tiene sino que rechazarnos una sola de las licencias que en adelante le presentemos a la firma y entonces nosotros enviaremos la grabación a todas las televisiones públicas y privadas del ruedo ibérico y parte de las del extranjero, así como las más sugerentes instantáneas, acompañadas de los mejores momentos del diálogo, a toda la prensa sensacionalista de la nación. Que se le recuerde, igualmente, que no le pedimos nada que no haya hecho ya y probarlo es tan fácil como beberse uno un vaso de agua.&lt;br /&gt;Ítem quiero un estudio en el que aparezcan censados todos los palacios de Madrid cuyas condiciones de conservación sean semejantes a las que presenta el de las Tejas. Una vez asegurados del buen sentido de Pigmalión, empezaremos por comprar media docena de ellos.&lt;br /&gt;Debemos actuar rápido, Milos, dales consignas precisas en ese sentido a tus hombres. Pigmalión debe recibir ese mazazo cuando aún no se haya recuperado de la onda expansiva de la tremenda explosión que acaba de producirse. Así verá mejor la conexión entre ambas cosas. Luego podremos ocuparnos de las andanzas de nuestro príncipe Moshin.&lt;br /&gt;Milos salió un instante a efectuar las correspondientes llamadas. Entretanto, Vuk me anunciaba que el dispositivo introducido en el móvil de aquél funcionaba a la perfección. Durante la mañana, tanto Moussa como Ouissene, habían estado escuchando y tan sólo habían captado conversaciones domésticas. Gedeón Pacheco tomaba el sol en su jardín y bebía refrescos de soda, con una pajita. En bañador parecía un verdadero oso. Nuestros hombres lo vigilan de cerca, también vigilan al príncipe aunque más discretamente y de algo más lejos. En cualquier caso, en cuanto se produzca el primer movimiento, se pondrá en marcha el dispositivo de alerta.&lt;br /&gt;Bueno, pues no queda sino esperar. Podemos salir a la terraza. Juan, tráenos todos los periódicos que puedas, tanto los de tirada local como nacional.&lt;br /&gt;El resto de la mañana transcurrió apaciblemente, leyendo en corro la prensa y comentando los aspectos más interesantes. Le pedí a Mefiboshet que confeccionara, en atención a Dunia, algo genuinamente típico, por ejemplo un buen arroz al horno, si tenía los ingredientes. Repuso que los tenía, pero no había tiempo que perder y diciendo eso ya se afanaba en los preparativos.&lt;br /&gt;Poco antes de sentarnos a la mesa, sonó el móvil de Milos. La entrevista con Pigmalión había transcurrido de modo satisfactorio. Era éste un hombre tranquilo, que sabía dónde le apretaba el zapato.&lt;br /&gt;Los días siguientes fueron de una gran tirantez, parecía que un gigante invisible los cogía de las puntas y los estiraba. Y sin embargo, no ocurría prácticamente nada. Gedeón Pacheco, seguía en la hamaca de su jardín, hojeando libros, bebiendo refrescos de soda, bajo la sombrilla, con su impasible esposa al lado. El príncipe Moshin, chapaleando en la piscina de los niños, cubierto por una nube de hijos y nietos. A veces salía de su mansión, por una pacotilla o un capricho de una de sus mujeres, pero regresaba pronto.&lt;br /&gt;Traté en vano de sosegarme. Algo tramaba toda esta buena gente, mas la conclusión de sus manejos no tenía por qué ser para el día siguiente, ni tampoco para dentro de un mes. Estabas acostumbrado a que los acontecimientos se sucedieran a una velocidad de vértigo y el más breve parón te daba la desagradable impresión de un pinchazo. Es cierto, semejante desaceleración tenía un sabor poco grato; cuanto más que consideraba ese asunto como la última gran prueba antes de alcanzar un tramo superior, en el que se impondría, al fin, una velocidad de crucero. Iluso, parece mentira que no fueras consciente de que estabas a punto de entrar en una zona de la que nadie sale con vida; quiero decir, nadie que haya entrado sin permiso en ella. Confiaba en mi gente, que estaba cada vez mejor avezada al tipo de actividad que desempeñaba, mejor adaptada al terreno y mucho mejor armada y pertrechada en general. Además, Milos debía partir pronto a su país, en cuanto las cosas se estabilizaran un poco, para reclutar, entrenar y especializar una segunda oleada de personal; para lo cual ya habíamos enviado los fondos necesarios y éstos no eran moco de pavo, había lo suficiente como para hacer puntilla. Ni siquiera ahora has comprendido con quién te jugabas las pesetas. Sí, por supuesto, intuí que se trataba de un negocio de Estado a Estado, de modo que había que esperar, los asuntos de Estado suelen ser más lentos que los privados. No había que esperar, es evidente que había que abandonar, aunque de nada sirve decírtelo ahora. Justamente cuando ya me estaba convenciendo de ello, va y mira por dónde, las aguas vuelven a agitarse otra vez. Gedeón Pacheco se quitó los pantalones cortos y la camisa floreada, se cambió, incluso se puso una chaqueta azul. No creas que se arregló mucho, después de todo. En fin….no había gran cosa que hacer en ese sentido. Se despidió de la estatua de su consorte y subió a la ruina que, milagrosamente, conducía. Al mismo tiempo, el príncipe Moshin abandonó su quinta, con toda su escolta personal tras él.&lt;br /&gt;Nos pusimos en alerta, nuestros hombres comenzaron a seguir a uno y a otro. De repente di la orden de que se abandonara la persecución. Si se dirigían a donde suponíamos, miel sobre hojuelas; si no, poco íbamos a adelantar observándolos de lejos. No quise tomar el riesgo de malograr esa ocasión. Esta vez tenía mi alfil dentro de la fortaleza, poco importaba dónde se hallara esa fortaleza.&lt;br /&gt;Fuimos a buscar el amparo de los espesos muros del palacio arzobispal. Allí teníamos preparado el material para seguir de una manera inteligente el encuentro. Entramos en la sala de siempre. En cuyo centro habían dispuesto bancos y pupitres, de los de colegio antiguo. No sé de dónde habrían sacado aquellos armatostes. Frente a ellos, dos grandes pantallas. Vuk y Felipe se activaron pronto. Ambas pantallas estaban conectadas a sendos ordenadores. En la pantalla de la derecha aparecieron imágenes de paisajes. O, más bien, de un solo paisaje visto desde numerosos puntos. El cursor seleccionaba uno de ellos y entonces éste ocupaba la mayor parte de la superficie de la pantalla. Le había dicho a Felipe que no escatimara en medios, que colocara allí el material más sofisticado, que fuera a comprarlo donde hiciera falta. Eso antes de irme a Moscú. La zona más inmediata se hallaba sometida a una vigilancia continua, por lo que las cámaras se encontraban lejos de la casa, pero todas ellas estaban dotadas de un zoom potentísimo. La disposición del entorno en forma de caldera, con esa especie de aprisco en medio, sobre una colina, facilitaba las cosas. Aún así hubo que instalarlo todo durante la noche, a causa de la frecuencia de las patrullas de vigilancia.&lt;br /&gt;La otra pantalla tenía como objeto ofrecernos información complementaria a medida que los datos interesantes fueran apareciendo en la conversación. Para ello, todo el personal de la agencia estaba en sus puestos.&lt;br /&gt;Felipe había pinchado la cámara que presentaba un panorama de la entrada a la propiedad.&lt;br /&gt;Nuestras previsiones se revelaron certeras. El primero en llegar fue Gedeón Pacheco. Un par de mercenarios salieron de sus escondites disimulados entre la vegetación y fueron a abrirle la verja. El vehículo inició seguidamente la ascensión hasta un aparcamiento protegido del sol por un techo de cañizo y disimulado por una colonia de chumberas, junto a los cimientos ya de la casa. Le siguieron en breve los dos lujosos automóviles en los que venía el príncipe con su escolta.&lt;br /&gt;Felipe pulsó una tecla en su ordenador y unos potentes altavoces nos trajeron sus voces como si éstas se produjeran dentro de nuestras cabezas. Sólo entendimos el gorjeo de los jilgueros y el rumor de sus pasos, pues hablaban en árabe.&lt;br /&gt;Ouissen y Moussa se hallaban en la agencia, por si había que acceder a paquetes de información en dicha lengua.&lt;br /&gt;Gedeón y el príncipe se saludaron en castellano. Felipe nos los mostraba a través de otra cámara. La casa ofrecía un aspecto austero, edificada en mampostería antigua. La cal que recubría sus muros se descascarillaba y en algunas partes había desaparecido por completo. Sin embargo, en la explanada que se apreciaba en su parte anterior había una piscina mediana. En el otro extremo, bajo una frondosa higuera, una mesa de cemento, recubierta con azulejos. Los dos hombres fueron a sentarse allí, mientras la guardia personal del príncipe se instaló en una corpulenta mesa de madera que se hallaba más al fondo, junto al lateral de la edificación y debajo de un algarrobo. No tenían por qué vigilar pues esta labor había sido encomendada a otros que poco a poco iban descubriendo nuestras cámaras, hábilmente manejadas por Felipe.&lt;br /&gt;Un sujeto en mangas de camisa y pantalón vaquero se les acercó con una bandeja que contenía vasos y botellas. Efectuó el servicio y luego regresó al interior de la casa.&lt;br /&gt;Gedeón y el príncipe tenían iniciada una conversación que trataba con soltura y suficiencia de mística andalusí, mencionaban nombres propios de sufíes y sadilíes que habían vivido en la región o eran originarios de ella, las técnicas que usaban, con las particularidades de cada escuela y hasta de cada individuo, para obtener la iluminación. Gedeón Pacheco citaba con frecuencia a Asín Palacios, el príncipe nombraba autores arábigos. Y así, en términos inesperadamente eruditos, pero no sin cierta animación, transcurría la charla. Gedeón podía, incluso, remontarse hasta los orígenes griegos, pisando fuerte en el terreno de la alquimia y el hermetismo helénicos. Ahí el príncipe ya no le seguía. Le escuchaba cortésmente y, en cuanto podía, regresaba al período medieval. Ni la menor alusión al precio de la pólvora ni a la cotización de las balas. Pero debo confesar que, a pesar de todo, la plática que sostenían no carecía de interés.&lt;br /&gt;Gedeón, seguidamente, probó más abajo. Inició el tema de la influencia de la mística musulmana sobre los iluminados castellanos del siglo XVI y XVII. Ahí también le cedió el príncipe todo el campo. Y Gedeón campeaba como gran vencedor de la disputa.&lt;br /&gt;En eso comenzaron a dejarse oír las aspas de un helicóptero, primero tenuemente, pero aumentando con rapidez de intensidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestros contertulios dejaron, de repente, la mística a un lado. Felipe fue probando diversas cámaras hasta que una de ellas nos mostró el aparato aproximándose. Sin embargo, cuando comenzó a sobrevolar la caldera, el abanico de las posibilidades fue mayor y se divirtió presentándonos el helicóptero desde varios ángulos. Al cabo se posó en un campo de heno, al pie de la colina central. Las aspas disminuyeron progresivamente la intensidad de su giro. Dos pasajeros bajaron.&lt;br /&gt;Éste es Tachul-l-Habazlán, mi agente, comentó el príncipe. El agente en cuestión y quien debía ser su secretario venían los dos demasiado bien vestidos para una jornada campestre. Salieron con precaución de la hierba que les llegaba hasta la mitad de la pantorrilla, alcanzaron el camino polvoriento e iniciaron la ascensión.&lt;br /&gt;Los motores se pararon al fin. Sin embargo, no tardó en oírse el batir de nuevas aspas. En efecto, Felipe nos mostró la llegada de un nuevo aparato.&lt;br /&gt;Entretanto, la pantalla de la izquierda se animó presentando un texto.&lt;br /&gt;Tachu-l-Habazlán. Es actualmente uno de los británicos más ricos. Si bien el modo en que acumuló su fortuna, estimada en cien millones de libras esterlinas, es algo difícil de elucidar.&lt;br /&gt;Nació en Siria, en 1939. Hacia finales de los 60 emigró a Gran Bretaña con objeto de ayudar a su hermano a llevar un kebab en el oeste de Londres. Allí, por casualidad, se hizo amigo de los jóvenes príncipes saudíes Moshin y Kurachán. Hacia 1980 era ya persona grata para la familia real saudí. Se le hizo intervenir en al-Yamamah desde el primer momento, aunque su papel se mantuvo secreto al principio.&lt;br /&gt;Posee igualmente empresas de construcción en Arabia Saudita que se beneficiaron a fondo con el fabuloso contrato. Un detalle interesante es que empleó a Mark Taillefer como eslabón para conectar con su madre. Tras el acuerdo al-Yamamah, una sospechosa compañía panameña compró una mansión urbana de todo lujo y la puso a disposición de Mark Taillefer. Investigaciones posteriores ligaron esta compañía y esta gestión precisa a Tachu-l-Habazlán.&lt;br /&gt;Otra mansión similar le fue otorgada a Sir John Silver, jefe ejecutivo de PAES.&lt;br /&gt;Durante el mandato de Taillefer, Habazlán donó al partido conservador al menos trescientas cincuenta mil libras. Pero cuando los laboristas llegaron al poder, se convirtió en el confidente de Cristian Peefferkorn. Esto se produjo a través de Thomas Raven a quien había conocido durante el contrato al-Yamamah, cuando éste era el jefe de los consejeros de asuntos exteriores de Gertrude Taillefer. Raven es también consejero de la PAES, así como el hermano de Jonathan Raven, jefe de personal del nuevo primer ministro laborista.&lt;br /&gt;Tras al-Yamamah, mandó edificar en el norte de Oxford, no lejos del domicilio de Moshin, una villa comparable a las construcciones coloniales del siglo XVIII. Posee también casas en Mayfair, París, Marbella y Mónaco.&lt;br /&gt;Es el propietario de una ganadería de caballos de carreras, un Matisse, un Picasso, amén de un colegio universitario en Oxford llamado “the Hazbalán Business School” en el que ofrece “un conocimiento práctico de….creación de riqueza.”&lt;br /&gt;El segundo helicóptero tomó tierra. Ah, Sir John Silver con sus dos mediadores.&lt;br /&gt;Sin aguardar a que el remolino de las aspas disminuyera en intensidad, un hombre alto y atlético echó pie a tierra. La corbata roja y los faldones de la chaqueta se le alzaban por efecto de las corrientes de aire. Enriscó los ojos hacia la montaraz casa y comenzó a caminar hacia ella con grandes zancadas. Los dos mediadores, los mismos con que Gedeón solía encontrarse en Madrid, se esforzaban por seguirle.&lt;br /&gt;La pantalla de la izquierda parpadeó levemente antes de presentar la siguiente nota.&lt;br /&gt;John Silver. Nacido en 1942. Accedió a la cima de PAES porque era percibido como un buen vendedor de armas. Aseguró para la empresa el mayor contrato de armas en toda la historia de Gran Bretaña, al-Yamamah. Él fue el arquitecto del mismo y también quien inició los contactos con los saudís, por lo que fue recompensado con un elevado salario.&lt;br /&gt;Ha sido descrito como un “infatigable hombre de negocios del Lancashire con una ilimitada energía y un toque de representante en apariencia que le daba un aspecto simpático y abordable.”&lt;br /&gt;En 1990 fue nombrado ejecutivo jefe y en 1998 presidente de PAES.&lt;br /&gt;Tanto Tachu-l-Habazlán como Abdu-l-Uadud pusieron a su disposición casas de lujo en el centro de Londres.&lt;br /&gt;Un tercer aparato se aproximaba ya al improvisado helipuerto. Su pasajero no descendió hasta que las aspas no se hubieron detenido del todo. Era un tipo larguirucho, provecto, con muy poca superficie poblada de pelo en lo alto de la cocorota y donde lo había, era ralo y blanquecino. Viajaba solo, con un pequeño maletín.&lt;br /&gt;He aquí a nuestro querido Abdu-l-Uadud, enviado de mi cuñado Abu-Mohammed. No bajará hasta que no se paren del todo las aspas, por temor a que se le desordene el pelo. Y aún así, se lo peinará con las manos, como los gatos. Tal vez se las haya humedecido previamente con saliva, pero eso es solamente una suposición.&lt;br /&gt;Abdu-l-Uadud. Nacido en 1944 en Líbano, en el seno de una próspera familia de comerciantes. Emigró a Riad al estallar la guerra civil, en 1975, y se dedicó a construir residencias para los empleados de compañías como PAES, las cuales pagaban a tal efecto comisiones a los príncipes saudíes.&lt;br /&gt;Más adelante se trasladó a Londres, donde comenzó a operar como responsable de negocios para el patrón de las fuerzas aéreas sauditas, príncipe Abu-Mohammed-l-Kaslá, yerno del príncipe Mahmud, actual heredero de la Corona. Actuaba a través de una compañía británica de mantenimiento, la cual fabrica componentes para PAES. En 1995 regresó al Líbano donde invirtió grandes capitales.&lt;br /&gt;Los intereses de Uadud en Gran Breteña incluyen una compañía con un capital de doscientos millones de libras esterlinas, aunque su nombre no aparece en el registro, en gran parte compuesto por una lista de compañías anónimas domiciliadas en Jersey y en Gibraltar. Un inversor registrado es el general Ahmed Kurachán, un antiguo jefe de las fuerzas aéreas saudíes. Posee asimismo grandes bloques de oficinas en Londres y también es uno de los mayores inversores de la compañía saudí que dirige el aeropuerto situado junto a los cuarteles generales de PAES. Invirtió igualmente en la mayor compañía aérea británica que cubre las rutas hacia Oriente Medio, en la cual trabaja también Thomas Raven, antiguo consejero de asuntos exteriores de Gertrude Taillefer, implicada de cerca en el contrato al-Yamamah.&lt;br /&gt;Un lujoso ático en Roseberry Court, Marfair, fue puesto a disposición de Sir John Silver, presidente de PAES por Kalmar, una compañía exterior perteneciente a Uadud. Otro apartamento similar de la vecindad le fue otorgado al propio Uadud por parte de Tachu-l-Habazlán.&lt;br /&gt;Abu-Mohammed-l-Kaslá. Yerno del príncipe Mahmud. Controla las fuerzas aéreas sauditas. Además de una de las partes del león derivadas del contrato al-Yamamah, se le solía asignar una cantidad menor, aunque pintoresca, con objeto de que le sirviera para endulzar sus visitas al oeste, e incluía extravagantes vacaciones, coches de un lujo difícilmente concebible, avionetas a su disposición a cualquier hora, fastuosas compras y rubias despampanantes para ciertas salidas discretas o fiestas muy privadas.&lt;br /&gt;Príncipe Mahmud. Heredero del Reino. Ha sido descrito por un embajador británico como “teniendo un interés corrupto en todos los contratos.”&lt;br /&gt;Un cuarto helicóptero buscaba ya su sitio para aterrizar sobre el campo de hierba. Otros dos elegantes gentleman ingleses descendieron, un tanto envarados dentro de sus impecables trajes, sobre el rústico terreno. Ambos lucían un rostro arrebolado, que denunciaba su no muy lejana llegada de un país brumoso.&lt;br /&gt;Moshin, que ya había recibido con la habitual cortesía oriental a los primeros llegados, comentó en inglés, Sir Thomas Raven y Sir Oswald Wyndham han venido juntos, podemos comenzar enseguida. Diciendo esto, indicaba a sus huéspedes el interior de la casa.&lt;br /&gt;Sir Oswald Wyndham. Nació en 1939, creció en Bermondsey, en el sur de Londres. Entró en una gran compañía de armamento, encargándose, junto con John Silver, preferentemente de los clientes saudíes. Hacia 1985 era director de marketing en PAES. Luego cambió a la cabeza de KESO, la gubernamental compañía de venta de armas, desde donde siguió ocupándose de los sauditas.&lt;br /&gt;Fue su secreto telegrama, escrito en enero de 1986 desde Riad, el que indicó que el montante de las comisiones que debían ser pagadas por al-Yamamah superaba los seiscientos millones de libras esterlinas.&lt;br /&gt;La afortunada imagen que utilizó Wyndham para persuadir a la familia real saudí de la conveniencia de comprar armas fue la siguiente, “ustedes han tenido siempre mucho calor, pero muy poca modestia.”&lt;br /&gt;Cuando dejó la empresa gubernamental, volvió a la venta privada de armas, encabezando la fábrica de tanques “Knitter” y otras empresas relacionadas con el armamento.&lt;br /&gt;Escribió una nota, publicada en el “Guardian” en la cual exponía el modo en que discutió con ministros y agentes de diversas compañías la manera de “ahogar” a un dirigente saudita que habría contrariado la voluntad real.&lt;br /&gt;En 1995, llegó al ministerio de defensa conservador como colaborador directo del titular.&lt;br /&gt;Sir Thomas Raven. Ha sido durante muchos años un amigo de PAES. A mediados de los 80, cuando era el jefe de los consejeros en política exterior de Gertrude Taillefer, ayudó a sellar el contrato al-Yamamah. Después se convirtió en consejero a sueldo del presidente de PAES.&lt;br /&gt;Nacido en 1941, hijo de un oficial del ejército del aire, entró en el Ministerio de Asuntos Exteriores en 1963, donde ascendió rápidamente en el escalafón. En 1983 se convirtió en uno de los más seguros y fieles consejeros de Taillefer, en cuanto se refiere a política exterior.&lt;br /&gt;Suele ser pintado como una eminencia gris, debajo siempre de las faldas de la primera ministra mientras ella se entrevistaba con los dignatarios extranjeros y se hallaba, por supuesto, a su diestra cuando ésta negoció al-Yamamah.&lt;br /&gt;Tras la caída de Taillefer, sus días estaban contados, así que dejó Dowing Street en 1991 y, a partir de ahí, fue acumulando empleos en el sector privado, llegando a ser consejero de dos firmas, director de otras doce y pagado regularmente por diez más. Actualmente es consejero político del presidente de PAES.&lt;br /&gt;Pertenece al círculo de amigos íntimos de Tachu-l-Habazlán, el fijador, el verdadero corazón de al-Yamamah. Se conocieron durante el contrato original de 1980. En 2001, Habazlán lo hizo presidente de una de sus compañías. No obstante, la primera vez que entró a formar parte de la administración de una compañía de Habazlán fue en 1994, ayudando también a éste a dirigir su controvertida escuela de comercio.&lt;br /&gt;Su hermano menor, Jonathan, fue el jefe de personal del nuevo primer ministro laborista, cuando los sauditas hicieron presión sobre Downing Street para hacer cesar las investigaciones del “Serious Fraud Office”. Consta que, en ese momento, agentes sauditas se pusieron en contacto con Thomas Raven para manifestarle su cólera. Éste negará siempre haberse dirigido de inmediato a su hermano Jonathan.&lt;br /&gt;Su hijo Hugh encabeza el departamento encargado de la política de seguridad en el Ministerio de Asuntos Exteriores, hasta el cual parece que llegan los hilos de la implicación en al-Yamamah y otros contratos firmados por PAES.&lt;br /&gt;Fue ennoblecido de por vida en el año 2000, tomando el nombre de Lord Raven de Bayswater.&lt;br /&gt;Una vez culminadas las fórmulas de cortesía que suelen imponerse en tales casos, formando un nutrido y elegante cortejo, en el que únicamente desentonaba un tanto el pintoresco Gedeón Pacheco, entraron en el caserón y cerraron puertas y ventanas a cal y canto, aunque por lo que se refiere a estas últimas dejaron al menos los postigos abiertos para que les entrara algo de luz, si bien ésta debía ser poca pues no eran numerosas las ventanas. Felipe buscó en vano un ángulo que nos permitiera obtener un plano, siquiera parcial de la reunión. Tuvimos que conformarnos con seguir las evoluciones de tres o cuatro tipos, en mangas de camisa, que se pusieron a preparar una enorme paella a fuego de leña.&lt;br /&gt;En cambio, lo que se decía dentro lo oíamos con una nitidez realmente fascinante, hasta el punto de que, si se producía el crujido de una silla o si alguien dejaba caer un bolígrafo sobre la mesa o hacía chascar los pernos de un maletín, tal ruido insignificante nos llegaba con una limpieza y una definición bastante mayores, sin duda alguna, a como lo hubiéramos captado de encontrarnos en la propia sala.&lt;br /&gt;A continuación asistimos a la lectura completa, sin que faltara una sola cláusula, del documento destinado a pasar por debajo de la mesa en que debía firmarse el protocolo oficial concerniente a la producción y entrega por la sociedad británica PAES de un número determinado de aviones de caza “Eurofighter” a la Arabia Saudita. No se pasó por alto el menor dato preciso, y precioso, pactado en las negociaciones previas. Se mencionó la cantidad exacta a la que ascendía el volumen global de las comisiones ocultas y, además, a quién estaba destinada cada libra de dicho montante, desde las partidas más grandes a las más reducidas, así como el modo en que se iban a disimular cada una de ellas, que si ésta bajo el epígrafe de “support services”, o bien “servicios de marketing”, que si la otra mediante facturas hinchadas a subcontratistas locales, a empresas de construcción y mantenimiento de instalaciones, etc.…. Incluso se destinó un dos por ciento para los funcionarios civiles de uno y otro gobierno que debían ultimar el contrato definitivo. Se trazó el recorrido completo de ciertas “cajas negras” que permitirían el tránsito a través de cuentas bancarias suizas de sobornos considerables a beneficiarios sauditas y también la manera de alcanzar directamente algunas cuentas domiciliadas en el Banco de Inglaterra. En resumen, el precio básico de los aviones fue hinchado en un treinta y dos por ciento para permitir satisfacer los intereses de todos y cada uno de los implicados. Lo mismo se hizo con las demás partidas referentes a mantenimiento y construcción de bases locales, pues cada aspecto de al-Yamamah contenía corrupción.&lt;br /&gt;El documento estaba listo para la firma. Alguien iba nombrando a los representantes de cada una de las partes y éstos hacían correr el bolígrafo sobre el papel. Cumplimentado este requisito indispensable, todos salieron al sol, donde les esperaba una buena paella. Por lo menos vista de lejos lo parecía. De modo que fueron a sentarse bajo la higuera y allí comieron y bebieron y platicaron a su sabor. Gedeón Pacheco había querido que estuviera presente la tradicional bota, así que la tomó, la tentó un poco mientras pergeñaba un discursito teórico y seguidamente pasó a hacer una demostración práctica coronada por el éxito. Fue aplaudido con fervor. A pesar de la bota, dijo, no es un vino de campesinos, sino que se trata de una reserva de solera. ¿Quién se atreve? Sir Oswald Wyndham recogió el guante. Nada más alzar la bota, ya se había manchado la impecable camisa blanca de rojo. Los demás se burlaron de él como colegiales. Pero nuestro Lord británico, algo picado, exigió que, puesto habían sido lo bastante como para zumbarse, que demostrara cada uno de lo que es capaz. Y diciendo esto, dejó la bota entre las manos de John Silver. El cual se levantó teatralmente, puso un pie en Francia y el otro en Portugal, levantó la bota y el resultado fue el mismo. Risa general y sofoco del inglés. De esta guisa fueron pasando todos y no hubo uno solo que no se pusiera la camisa perdida de grandes manchas de rojo. Pero, cuando la víctima era otro, todos reían con ganas.&lt;br /&gt;También en la mesa del fondo, aunque más circunspecta, la guardia comía paella. E incluso se pensó en bajar una ración a los pilotos.&lt;br /&gt;Varias patrullas de hombres vestidos como cazadores, armados de escopetas, pasaron junto a nuestras cámaras. Pero Felipe nos tranquilizó. No hay cuidado, están muy bien disimuladas.&lt;br /&gt;El vino y la paella puso a nuestros hombres de negocios de excelente humor y mientras ellos contaban chistes verdes, la tarde iba madurando, se iba dorando. Había llegado el momento de despedirse. Efusivos apretones de mano, hasta besos hubo, quizá entre mortales enemigos, quién sabe; allá, en las cortes orientales, la lucha por el poder siempre ha sido implacable, inclusive en el seno de las propias familias reinantes. Pero todavía no se trataba de eso. Ese día habían hecho un pingüe negocio y tenían motivos para estar satisfechos.&lt;br /&gt;Bajaron formando un solo grupo, en animada conversación. Aunque nosotros ya no supimos de qué trataba, pues el príncipe Moshin y Gedeón Pacheco se quedaron arriba y ya se dirigían a sus coches.&lt;br /&gt;Poco después, las corpulentas libélulas de metal comenzaron a girar sus élitros y, una tras otra, alzaron el vuelo y se fueron bordoneando, al tiempo que los negros automóviles del príncipe, así como la carraca de Gedeón Pacheco, aceleraban en dirección a la verja, levantando una gran polvareda. Luego toda la caldera quedó en paz, o casi.&lt;br /&gt;Las pantallas se apagaron y comenzaron a enrollarse. En la Arabia Inaudita, o Arabia Feliz, me dije, las cosas son probablemente de otra manera, pero aquí, en Occidente, yo me sé de una parte al menos que no debe tener el menor interés en que esto se divulgue. Tal y como están las cosas, el mero hecho de ver a estas personalidades reunidas constituye ya un escándalo.&lt;br /&gt;La osadía de pretender desafiar a esa “parte”, no merece ser calificada de error, sino directamente de locura. Porque supongo que sabrás que esos fantoches que viste no son sino títeres de otros personajes más encumbrados, los cuales manejan los hilos que mueven a éstos desde el corazón de la más espesa tiniebla. ¿A quién, si no, en su sano juicio se le ocurriría semejante barbaridad? Sano o enfermo, obtuve lo que quería. El dinero…papel moneda….viruta, humo, una entelequia, ¿qué es eso cuando uno va a perder la vida? Un poco de dinero, cambia todo; un poco más y la vida merece ser vivida; pásate una pizca y entra el vicio en ella. Cuando llueve sobre mojado, nada se altera, llega el tedio, el cáncer del hastío. Ello sin mencionar la circunstancia de que, después de todo, tuviste suerte y tardamos en encontrarte, porque si no, ni siquiera dinero hubieras obtenido. Ahora, es cierto, llegamos un poco tarde. Ese dinero ha sido despachado aquí y allá y más allá. Se ha evaporado. Aprendiste bien la lección en cabeza ajena, la de quienes cayeron en desgracia ante tus ojos atentos. Pero todavía no es tarde para quien está dotado de perspicacia. De un modo u otro, siempre habrá quien conozca el modo de recuperar todo eso y, de paso, todo lo demás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días que siguieron fueron días alciónicos. Encontré un apartamento dúplex en la cima de una de esas torres construidas, por la avidez de unos y la incuria de otros, al borde mismo del mar, hundiendo los pies en la arena. Dichas torres puede que sean espantosas e incluso grotescas vistas del exterior, pero ese apartamento era agradable, todo revestido de madera en su interior, como un barco que navegara en la cresta de una ola producida por un tsunami. La vista era magnífica. Hacia el este, los trasatlánticos no navegaban por la línea del horizonte, sino que presentaban todavía un buen campo de azur tras ellos. Hacia el oeste, los amplios ventanales se llenaban todas las tardes de los ocres del ocaso, como las encendidas vidrieras de las catedrales, fabricadas con tinturas alquímicas. Durante el día, ríos de luz entraban por sus cuatro costados.&lt;br /&gt;Allí me instalé pues con Dunia. Por la mañana, nos levantábamos temprano, desayunábamos en la terraza contemplando el sol naciente sobre la sosegada cernada del mar. Enseguida bajábamos a cruzar la ensenada de la playa a nado. Nuestros cuerpos se pusieron, en poco tiempo, brillantes y tersos, estabilizándose en un color canela, apropiado para regresar caminando sobre la arena mojada de la orilla, sin establecer mucho contraste con ella. Comprábamos el periódico y lo leíamos en la terraza de un bar, mientras nos tomábamos una cerveza. Luego subíamos, leíamos un rato más y nos dedicábamos a cocinar nuestros propios platos. La tarde era un período más aleatorio, según el humor, o bien nos quedábamos en el apartamento y, tras una breve siesta, seguíamos leyendo tranquilamente un buen libro, o veíamos una película, o bien cogíamos el coche y nos dedicábamos a visitar lugares y pueblos del interior. A veces, nos dejábamos caer por la atalaya. Una vida fácil, aunque no excesivamente llamativa.&lt;br /&gt;Entretanto, aquí, en mi antigua vivienda, dejé conectada en mi despacho, mediante un programador, la lámpara de mi mesa de trabajo, de manera que permaneciera encendida durante la mayor parte de la noche, casi hasta los aledaños del amanecer. De ese modo, el escritor trabajaba durante sus horas habituales, mientras que su cuerpo astral llevaba una existencia paralela.&lt;br /&gt;La vida, en suma, de una especie dentro de un ecosistema en el que se ha extinguido su depredador. Pero ello no debía durar mucho. Ah, tuvimos un buen mes de paraíso terrenal. Después vino la espada de fuego. Es verdad, llegó un día en que el cielo se puso tan oscuro que parecía lo habían recubierto con una lona negra. La tempestad vino desde el mar, acompañada de abundante aparato eléctrico. Los rayos se mordían la cola los unos a los otros y el estruendo hacía temblar el edificio. Luego, como obedeciendo a un solo golpe de batuta, una pesada cortina de lluvia se abatió sobre el mundo. La luz se fue enseguida. “Y el quinto (ángel) ha vertido su cáliz sobre el trono de la bestia salvaje. Y su reino se ha entenebrecido y se mordían la lengua de dolor…”&lt;br /&gt;Al cabo de una hora, la lluvia, lejos de amainar, arreciaba cada vez más. Desde lo alto de la torre no se veía ni el mar, ni la tierra firme; antes parecía que nos halláramos flotando a la deriva sobre unas aguas agitadas, torrenciales, y unas olas, de agua y de vapor, fueran a estrellarse continuamente sobre los cristales. Aquello estaba adquiriendo las proporciones de una situación de emergencia e intuitivamente supe que tales circunstancias debían encontrarme a la cabeza de mi ejército. Le dije a Dunia que nos convenía ir a la atalaya, allí estábamos demasiado aislados. Si se producía una inundación, mejor sería encontrarse en el centro de la ciudad. Bajamos, pues, las escaleras a pie y éramos los únicos en hacerlo. En todo el edificio no se percibía ni el menor indicio de vida. Al llegar al aparcamiento del subsuelo, nuestros pies se hundieron en el agua hasta los tobillos. No había más coche que el nuestro. Tuve que abrir manualmente la puerta del garaje, con una llave. Caía tanta agua, que era difícil ver la calle y luego más difícil aún percibir los bordes de la carretera que conducía hasta la ciudad, era como si echaran cubos sin parar sobre el parabrisas. Hubo momentos en los que fue necesario detenerse, pues no se veía absolutamente nada.&lt;br /&gt;Con todo, llegamos a la atalaya. Preferí no dejar el coche en el interior del aparcamiento. Un coche patrulla pasó conminando a la gente a permanecer en sus casas hasta nueva orden. Detalle que parecía superfluo pues no se veía ni un alma.&lt;br /&gt;Tuvimos que llegar hasta el encumbrado ático andando. Allí se encontraba el equipo al completo, pero distendido, con buen humor. Hasta que llegue aquí, comentó Ouissene. Nos facilitaron una muda porque estábamos empapados y no habíamos hecho sino cruzar la calle. El único que parecía un poco inquieto era Mefiboshet. Está lloviendo más que el día que enterraron a Zafra, esto acabará en riada, fijo. Ha hecho demasiado calor este verano y ahora vamos a pagar las consecuencias.&lt;br /&gt;Por fortuna o por industria, tanto allí como en la agencia inmobiliaria, en previsión de un apagón en el momento menos oportuno, mandé instalar placas solares que alimentaban una batería capaz de proporcionarnos una autonomía de varios días. Conectamos los ordenadores y también la radio. Pudimos recargar nuestros móviles. La atalaya seguía siendo la atalaya.&lt;br /&gt;La alcaldesa, Marisol Herrera, habló a través de las ondas. Puse el televisor, en la cadena local, y efectivamente, también allí estaban retransmitiendo su alocución. Aparecía envejecida, con ojeras, titubeante. Confirmó el peligro inmediato de fuertes inundaciones y repitió las consignas que daban los coches patrulla por las calles. Era la viva imagen de una mujer desbordada por los acontecimientos, pues aquellas circunstancias extraordinarias caían en el peor momento. Tras la detención de Ruano, comenzó a ser investigada por la justicia y a esas alturas ya la tenía prácticamente acorralada, la prensa la acosaba sin darle un minuto de respiro y, en las altas esferas, su futuro político estaba sentenciado.&lt;br /&gt;Mefiboshet tronó. Esta gentuza no sabe ni dónde tiene la mano derecha, seguro que no tienen ni puñetera idea de lo que hay que hacer en estos casos. Yo también lo pensé, sabía de buena tinta que la alcaldesa era una incompetente y estaba rodeada de una cáfila de mampolones, que no se habían ocupado más que de enriquecerse personalmente, a costa de los intereses del pueblo.&lt;br /&gt;Y según tu opinión, Juan, ¿qué debe hacerse en estos casos? Pues todo el mundo sabe que hay que hacer un boquete con dinamita en la orilla del río, para que una buena parte del agua que lleva vaya a parar a la albufera y de allí al mar y no nos caiga sobre la cabeza.&lt;br /&gt;No era, en verdad, una idea descabellada. Me puse delante de un ordenador. Llené la pantalla con un mapa físico de la región. Lo imprimí. Localicé el recorrido del río. Tomé nota de las principales ciudades que se hallaban en sus orillas. Lancé una búsqueda que se reveló fructuosa. Tenía ante mí la red de web cams de toda la región, pero me interesaban las poblaciones que estaban en la cuenca del río. Las fui pinchando una a una y en todas ellas se veía lo mismo, una barrera impenetrable de lluvia que no dejaba percibir nada más que sombras. Volví a buscar otro mapa que me permitiera delimitar la zona cercana del río. Lo imprimí. Convoqué a todos en el despacho.&lt;br /&gt;Juan tiene razón, el consistorio no hará nada en absoluto para evitar la catástrofe que se nos viene encima. Puse el mapa sobre la mesa. Con un lápiz marqué una cruz en un punto del trazado del río. Aquí pondremos una carga de dinamita. Luego el lápiz cayó sobre la carretera nacional. Aquí otra. Será preciso colocar hombres a un lado y a otro para que detengan el tráfico y emplazar un todo terreno aquí y otro aquí por si acaso viniera la guardia civil, pero en ese caso les dejaríamos un cartel previniéndoles de lo que va a ocurrir. Finalmente aquí otra, en la vía del tren, por lo que habrá que prevenir igualmente a la RENFE. A ver….son las cinco de la tarde. A las siete en punto deberán volar las tres cargas. Un cuarto de hora antes, se avisará a la RENFE. Cinco minutos antes, se cortará el tráfico en la carretera. Yo me ocuparé del río, tú, Milos, de la carretera y tú, Vuk, de la vía de ferrocarril. Sin más pérdida de tiempo, vayamos al depósito a recoger la munición. Milos tomó el móvil y dio la orden de preparar las tres cargas. Seguidamente hizo varias copias del mapa en el que figuraban las cruces, efectuó otra llamada y nos dijo que le aguardáramos en el depósito de municiones.&lt;br /&gt;Eran las seis y cuarto cuando alcanzábamos nuestra posición en la orilla del río. Por la radio del coche nos enteramos de que la situación era crítica y se esperaba que, de un momento a otro, las aguas se desbordaran por encima de la ciudad y entraran en ella como un tropel de elefantes en un poblado. Habló un geólogo asegurando que su fuerza iba a ser demoledora, arrolladora, aconsejando a los habitantes que se refugiaran en las partes más elevadas de los edificios. Los testimonios que recogían los periodistas, al azar de las calles, traducían un pánico generalizado. Nuestros expertos eligieron el lugar más adecuado para poner la carga y dejaron todo listo. A las siete en punto, uno de ellos apretó un botón y se produjo una explosión sorda, que hizo temblar la tierra y nos pusimos a correr a través de los naranjos en busca de los coches para salir con ellos de estampida. El terreno que pisábamos se iba a convertir, en breves instantes, en el nuevo cauce del rio, por el que iba a transitar el empuje bestial de unas aguas tan enfurecidas como una hueste del infierno.&lt;br /&gt;Cuando regresamos a la ciudad, llovía menos y ésta se hallaba como aplastada por un silencio de mausoleo, pero intacta. Los vehículos en los que viajábamos se dispersaron. El mío me dejó a unas cuantas manzanas de la atalaya. Llegamos todos en un pañuelo, dentro de un período de cinco minutos más o menos.&lt;br /&gt;Quienes hablaban por la radio todavía no se habían enterado de nada, se limitaban a constatar que el nivel del río estaba bajando inexplicablemente. Tan sólo dos horas más tarde, cuando nosotros nos hallábamos cenando en la terraza, los periodistas de la televisión comenzaron a hacerse eco de los rumores que corrían, según los cuales se habría desviado, mediante cargas de dinamita, una parte del caudal del río hacia el mar. Y todas las televisiones locales, nacionales e internacionales, se hallaban en el hall del Ayuntamiento esperando poder entrevistar a la alcaldesa. Pero ésta no acababa nunca de salir de su despacho.&lt;br /&gt;Al cabo hizo su aparición y una nube de micrófonos de todos los colores y ostentando toda clase de siglas la cercó por todos lados. Admitió que, tras haberse reunido con su gabinete de crisis y con un grupo de expertos, había tomado, mediante un intenso aunque reflexivo debate, la decisión que se imponía, a saber, colocar tres cargas explosivas, una en la orilla del río, otra en la carretera nacional y, finalmente, una tercera en la vía férrea, adoptando las debidas precauciones con objeto de cortar tanto el tráfico viario como el ferroviario y aseguró que los propietarios de los terrenos de cultivo devastados por las aguas serían correctamente indemnizados por el Ayuntamiento, incluidos los pertenecientes a términos municipales vecinos.&lt;br /&gt;Tales palabras fueron recibidas en la atalaya por una estentórea carcajada general. Entre unas cosas y otras, reinaba un ambiente de fin de guerra, cuando en realidad se trataba tan sólo de una tregua. Aún no habíamos terminado de comer cuando cayó una nueva tromba de agua, tan repentina y violentamente como la anterior. A pesar del toldo, nos mojamos todos quitando la mesa en un santiamén. Esa vez ya no paró en toda la noche.&lt;br /&gt;Nicolai nos cedió su habitación y él se fue a dormir al sofá del salón. Si es que alguien consiguió dormir algo con el fragor de la lluvia. Al amanecer estábamos desayunando todos en la cocina, con la radio puesta. La catástrofe se había consumado de todos modos, aunque, al decir de los expertos, lo peor se había evitado, puesto que la ciudad había sido inundada por la aportación de las torrenteras y barrancas, así como por el extraordinario volumen de precipitación caído sobre ella misma; por el contrario, de haberse desbordado el río, dado el empuje que llevaban sus aguas, reforzado por la ligera pendiente que existe entre éste y la población, las consecuencias hubieran alcanzado una proporción realmente dramática.&lt;br /&gt;Mefiboshet nos preguntó si habíamos mirado a través de la ventana. Lo hicimos. Un agua de color terroso alcanzaba la altura de un primer piso. La guardia civil y los bomberos se desplazaban por las calles, convertidas en canales, mediante lanchas neumáticas. La ciudad entera estaba asignada a domicilio. Afortunadamente tenemos provisiones para un mes, aseguró Mefiboshet. ¿Tanto se va a prolongar esta situación? No creo, una semana como mucho. Probablemente dos o tres días.&lt;br /&gt;A los dos días, en efecto, el agua se había drenado, pero dejó una capa gelatinosa de barro de un metro de espesor que lo cubría todo, incluido garajes, plantas bajas y algún entresuelo.&lt;br /&gt;La alcaldesa, Marisol Herrera, habló de nuevo por la radio y la televisión para pedir la formación de brigadas populares, con objeto de que colaboraran con los servicios municipales, absolutamente insuficientes para afrontar la situación. Unas horas más tarde se anunció también la intervención del ejército.&lt;br /&gt;Di orden de que nuestros hombres se presentaran como voluntarios, a título individual, sin manifestar el menor indicio de cohesión o de jerarquización entre ellos. Nosotros, los integrantes de la cúpula, daríamos el ejemplo enrolándonos en las mencionadas brigadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La explanada del Ayuntamiento se llenó de sujetos de toda condición y edad, con polainas e impermeable y un humor más bien taciturno y sentencioso. No llovía, pero el cielo seguía gris y unas nubes aceradas como acorazados surcaban sus aguas, amenazando con encallar en los edificios más altos. Aquí y allá, confundidos entre la multitud anónima, percibía el rostro conocido de alguno de nuestros hombres. Dentro de la casa consistorial reinaba un silencio lóbrego.&lt;br /&gt;Llegaron al cabo empleados municipales que nos pertrecharon con palas y azadas, formaron cuadrillas, les adjudicaron un cabo y las despacharon hacia diversos sectores. A Ouissene y a mí nos tocó un barrio popular del oeste de la ciudad. Bajamos del camión y nos enfrentamos a la tarea más urgente, abrir un camino a través del barrizal uniforme que cubría la calle. Dado que la maquinaria pesada era totalmente insuficiente, en muchos lugares tuvo que hacerse esta tarea utilizando procedimientos prehistóricos. La gente nos contemplaba en silencio, con la esperanza cansada de la población civil que asiste a la entrada del ejército liberador. Poco a poco, se fueron animando y comenzaron a bajar, armados con herramientas propias. Unas horas más tarde, éramos una armada de hormigas aplicada a una tarea ingente. Penetramos al fin en las viviendas. El espectáculo era desolador, la inmensidad de la labor pegaba al cuerpo una sensación semejante al estado depresivo que confería una pesadez mayor a los músculos. El barro era como una lepra marrón que lo cubría todo.&lt;br /&gt;Trabajamos sin descanso durante el día entero y a la mañana siguiente volvimos al tajo. Limpiamos pisos, apartamos muebles para ponerlos a secar, lo que ya no tenía remedio lo sacamos a la calle, la confusión era enorme y el cansancio comenzó a hacer estragos. Hombres, mujeres y niños parecíamos espectros sin refugio y sin objeto. Sin embargo, nada se detuvo. La capacidad de los pueblos para soportar catástrofes, guerras y calamidades de todo tipo es inmensa, inagotable. El temple escondido bajo aquel ropaje de carne que le plantaba cara a la adversidad, me mantuvo en pie, impidiendo que me desmoronara sobre el lodo, ayudándome a reconquistar el equilibrio y vencer la náusea.&lt;br /&gt;Entonces comenzó a propagarse el rumor de que venía una nueva riada. Otros, en cambio, aseguraban que habían ido a ver el río y su nivel estaba bajo. Reanudamos pues el trabajo, pero un cierto desasosiego se sumó a la fatiga. La sospecha de que nuestro afán era hacer para deshacer limaba las pocas fuerzas que nos quedaban.&lt;br /&gt;De repente alguien clamó que una ola gigantesca corría campo a través, más veloz que un caballo. La multitud se puso a gritar y a precipitarse en todas direcciones, el caos fue indescriptible. Los que conservaban un residuo de serenidad, conminaban a subir de inmediato a los tejados. En poco tiempo las calles se vaciaron. Dejamos que ascendieran primero las mujeres, ancianos y niños. Seguidamente nos lanzamos a través de las cajas de las escaleras y cada peldaño era una garantía suplementaria de vida.&lt;br /&gt;Se oyó el bramido de un oso malherido atronar el aire, luego el golpear de un sinfín de objetos contra las paredes y finalmente el horrísono regüeldo del agua ascendiendo por el hueco de la escalera. Parecía que el mar se nos había caído encima. La gente gritaba, histérica, y ascendía frenéticamente en la semioscuridad. De hecho, el nivel del agua dio un tremendo tirón, dejándonos atrás, sumergidos en un líquido sucio y espeso. Por suerte se detuvo un par de metros más arriba. Tan sólo unos cuantos hombres y una mujer joven nos habíamos dejado atrapar por ella. Entre Ouissene y yo sacamos a la superficie a dos tipos que habían recibido seguramente un golpe y estaban como aturdidos, revelándose incapaces de nadar.&lt;br /&gt;Llegados a la azotea, nos precipitamos, como lo habían hecho ya los demás, hacia la baranda, para ver lo que sucedía abajo. De nuevo las calles se habían convertido en torrentes tumultuosos, bravíos. Nos hallábamos en un edificio de cinco plantas y el nivel del agua había superado la segunda. Desde la otra parte de la terraza el espectáculo era todavía más aparatoso, allí donde antes había una avenida que desembocaba en una plaza, entonces se veía un auténtico brazo de mar, arrastrando troncos del tamaño de una barcaza y toda clase de objetos, muebles, vigas, colchones. Todas las fincas se hallaban coronadas por una multitud que se agitaba y voceaba. De lejos, parecía de alegría. Pero cuando nos percatamos de que, a nuestro alrededor, las mujeres lloraban y se tiraban del pelo, los hombres maldecían y los niños se hallaban completamente pasmados, penetramos el verdadero sentido de lo que estaba sucediendo en todos los edificios y en todos los balcones.&lt;br /&gt;Nadie parecía comprender lo sucedido, máxime cuando el sol pugnaba por abrirse camino entre las nubes, como para ver, también él, el desastre en que se hallaba sumido el mundo. La explicación de lo ocurrido era, como supimos más tarde, que se había roto el pantano y se había volcado todo su contenido de golpe. Una colosal ola se formó, la cual se dirigió al mar por el camino más recto, ignorando el cauce del río, llevándose todo a su paso, las viviendas de los vivos y también las de los muertos. Cadáveres recientes y añejos quedaron esparcidos en buena hermandad y puestos a secar entre desperdicios, en medio de un abominable campo de batalla. Pero ello formaba parte del capítulo de visiones dantescas que se nos había reservado para después.&lt;br /&gt;Sí, había llegado para ti el instante del heroísmo. Uno de tus más graves errores.&lt;br /&gt;Ouissene me señaló algo tras de mí. Miré en la dirección indicada y se me apareció un niño de no más de cinco años, encaramado a lo que parecía ser un pesado aparador, acercándose a toda velocidad.&lt;br /&gt;En medio de lo que había sido la plaza, se cruzaban dos corrientes, por lo que se había formado una suerte de espina dorsal que la recorría casi de punta a punta. Todo cuanto llegaba allí se hundía y no reaparecía hasta cincuenta o sesenta metros más allá. El chaval, con su improvisada embarcación iba directo hacia esa línea, imposible de evitar por otra parte, pero previamente tenía que cruzar por delante de donde estábamos nosotros.&lt;br /&gt;Antes de que Ouissene pudiera reaccionar, salté sobre el pretil apoyándome en un palo de tender. Cuando éste se recuperó de la sorpresa, avanzó un paso hacia mí, pero con un gesto tajante de la mano lo dejé de nuevo clavado en el suelo. Se hizo un silencio en la azotea que yo percibí como de fin de mundo.&lt;br /&gt;Aguardé un instante a que el chaval se acercara un poco más y me lancé al vacío, como desde un trampolín. Tardé una eternidad en caer. Todavía conservo la película a cámara lenta de los balcones cuajados de macetas con geranios que iba rebasando cabeza abajo, del estupor, en todos sus matices, que reflejaban los diversos rostros que encontré a mi paso y que me vieron recorrer mi camino vertical. Recuerdo que mi mayor temor consistía en que, a pocos palmos de la superficie, viajara un tronco, o una viga de madera, o cualquier otro objeto de los que arrastraba la corriente, y me estrellara contra él. Me recibió una inmensa fuerza fría que parecía ocupada en otra cosa, por lo que ni siquiera me percibió. Salí a la superficie casi al instante y nadé con todas mis fuerzas hacia el armario. La velocidad alcanzada era tal que sentí vértigo, o quizá el vértigo provenía al notar la potencia portentosa de las aguas que me envolvían. Sin embargo, avanzaba en línea recta hacia mi objetivo, ayudado por los vectores de fuerzas en presencia.&lt;br /&gt;Una vez agarrado al mueble, me fui acercando al chaval, quien me contemplaba en silencio. No parecía asustado, sino que daba la impresión de mirarlo todo como si contemplara una incomprensible pelea entre adultos. Sus dos ojos negros me consideraban serenamente. Yo diría que fue él quien me calmó a mí y no al contrario. Me puse a su lado. Mira, vamos a hundirnos durante un momento, como en los parques acuáticos, ¿vale? Pero luego salimos, ¿eh? No te preocupes si es un poco largo. Ven, agárrate fuerte a mí. Así, muy bien. Ahora, cuando yo te diga, coges todo el aire que puedas. Busqué a tientas un asidero sólido. Todavía no. Ahora, así, como yo.&lt;br /&gt;El universo entero se puso a dar tumbos como una rueda a la deriva, las nebulosas y las galaxias también, cual nubes de burbujas agonizantes. Pero la única gota de calor, el único átomo de luz viva que refulgía aún en esa bola fría de materia inerte, la llevaba yo entre mis brazos y por nada del mundo iba a permitir que me fuera arrebatada.&lt;br /&gt;El aparador pasó por encima de nosotros, nosotros por encima de él. Así diez o doce veces. Pero el milagro al fin se produjo, bajo un cielo nuevo y una tierra nueva, rebosante de sol.&lt;br /&gt;La corriente se mantuvo intensa hasta que llegamos a mar abierto. Luego, paulatinamente, disminuyó. La costa no quedaba excesivamente lejos. El armario se puso a navegar paralelamente a ella. Al cabo, me decidí a ayudarlo a encallar.&lt;br /&gt;Salimos a la playa y nos sentamos en la arena. Entonces me di cuenta de que una zodiac de la guardia civil nos había seguido y estaba poniendo proa hacia nosotros. Vienen a por ti, le dije, para llevarte a casa. A lo mejor nos vemos un día de estos, añadí. Él me contempló con su serenidad inalterable, pero sin responder. Bueno, adiós. Cuando ya me había alejado unos pasos me llamó. Oye. ¿Sí? Gracias. De nada. Y me fui con una sensación extraña, mezcla de varios compuestos entre los que destacaban dos, primero que me parecía huir más que irme, segundo, que entre él y yo había una diferencia de edad, pero no precisamente a mi favor.&lt;br /&gt;Llegado a lo alto de las dunas, me volví un instante. Los agentes conversaban ya con el niño. Uno de ellos esbozó un movimiento hacia mí. Otro, que parecía tener más autoridad, con un gesto se lo impidió. Bajé del otro lado de la duna y me perdí entre los naranjales.&lt;br /&gt;Durante dos días más no se pudo entrar en la ciudad, así que me enrolé de nuevo en una de esas brigadas que en ese momento estaban dedicadas a atender sólo las urgencias y dormí en un cobertizo habilitado para acoger a los que se habían quedado sin techo.&lt;br /&gt;Cuando al fin pude subir a la atalaya, supe que se me había dado por muerto, o les faltaba ya poco para hacerlo. Ouissene pudo llegar antes que yo y relató lo que había acontecido. Entonces supusieron que mi tardanza era, cuanto menos, signo de mal agüero. Yo únicamente quería tomar una buena ducha y echarme a dormir. Lo hice durante dieciséis horas cabales. Todas y cada una de ellas repletas de fantasmas y de pesadillas, todas como una sola manzana podrida en la que bullen los gusanos, en la que pululan los cadáveres más diversos, desde los de la película de Moscú, hasta los de la víspera, medio enterrados en el fango, asaeteados por los cañaverales, colgados de los árboles como trapos sucios puestos a secar. Y arrastrándose entre los escombros y el pus, surgía por todas partes el joven esbirro ruso, bramando y llamando a su madre. Me desperté con la garganta ronca de tanto gritar algo yo también, aunque nunca supe qué. Dunia estaba sobre mí, para evitar que hiciera un destrozo con todo lo que se encontraba a mi alrededor y trataba de calmarme. Tardé todavía unos segundos en comprender el significado de la nueva imagen que estaba viendo, sólo entonces mis nervios cedieron. Dunia no me habló, pero sus ojos operaron el milagro de reconciliarme con la vida. Me abracé a ella, pero no como a mi mujer, sino como a la única tabla de mi naufragio.&lt;br /&gt;No tardé mucho en recuperarme. Descorrí las cortinas y el sol me cegó. ¿Qué día estamos hoy? Hoy es uno de noviembre, repuso Dunia. Todo ha pasado ya, ¿verdad? Sí, Dunia, lo peor ha pasado.&lt;br /&gt;¿De veras que lo creíste? Sí, bajo ese espléndido sol de noviembre no se podía pensar otra cosa.&lt;br /&gt;Salimos para desayunar en la terraza. El aire era límpido y diáfano como el cristal. Hasta el más diminuto detalle que alcanzaba la vista, allá en las cumbres de las montañas, se percibía con toda nitidez. Sobre el mar se veían puntitos blancos, dispersos. Eran los veleros del Club Náutico, como si nada hubiera pasado. Más al fondo, cruzaban los trasatlánticos de recreo. En la terraza todos los rostros aparecían exultantes, como si la Jerusalén celeste hubiera descendido ya y estuviéramos viviendo en ella.&lt;br /&gt;Pues no era aún tiempo de vagar, ya que las últimas plagas no se habían cumplido todavía. Es cierto, quedaba la postrera. La más terrible. Así es, la más terrible.&lt;br /&gt;Algunos hombres comenzaron a decir que había llegado Leviatán a la ciudad. ¿Quién es Leviatán? Nadie supo decírmelo. Sólo que habían escuchado la noticia de labios temblorosos y ojos huidizos. Le dije a Milos, manda a tus hombres que abran bien los oídos, que investiguen discretamente. La información que recibimos fue contradictoria. Para unos, Leviatán era un gurú, que devoraba niños durante el transcurso de ceremonias satánicas. Para otros era un antiguo mercenario que venía a traficar con armas. Los había que aseguraban saber de buena tinta que Leviatán era un asesino a sueldo infalible, el cual solía ser contratado para eliminar a los grandes de este mundo, cuando éstos comenzaban a importunar a otros igualmente grandes. Los hubo, en fin, quienes aseguraron que Leviatán no era sino un rumor propalado por alguien que pretendía asustarnos. Les pedí que siguieran indagando, que accedieran a los ficheros de los aeropuertos, de las compañías marítimas, del Club náutico, que revisaran los registros de propiedad, que patrullaran sin descanso las calles y que prestaran oído a lo que se decía en los bajos fondos. Al cabo, todos coincidieron en decir que Leviatán había venido a segar cabezas, en especial la que sobresalía.&lt;br /&gt;“Y otro ángel salió del templo gritando con voz de trueno a quien estaba sentado sobre la nube: Coloca tu hoz y siega, ya que la hora de segar ha llegado, pues la mies de la tierra está madura.”&lt;br /&gt;Dispuse que testaferros míos compraran todos los apartamentos que se hallaban en los dos pisos anteriores al ocupado por la atalaya. Que se instalaran en ellos hombres armados hasta los dientes y que, día y noche, montaran la guardia. Di instrucciones para que se adaptaran, según un modelo general que describí, apartamentos de nuestra propiedad para albergar entrevistas secretas. También di consignas precisas sobre las obras que debían hacerse en esta misma casa, por si acaso alguna vez me veía en la necesidad de habitarla de nuevo. Y yo me fui a vivir con Dunia a la torre del mar, sin ninguna protección, pero también sin ningún contacto con ellos. Salvo los que tendrían lugar en dichos apartamentos, según un ritmo y una rotación que previamente definí. Ahora puedo revelarlo, los numeramos del uno al doce y aprendimos la lista de memoria. El primero y el último martes de cada mes, nos daríamos cita en uno de ellos para tratar los asuntos corrientes. El mes siguiente cambiaríamos de piso, según el orden secreto establecido en la lista. Si acaso ocurría un incidente en un apartamento, no volveríamos a él, sino que aguardaríamos al mes siguiente, en el lugar convenido.&lt;br /&gt;Dado que, sobre todo yo, comencé a hallar el agua del mar algo fría, sustituimos las travesías a nado por el footing de playa. Y por la tarde continuamos con nuestras visitas de tierras adentro. A veces, hacíamos una escapada más larga, a la que podíamos consagrar varios días sin ningún remordimiento. Al fin y al cabo, los grandes asuntos parecían haber tocado su fin, todos ellos. Y en todo caso, por muy acuciante que fuera el problema, lo convenido era respetar escrupulosamente el calendario de citas establecido. Si urgencia había, ya la resolverían ellos, que no estaban mancos. Además, por otra parte no me había desembarazado de la posibilidad, o el sueño, de abandonarlo todo de una vez por todas. Realmente, sin que ello alcanzara proporciones patológicas, me hallaba escindido en dos por cuanto se refiere a este aspecto. Dos reflexiones me eximían de tomar una determinación que adivinaba cruenta. La primera de ellas era que, a todas luces, el momento todavía no había llegado, pues las circunstancias, aunque se hallaban en un punto muerto, o precisamente por eso, no eran las más propicias. La segunda es que no se toma una decisión así a la ligera. Esas cosas, que revisten tal gravedad, requieren una larga maduración, “la mucha especulación nunca carece de buen fruto “ diría la madre Celestina. De modo que, reconfortado por ambas consideraciones, decidí poner la cuestión en el congelador. Quedaba, sin embargo, pendiente el interrogante planteado por la presencia de ese tal Leviatán en la ciudad. Cuando trataba de evaluar racionalmente el peligro real que esto suponía, encontraba que la discreción observada hasta entonces, la distancia tomada en todo momento con respecto a la organización, la falta de vínculos establecidos con ella, pues mi nombre no figuraba en ningún documento, los bienes pertenecían a la “sociedad” y habían sido adquiridos por testaferros, el ascendiente que poseía, el cual daba cohesión y sentido al conjunto, era puramente tácito, todo ello dificultaba el establecimiento de cualquier tipo de relación que pudiera conducir hasta mí. Este tipo de razonamiento me tranquilizaba, cuando estaba en posesión de mi lucidez. Mas cuando caía en el sueño, la doble hilera de dientes del monstruo Leviatán me producía escalofríos de terror y me despertaba sobresaltado y con fiebre. Había veces que venía desde el mar y las aguas se hundían tumultuosas en su garganta como en un abismo, el cielo era ya la cavidad de su paladar abatiéndose sobre la torre y oscureciéndola con una noche vaporosa y caliente. Otras, surgía de los pozos y de las simas de la tierra, en forma de tentáculos viscosos que invadían, husmeando, silbando como serpientes, el garaje del subsuelo y comenzaban a ascender las escaleras y a trepar por el hueco del ascensor y las fachadas, hasta alcanzar el ático, como los filamentos de una gigantesca planta carnívora.&lt;br /&gt;Dunia me ponía en la frente paños mojados con agua fría y me daba a beber la medicina de sus dos ojos turquesa. Me preparaba el café y me obligaba a correr con ella, hasta que recobraba mi sano juicio. Después, al regresar al apartamento, se ponía frente al ordenador y organizaba un viaje. Nunca imaginé que fueras tan frágil, me confesó. Pero se notaba que la complacía cuidarme. Era como una madre severa, aunque sin descuidar el menor detalle ni el menor gesto de la magia ceremonial de la curación. Y para que no soñara más contigo, especie de aborto del infierno, me hacía el amor como una reina. Ya te advertí que pusieras un poco más de atención en la elección de tu léxico, pues podías perder algo más que la vida, pero por lo visto los hay que no creen sino en los actos, aun sabiendo que el universo fue creado por la palabra; es lo que yo siempre he dicho, hombres de poca fe, aunque no falta mucho para que lleguemos a la hora de la verdad; así, conviene que vayas concluyendo, pimpollo. Mientras tanto, yo comienzo a considerar el delicado problema consistente en determinar en qué salsa voy a comerte.&lt;br /&gt;Acabé por convencerme de que podía y debía serenarme. Ciertamente opté desde el primer momento por poner mi materia primordial en el crisol y no en el fondo del atanor, a la temperatura del estiércol de caballo, como tal vez hubiera debido, pues soy hijo de mi tiempo y he perdido el gusto por la espera, ya lo sabes. Un poco tarde para hacerte esa reflexión. Mas he aquí que la obra ha sido culminada en todas sus fases. Sonó la flauta por casualidad. Probablemente por casualidad, sí, poniendo en peligro mi vida y la de los otros, pero ¿qué se le va a hacer?, no se nace sabiendo, sino con la facultad de aprender, en el mejor de los casos, y cuando Manrique comparaba nuestras vidas a los ríos, se refería también a la propiedad asignada a sus aguas de ir siempre hacia delante, jamás hacia atrás. El agua del mar se comporta de manera distinta, basta con observar lo que sucede en las playas, las olas entran y salen de la arena, luego vuelven a entrar y vuelven a salir, así desde que el mundo es mundo. El agua es siempre la misma en cada lugar, lo que viaja es el movimiento, la manifestación de su trascendencia. El mar es la eternidad, un tiempo único, un movimiento único que se repite hasta la saciedad en todas sus partes pero en el que no hay sucesión. Sin embargo, arrastrados por trancas y barrancas, todavía no hemos entrado en él y lo que está hecho, hecho está, sin que quepa la posibilidad de volver atrás para rectificar nada. Cuanto más que, a pesar de todo, tampoco había salido tan mal. Eres incorregible. Observa que anteriormente era un individuo sujeto a la materia vil, a las leyes de la necesidad abominable, aplastado bajo la terrible maldición del “ganarás el pan con el sudor de tu frente” y la de “un litro de trigo por un denario y tres litros de cebada por un denario; y el aceite de oliva y el vino, ni tocarlos.” En una palabra, era un modesto oficinista; malcasado, por añadidura. Ahora poseo un oro más puro que el vidrio transparente, el tiempo. Todo el tiempo que quiera, desde que sale este magnífico sol rojo que suele salir por estos pagos, sobre las doradas mantillas del mediterráneo, hasta que se pone por detrás de las montañas azules del oeste, dejando en la sombra pueblos blancos, dispuestos para un sueño inmaculado, cubiertos por un sudario resplandeciente bajo la luna y todo el silencio de la sierra dormida es para que se lo beban mis ojos, a través de los prismáticos. Debes conceder que el plomo, o el mercurio, ha sido transformado en oro. Sí, es cierto que debo aún apartar las últimas impurezas que quedan en el fondo del crisol y emplear lo bueno para fines elevados, como marcan los preceptos. Pero antes quiero asimilar bien la luz de este mundo, beberme su agua que ha recogido los rumores de la piedra, aspirar el aire impregnado de todos los perfumes del monte y de la vega, incorporar a mi cuerpo la tierra y los misterios de sus profundidades y llevarlo todo en mi nueva sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dunia debió entender sin duda que nos hallábamos en una situación transitoria y que más valía posponer ciertas conversaciones. Acaso, en su fuero interno, se diría que más valía también aplazar ciertos razonamientos. Manifestó, en cambio, su deseo de visitar Toledo, tal vez nos distraiga su aura de misterio medieval. No se hable más, repuse, seducido por la idea. Así que tomamos el montante, ligero, y para la ciudad imperial que nos encaminamos.&lt;br /&gt;Durante el viaje de regreso de Moscú, habíamos quemado las etapas con ansiedad; si no rebasamos nunca la velocidad máxima autorizada, ello fue por precaución, aunque íbamos con la aguja del contador continuamente sobre ella. El viaje a Toledo, en cambio, lo hicimos paseando; siempre me parecía que corríamos demasiado, que no llegaba a embeberme lo suficiente del severo paisaje castellano, por el que, en el fondo, me hubiera gustado transitar a lomo de caballo o de rucio, como la emblemática pareja de nuestra literatura entre los renglones de la obra imperecedera, en medio de la rastrojera inmensa, dorada y parda, moteada de sotos, en la que serpentean caminos sobre los alcores, derramándose en los llanos donde surgen las ventas en la lejanía como lajas medio enterradas, para concluir en ellas la etapa, charlando sosegadamente con el ventero, cuando las nubes se arrebolan en el poniente. Diría a todos los huéspedes que llevo conmigo a una princesa rusa, que huyó de su país perseguida por malandrines villanos, para ir en pos de su hermano, ilustre afiliado a la andante caballería, causando con mi peregrino relato, así como con la sin par belleza de mi princesa, la admiración y el pasmo de propios y extraños.&lt;br /&gt;Ya de por sí habíamos dejado de lado el camino real, para adoptar un itinerario sinuoso, entre caprichoso y aleccionador. A veces andábamos molestando, con nuestra asadura, a los modernos manchegos que ya han olvidado las acémilas y las carretas de la muerte y pugnaban por adelantar a los importunos tras los cambios de rasante. Dunia se reía ante mi indiferencia inhumana a su cólera y a sus bocinazos. También ella iba revelando poco a poco sus cualidades menos visibles, su calma imperturbable, su humor constante y proclive a la risa serena de mujer colmada por sus propios jugos, y un temple, justamente, de espada toledana. Todo ello comenzaba a revelarse para mí como una inmensa esponja que absorbía enteramente mi ansiedad, la cual no era de poco bulto en ese momento.&lt;br /&gt;Aunque probablemente a ti te traigan sin cuidado estas sensiblerías. Oh, no, ¿qué opinión te has formado de mí? Leviatán tiene también su corazón de carne sin hueso, aunque en él predomine el cerebro, junto con el hígado y los riñones, pero habla con llaneza, como tú lo sientas, muchacho. Comprendo que, en tu situación, te haga bien hablar.&lt;br /&gt;Está bien, pues Dunia había elegido para la ocasión colores otoñales, una chaqueta con motivos de hojarasca sobre tierra húmeda, unos pantalones igualmente color castaña terminados en botas camperas, un suéter crema fino y escotado, con un parco enrejado de hilo dorado cercando el busto, unos pendientes verdes con colgantes, el pelo recogido, una pulsera a base de bolas de una especie de tierra acerada y, por coquetería más que por cuestiones meteorológicas, unos guantes de piel marrón. Yo, que físicamente no podía ni siquiera soñar encontrarme a la altura de mi compañera, no tuve más remedio que escoger, dentro de un estilo informal, por supuesto, los géneros más caros de las mejores marcas. Digan lo que digan, las leyes de la compensación siguen en vigor. En el fondo era una manera de advertir, a quien abrigara propósitos malévolos, que, a pesar de mi apariencia menor, tal vez guardara un as en la manga.&lt;br /&gt;Era noche cerrada cuando entramos en Toledo. Dunia consultó el itinerario, fue indicándome las direcciones; a veces las callejuelas eran tan estrechas que apenas cabía el coche entre el encintado de ambas aceras. El alumbrado exhalaba una luz tenue y en la penumbra las vestiduras de los jóvenes podían parecer extravagantes. Hasta me pareció ver brillar el acero toledano al revuelo de una capa. Cuando más extraviado me hallaba en medio de aquel intrincado laberinto, Dunia me previno que a la derecha, tras esa esquina de ahí, entraremos en la calle donde se encuentra el hotel. La doblamos y, en efecto, nos dimos de manos a boca con nuestra posada, un viejo caserón del siglo XVI transformado en hotel de lujo.&lt;br /&gt;El entorno en el cual nos habíamos infiltrado con nocturnidad tenía tanto carácter que no podía sino generar lo esencial de la conversación mantenida durante la cena que tomamos en el propio hotel. Dunia no solamente sabía cosas referentes al antiquísimo enclave, no en balde había hecho estudios hispánicos en su país, sino que planteó cuestiones para cuya respuesta tuve que agotar los ralos conocimientos que obraban en mi poder acerca de las luces y las sombras de dicha ciudad. Le prometí que buscaríamos bibliografía y que profundizaríamos, los dos, en la materia. Y con las mismas salimos a dar un paseo al azar, sin preocuparnos demasiado por el itinerario de vuelta. Las calles y las plazas no estaban muy concurridas, en parte por la hora, en parte porque no nos encontrábamos en el período álgido del turismo. A pesar de lo cual, en los bares y terrazas se percibía cierta animación cosmopolita. Le pregunté si deseaba tomar una copa y me repuso que, si no me importaba, prefería caminar. Yo era de la misma opinión. La noche se presentaba tibia y suave, teniendo en cuenta que nos hallábamos ya hacia mediados de otoño. Recorrimos detenidamente el barrio del Zocodover, la plaza, así como las callejas adyacentes, sombrías y desiertas, donde, bajo los arcos mudéjares, el empedrado conserva el rumor de los cascos de las caballerías y el traqueteo de las carretas. Mi compañera pretendía investigar cada rincón, bebérselo todo con los ojos. Me confesó que en la facultad había asistido a un interesante seminario, impartido por un ilustre medievalista, focalizado precisamente en el Toledo del milenio. De vez en cuando formulaba preguntas a las que yo respondía como buenamente podía. En cuanto a mí, tenía la impresión de mostrarle, no un país, el mío, sino un museo al aire libre. Albergaba la sensación de que si hubiera venido a Toledo muchos años antes, por poner un ejemplo, digamos, cuando niño, con mis padres, habría evocado sin duda el Toledo medieval, el de las tres religiones que aparecía ya bien definido en el volumen ilustrado de historia que me había regalado mi abuelo, el Toledo de Alfonso VI y de la Escuela de Traductores, una ciudad inmersa en las profundidades de la historia. Pero una historia que llegaría sin interrupción hasta mi presente, el que podía contemplar con mis propios ojos que se ha de comer la tierra, y lo incluiría, ciertamente, como algo inacabado, como una materia sobre la que podría aplicarse la mano, incluso a lo largo de las generaciones futuras, y modelarla. En cambio, lo que yo percibía en ese momento era una fractura, una especie de cordón sanitario, que me separaba de esa historia viva. Los anales conservan errores, cierto, algunos de ellos sangrientos, insoportables; no obstante, la impresión que tuve en esa ocasión, paseando por la noche toledana, fue de que algo mucho más grave había ocurrido, algo así como si, hacia finales del siglo veinte, se hubiera producido una formidable explosión con las proporciones de un verdadero cataclismo y estuviéramos todos todavía volando por los aires. El posadero debió darte un mal vino. Era excelente el vino que tomamos en el hotel. En tal caso, abusarías de él. Y yo que no creía capaz, a Leviatán, del menor sentido del humor. Para que veas que no hay que juzgar a la gente por el hábito que usa. Acaso sería Dunia quien me causara esa sensación de ingravidez. ¿Por qué no? Cualquiera podría comprenderlo. En la intimidad podía dar la impresión, a veces, de ser una niña frágil. Ante el mundo, posee la prestancia distinguida de una princesa extranjera que, tras unos pocos pasos en su tierra de adopción, ya se ha vuelto consubstancial a la misma, dejándose en el acto, con la mayor naturalidad, aclamar como una reina indígena. Los pocos transeúntes que deambulaban todavía por las calles la miraban, muchas veces sin recato. Ella debía notarlo, pero en mi opinión lo atribuía a algún tipo de excentricidad, de cuyo estudio no tenía tiempo de ocuparse en ese momento. Ya estamos en lo de siempre, claro, como es rubia y tiene los ojos azules, pues ya nos hallamos en presencia de la mujer angelical. Háblale de ello a un sueco y verás lo que te dice. Ella no pertenece, según creo, a ese tipo de mujeres que son plenamente conscientes del lancinante abismo de deseo que suscitan, de la infernal sala de torturas en la que tanto San Antonio de todas las latitudes se precipita con sólo haberlas vislumbrado una sola vez. Y era precisamente esa impresión, que había albergado desde el primer instante, la que propiciaba en mí la certeza de que podría servirla a cambio de nada, justamente como se sirve a una reina, es decir, sólo por ser lo que es. Desde luego que eres un tipo en verdad curioso; cualquiera, en tu situación, procuraría escamotear ante mi mirada la presencia de esa bella muchacha y tú me hablas de ella en esos términos….A no ser que pretendas presentármela como una frígida a la que no vale la pena violar…. Descuida, te hablo así de ella porque, a ratos, me da la impresión de estar hablando sólo para mí mismo. Pues presta atención a lo que dices, puesto que la vida no es precisamente un juego, aunque, la verdad, en esta ocasión no has hecho mal alguno, Leviatán no tiene tiempo que perder en ese tipo de entretenimiento y ya he consagrado demasiado a tu caso, ni siquiera sé si al final voy a entretenerme torturándote antes de acabar contigo. Si es así, tanto mejor… No te hagas ilusiones, todavía no hay nada decidido….&lt;br /&gt;En la ciudad ya sólo velaba la piedra cuando regresamos al hotel. El vestíbulo se hallaba profusamente iluminado pero desierto. El recepcionista debía haberse ausentado momentáneamente por cualquier cosa. Del salón, cuya puerta estaba a la sazón abierta, provenía un leve murmullo de conversación. Para alcanzar el ascensor, debíamos pasar ante el umbral. Mecánicamente eché un vistazo hacia el interior. Unos cuantos matrimonios de edad provecta charlaban animadamente, sentados en los tersos sofás de cuero, en medio de los cuales se podía ver una mesilla baja sobre la que se demoraban algunas copas y botellines vacíos. Un hombre canoso y enjuto, vestido de punta en blanco, intervenía en un tono no exento de ese dominio solemne de la dicción propio de catedráticos y magistrados confirmados, pero que delataba, a pesar de ello, una pizca de inquietud. Antes de que entre el público, debemos verificar, personal y escrupulosamente, que no se ha dejado ningún indicio a la vista que pueda proporcionar la más remota indicación de lo que es aquello, pues no cabe duda de que acudirán especialistas. Y entonces se calló demasiado repentinamente al vernos cruzar el vano de la puerta. Noté que el silencio que habíamos sembrado a nuestro paso era anormalmente profundo. No le hice el menor comentario a Dunia pero intuí que hubiera sido preferible llegar un momento antes o un momento después al hotel.&lt;br /&gt;Esa noche tuve un curioso sueño. Dije a unos desconocidos, pero que aparentemente se hallaban bajo mis órdenes, paradojas del mundo onírico, vamos a sacar a la bestia. Con tal propósito, entramos en una pocilga y uno de ellos hábilmente enganchó una correa al collar de un enorme puerco. El animal comenzó a dar unos terribles gruñidos y a tirar ferozmente del cabestro, arremetiendo contra mí, pues me hallaba justo en el trazado de su embestida. Entretanto, los otros trataban de sujetarlo con todas sus fuerzas desde atrás, mediante la correa o agarrándolo de donde podían. La bestia consiguió engullir mis dos pies, incongruentemente desnudos, aunque no lograba cerrar las mandíbulas pues los otros, al tirar de la correa, lo impedían, por lo que se encolerizaba cada vez más y se debatía con mayor furia. En cuanto a mí, me hallaba en una posición absolutamente inverosímil, desafiando las leyes de la gravedad; los pies, metidos en el fondo de aquellas amenazadoras fauces, como hundidos en una bolsa semejante a una tripa rebosante de grasa y saliva calientes, chapoteaban frenéticamente y resbalaban, permitiéndome, eso es lo más anómalo, avanzar, a pesar de todo. En mi huída, no dejaba de ser consciente de que, a la menor flojera o descuido de mis hombres, el animal acabaría por cerrar los maxilares, terminados en una compacta hilera de afilados colmillos como de nácar cortante, y cercenar de un solo golpe mis extremidades inferiores como si estuvieran hechas de mantequilla y pasta de cacahuete.&lt;br /&gt;Sin comentarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente, un sol benefactor, más que nunca padre de los mortales, resplandecía sobre la Jerusalén parda de occidente. Nos levantamos con sus primeros rayos y, a buena hora, nos hallábamos ya en un comedor bien expuesto, tomando nuestro buen desayuno, cuando se presentó, como por casualidad, el caballero de las canas y de la exuberancia verbal, acompañado de su esposa. La verdad es que me había estado barruntando que aquello iba a suceder, tanto que incluso venía preparado para dicha entrevista. Porque estaba claro que no iba a dejar de producirse. Nuestro sexagenario dandi exhalaba, ya de buena mañana, un aire distinguido, lucía un traje negro, cuello Mahón, cortado, por supuesto, de mano de sastre, camisa blanca, curiosamente sin corbata, lo que le colgaba al pecho una esquela de seductor otoñado. La mata de pelo cana, abundante, ligeramente dorada en la base, cegaba al absorber la luz de los ventanales y contrastaba con fuerza sobre el paño negro de la chaqueta. Su acompañante exhibía un vestido igualmente negro que se adivinaba ajustado al cuerpo, pero cubierto por una elegante rebeca roja, dotada de un solo botón en el cuello, lo cual le daba un vago aspecto de capa. La impresión que tuve fue que, realmente, quería ocultar una figura excesivamente lozana y esbelta para su edad, pues ella dejaba de algún modo la sensación de ser algo mayor que su consorte, aunque su rostro poseía unos rasgos extraordinariamente bien definidos, lo que delataba una prodigiosa belleza en sus años de juventud y de madurez. Dado que la noche anterior, en esa dichosa frase que, ya sin lugar a dudas, no tendría que haber oído jamás, capté una sospecha de acento francés en un español por lo demás perfecto, me dije, esta pareja ha ido granando lenta y suavemente, lejos del mundanal ruido, en algún castillo del Loira. Así que todo va a suceder en el ámbito de la fineza más absoluta, me dije, porque algo va a suceder, de eso no me cabía la menor duda. La sonrisa con la que nos obsequió al fingir descubrirnos confirmó mis sospechas. Si hubiera sabido que era médico, me hubiera sorprendido menos la facilidad con que nos abordó. Los médicos son todos unos vendedores de tapices, quizá porque conocen la naturaleza humana mejor aún que los filósofos y los literatos y saben de buena tinta que no hay nada nuevo bajo el sol. El caso es que esa labia que Dios les ha dado, esa charla de dominico en misión apostólica, parece siempre desinteresada, son las secretarias quienes pasan factura a la salida; así, a los diez minutos de su entrada en escena, ya nos hallábamos imbricados en animada conversación, en el transcurso de la cual se las apañó para obsequiar a mi compañera con, al menos, tres cumplidos bien trovados que parecían contar con el beneplácito entusiasta de la suya. Dunia agradeció ligeramente ruborizada. También salí de dicha plática ampliamente ilustrado sobre su profesión, no solamente integraba la prole de Galeno, sino que, además, era profesor numerario de la universidad de Montpellier, así como sobre la conferencia anual a propósito de la geriatría que acepta con gusto dar en Toledo, pues es un enamorado de la ciudad y de su historia. Él, a cambio, obtuvo bien poca cosa de mí, como es natural. No éramos sino unos turistas que veníamos por primera vez a la urbe milenaria y la descubríamos maravillados. Eso sí, puesto que había tenido toda la noche para anticiparme a las sutilezas de tal encuentro, conseguí aparentar, creo, sencillez y espontaneidad, esperando con ello borrar la suposición de que hubiera llegado a oír la frase de marras. O si acaso la había oído, demostrar que ésta había resbalado por mi cuerpo sin que le fuera acordada la menor importancia. Algo así como si la hubiera entendido, palabra por palabra, pero sin comprenderla en su globalidad, o al menos sin percibir su verdadero alcance. Y en cierto modo así era en realidad, pues su verdadero alcance todavía no lo poseía; si bien, descontextualizada como estaba, no podía dejar de ser inquietante. Y él debía ser consciente de que así la percibiría yo, en caso de haberla oído. Y ésas teníamos, ambos.&lt;br /&gt;Por cierto, mi nombre es Nicolás y el de mi esposa Per. ¿Per? En verdad que es original, nunca antes lo había oído. Bueno, es una abreviación personal de Pernelle, un viejo nombre francés. Razón por la cual, con objeto de quitarle a mi querida esposa ese sabor rancio de vieja Francia, la llamamos Per. Como todos los maridos, Nicolás sólo sabe hacer cumplidos a las otras mujeres, repuso la aludida, sin perder la sonrisa ni la compostura.&lt;br /&gt;A imitación suya, nos limitamos a declinar nuestros nombres y, al concluir nuestro desayuno, nos despedimos alegando que teníamos todo Toledo por descubrir.&lt;br /&gt;En efecto, compramos en un quiosco una guía turística y nos dejamos llevar por sus sugestiones. Comenzamos con una buena ración de gótico en la Catedral, luego nos propusimos ver las dos sinagogas de Toledo, la de Santa María La Blanca, primero, donde compré un ejemplar del “Zohar”, después la del Tránsito, con su museo. Para terminar la mañana, hicimos unas fotos poniendo al Tajo como telón de fondo. Di por zanjado el asunto con Nicolás, pues realmente tuve el convencimiento de haber estado a la altura de las circunstancias; de modo que no me había entregado a medias a ese paseo por la antigua capital del Reino, bajo un tibio sol otoñal.&lt;br /&gt;Comimos bajo el signo de Babel, envueltos en un rumor formado por todas las lenguas del mundo, en el primer restaurante que nos vino a la mano. Dunia me pidió consejo y le repuse que gustara la perdiz castellana. Lo hicimos ambos, por cierto. Nos las prepararon asadas a la brasa.&lt;br /&gt;Hacia las tres nos lanzamos a un paseo digestivo que culminó en el Alcázar. Lo visitamos con el auxilio de una guía, esta vez de carne y hueso. A la salida, nos quedamos un rato sentados en el pretil de la explanada, contemplando, alternativamente, el paisaje pardo de la castellana tierra y, a nuestras espaldas, la imponente nave de piedra que lo surcaba. Dunia me explicó que había estudiado algo en el instituto la guerra civil española y la recordaba como una confrontación particularmente atroz. Le repuse que fue una tremenda explosión de odio durante demasiado tiempo contenido, a la que respondió una no menos formidable explosión de desprecio. El pueblo español se vio en la obligación de demostrar, una última vez, lo mejor y lo peor de sí mismo; los caballeros de las Navas de Tolosa tomaron por la postrera ocasión las espadas y los nietos del dos de mayo se metieron de nuevo entre las patas de los caballos para destriparlos con sus facas y cada vez que se hallaban en la coyuntura de ganar una plaza, tanto unos como otros, fusilaban a lo más claro de sus habitantes. Entonces fue una guerra de caballeros contra plebeyos, todos emborrachados por la sangre. No exactamente, si las viejas élites recibieron un cierto apoyo popular, que hizo tanto daño o más a la República que la aviación alemana o las tropas italianas, fue a causa del mayor prestidigitador de la historia de la política española, su verdadero líder fascista, José Antonio Primo de Rivera, el cual proporcionó a los nacionales la necesaria cortina de humo, tejida con pensamiento social, que tan bien supo aprovechar, aunque no compartir, Franco, dejando al mismo tiempo que el enemigo fusilara a su rival en Alicante, sin aceptar a cambio los tratos que le proponía. Recién terminada la guerra, todo equívoco se disipó rápidamente y de los famosos veintisiete puntos ni hablar del peluquín, o hablar muy poco. Imagino que los españoles de hoy contemplaréis tal episodio con una alternancia de orgullo y vergüenza. Pienso que, cuando al fin se disipó la niebla de la propaganda de uno y otro bando, ése fue el sentir de la mayor parte de ellos. En caso de que hubieras tenido que vivir ese tiempo en el que parece que todo el mundo debía tomar partido por uno u otro bando, ¿de qué lado te hubieras puesto? “Siempre hay que estar del lado del muerto”, se me ocurrió responder, porque me vino esta reminiscencia de uno de los personajes de García Márquez. Tal vez, añadí, tratando de salvar esta respuesta poco meditada en acorde con el tema sobre el que era requerido, porque es él, en cualquier caso, el más libre. ¿Se luchó verdaderamente por la libertad aquí? En el fondo creo que sí, sólo que cada uno tenía su particular noción de la misma. Nosotros, es decir, nuestros padres, la generación que nos precede sobre todo, y en líneas generales desde tiempo inmemorial en Rusia, hemos vivido sin libertad, o eso es lo que se dice; es posible que nos haya faltado y nos falte todavía esa experiencia esencial. ¿Tú crees que la libertad es la piedra angular de un régimen político? Bueno, en fin, en un plano hacen falta, no uno, sino dos ejes, el eje de las abscisas y el eje de las ordenadas, para situar un punto, si vinieran a faltar los datos de uno de ellos, sería imposible tal operación; así pues, en política, los dos ejes son la libertad y el sentido del deber. Sonrió. No te ofendas por lo que voy a decirte, si lo hago es porque verdaderamente me preocupa pues concierne el mundo en el que ambos vamos a vivir, pero dime, ¿quién es libre aquí en occidente y, sobre todo, quién tiene un sentido del deber que no sea doméstico, privado? Algunos dicen que su sentido del deber se orienta hacia la creación de riqueza. ¿Pero qué riqueza? Convendrás en que se trata de la suya, sobre todo. A los demás, lo que les ha creado es una jornada trepidante, intensa, de sol a sol, a cambio de la supervivencia únicamente. Sí, claro, también ha creado una cantidad enorme de productos que, muchas veces, no se pueden vender. Más aún, lo que hoy en día se crea y lo que, en el fondo, importa crear, es dinero, un dinero virtual que, a lo mejor, ni siquiera se materializa en ninguna parte pues no existe fuera de unos cálculos equivocados. Si digo esto es porque me cuesta integrarme en mi nueva vida. Nosotros, por ejemplo, ¿qué valor tenemos en el eje de las abscisas y qué otro en el de las ordenadas? Convendría saberlo, amor, porque no podemos dejarnos flotar indefinidamente en el ámbito de la pura contingencia. Yo quiero estar contigo, para eso he venido en el fondo, pero quiero estar contigo con un fin, ¿entiendes?, en pos de un sentido. Y eso tenemos que decidirlo entre los dos. Porque desde mi punto de vista de recién llegada mira cómo veo tu plano. Por cuanto se refiere al sentido del deber, imagino que se trata de una cuestión ardua, pues en la moralidad hay grados, positivos y negativos, y en este aspecto pienso que todos los países son fríos y, el que más y el que menos, tiene que aprender a hacer componendas con las circunstancias. Eso no cambia. Sin embargo, hay umbrales que no deben sobrepasarse si uno quiere que la convivencia con su propia conciencia tenga alguna posibilidad de realizarse de manera duradera. Así lo pienso. En cuanto a la libertad se refiere, no hemos parado de huir ni un solo minuto hasta hoy, que hemos escuchado lo que no debíamos y temes que Nicolás haga investigaciones sobre ti. Mi opinión es que lo de Nicolás podemos darlo por zanjado, pues nos hemos comportado los dos con tal naturalidad que debe haber llegado a la conclusión de que, o bien no lo oímos, o bien no le acordamos la suficiente importancia, al fin y al cabo es una frase ciertamente enigmática pero poco comprometedora; sin la mención de las circunstancias, con un poco de imaginación, y no dudo que Nicolás la tenga, se le puede dar la vuelta como un guante. Debe haber comprendido que agarrarse a ella es como decidir agarrarse a un clavo ardiendo en un muro donde no hay nada más. Su primera impresión fue que, para él, claro, que conoce todo respecto a las circunstancias que la envuelven, la frase era absolutamente reveladora; pero en cuanto se habrá puesto de veras en nuestro lugar, se habrá dado cuenta, en efecto, de que la cosa no resulta tan evidente y el menor trabajo psicológico le habrá llevado a la conclusión de que habremos enterrado el asunto a los pocos minutos. Tenemos otros gatos que fustigar. ¿Y qué crees tú que será lo que ese Nicolás se lleve entre manos? No tengo la menor idea, aunque ello no augura nada bueno; no obstante, tenemos tantas cuestiones a las que hacer frente, que no pienso ocuparme de ello en lo más mínimo y esa determinación he procurado referírsela a Nicolás sin palabras, la cual, pienso, ha comprendido pues no tiene un pelo de tonto, me parece. Por lo que se refiere a todo lo demás, debo confesarte que me hallo en la posición del aprendiz de mago que ha desencadenado fuerzas y reacciones en cadena que no controla bien y mi opinión es que, justamente, para salir del atolladero, hay que montarse primero sobre ese hipogrifo y dominarlo, sólo entonces estaremos en condiciones de decidir. Es el eterno combate de la humanidad, cada cual debe hacerlo en su terreno y no hay modo de rehuir el enfrentamiento. Para lo cual necesitaré, en efecto, tu ayuda. No sé qué tienes, me dijo sonriendo, que nadie puede negarte su colaboración. Lo que tengo es mucha suerte; al fin, una suerte increíble.&lt;br /&gt;Con esa buena disposición, entramos en una cafetería, precedidos por un chaval que pidió permiso para depositar en un rincón de la barra unas octavillas publicitarias. Al pasar por allí, tomé una. Llevaba por título “Vistita comentada a la Cueva de Hércules”. Pensé que podría ser la ocasión de una excursión a las afueras de Toledo y, una vez instalados ante la mesa, se la mostré a Dunia. La leímos juntos y supe qué era la “Cueva de Hércules”, de la cual nunca antes había oído hablar y también que no sería necesario salir de la ciudad para visitarla, pues se hallaba en el corazón de la misma. La oportunidad era doblemente aleccionadora pues, según rezaba la esquela, era la primera vez que se abrían al público. Convinimos en que podría tratarse de una visita interesante y acordamos efectuarla sin demora. Por lo que se refiere a ese mismo día no había ya posibilidad, de modo que tuvimos que aguardar hasta el siguiente.&lt;br /&gt;Nos pusimos pues a callejear dejando que el fuego de la tarde se consumiera en una luz de espiga primero, para asentarse después en reflejo más dorado y más maduro, resolviéndose al cabo en un rojo de ascua sobre los tejados. Tan sólo la ausencia total de prisa nos diferenciaba de los demás turistas y nos acercaba a los residentes. Vagamos al azar fundiéndonos progresivamente en el crisol que recogía la quintaesencia de lo castellano, cuyas líneas puras, prestadas por el paisaje a la arquitectura, de trazado limpio y austero, siempre despertaron en mí una fascinación íntima, evocando un reposo geométrico que siempre acaba por dar sazonado fruto en la meditación. Un mundo en que la sencillez, a fuerza de acendramiento, producía destellos de luz viva. Un mundo, acaso, para vivir con Dunia la existencia inmarcesible de dos estatuas de carne.&lt;br /&gt;También esa noche cenamos fuera del hotel y regresamos tarde. Ni en el salón, ni en los pasillos, nos topamos con alma viviente. En el viejo caserón que nos servía de posada y en la ciudad entera, se desgranaba como un rumor de río el sueño de la piedra.&lt;br /&gt;Al día siguiente, a la hora del desayuno, entramos en un comedor bastante concurrido. Pero ni rastro de Nicolás ni de Per. Tanto mejor.&lt;br /&gt;Tomamos la colación y nos dirigimos sin pérdida de tiempo al lugar indicado por el folleto, calle San Ginés. Ante la puerta de lo que parecía una antigua casa particular, se había formado ya un nutrido grupo. Entramos en el bastimento, a cuyo fosco interior les llevó a los ojos un cierto tiempo para habituarse, con objeto de comprar las entradas. Echamos un vistazo a los libros y demás objetos que allí se exponían para la venta y seguidamente volvimos a salir a la luz del sol. A la hora convenida, una guía se acercó al grupo y tomó la palabra. Se presentó como una arqueóloga y comenzó allí mismo su visita comentada, mencionando la desaparecida iglesia de San Ginés, desde la cual, así como desde alguna casa vecina, se accedía en los tiempos pasados a la llamada Cueva de Hércules. En el siglo XIX, el templo fue desacralizado y demolido. Seguidamente, sobre su solar, fueron levantados los edificios que veíamos. Nos rogó que la siguiéramos dentro de la casa. Atravesamos el zaguán oscuro en el que ya habíamos estado antes, luego enfilamos un corto pasillo hasta desembocar en un patio interior, donde otro empleado nos tomó las entradas. Alrededor de nosotros se podía contemplar un auténtico palimpsesto mural, unas zonas estaban construidas con sillares, otras con ladrillo macizo y otras aún revocadas recientemente, dejando ver en algunos puntos un tipo de ladrillo relativamente moderno. Me llamó la atención la presencia de ciertos motivos labrados sobre el material más antiguo, conchas de Santiago y cruces de San Andrés. Vi una especie de abrigo, como un hueco excavado en la piedra, donde se hallaban, al fondo, unas grandes tinajas, en una de las cuales se distinguía una mujer pintada. A continuación nos encontramos ante la entrada de la gruta, la cual se mostraba iluminada por bombillas peladas. Nuestra guía penetró con decisión a través de aquellas fauces de piedra polvorienta y negruzca. Doblamos varios recodos hasta enlazar con unas escaleras de madera nueva, instaladas para permitir un cómodo acceso a los subterráneos. La iluminación era allí más profusa, abundantes focos revelaban los grandes bloques de granito de que estaban constituidos los ciclópeos muros, así como, arriba, las vigas y el encofrado de madera colocados para impedir el derrumbamiento del techo. Una vez pusimos pie sobre piso de tierra, nos hallamos en un corredor de elevados muros. Dinteles y pilares, dignos del laberinto de Creta, franqueaban, a trechos, entradas a derecha e izquierda. A veces, dichas entradas aparecían tapiadas; incluso, en varias ocasiones vimos grandes arcos apuntados que habían sido cegados muy recientemente. Tomamos una de esas entradas cuyo cargadero casi rozábamos con la cabeza y avanzamos a través de otro largo pasillo, el cual terminaba en una bifurcación. No era la única. Doblamos otros recodos aún, descendimos varios paños de escaleras, esta vez de piedra, cada uno de los cuales desembocaba en un nuevo túnel cada vez más húmedo y estrecho. Al final, cuando ya habíamos perdido todo sentido de la orientación, nos vimos en una gran sala abovedada.&lt;br /&gt;Ese lugar, amplio y de excelentes propiedades acústicas, fue el elegido por nuestra guía para darnos una sucinta conferencia sobre el enclave histórico en que nos hallábamos. Se trata de un sistema de canalización de aguas, dijo, construido en época romana, destinado a traerlas desde el Tajo, en volumen suficiente como para abastecer satisfactoriamente la entera ciudad de Toledo. A partir de ahí, ha nacido la leyenda de las Cuevas de Hércules, según la cual, dicho personaje mitológico habría venido a nuestra ciudad, lo que no tendría nada de particular pues, a lo largo de su trabajosa vida, se recorrió todo el mundo entonces conocido, reinando el no menos mítico Túbal, nieto de Noé, y habría construido con sus propias manos una red de galerías subterráneas, enlazando salas, en las cuales comenzaría a enseñar las ciencias ocultas y donde, a lo largo de los siglos, los iniciados transmitirían tales conocimientos a los elegidos. Así, Toledo alcanzó, durante la época medieval, reputación de universidad del ocultismo. También se relacionan estos antros con el tema de la pérdida de España. Según lo que constituye otro tramo de la misma leyenda, la monarquía visigoda habría salido garante del profundo secreto contenido en estos lugares. Cada uno de los reyes godos, no solamente se habría comprometido a no profanar personalmente dicho secreto, sino que, además, con objeto de preservarlo convenientemente, debía añadir un candado a la puerta de la torre que daba acceso a la sala en que dicho misterio se hallaba encerrado. El rey don Rodrigo, necesitado de dinero para sufragar la guerra contra los vascones y haciendo caso omiso de los encarecidos ruegos de sus consejeros, hizo saltar los veinticuatro candados de los reyes que le precedieron y lo violó. Según algunas relaciones, había en el interior unas grandes estatuas que se pusieron enseguida a dar mazazos en el suelo, con objeto de asustar a los profanadores, y el rey pudo leer una inscripción en el primer dintel que se le ofrecía mediante la cual se prevenía al intruso que hubiera osado desobedecer el precepto y llegar hasta ese umbral, que continuar adelante significaba ir al encuentro de la muerte. Nada de eso amedrentó al intrépido monarca, quien prosiguió resueltamente, avanzando a través de varias salas. Se dice que la primera era toda ella blanca como una perla gigante que hubiera sido perforada y tallada, la segunda negra de azabache y de muerte, la tercera verde como la esmeralda, finalmente la postrera era roja cual rubí o río de sangre derramada. Aún tuvo que descender con su séquito, a partir de allí, a través de escaleras y galerías hasta llegar a una estancia donde sólo había un gran arcón en medio. Mandó arrancar el último candado, levantó la tapa y extrajo una tela en la que aparecían pintados unos jinetes y soldados árabes, bien armados y bien pertrechados. En el lienzo se podía leer esta inscripción, “Cuando este paño fuere extendido y aparecieren estas figuras, hombres que andarán así vestidos conquistarán España y se harán de ella señores.” Sólo entonces el rey paró mientes en que tal vez había ido demasiado lejos. Años más tarde, mientras agonizaba en medio de esos mismos soldados, tuvo la absoluta certeza de que así había sido.&lt;br /&gt;También se cuenta que, en el siglo XVI, el cardenal Silíceo mandó explorar la Cueva y los expedicionarios salieron de las entrañas de la tierra tan espantados por las visiones fantasmagóricas que allí se habían producido, que el prelado mandó las tapiaran definitivamente para que nadie más perturbara el reposo del inquietante mundo con el que se habían topado. He aquí la leyenda, aunque la arqueología sólo puede presentar a nuestros contemporáneos esta magnífica obra hidráulica de la época romana.&lt;br /&gt;¿Y qué son todos estos pasadizos y salas que acabamos de recorrer? –preguntó uno.&lt;br /&gt;Los necesarios para conducir obreros a cualquier punto de la instalación, en caso de que ésta necesitara ser reparada o limpiada.&lt;br /&gt;¿Y qué significan los pasadizos cegados? ¿Por qué no los abren?&lt;br /&gt;Las partes que ofrecen grave peligro de derrumbamiento han sido, evidentemente, tapiadas.&lt;br /&gt;La respuesta no carecía de fundamento. Sin embargo, tenía la desagradable sensación de haberme quedado como en ayunas. Observé el rostro del tipo que había hablado y me pareció que reflejaba la misma impresión. Una lógica, que yo mismo no tenía inconveniente en tachar de espuria, me constreñía, como a expensas mías, a combinar el elemento al que se estaba haciendo alusión, y todas las circunstancias aferentes, con la dichosa frase de Nicolás que, resultaba absolutamente palmario, jamás tendría que haber oído. “Antes de que entre el público, debemos verificar escrupulosamente que no se ha dejado ningún indicio a la vista.” Era la frase y era el tono en que había sido dicha. Quise, no obstante, convencerme de que todo cuanto se ofrecía a mi alrededor poco tenía que ver con un congreso de medicina. A menos que….no se trate de una medicina antigua, de la, digamos, predecesora de la medicina…y de la química. Recordé que los colores por los que se manifestaba la Gran Obra eran precisamente y por ese mismo orden el blanco, el negro, el verde y el rojo. Apenas formulada la idea, la deseché por inconsecuente y peregrina. Posiblemente Nicolás se refería a otra cosa, en otro sitio. Era su problema. Claro que, si se trataba de algo banal, ¿por qué inquietarse tanto? Y si no lo era, ¿por qué no cabría la posibilidad de que estuviera relacionado con la supuesta universidad del ocultismo, la cual tal vez siguiera en activo, o acaso albergara en sus enterradas aulas símbolos o manuscritos o cualquier otro tipo de secreto que convendría no fuera desvelado bajo ningún concepto?&lt;br /&gt;Deseché con resolución la idea, pero al propio tiempo que lo hacía experimenté como una debilidad repentina, ribeteada por una ligera náusea. Traté de recuperar la serenidad mediante un esfuerzo por volver al equilibrio anterior. Respiré varias veces profundamente, repitiéndome que yo no era de los que se dejan llevar con facilidad por el pánico y sí de los que, con fuerza de voluntad, hacen entrar en razón a un cuerpo demasiado impresionable, quizás. Sí, era cuestión de fuerza de voluntad; con ella, la náusea se domina, la conciencia no se escapa. Esa especie de cisterna romana en que nos encontrábamos, se hallaba abundantemente iluminada por numerosos focos. Sin poderlo evitar comencé a interesarme por las caras de los visitantes que nos rodeaban. Todos rostros herméticos. Más que caras, me pareció ver máscaras alumbradas por una luz artificial, por no decir irreal.&lt;br /&gt;El tipo que había formulado la pregunta, definitivamente no parecía demasiado satisfecho con la respuesta recibida, puesto que, tras acordarse unos momentos de reflexión, procedió al lanzamiento de una verdadera batería de ellas, cual si de un organillo de Stalin se tratara. ¿Por qué no se publican los resultados de las excavaciones? ¿Un plano, al menos, de la supuesta red hidráulica? ¿Por qué no se nombra una comisión de expertos que integre miembros independientes, extraídos de la comunidad científica internacional? ¿Qué impulsa a las autoridades municipales a diferir sine die todo proyecto de excavación transparente, todo intento de esclarecer las cosas? La guía intentó desplegar una respuesta única. Y mientras se preparaba para hacerlo, noté que se le habían tensado todos los músculos de la cara. Su rostro aparecía cortante, duro. También mi sistema nervioso se puso tirante como el cordaje de un barco. La fecha en que se iniciaron las actuales excavaciones, argumentó la guía, es todavía demasiado reciente para que se puedan establecer y publicar conclusiones que, de otro modo, resultarían precipitadas. Por cuanto se refiere al equipo de arqueólogos que trabaja en ella, pertenece, efectivamente, a la comunidad científica internacional. Internacional puede…-interrumpió el otro-, pero ¿qué me dice en cuanto a su independencia? Sólo puedo responderle que, dada la precariedad del estado en que se encuentran las galerías y los túneles, no se le puede acordar el permiso de entrada y menos aún el de participación en los trabajos a cualquiera, por competente que sea en el dominio en cuestión, únicamente debe trabajar aquí, fuera de esta zona consolidada, personal altamente cualificado y perfectamente integrado en un equipo que reúne las más variadas competencias, entre las cuales, las que se refieren a la seguridad no se hallan, como usted comprenderá, relegadas a un segundo plano.&lt;br /&gt;Los rostros de los demás visitantes seguían con gran atención la disputa, casi con una atención que podría calificarse de excesiva, como si algo de una importancia capital estuviera en juego, si bien con una expresión indescifrable, igual que si estuvieran hechos de cartón piedra. De repente, me atreví al fin a poner en palabras la idea que me venía atormentando desde hacía rato, la cual me impresionó tanto como si acabara de descubrirla. ¿Y si Nicolás hubiera decidido organizar esta expedición a las entrañas de la tierra con un grupo formado por individuos de su entera confianza, acaso pertenecientes todos a una misma secta, excepto tres, a los que se desea eliminar, por cierto, ya sea porque voluntariamente han metido sus narices en un asunto que no les concernía, ya sea porque, sin querer, habían oído lo inaudible y se habían hallado, en el momento preciso, en el lugar exacto en el que, bajo ningún concepto, tendrían que haberse hallado?&lt;br /&gt;La perspectiva de quedarme emparedado para siempre en una de esas lóbregas galerías me produjo un escalofrío que me recorrió de pies a cabeza.&lt;br /&gt;Decidí hacer, por si acaso, un gesto de impaciencia ante la excesiva insistencia del curioso odioso. Tal vez ello abogara por nuestra causa. Algo discreto, desde luego, pero que no podía pasar desapercibido a alguien, por ejemplo, que tuviera la misión de observar con detenimiento cada una de nuestras reacciones. Evitando enseguida, con igual ahínco, averiguar si ese alguien lo recogía.&lt;br /&gt;Claro que, dadas las circunstancias, las posibles circunstancias quiero decir, todo dependía también de la actitud del entrometido de marras, tal vez un investigador serio y metódico que hubiera llegado a entrever, con ayuda de una prueba material, la verdad oculta en esas profundidades; pero que, en todo caso, parecía algo dulce de sal para captar lo que podía estar sucediendo a su alrededor. Y a mí, en cambio, me parecía cada vez más evidente.&lt;br /&gt;El sujeto en cuestión parecía meditar como si estuviera ordenando meticulosamente sus argumentos antes de pasar de nuevo al ataque. Bajo las bóvedas de aquella especie de cripta se produjo un silencio de mausoleo. Y cualquiera hubiera jurado que la causa no era otra que una densa expectación. Le lancé al interfecto una mirada que se quería distraída, pero que en el fondo iba cargada con el deseo angustioso y la súplica apremiante de que cerrara la boca a cal y canto y no la abriera por nada del mundo.&lt;br /&gt;La atmósfera estaba tan cargada de espera, que, en un momento dado, tuve la certeza de que había más gente aguardando. Una auténtica multitud detrás de los recientes tabiques que daban sin duda a otras salas, posiblemente más grandes aún que aquella en la que nos encontrábamos, y tras las tiernas paredillas todavía húmedas que cubrían las bocas de oscuros y largos túneles. La impaciencia que nos envolvía era demasiado densa como para pretender que la creaba únicamente el exiguo grupo que se hallaba, visible, ante mis ojos.&lt;br /&gt;El investigador, autodidacta sin duda, pobre diablo que ni siquiera ha conocido el infierno, alzó una mirada de charol, bajo unas tupidas cejas negras; parecía que iba a replicar al fin, a sacar del buche la palabra justa que pusiera el dedo en la llaga, un segundo antes de que el mundo saltara por los aires como una bola de cristal que estalla como consecuencia de una vibración insoportable, pero las pupilas de plomo acabaron pesándole demasiado y no dijo nada.&lt;br /&gt;Cuando la guía comprendió que no hablaría, dijo bueno, si no hay más preguntas, concluimos con ello la visita.&lt;br /&gt;Emergí a la luz del día como levitando, igual que si todo mi cuerpo estuviera hecho de papel lívido, arrebatado, sin embargo, por el mismo gozo incontenible con que debió salir Lázaro de la tumba, a cuya lobreguez había gustado, convencido de que era para siempre. Un sudor frío, por cierto, debía perlar ligeramente mi frente. Y quizás algo más que la frente. Dunia lo notó y no supe disimular, turbado como estaba. No pude sino contarle la verdad de mi aprensión. No fue una buena idea venir a Toledo en este preciso momento, repuso. Será mejor que volvamos a casa cuanto antes.&lt;br /&gt;Fuimos directos al hotel, recogimos prestamente nuestras cosas, pagamos la factura y nos salimos de la ciudad con un inexpresable deje de huida. Acaso de derrota.&lt;br /&gt;¡Qué desperdicio de oportunidad! ¿Qué quieres decir con ello? No, nada…. Sigue.&lt;br /&gt;Pues regresamos a la vida plácida y sosegada de antes, al saludable ejercicio matutino a lo largo de la playa, al aperitivo, a la confección de recetas caseras, a las siestas, a las lecturas en el balcón, a las tardes eternas escuchando la respiración del mar, la muerte del día, la resurrección del día, los rumores y los gozos del amor. Pero es verdad, había como una herrumbre de derrota en el paladar, que llevaba camino de despuntar en un mal presagio.&lt;br /&gt;En fin, llevábamos esa vida de una pareja de clase media alta que ha decidido tomarse un año sabático, o bien que ha aprendido a dirigir sus negocios a distancia, a través de la nueva tecnología. Y ello en un lugar propicio, donde no éramos, ni mucho menos, los únicos que vivían así. Antes al contrario, el derroche más flagrante, acompañado de la ociosidad más palmaria, constituían la norma en aquellos parajes, incluso en invierno. Según eso, puede decirse que nos desenvolvíamos de manera discreta en nuestro ámbito.&lt;br /&gt;El mal estaba ya hecho. Dicen que por la caridad entra la peste. Leviatán se encontraba ya, en efecto, en la ciudad, desde el mismo día de las inundaciones. De un humor de mil demonios, por cierto, pues tuvimos que abandonar por pies la mansión que nos habían prestado, dejando allí todo nuestro material. Apenas si nos alcanzó el tiempo para llegar a los coches y salir zumbando, antes de que irrumpiera una ola de lodo y no dejara visible más que el techo. Pero también dicen que no hay mal que por bien no venga. Cuando vi en los titulares de los periódicos: “Niño salvado de las aguas por un ángel caído del cielo” “Dicho ángel ha declinado la notoriedad por razones que se desconocen, etc.…,” entonces me dije ya tengo a mi hombre, aquí no hay otro, no puede haber otro, capaz de hacer una cosa semejante y de comportarse de esa manera tan altruista y desprendida. ¿Cómo iba a haber alguien así en esta nueva Babilonia? Hice que me trajeran al niño en cuestión y lo interrogué. Un chaval circunspecto, en verdad. También lancé a mis hombres, disfrazados de periodistas, para que interrogaran a derecha e izquierda por todo el barrio. Supe algunas cosas, suficientes para recoger los primeros hilos. Paralelamente investigué otro hecho que desde un principio me pareció sospechoso. En cuanto llego a un sitio que no conozco, lo primero que hago es leer los periódicos. Y, si puedo, también los atrasados. Entre líneas, capté algunos detalles que excitaron mi curiosidad. Acerqué más mi oído a determinados focos, utilizando mis contactos, y tuve la confirmación de que las autoridades municipales no habían ordenado la voladura del margen del río, ni la de la carretera, ni la de la de la vía férrea. Y si admitieron públicamente la responsabilidad de estos hechos, ello obedecía a dos razones, primero porque era lo que ellos mismos tendrían que haber hecho si hubieran tenido dos dedos de frente y un mínimo de agallas, segundo porque no admitirlo habría dejado en la opinión pública una impresión de desorden bastante embarazosa para el gobierno municipal y una gran pregunta en el aire. Hice pues mis propias investigaciones, las cuales me fueron conduciendo, poco a poco, hacia lo que tú llamas la atalaya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué, entonces, a Mefiboshet, el insignificante hijo patojo del rey Saúl? No representaba el menor peligro para nadie, ni era una pieza clave en nuestra organización, ni conocía más detalles sobre ella que cualquier otro. Antes al contrario, se le podía erigir como símbolo de una vida tan intranscendente como plácida, que muchos harían mal en desdeñar. Era el mismísimo sentarse a la sombra de la parra y de la higuera para ver pasar unas horas que sólo se distinguen entre ellas por detalles nimios de luz o de color. Yo lo saqué de sus cavilaciones en la plaza de las palomas, de su afición por las partidas de petanca, de sus conversaciones tranquilas bajo las acacias, sin saber que ello había de ser para ponerlo entre las manos expertas de Leviatán. Se trataba sin duda el más inocente de todos.&lt;br /&gt;Oh, tal vez por eso… Y también porque, cuando uno pretende asaltar una fortaleza, lo primero es atacar el estómago de sus defensores. Miserable destino para el hijo del Ungido, del rey, Señor y esclavo a la vez, vivía en un mundo que ya no le correspondía, aunque en otro tiempo le habrían pertenecido todos los derechos; sin embargo, jamás había ambicionado involución alguna. Muchas de las cosas que poseíamos estaban a su nombre y, a pesar de ello, nos servía con toda humildad. Antes de tomar ese partido esperé, por supuesto, a ver si aparecías tú mismo. Leviatán no cuenta las horas, ni los días, sino que teje su tela y aguarda. Mas comprendí que ese primer momento de confusión tras nuestra llegada, la riada, la pérdida de material, la instalación en un nuevo cuartel general, te habían dado tiempo suficiente para ponerte en guardia y tomar ciertas precauciones. Las precauciones estaban tomadas desde mucho tiempo atrás, desde antes incluso de que supiera que Leviatán existe en el mundo, porque siempre hay un Leviatán para cada cual, poco importa cómo se le llame, indefectiblemente acaba asomando sus fauces en el momento culminante de cada aventura digna de este nombre. Por mi parte, decidí aumentar un poco la presión sobre ti. Después de todo, ya sabía cómo tratar a mi ángel benefactor de pobres y niños. Verás por qué jamás hay que mostrar piedad; cuando se tiene vocación de mandar, es preciso saber ser Señor de horca y de cuchillo. Si así lo hicieres, mandarás tú, y tus hijos tras de ti, hasta la séptima generación. Bueno, en el caso tuyo ya es demasiado tarde, por supuesto. Tu lugarteniente, por cierto, aguantó bien el tiro, no se movió. Vino cuando correspondía, es un militar y conoce el sentido y el valor de la disciplina. Sí, fue a entrevistarse contigo en aquel apartamento amañado. Y nosotros tras él, como no podía ser menos. Te diré lo que hizo. Lo primero que hizo fue pulsar un botón disimulado bajo una llave de la luz. Enseguida me mostró fotografías de lo que habíais hecho a Mefiboshet, por lo que pagarás un precio muy alto, Leviatán, una tarifa a la altura de tus merecimientos. ¿Bromeas? Aseguró que no se habían cometido errores, que todo el dispositivo de vigilancia había estado activado durante toda la noche, cada hombre en su puesto, todos ellos se hallaban en el apartamento y nadie había oído el menor ruido. ¿Es eso un cumplido? Es una simple constatación. Un trabajo de príncipes del asesinato, dirás, desollar a un hombre y dejarlo, todavía vivo, colgado de los pies de una lámpara, sin que se enteren los que duermen en las habitaciones contiguas, a pesar de hallarse en estado de máxima alerta, no está al alcance de todo el mundo. Un trabajo también de príncipes de la propaganda. Sin embargo, lo que ocurrió en ese otro apartamento con malicias me humilló profundamente, hasta el tuétano de los huesos. Sabía que el encuentro era contigo. Tomé todas las precauciones que se imponen, puse hombres en el garaje, en la escalera, en ambos extremos de la calle. Luego subí con un puñado de mis agentes más selectos. Hicimos saltar la puerta, nos precipitamos en el interior y nos encontramos mirándonos como pasmarotes en un apartamento totalmente vacío. Lo más hiriente es que Milos debía tener la seguridad absoluta de que le íbamos a seguir y a pesar de ello no renunció a la entrevista, pues se hallaría igualmente convencido de poder darnos el esquinazo. Nunca antes Leviatán había pasado por una tal afrenta. Dejé un par de hombres en el piso, buscando cualquier resquicio entre las paredes. Ordené a otros dos que bajaran por la escalera. Yo lo hice por el ascensor. En el hall de entrada me dijeron que nadie había pasado por allí. En el garaje nadie había visto un alma viviente durante los últimos diez minutos. Telefoneé a los de la calle y tampoco habían percibido nada anormal. A medida que iba intuyendo lo que en verdad había pasado, me iba subiendo un veneno caliente por las venas, tanto es así, que si hubiera mordido a un hombre, lo habría matado en el acto. Teníais un ascensor oculto, que comunicaba, no con el aparcamiento de esa finca, sino con el de la finca vecina, cuya salida, en lugar de dar a la calle por donde habíais entrado, daba a la avenida de la parte posterior. En efecto, lo primero que hizo Milos al entrar fue, como te dije, pulsar el botón de ese ascensor secreto y dejarlo preparado, pues era evidente que le habíais seguido, no había otra explicación al asesinato de Mefiboshet, más que desencadenar un movimiento que les condujera hasta ti, razonó Milos. Entonces una estantería del despacho se abrió en dos, dejando ver el interior del ascensor. Uno tiene la obligación de aprender de la experiencia, ¿no es así? Al pulsar el botón de bajada, la estantería se cierra automáticamente, como en la datcha de Tarasov. Ah, esa estancia en la datcha de Tarasov resultó altamente instructiva. Y no fue ése el único lugar en el que mandé construir una astucia semejante. Encontramos el dispositivo, de todos modos. Pero demasiado tarde. Cierto, ya os habíais confundido con el tráfico de la avenida. Jamás me habían humillado de ese modo. La sangre se me subió a los ojos y lo veía todo rojo. Procuré no mirar a mis hombres y me encaré con el primer coche que me vino a la mano. Cuando sentí que comenzaba a aplacarme, el vehículo tenía toda la carrocería abollada y no le quedaba ni un solo cristal. Imaginé tu decepción, Leviatán, por eso supe que desearías ocuparte personalmente de mi caso. Siempre me ocupo personalmente de mis cadáveres. Al menos de los que me encomiendan, por eso me pagan, por el don de la infalibilidad que saben pertinentemente que poseo, como el Papa en sus asuntos, así yo en los míos; y también por el sello único e intransferible que dejo en la materia, garantía de autenticidad, lo cual no es inocuo. Jamás delego, esa es la primera condición que se me impone, pues mis clientes no aceptan errores, ni yo tampoco.&lt;br /&gt;Durante el trayecto, di a Milos las consignas que imponía la urgencia, aunque en realidad todo lo tenía previsto desde hacía algún tiempo. Desde el principio supe que me vería obligado a tomar medidas de última instancia, que no habría más remedio que efectuar la operación del cirujano de hierro. ¿Qué quieres decir con “desde el principio”? Intuitivamente, desde que comprendí que mi actividad acabaría forzosamente disgustando a gente muy bien situada, sobre todo a ella, pero especialmente desde que oí tu nombre, Leviatán, aún sin haberlo escuchado nombrar antes, me preparé para este encuentro. Bueno, intuitivamente en el verdadero principio; a partir de un cierto momento con perfecto uso de razón. Eso es lo que pensaba yo también. Le dije por la misma ocasión a Milos que me enviara a Nicolai para que se quedara con su hermana.&lt;br /&gt;Milos me dejó junto a mi automóvil. Fui entonces a la torre del mar, para despedirme de Dunia. Le dije que debía hacerlo. Ellos sólo me quieren a mí, vosotros no corréis ningún peligro. ¿No es posible luchar con ellos de otro modo? No, son demasiado expertos; realmente, no me dejan otra alternativa. Cuando llegó Nicolai, le mostré dónde guardaba las armas y las municiones, por si acaso. Y me fui.&lt;br /&gt;Caminé hasta la parada del autobús. El día se mostraba nublado y ventoso. El invierno se hallaba a las puertas. Me apeé a unas cuantas manzanas de mi antigua vivienda.&lt;br /&gt;Entonces, por primera vez, diste señales de vida. Sí, llamé a Milos utilizando mi móvil, ¿no te sorprendió que lo hiciera, cuando acababa de entrevistarme con él? En absoluto, no esperaba otra cosa de ti. Es más, tenía la certeza de que lo harías en breve, antes de que nos decidiéramos a utilizar a Dunia como “argumento.” Y no era cuestión de mandar un anuncio a los periódicos para decir, aquí estoy, me rindo. Claro. Bastaba con esa llamada para ponernos sobre la pista, eso no podías ignorarlo. Y para que desecharais la idea de utilizar a Dunia como “argumento,” es cierto. La desechamos, en efecto, de momento, en espera de obtener resultados, sobre todo porque tenía igualmente el convencimiento de que no habrías cometido la torpeza de decirle dónde ibas con toda exactitud. No, no lo hice, por supuesto. Así, nos pusimos a escudriñar el barrio con ojos de relojero, a tender el oído en cada tienda, en cada bar, a lo largo de las callejas y en los parques, para saber qué se decían entre sí los niños y los ancianos y las amas de casa en las panaderías y los adolescentes que fuman porros de noche en los portales. Y nos adaptamos tan bien a la vida de esas gentes en unas cuantas horas que luego pudimos hacer preguntas sin despertar sospechas. Y conocimos que nos las estábamos viendo con un pez sigiloso y escurridizo, un pez de aguas profundas. Yo soñaba con unos tentáculos que escarbaban por entre la hojarasca del jardín, tanteaban los cimientos de la casa, se enredaban en ellos. En las habitaciones vecinas susurrabas, abriendo los mil pliegues de tu cólera. Y me despertaba al amanecer viendo tu rostro, el tuyo propio, el que tienes ahora mismo, en la penumbra de los rincones. “¿Quién es el que sabe apaciguar, poco a poco, la turbación de su corazón, dejándolo reposar? ¿Quién es el que sabe nacer, poco a poco, a la vida espiritual, mediante una calma prolongada? El que conserva este Tao, no desea estar lleno. Y porque no está lleno de sí mismo, asume sus defectos y no pretende que se le juzgue perfecto.” Te encontrabas haciendo tus ejercicios espirituales…vaya. Pues es una lástima que no hayas alcanzado la perfección, para poder medirte con Leviatán en condiciones de igualdad. En fin…y nosotros con la ansiedad de encontrarte… ¡Qué falta de consideración! No podía excluir que fuera a ocurrir lo peor. No podía excluir….desde luego que tienes una manera curiosa de expresarte…. Me consagré, en efecto, a lecturas edificantes, hasta altas horas de la madrugada; entre otras cosas, para no introducir mudanza en mi costumbre. ¿Cómo puede uno seguir aprendiendo, cuando sabe que a la mañana siguiente va a morir? Es ése el único apetito que no se sacia jamás, ni aún en la hora postrera; quizás haya en ello un indicio sobre el que conviene meditar. Oh, sí, meditemos, no tenemos otra cosa que hacer, todavía es noche cerrada, el gallo aún no ha cantado; la labor de los sabios debe hacerse a esta hora secreta. Llevas razón, Leviatán, la noche nos aveza a la muerte, para que no nos sorprendan sus sombras. Es preciso haber muerto en vida, para resucitar después de la muerte. Toma una hogaza, dibuja una cruz con un cuchillo, dos partes son anatema, ofrenda, las otras dos son alimento. Así debe ser el trabajo del filósofo, en perfecta armonía con la naturaleza. Leviatán es la Naturaleza misma, el subconsciente de Dios, cuando tiene una presa ante sus fauces, el destino se la ha puesto ¿y quién podrá contrariar al destino? Aquel cuyo nombre constituye la doble respuesta al enigma de la esfinge. No estoy de humor para acertijos; en todo caso, no eres tú ése. ¿Quién sabe? La piedra que los constructores desecharon, vino a ser la piedra angular. No en este caso. Al tiempo…&lt;br /&gt;Sabía que te tenía atrapado en mi red de hierro, tan sólo debía cuidarme bien de que cierta tórtola que vivía junto al mar no alzara el vuelo. El resto era como un divertido aunque ocioso exordio, una ceremonia preliminar que tú me imponías como quien solicita un último deseo y no se le niega el postrer deseo a un condenado a muerte, siempre y cuando sea razonable. Oh, tampoco estoy hecho con tan mala disposición como para no aceptar un juego tan inocente. Tenía que buscarte, claro, ocupar a mis hombres; los hombres de mano, ¿sabes?, nunca deben permanecer ociosos mientras las cabezas pensantes cumplen con su función. Aunque no albergaba la menor duda de que serías tú mismo quien se presentaría a mí para solicitar el anzuelo y ponerlo sobre tus propias agallas. ¿O acaso me equivocaba? Ya ves que no, Leviatán.&lt;br /&gt;De repente vino el frío. Un frío inhabitual para estas tierras. Las montañas del interior se veían, en el horizonte occidental, cubiertas de nieve, exhalando una blancura de sudario. Tan sólo disponía de un radiador que me veía obligado a transportar de acá para allá en mis desplazamientos. Afortunadamente, en un rincón del jardín, cubierta por una lona, descubrí una regular carga de leña de olivo, gentileza del vestiglo que, por cierto, tendré que pagarle un día de éstos, y pude encender la vieja chimenea. La lluvia fría convertía el cristal de las ventanas en cuadriculadas galaxias de estrellas brillantes y vapor, lo que me permitía sentarme junto a ellas para leer bajo la esmerilada claridad que tamizaban, sin temor a ser abatido por el disparo de un francotirador emboscado en los edificios vecinos. La atmósfera, teñida invariablemente por el mismo fulgor pálido y gris, daba uniformidad a las horas, hasta que una de ellas ennegrecía rápidamente y, en poco tiempo, se derrumbaba la noche. Entonces cenaba cualquier cosa y me instalaba ante los rescoldos del hogar, para seguir con mis lecturas mientras aguardaba tu llegada, que sabía inminente.&lt;br /&gt;Para serte sincero, te diré que, así como sostengo que tu vida entera fue un auténtico desastre, un caos absolutamente desprovisto de todo sentido, en especial durante el transcurso de los últimos meses, en los cuales, a la par que pisaste el acelerador de la máquina con una incuestionable falta de responsabilidad, perdiste de manera irremisible e irreversible el control de tus actos, su mesura y su alcance; en cambio, por cuanto se refiere a la cuidadosa y esmerada preparación de tu muerte, te doy sin reservas mi entusiasta aprobación, pues considero que hiciste un trabajo encomiable. No lo sabes tú bien, todavía… De nada sirve vivir con virtud, si no se muere correctamente y viceversa; aunque, si hubiera que elegir entre una u otra eventualidad, morir con virtud tras una vida disipada o vivir de cualquier manera y arreglarlo todo en el último instante, y en ello mi pensamiento no constituye una excepción pues está contenido en el dogma de la religión que profesamos, sería preferible la segunda a la primera. En efecto, no es inocente que la doctrina de la Iglesia, así como la de cualquier otra religión, acuerde tanta importancia al momento preciso, culminante, de la muerte, pues en él todo está, por última vez y de modo definitivo, puesto sobre el tapete; no en balde los libros más vendidos durante las épocas de mayor devoción, verbigracia el otoño medieval, llevaron el cautivador título de “Ars moriendi”. En ello no tengo más remedio que mostrarme enteramente de acuerdo contigo, Leviatán; lo que distingue al hombre de la bestia es el conocimiento de la propia muerte, el saberse mortal, el haber formulado, cada cual a su manera pero respetando siempre su lógica implacable, el conocido silogismo que reza como sigue “todo hombre es mortal, Zenón es un hombre, Zenón es mortal.” La muerte de un hombre es el eje sobre el que pivota el universo. En ese último punto excedes el ámbito de la razón, eso que dices es una aporía. En modo alguno, cada hombre que siente y piensa es el universo entero y todas las nebulosas giran en torno a él. Pamplinas. Más aún, el universo en bloque ha sido creado ex profeso para asistir al desenlace que inexorablemente va a producirse aquí y ahora, esta misma noche; me refiero al enfrentamiento decisivo, definitivo, entre la fuerza ciega e inconmensurable de Leviatán y la claridad y la inteligencia del hombre cabal, ni más ni menos. ¡Albricias! Pues por fortuna has dicho que es el enfrentamiento definitivo, ya que en éste tengo la absoluta convicción de que voy a salir triunfador sin mácula. Leviatán trabaja metódicamente la materia, pero se le escapan las sutilezas de la muerte, los hilos que la unen a la vida, la relación hipostática entre ambas. Hablas como si la conocieras en todos sus pormenores, igual que si los hubieras aprendido en la escuela primaria. La muerte es energía…. ¡Vaya por Dios…! La materia libera su ingente energía en una explosión formidable…. ¿Ah, sí? ¿Y luego dónde va a parar tamaña energía? Acaso vuelva a transformarse en materia, hasta que el péndulo se rompa de puro viejo; alguien ha dicho que, de lo que hay, no debe perderse ni una gota. No te creo una sola palabra. Y sin embargo, lo creas o no, el momento de esa descomunal liberación de energía se acerca con paso seguro. Si fuera el caso, lo malo es que no podríamos seguir intercambiando impresiones, lo que me ahorraría tener que darte la razón. Eso nunca se sabe.&lt;br /&gt;Pues sí, leía…. Y sólo después de haber leído un buen trote, sentía vibrar el tono correcto para escribir mis mensajes cifrados, mediante los cuales seguía gobernando mi institución. ¿Cómo? ¿Mantuviste correspondencia con tus hombres durante estos días de cerco, bajo las barbas de Leviatán? Así hice, en efecto. ¡Por los dos cuernos requemados de Satanás y qué callado te lo tenías! ¿Cómo pudiste hacerlo, si se puede saber? Mediante un cifrado sencillo que podría denominarse la rosa de los vientos. La clave estaba en la fecha, si por ejemplo era once de cualquier cosa, la letra k reemplazaba la a y la l la b, así sucesivamente. Un juego de niños. Sí, pero ¿dónde diablos se encontraba el buzón? En una polvorienta caja de herramientas, dentro de la cabaña que se halla en el fondo del jardín. Durante la noche escribía en un trozo de papel que doblaba bien y me guardaba en el bolsillo, a la mañana siguiente lo depositaba en el lugar indicado y recogía la respuesta a la misiva del día anterior. ¿Y en qué momento tuvo lugar el último intercambio? Esta mañana. Según eso, esta misma noche, mientras nosotros estábamos aquí conversando, ¿ha venido el mensajero? Tal vez…. ¿Y por qué me cuentas todo esto? Porque sé que no te vas a servir de ello. Ah, bueno…. ¿Y cómo estás tan seguro que no lo haré? Me consta que no podrás…. Eso lo veremos….en su debido momento. Es decir, si todavía tengo humor para ello…. ¿Es Leviatán un hombre de humor cambiante? En absoluto.&lt;br /&gt;De todos modos, cuando alguien se halla tan estrechamente cercado que se ve reducido a comunicar con el engranaje de su máquina a través de mensajes cifrados, está claro que a lo único que puede alcanzar es a solventar los asuntos corrientes, pero carece de la capacidad operativa necesaria para organizar una contraofensiva de gran envergadura. Considera, Leviatán, que el jardín de las Hespérides es un huerto de piedra y, junto a su puerta y vigilando los altos tapiales, siempre hay una serpiente antigua. Uno cree que ha hecho mucho ya encontrando lo que busca, como la aguja de plata en este vasto pajar de mundo, ha tenido que recorrer para ello tantos parajes inhóspitos, hacer frente a tantas emboscadas, volver atrás en incontables ocasiones por haber errado el camino, y sin embargo, fatalmente, tiene que enfrentarse al dragón en última instancia. Pero eso ya es sabido. Lo pone en todos los libros. Tu llegada, por tanto, era previsible desde que el tren comenzó a tomar el empaque y la velocidad que lleva, como lo es la posición de los astros en el cielo en cualquier punto del pasado o del futuro, como lo es el comportamiento de la mies en el campo, como cada acto de la Naturaleza que vuelve siempre, a intervalos regulares, al mismo punto, el punto de partida, porque estamos hablando de una rueda que no para jamás. Indefectiblemente, cuando la tierra se encuentra al fin cubierta de oro en toda su extensión, el hombre debe tomar la hoz y segar de sol a sol, durante semanas. Es preciso pasar por esa prueba culminante, decisiva, en la que uno debe invertir las pocas fuerzas que le restan y jugárselas a cara o cruz. El sol caerá perpendicularmente desde lo más alto, justo desde lo más alto, sobre su occipucio, el ámbito entero, bañado de luz cenital, se estrechará comprimiendo sus líneas, apretujando su frente arrugada, crispada por el esfuerzo, brillante de sudor; la bóveda del cielo, con sus grandes bloques de zafiro, se desplomará encima de sus hombros. Cada segundo del día lo situará en la frontera del desfallecimiento, en el límite de la consciencia, pero tendrá que llegar, una tras otra, hasta la última espiga, la que cierra todas las encrucijadas, situada en una esquina remota del campo. Sólo entonces lloverá sobre él el maná del cielo, la bendición, el pan supersubstancial. Así ha sido desde el principio de los tiempos y así será hasta que deje de girar la rueda. Leviatán es una figura impuesta y, en cierto modo, necesaria. El mal es lo que hace fuerte al bien. Hablas como si hubieras creado una institución benéfica. Todavía no sé muy bien lo que he creado, no he tenido tiempo de decidirlo, aunque por lo pronto puedo asegurar que no será una estructura maléfica, de naturaleza perversa, dañina o cruel en sus efectos; a lo sumo, en el peor de los casos, será una empresa humana, tal vez muy humana si no hay más remedio, pero mientras yo viva no caerá en la perfidia. En tu delirio has olvidado que estamos hablando de una mafia. Bueno, ¿y qué? Posiblemente no sepas que la mafia siciliana fue creada para proteger a la gente humilde de los abusos de la nobleza local. Y mira en qué ha acabado, metiendo las manos hasta los codos en la prostitución, el tráfico de drogas y el de armas. Eso porque el hombre es un rey Midas al revés, todo lo que toca lo convierte en podredumbre. ¿Y no eres tú, acaso, un hombre? ¿O piensas que, en ti, el hombre ha sido superado? No.&lt;br /&gt;¿Entonces?&lt;br /&gt;El hombre necesita hacer cosas, está en su naturaleza. Si consigue mantener las riendas de su creación y conducirla en la dirección correcta mientras le alcance la vida, ya habrá cumplido con creces; lo demás no depende de la voluntad, sino que es la parte del destino. Más allá de la muerte, ni los más grandes han conseguido evitar las derivaciones de su obra. En cualquier caso, el problema no está en la presencia de una mafia de más o de menos; la verdadera cuestión está en las parcelas de poder. Y no me refiero al poder de los políticos, sino al que se encuentra agazapado detrás de los políticos; no al de las logias, sino al que se encuentra en la trastienda de las logias, más allá de los famosos tres grados que casi nadie supera y hay treinta y tres. No sé qué tiene esto que ver conmigo, hay poderes jerarquizados, verbigracia el poder estatal, regional o el municipal y los hay paralelos, como el poder privado, el poder de las asociaciones, etc.…. Todos los cuales pueden coexistir como si de diferentes religiones se tratara. Eso es una ingenuidad, poder no hay más que uno, dividido en parcelas; y el problema es que todas las parcelas están atribuidas desde antiguo. ¿De manera hereditaria? En cierto modo, sí. Vaya por Dios. Poseen el saber y se lo transmiten a través de una iniciación, digamos, endogámica. Lo cual es justo y necesario, por cierto; aparte de que, desde que el mundo es mundo, unas veces mejor y otras peor, siempre ha funcionado así, sin hundirse jamás del todo, por lo que no hay razón para cambiar de sistema y sí muchas presunciones para colegir que, de otro modo, la sociedad se precipitaría en el caos y la anarquía, redundando en daño generalizado. Mira, aquí tienes lo que estás diciendo, expresado en plata. “Summum jus, summa injuria.” “Sans doute l´égalité des biens est juste, mais ne pouvant faire qu´il soit force d´obéir à la justice, on a fait qu´il soit juste d´obéir à la force. Ne pouvant fortifier la justice, on a justifié la force, afin que la justice el la force fussent ensemble et que la paix fût, qui est le souverain bien. » Así es, en efecto ; hay quien considera a Pascal un verdadero iniciado de la vía seca. Ya estás viendo, por el intermedio de su autoridad, que el derecho no te ampara en tu pretensión a turbar ese orden natural. Posiblemente hubo excepciones, hijos de carpinteros que abrieron una fructífera besana en el lomo de una era. Si te refieres a Jesús de Galilea, escrito está, pertenece a la estirpe de David, que es la de Adán. Todos venimos de Adán. No, unos vienen de Adán y otros del mono. Jamás había oído una cosa semejante. No todas las verdades son buenas para todos los oídos. Mientras el hombre tenga voluntad y palabra, podrá hacer saltar todo por los aires, hasta los marmóreos pensamientos de Pascal, escritos en los muros de un mausoleo. No sólo el mausoleo de Pascal sino los mausoleos griegos y romanos siguen en pie, así como las cavernas en las que se comunicaban y se siguen comunicando los misterios de Eleusis, o las enseñanzas de Hércules, como has podido comprobar en las galerías subterráneas de Toledo, y es así desde Buenos Aires hasta París y Provins, la intuición de excelentes escritores contemporáneos lo confirma.&lt;br /&gt;Sea como fuere, es tarde para hacer marcha atrás, las calderas están repletas de carbón ardiente, la descomunal fuerza del vapor se proyecta imparable contra las paredes de las cámaras para expandirlas, los cigüeñales se agitan y tabletean hasta hacerse casi invisibles, la máquina está lanzada a tumba abierta sobre los raíles. Entonces explotará. Pues que explote.&lt;br /&gt;Abreviemos. Sí, abreviemos.&lt;br /&gt;Unos días más tarde, como previsto, efectuaste la segunda llamada y ésa fue la definitiva. Nuestros contactos en el seno de la policía nos dieron el lugar exacto en que se había producido. Así que ya teníamos la casa y ya teníamos al individuo. La primera vez que te vi me llevé una decepción. ¿Qué esperabas encontrar, al rey de bastos? Me había imaginado a alguien con…más empaque…no sé. Pero en fin, un gato que perdone la vida a las ratas escuálidas y tiñosas, por lástima, no sirve para gato, eso supongo que lo entiendes. Por supuesto, como tampoco serviría un gato que temiera a las grandes y orondas. Es verdad, un gato es un gato y punto. Por cierto, hablando de gatos, aprovechaste una de mis ausencias para mandar a tus hombres aquí dentro, mientras que tú permaneciste en la retaguardia, por si acaso había gato encerrado. ¿Cómo puedes saber tú eso? Dejé mis oídos conectados en el interior; unos oídos tan sofisticados que captan el chiquichaque de las termitas comiéndose las vigas. De manera que la respiración y todo lo que susurraron tus esbirros quedó grabado. ¿Nos está escuchando alguien, ahora? No sé, tal vez sí, tal vez no…. Resulta divertido. ¿Eran ésas las famosas obras que mandaste hacer antes de poder habitar de nuevo la casa? Oh, eso constituye sólo una parte. Te voy a mostrar el resto. ¡No te muevas de la cama! Muy bien, muy bien. Sólo pretendía mostrarte un vídeo. Mandé a mis hombres que lo filmaran todo. Pásame el mando de la tele, para que los tuyos aprendan a efectuar un registro como se debe. Tú, ¡dale el mando! Gracias. Deja que te explique antes las imágenes que vas a ver. La casa estaba ya provista de un subsuelo cuando la compré. Mis hombres no han visto nada de eso. Justamente. Lo mejor del trabajo de mis albañiles especializados consistió en disimular con tal habilidad la entrada al viejo sótano que ni siquiera tus hombres fueron capaces de descubrirla. ¿Y qué sorpresa puedes guardarnos en ese pequeño sótano, si se puede saber? No es una pieza muy amplia, es cierto, y dentro no hay gran cosa, varias cajas de herramientas, un sillón desgarrado que no quise tirar, una mecedora que me propuse reparar, bombillas y fusibles de repuesto…. Y una carga explosiva calculada para hacer volar por los aires la casa entera, sin que llegue a afectar demasiado a los vecinos, protegidos por los espesos muros de ambos lados. Oh, tendrán un despertar un tanto brusco, a pesar de que están los dos un poco sordos, pero eso es todo. Sus vidas no corren peligro. Ah, y esto que tengo en la mano parece un mando corriente de televisión, pero no lo es. O sí lo es, lo que pasa es que ha sufrido una transformación substancial. ¿Ves este botón rojo sobre el que tengo apoyado el dedo? Acciona el detonador de la mencionada carga.&lt;br /&gt;¿Te vas a sacrificar por tu organización? La organización es lo de menos, ¿acaso no estaban mis días contados? Pues si lo estaban, me voy contento a pudrir malvas; pero, eso sí, Leviatán se viene detrás de mí, a ver si, de este modo, me entierran contigo, que sabes de todo. Bueno…no nos pongamos solemnes y maravillosos…. ¡Eh, vosotros, quietos ahí, no os mováis! ¡Quietos he dicho! Vamos, Leviatán, otórgate el derecho de ser grande hasta el último minuto. Hay instantes en los que uno debe mostrarse generoso. Trata de comprender. Ellos no me interesan…pueden irse. Mejor así, al fin y al cabo. No solamente es mejor, sino que también es necesario, el gran cachalote blanco siempre caza solo y si hubieras tenido más afición a los libros sabrías que el último duelo, el definitivo, opone, invariablemente, a los contrarios, a los irreductibles Ahab y Moby Dick. Ahora que estamos solos, tenemos más latitud para llegar a un acuerdo… Ya no tenemos nada de qué discutir, hemos hablado demasiado esta noche, hacía tiempo que no hablaba tanto y se me ha puesto la garganta ronca, además, dentro de poco comenzará a clarear. Quién hubiera dicho que este día que se avecina no me estuviera reservado; no, no lo puedo creer, no cuando se tienen estas manos con las que he derribado caballos. Si mueves un solo músculo de la cara, todo se habrá consumado. Más bien prepárate a morir dignamente, recuerda que tal vez alguien nos esté escuchando, o nos escuchará algún día. Escúchame tú…te puedo ofrecer garantías…. No le des ya más vueltas, la hora ha llegado, Leviatán. Pon tu espíritu entre las dos palmas y disponte a morir.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6661261827580639989-7789579126766534692?l=proyectonarrativo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://proyectonarrativo.blogspot.com/feeds/7789579126766534692/comments/default' title='Publier les commentaires'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6661261827580639989&amp;postID=7789579126766534692' title='2 commentaires'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6661261827580639989/posts/default/7789579126766534692'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6661261827580639989/posts/default/7789579126766534692'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://proyectonarrativo.blogspot.com/2010/05/tercera-parte-i-me-desperte-poco-antes.html' title=''/><author><name>alemany</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17897985113245172928</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_fxoQjVAsWrs/SNUsTDBX_7I/AAAAAAAAAAU/lnTRDNsXQdY/S220/P1000233.JPG'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6661261827580639989.post-934160758305019479</id><published>2010-05-03T09:11:00.000-07:00</published><updated>2010-05-03T09:21:06.676-07:00</updated><title type='text'>La hora de Leviatán (segunda parte)</title><content type='html'>SEGUNDA PARTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin entretenerme, abandoné el palacio y me dirigí al centro de comunicaciones. Vuk me había precedido y se encontraba ya con los cascos puestos. Hola, ¿lo han liberado o todavía no? Están aún en el coche.&lt;br /&gt;Le di a la clavija que despierta la cafetera y con un gesto le pregunté si quería un café. Repuso, con otro, que sí lo tomaría. Preparé sendas tazas bien cargadas. La noche había sido intensa y tal vez no había concluido. Vuk se la tomó a pequeños sorbos concentrados. Cada uno de sus rizos de cobre parecía una acerada antena asimilando un fuego impregnado de datos. Pensé que un país incapaz de dar salida a hombres como él atravesaba realmente una crisis profunda. Han parado el motor, musitó como para sí. Al tiempo que hablaba, me alcanzaba unos auriculares e iniciaba la grabación. Oí cerrar las cuatro puertas del automóvil y enseguida una conversación serena en lengua eslava. Vuk me brindó una traducción libre, habida cuenta de su brevedad. Lo van a desatar y a quitarle la venda. Dejé caer la leve cortina de mis párpados para mejor concentrarme en cada uno de los propósitos que iban a llegar hasta mis oídos, pues evidentemente se le liberaba con su arsenal intacto de móviles. Un cerebro humano debe gastar mucha energía absorbiendo y procesando la enorme cantidad de información que le llega a través de los ojos. Algunas veces pensé que, lógicamente, ganaría en concentración si cortara, durante una porción significativa de tiempo, esa fuente. Más tarde, cuando tuve que hacer de mi cuerpo un caparazón donde enquistar mi alma, reducida al mínimo de sus funciones vitales, puse en práctica ese procedimiento. Imaginé que apagando mis ojos exteriores, se encenderían otros internos con los que vería a mis enemigos moverse en la oscuridad, peinar la urbe y los baldíos, acercarse a mi refugio pero sin sospechar que yo me hallaba en su interior, aletargado, reducido a una vida mineral. Y veía también a Leviatán, levantando los techos de las casas, escrutando en todos los rincones y rugiendo de furor al no encontrar el menor indicio de mi presencia en ese mundo que, a pesar de todo, compartíamos. Sabía que estabas en la ciudad, que no habías huido, sentía tu presencia, el rumor que surgía de tus destellos metálicos ocultos bajo un celemín. Sólo tenía que adivinarlo, entre miles de otros celemines iguales, y alzarlo. Y yo percibía el roce de tus dedos escarbando la tierra y el fragor de tu cólera retenida. Al fin se apaciguó esa cólera con tu presencia entre mis dos manos, tal y como debía suceder y siempre sucede.&lt;br /&gt;Luego escuché, en un castellano correcto esa vez pero cargado con un fuerte acento, sigue por esa senda, a unos cincuenta metros se encuentra la carretera, tómala hacia la izquierda, tendrás que caminar como dos kilómetros y llegarás a un pueblo. Allí te las arreglarás tú solo muy bien. Ten, esto es tuyo. Le ha dado el maletín, con su colección completa de móviles, aclaró Vuk. Pasos, roce del pantalón contra la maleza. Poco después restalló una cremallera sobre mi cabeza, unos dedos hurgaban dentro del cubil en el que me encontraba, lo levantaron todo, sentí el ligero mareo del navío que se encarama al lomo de una ola. Lola, estoy libre. Pero todavía no sé dónde. Y luego una voz más débil, aunque perfectamente audible, cortada de cuando en cuando por sollozos, ¡por fin, gracias a Dios! Habría esperado sólo hasta mañana a primera hora, como me dijiste, para llamar a la policía. Me han asegurado que cerca hay un pueblo. En cuanto llegue y sepa qué pueblo es, llamaré a un taxi. ¿Quiénes eran? Hablaban en ruso. ¿Otra vez ellos? No sé, hay algo raro, pero puede que traten de enredar…. Bueno, ya no te preocupes más, dentro de poco estoy en casa. Vale, hasta ahora. Hasta ahora mismo.&lt;br /&gt;¿Paco? Sí, dime. Óyeme bien, mañana, a primera hora, reunión del gabinete de crisis. Tú, Carlos, Serafín, Mariano, Joaquín, a las ocho en punto todos como clavos en el Ayuntamiento. Pero hombre ¿qué te pasa, se te ha aparecido la Virgen del Rocío o qué diablos te pasa? No puedo hablar por teléfono de esas cosas, coño, ya lo sabes, por eso os convoco mañana en mi despacho, porque hay tomate y del bueno. Bien hombre, pues mañana nos vemos. Adiós.&lt;br /&gt;Ruano no tardó mucho, en efecto, en llegar a su domicilio y se puso, sin más dilaciones de las estrictamente necesarias, a recuperar todo el sueño que tenía pendiente, porque debió dormir poco y mal atado en la silla. También yo tomé con parsimonia el camino de mi casa, albergando el propósito de hacer lo propio, aunque sabía que no podía permitirme más de cuatro horas de apagón total, pues por nada del mundo quería perderme lo que iba a ocurrir el día siguiente y convenía seguirlo en directo, por si acaso. Así había vivido durante las últimas semanas, a salto de mata, y no me había ido tan mal. El problema era que no podía pararlo, el remolino que me estaba absorbiendo, un verdadero agujero verde oscuro formado por el espeluznante dinamismo del océano, un boquete sin fondo rugía no lejos de mí y me obligaba a recorrer las primeras circunvoluciones de una espiral movida por una fuerza telúrica. Sobre todo en esos momentos, me hallaba tan cansado que ni siquiera afloró en mi mente el menor intento de resistencia ante semejante poder. Pero el vértigo comenzaba a romper los primeros cristales en mi médula espinal.&lt;br /&gt;Tal como había supuesto, el móvil de Ruano, en fin, uno de ellos, comenzó a sonar temprano. Una voz con acento bronco, que nada tenía de ibérico, espetó a bocajarro, ¿qué demonios te ha pasado durante los últimos días? ¿Te fuiste a matar cabras a Afganistán? Lamentablemente no, me secuestraron. Hubo un silencio. Me lo suponía. Tenemos que vernos, para que me cuentes en detalle lo que ha ocurrido. ¿Dónde? Pues en el sitio de las reuniones discretas. ¿A qué hora? De inmediato. Bien, voy para allá.&lt;br /&gt;Casi enseguida, volvió a sonar. ¿Qué diantre te ha pasado, que no cogías el teléfono? Me tenías muy preocupado. He sido víctima de un secuestro, don Caetano. Es lo que me temía. Conviene que vengas a mi casa para que me lo cuentes todo con pelos y señales. ¿Cuándo tendría usted la bondad de recibirme? Ahora mismo. Verá, don Caetano, me han citado ellos primero, acabo de cortar la comunicación. ¿Ellos? ¿Quiénes? Los rusos. Encima pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino ¿pero qué se creen, que nos sorbemos los mocos todavía? Veremos, don Caetano, cuál es el juego que se traen entre manos, porque la verdad es que, a primera vista, no parece evidente. Está bien, luego te pasas por mi casa y hablamos; espero que tu conversación con ellos me haga cambiar de opinión, porque si no, se van a enterar de lo que vale un peine, en Sicilia, no en Villarrobledo, sino en Sicilia. Entendido, don Caetano, así se hará.&lt;br /&gt;Ruano salió conduciendo su propio coche. Uno de mis hombres, al volante de una furgoneta cargada con material de construcción, lo siguió discretamente. Le había pedido que no tomara riesgos en exceso, pues lo esencial, que era la grabación, la teníamos asegurada.&lt;br /&gt;Primero se dirigió, como estaba previsto, al Ayuntamiento, donde tenía convocado su gabinete de crisis. La reunión, empero, fue breve. Seguidme a mi despacho. Ruido de pasos sobre baldosas. La llave que entra en el cerrojo y le da dos sonoras vueltas. Acomodaos donde podáis, o quedaos de pie, me importa un huevo. Bueno, ¿qué pasa, te ha dicho una gitana que los cuatro jinetes del Apocalipsis vienen por la autopista de Málaga? Pues pasa, ni más ni menos, que ayer me secuestraron, como lo oís; y, no contentos con eso, me restregaron por las narices documentos que venían directamente de aquí. ¡Pues sí que hemos hecho un pan como unas hostias! Como tú lo dices, Mariano. La suerte que tenemos es que no ha sido la policía, la que les ha echado mano, a los dichosos documentos. Pero ahora, quien quiera que sea, nos querrá hacer chantaje. Ya lo ha hecho, Carlos, a ver para qué diablos crees que me querían, ¿para invitarme a tomar chocolate con churros? Mis buenos cuartos me ha costado taparles la boca y ahora, por si fuera poco, hay que seguir abonando una mensualidad, como si de los pagos de una póliza de seguros se tratara. Y en cierto modo lo son. ¡Pero vosotros también pagaréis el pato, ya lo creo que pagaréis, a tanto por porrate saldremos! ¡De alguna manera tendréis que pagar esto, porque toda la culpa de lo que pasa es vuestra, con los cirios que montáis! ¡Pero esto se acabó! ¡Vaya que si se acabó! No te sulfures, Juanjo, todos estamos embarcados en este bote, pero no tenemos más culpa que tú de que alguien haya conseguido meter las narices en las entrañas del Ayuntamiento. ¡Si no hubierais armado tanto jolgorio, si es que España entera tiene los ojos puestos en el Ayuntamiento de esta puñetera ciudad! Y con tanto pasacalle, la consecuencia es que los periodistas nos espían hasta cuando vamos a mear. La culpa de eso la tuvo el Pajuel, ya lo sabes, con la tira de circos que montaba. Luego la prensa estaba ya cebada, acudían como las moscas al panal. Bueno, acudían aunque no hubiera panal, porque sabían que siempre se llevarían algo. Y por poco que hiciéramos, pues ya estábamos saliendo en los papeles. Os ha faltado discreción, Paco, no me digas que no. Y esa actitud indolente ahora comienza a pasarnos factura. Pero os digo una cosa, como no os enmendéis de golpe y porrazo, esto acabará como el rosario de la aurora, ya veréis, acordaos de lo que os digo. Si esto os sirve de escarmiento, todavía podremos levantar el dedo. En fin, no hablemos más por ahora, que el tiempo apremia. Os ponéis de inmediato a limpiar el Ayuntamiento de documentos comprometedores. Lo que quepa en una llave USB, lo ponéis en una llave USB y lo que haya que colocarlo en cajas, lo colocáis en cajas. Luego me lo daréis a mí para que yo lo ponga a buen recaudo. Y lo que se pueda destruir, al diablo con ello. De ahora en adelante haremos limpieza todos los días y ya sabéis, en boca cerrada no entran moscas. En mi despacho no toquéis nada, ya me encargo yo. Ahora disculpadme, tengo que irme. Rumor de sillas corriéndose. Portazo. Cerrojo.&lt;br /&gt;Salió como alma que lleva el diablo de la Casa Consistorial. El hombre apostado en la furgoneta arrancó el motor y prosiguió la persecución. Tomaron la carretera de circunvalación hacia el norte, dejando atrás la ciudad. A los tres o cuatro kilómetros, torcieron a la derecha, en dirección a la costa. Se trataba de una carretera estrecha, delimitada a ambos lados por empalizadas hechas con cañas, que desembocaba en una lujosa urbanización dispuesta como una cenefa blanca junto al mar. La furgoneta pasó de largo. Nada tan banal como una furgoneta cargada con material de construcción, adornada con los rótulos de una conocida empresa del ramo, cruzando una urbanización donde, al fondo, se hallaban aún varias casas en fase de obra. Nada tan banal como eso, me atrevería a decir, en todo el país de aquellos tiempos. Otra distinta, sin embargo, estacionó a unos cien metros del chalet por cuya puerta había penetrado Ruano. Cinco minutos más tarde llegaron dos coches cautelosos, potentes, provistos de cristales muy oscurecidos. Las cámaras fotográficas especiales que traían mis agentes comenzaron a crepitar. El que abría camino se detuvo ante la puerta de la casa, el que venía a la zaga aparcó unos cincuenta metros antes. Los ocupantes del primer vehículo, tras unos breves instantes de reconocimiento, siguieron el mismo camino que Ruano; los del segundo tomaron asiento en una terraza desde la que dominaban toda la calle. Mis hombres los fotografiaron a todos sin escatimar las instantáneas, según pude comprobar poco después. Pronto se les vio aparecer por los altos de la casa, ojo avizor. No resultó demasiado complicado averiguar cuál de ellos llevaba la voz cantante frente a Ruano. Fue este último quien saludó el primero. Hola Evgueni. Hola, Juanjo ¿qué tal estás? Se te ve bien, a pesar de todo. Parece que no te han hecho muchas miserias. Me han tratado bien, debo reconocerlo, aunque me han tenido continuamente atado a una silla. Se te debió hacer el culo cuadrado. Sí, fue un tanto incómodo como experiencia, pero podría haber sido peor. Cierto, ¿qué les dijiste? Me limité a confirmar lo que sabían. ¿Sabían mucho? Sí, mucho. Y lo peor es que lo sabían de muy buena tinta. No todo, por supuesto, pero sí lo suficiente como para ir tirando del hilo y, si son tan buenos como lo han demostrado hasta el momento, sacar fuera el ovillo, para nuestro mal. Actuar de otro modo, en mi caso, hubiera sido como entrar en un callejón sin salida y una pérdida de tiempo puesto que las informaciones que poseían eran precisas, avaladas por documentos auténticos. Ignoro cómo han logrado tener acceso a ellos. Tendré que hacer mis averiguaciones, sin reparar en medios. ¿Y qué partido han conseguido sacarles? Pues se han llevado, de momento, una suma considerable. ¿Considerable o excesiva? Sólo considerable. Y un tributo mensual para sufragar su silencio. Hasta que obtengan un mejor postor. Tal vez. Esto es forzosamente una situación provisional. Eso ya no entra dentro de mis competencias. Lo sé… ¿Cómo sucedió? Me cogieron en mi propia casa. Estaban escondidos dentro del garaje. Te apuntaron con una pistola y te intimaron a salir al volante de tu vehículo, con ellos en su interior. Así fue. Clásico. Seguidamente fueron indicándome el trayecto hasta que llegamos a un lugar apartado, donde me vendaron los ojos y me obligaron a meterme en el maletero. Me enteré por mi mujer que esa misma noche dejaron mi coche aparcado frente a mi puerta. ¿Duró mucho el viaje? Bastante, lo suficiente como para alcanzar cualquier otra de las ciudades vecinas. Pero eso no quiere decir nada. No. Sea como fuere, acabamos por entrar en una cochera y de ella me condujeron a un sótano. No me permitieron verlo en ningún momento, lo deduje por el frescor que reinaba en aquella estancia. En ella me dejaron macerar durante un tiempo considerable, hasta que juzgaron oportuno hacerme comparecer ante el tipo que debía conducir el interrogatorio. Eso ocurrió dos veces. En la primera ocasión no tuvieron más remedio que quitarme la venda para que pudiera leer las piezas a convicción y para que hiciera las transferencias. Imagino que tomaron precauciones para que no les vieras las caras. Por supuesto, llevaban máscaras y la figura que pudieran tener se hallaba disimulada bajo un hábito de monje. La segunda vez no hacía falta quitarme la venda. ¿Con qué objeto te convocaron una segunda vez? El tipo tenía ganas de conversar, o al menos eso es lo que dijo. Vaya por Dios. Un hábil conversador, por cierto. ¿Qué viste la primera vez? Una sala amplia, de techo alto, apoyado sobre vigas de madera. En un extremo se podía distinguir el hogar de una chimenea y sobre una tarima, unos candelabros y el sillón que ocupaba mi inquisidor, llevaba puesta una máscara de la risa, pero el propietario no se rió ni una sola vez, me dio la impresión. La situación tampoco lo requería. Cierto, mas el contraste era sobrecogedor. Imagínate, alguien que te está amenazando con la muerte, nada menos, que se ha vestido directamente de fraile para enterrarte lo más rápido posible aunque sin omitir los responsos de rigor, pero que no pierde la sonrisa en ningún momento, aunque sólo sea en apariencia. Al final se te ponen los pelos de punta. ¿Algún detalle más que haya llamado tu atención? El hombre con quien mantuve ambas conversaciones hablaba un perfecto castellano. Él, ¿los demás no? Los demás hablaban ruso.&lt;br /&gt;Profundo y prolongado silencio. Esa última piedra lanzada por Ruano tardó mucho en tocar fondo.&lt;br /&gt;¿Estás seguro que era ruso? Sí.&lt;br /&gt;Un silencio tan dilatado, por lo menos, como el anterior.&lt;br /&gt;Bueno, de momento honra lo pactado. Si hay algún cambio de planes, te lo haré saber. Hasta pronto.&lt;br /&gt;Al salir fueron fotografiados y filmados. Había como una escondida chispa de precipitación en sus gestos y semblantes. Una tercera furgoneta los siguió. La segunda aguardó a que saliera Ruano y también lo siguió hasta la mansión de don Caetano. Ese día enriquecimos considerablemente nuestro carnet de direcciones. Pero tenían la orden de ser muy cautos y permanecer a la mayor distancia posible.&lt;br /&gt;El tiempo de prepararnos y consumir un café con una pizca de tranquilidad y el teléfono de nuestro solicitado asesor de urbanismo comenzó a transmitir de nuevo, como a quien se le escapa un don sin sentirlo. Buenos días, Mario, una estupenda mañana para salir a pescar la dorada. Me gusta ir más temprano, ahora ya es casi el momento de comerla. El jefe te aguarda en la terraza. Pasos. Suena un reloj de carillón. Picaporte. Resaca de mar. Mis respetos, don Caetano. Toma asiento, Juanjo. Don Abbondio y yo estábamos comiendo cualquier cosa para almorzar. Nos honraría que te unieras a nosotros. Se agradece, don Caetano. Así que te han hecho pasar un mal trago. No ha sido una partida de brisca, pero tampoco es la primera vez que me veo en el maletero de un coche, sin saber a dónde me llevan. Gajes del oficio, hijo, es una mala vida la que hemos escogido, siempre sujeta a los más variados avatares. ¿Te soplaron mucho? Me sacaron mis buenos cuartos; aun así, nada que no pueda recuperar tras unos cuantos meses de trabajo serio. El trabajo es la mejor lotería, muchacho. Más preocupado me tiene lo que alcanzaron a averiguar de ti. El dinero va y viene, pero la información hace ganar las guerras, o perderlas, según qué caso. Pues de mí, directamente, nada, don Caetano, pero por su cuenta es cierto que han llegado a saber bastante. No fue para interrogarme, para lo que reclamaron mi presencia. La situación es grave. Si hay contables entre ellos, obtendrán conclusiones certeras, aunque parciales. Lo que no ofrece la menor duda es que nos encontramos ante una organización dotada de una apabullante profesionalidad. No entiendo qué diantre pretenden, tronó don Caetano, sus tentáculos y los nuestros se hallan tan entrelazados que no es posible golpearnos sin sufrir ellos idéntico castigo. A no ser que estén apuntando a la cabeza con la pretensión de liquidar a la bestia de un solo tiro bien meditado, mas no pueden ignorar que se trata de una hidra con numerosas cabezas. Por el momento me encuentro un tanto perplejo, don Caetano. Pero nosotros, los sicilianos de pura cepa, tenemos una máxima que no tardaremos en aplicar como esto siga así, cuando estés perplejo, muchacho, aprieta el gatillo, de este modo no tardarás en salir de tu perplejidad. Eso es lo que he oído decir siempre a mis mayores. Y más aún tratándose del caso presente, en el cual la confusión afecta tan sólo a los objetivos, pero en modo alguno respecto a los sujetos que pretenden alcanzarlos. Porque, convendrás conmigo en que, reduciendo las cosas a su mayor simplicidad, operación que resulta factible, por no decir evidente en el preciso contexto que nos envuelve, bien podemos llegar a la conclusión de que, si no hemos sido nosotros, fueron ellos, ¿quién iba a ser si no? Y he de confesarte que esa maniobra no me gusta un pelo. Es casi una declaración de guerra. Sabes que llegamos a un acuerdo, nadie debía meter las narices en los asuntos del otro, Castilla es lo bastante ancha para ambos, o lo era... Admito que el asunto se ha puesto feo, don Caetano, aunque barrunto que es más complicado de lo que parece a primera vista. Vamos a ver, hijo, ¿dónde le encuentras tú la complicación? El tipo con el que hablé, o mejor dicho, que me interrogó, o quizá para ser más exactos diré que me interrogó la primera vez y me dio conversación la segunda, pero siempre de buenos modos, ése es tan de la tierra como puede serlo el gazpacho y no me dio la impresión de que se tratara de un simple peón; antes bien, se le notaba en la voz el peso de la responsabilidad y el hábito del mando. Y ya se sabe que la gente con la que nos jugamos las pesetas no suele delegar en terceras personas, sino que se complacen en gestionar, en la más estricta intimidad, los asuntos que les conciernen, sin recurrir a intermediarios locales. A pesar de todo, como es natural, también me bailaba por la cabeza esta mañana, en presencia de Evgueni, el prejuicio, inevitable, lo admito, de que me disponía a ser el espectador de una pantomima, razón por la cual me puse en guardia, atento al menor gesto que traicionara una sorpresa postiza, porque a ellos, las bromas, más vale reírselas. Pues bien, no creo que exista ningún actor capaz de fingir una palidez tan intensa como la que transformó el rostro de Evgueni cuando le revelé que los hombres de mano de fray sonrisas, los que me llevaban y traían de acá para allá, hablaban ruso entre ellos. Lo que me faltaba por oír, encima hablaban ruso, ni siquiera tuvieron la deferencia de cerrar la boca. Evgueni se turbó profundamente, no me cabe la menor duda. Tanto, que le costó bastante recomponerse. Y hasta que lo logró, pondría la mano en el fuego, don Caetano, para decir que era puro pánico. Y eso que Evgueni no es precisamente un monaguillo.&lt;br /&gt;A juzgar por la pausa que cayó como una losa marmórea sobre la conversación, don Caetano comprendió al fin que había más rusos en el mundo, aparte del grupo que mandaba Evgueni. Pasó un buen rato antes de que reapareciera el sonido argentino de los cubiertos. Y más aún hasta que se reanudó la plática. Don Abbondio, por su parte, no ayudaba nada. Al cabo se oyó la voz serena de don Caetano. Puñetería de Rusia, como si esos malditos bolcheviques no nos hubieran fastidiado bastante durante toda la guerra fría.&lt;br /&gt;Cuando Ruano arrancó el motor de su Ferrari Módena, devolví los auriculares a Vuk. Milos me imitó, pensativo. La piedra del molino había comenzado a rodar sobre un grano heterogéneo. Teníamos buenas y malas nuevas. Las primeras eran que se hallaban sobre la pista hacia la que les habíamos conducido, la pista rusa; las segundas, que muy probablemente aquello no iba a producir el efecto deseado. Y entre unas y otras se abría cierta incógnita de talla, ¿quiénes eran esos otros rusos que le ponían a Evgueni la carne de gallina? Si lográramos despejar dicha incógnita, reflexioné, sabríamos si ello era bueno o malo para nosotros.&lt;br /&gt;Vuk, que se empiece a rastrear metódicamente la presencia de la mafia rusa en España. El objetivo de tal investigación debe ser determinar si operan una o varias ramas. En el caso de que se confirme la segunda hipótesis, quiero saber cuál es la relación que rige entre ellas. Cuando hayas encauzado la búsqueda, ven a comer a la Atalaya. Nosotros salimos ya para allá, pero cada uno por su lado, como mandan los cánones.&lt;br /&gt;Fue entonces cuando me entregaron la sugestiva grabación obtenida mediante el procedimiento de colocar un micrófono en el apartamento que ocupaba el melenas bizcorneta, famoso comedor de caramelos y golosinas. Alargué los auriculares a Ouissene. Traduce. El gigante sonrió, orgulloso de que le encomendaran al fin una misión intelectual. “Decidle al príncipe que la gacela no tiene otro amante, sino él.”&lt;br /&gt;No me perdáis de vista a dentadura amarilla. Y tampoco a ella, es preciso darle el cambiazo de móvil lo antes posible. Tal vez la referencia principesca no sea más que un modo de hablar, como la de la gacela, por otra parte; pero aun así, que alguien eche un vistazo a las casas reales del mundo árabe para ir abriendo boca y para ver si puede procederse a una primera eliminación por razones de pura lógica.&lt;br /&gt;Éstas y otras pláticas y recomendaciones dieron tiempo a los fotógrafos para llegar a la agencia con todo el material obtenido, al cual le echamos una rápida ojeada para hacer una estimación lo más justa posible de con quién nos jugábamos, también nosotros, las pesetas. Y tuve que concluir para mis adentros que el resultado no era muy alentador.&lt;br /&gt;Mefiboshet nos había preparado una soberbia fideuá, flanqueada por unas botellas heladas de un excelente vino blanco. Desde la Atalaya, el día aparecía deslumbrante, pero relleno de una atmósfera abrasadora, toda ella como si fuera el aliento de un horno, bajo un sol cegador. Aun protegidos por el toldo, nos surcaban el apergaminado mapa del rostro ríos de sudor. Parecíamos unos beduinos en camiseta, refugiados en el plano más elevado de la ciudad, cercada por el desierto, disimulados por la lona de una tienda. Acaso semejante comparación viniera sugerida por la necesidad psicológica de aislarnos, de poner entre nosotros y nuestros perseguidores una barrera natural lo más espesa e impenetrable posible. Dicha Atalaya debía protegernos como uno de esos oasis secretos, situados lejos de las rutas de las caravanas y sólo conocidos por los bandidos. Bueno, en realidad todo el paisaje que acabo de describir no se encontraba muy lejos. Estaba ahí enfrente, en África, como quien dice a un tiro de piedra.&lt;br /&gt;La suerte está echada, colegas. Ahora mismo estamos siendo buscados ávidamente, por lo que debemos meditar con detenimiento cada uno de nuestros movimientos, antes de efectuarlos. Todavía poseemos, no obstante, la ventaja de no obedecer al patrón que ellos esperan encontrar. Sin embargo, si pasa el tiempo y no tienen otro bocado al que hincarle el diente, corremos peligro. En este punto, ya no basta con que Juan varíe de supermercado, debéis turnaros para efectuar las compras, ser comedidos y parcos en vuestras comunicaciones con el exterior y extremar las precauciones por cuanto se refiere a la operatividad de nuestra maquinaria. Procede utilizar el menor número posible de hombres en las operaciones imprescindibles. Los demás, que duerman en sus casas los que las tengan y los que no, en el monasterio. Hay que dar, igualmente, consignas bien precisas de discreción a los que trabajan en la agencia.&lt;br /&gt;Nicolai, ¿qué es lo que la opinión pública rusa conoce a propósito de la mafia surgida en tu país?&lt;br /&gt;El aludido caló maquinalmente sus gafas de sol, con las cuales su rostro parecía más pétreo e imprevisible que nunca.&lt;br /&gt;Hoy es de dominio público que la mafia no es sino el resultado de la evolución particular que ha sufrido el partido. Durante setenta años, la nomenclatura ha ido acumulando privilegios y beneficios, digamos, en especie, pero también una gran cantidad de dinero inservible, que se pudría en los sótanos enterrado en barricas. Cuando se han sentido suficientemente preparados, han hecho saltar todo por los aires. Ahora es cuestión de reunir y transformar tales fortunas, muchas de ellas inmensas, en divisas.&lt;br /&gt;Ignoro aún hoy qué filiación política tenían mis asociados, si es que realmente tenían alguna. Ello a pesar de que un nutrido grupo provenía de países del Este. Lo cierto es que las lapidarias afirmaciones de Nicolai soltaron un compacto bloque de silencio sobre la mesa. Jamás había oído una crítica tan contundente dirigida contra el sistema soviético, ni aún en boca de sus más acérrimos oponentes. Acaso Nicolai hablaba así por serlo, o bien justamente por no serlo, en cuyo caso sus palabras podrían ser dictadas por la amarga decepción que le habían producido unos personajes venales, corruptores de unos valores que consideraba justos en términos absolutos. Sea como fuere, consideré en aquel entonces, el tiempo dirá si los recursos de esa mafia, que Ruano había calificado de inagotables, pueden ser explicados o no únicamente por sus actividades actuales, que suponía estarían centradas en el tráfico de drogas y la prostitución, lo típico, cuyos fondos blanqueaban invirtiéndolos en la especulación inmobiliaria. Me hallaba al principio de mi investigación.&lt;br /&gt;Y esa mafia, ¿forma un bloque compacto o se ha escindido en varias ramas? Cada república tiene la suya. A veces se producen enfrentamientos. Se ha dado el caso de que dos grupos mafiosos, que tienen bajo su control sendas ciudades, entren en guerra por alcanzar el poder absoluto en alguna de ellas, tal como sucedió en Kazakhstan, entre las ciudades de Alma-Ata y Karaganda. De hecho, su influencia en los grupos independentistas surgidos durante los últimos años no es inocua. Sin embargo, pienso que en la mafia rusa propiamente dicha prevalece la unidad, al menos sobre las cuestiones de fondo. Con la Perestroika, los periódicos comenzaron a publicar numerosos artículos sobre este tema, pero el asunto alcanzó pronto tales proporciones que fue preciso encauzarlo dentro de ciertos límites. Todo ese material figura probablemente en Internet, puedo hacer una búsqueda, tomar notas, traducir lo esencial, hacer un informe. Comienza esta misma tarde, es urgente.&lt;br /&gt;El rostro de Nicolai presentaba el mismo bronceado claro de la piedra tratada con láser que lucen ciertas catedrales, el cual permanece inalterable ocurra lo que ocurra, así no pude apreciar bien el efecto que produjo en él la oportunidad que se le ofrecía de colaborar, con ese trabajo, a la causa común. Los demás también solían presentar semblantes más bien cerrados, pero aún así, creo que flotaba en el ambiente como un aura de satisfacción general. La postura del ruso en el seno del grupo no debía ser cómoda desde que aplacé su intervención en el caso de la bella y explosiva aristócrata. Veremos, por cierto, qué pasa con el pegajoso melenas, si abandona o no sus averiguaciones, ahora que ha llegado a una conclusión, medité.&lt;br /&gt;Aquella comida tenía todo el empaque y el destello de una celebración. Recordé que lo era, en efecto. Sin embargo, para mí, dejando a un lado los problemas existenciales, que siempre los tuve, aquello no acababa de alcanzar valor de verdad, constituía un juego, interveníamos en un paisaje virtual; el dinero recién adquirido, era ficticio, ni se me ocurrió aprovechar siquiera una parte; yo tenía el mío, con el que tampoco alcanzaba a establecer una relación objetiva, carnal, pues no me había comprado una casa con piscina, ni jardín inglés, con sus varias hectáreas de bosque, por lo que era una pura teoría, una mera potencialidad. Y el capital ganado con aquella operación lo destinaba íntegramente al artefacto que había levantado. El cual, por cierto, aunque era obra de mis manos, también me resultaba un tanto extraño, artificial, como si me hubiera venido en la letra de una canción que ni siquiera me gustaba; sí, una canción bárbara que no hay más remedio que escuchar porque proviene del coche de uno de esos energúmenos mal educados que no tienen inconveniente en poner música para todo un barrio sin que nadie se la haya pedido. Lo había creado de este modo, con la rapidez y precariedad con que un cuerpo dormido produce una pesadilla, o también como un ordenador descarga, en pocas horas, un programa complejo, voluminoso, a veces inmoral, en el fondo una pura ilusión que sólo puede vivir flotando en el fluido eléctrico. Claro que, en ese caso, el aparato había sido contaminado, además, con un virus que le impedía apagarse, incluso abandonar el juego. He ahí la diferencia con un juego corriente. ¿Y qué decir de los hombres que me rodeaban, haciendo funcionar el engranaje? No sabía de ellos sino algunas de sus manifestaciones más superficiales, verbigracia las dotes culinarias de Mefiboshet, la reconcentrada habilidad de Vuk y sus numerosos conocimientos técnicos, la pericia manual de Moussa, la inesperada curiosidad afable de Ouissene, a pesar de que el primer día me hubiera roto el cráneo de un puñetazo si no se lo llega a impedir Milos, el carisma de éste, su pericia innata para mandar, para conducir soldados, que lleva inscrita hasta en el propio nombre. Pero aparte de eso, nada. Hacía tan sólo un puñado de semanas que tenía noticia de que integraban la especie humana, igual habría podido irme a la tumba sin conocerlos, como desconozco a los hijos del Gran Khan, o a los sobrinos de Mahoma. Si Dios enviara el fuego o el hierro sobre la tierra y los hiciera desaparecer, al cabo de un mes dudaría de que jamás hubieran existido. Sin embargo, en ese preciso instante, me percaté de que sí emanaban algo real, una exhalación de alegría apenas perceptible pero sincera, dorada como si fuera una mantequilla que se podría cortar con un cuchillo en cualquier parte, alrededor de aquella mesa. Y curiosamente, en el momento en que todo cuanto alcanzaba mi vista se concretizaba, sentí que perdía yo mismo realidad por dentro, se difuminaba todo mi interior y me acordaba de mí como de un personaje que bien hubiera podido aparecer en una novela leída durante la infancia o primera juventud. Sentí la angustia de quien puede esfumarse en cualquier momento de la existencia, si el ser que lo está soñando se despierta. Pero claro, eso podía ser el efecto del alcohol. Hacía tanto calor, que todos abusamos un poco del vino. Mefiboshet tuvo que navegar en varias ocasiones hasta la cocina para traer una nueva botella, una en cada ocasión, que nos bebíamos antes de que se calentara. Se trataba de un caldo ambarino, de baja graduación y sabor fino. El cual, servido a una temperatura próxima a la congelación, hacía mucho bien al cuerpo. Luego, como postre, Mefiboshet regresó con una sandía entera, tan voluminosa como su vientre, lo cual no es poco decir, que había aguardado durante un buen rato, como en una antesala de la mesa, en el espacioso congelador con que estaba pertrechada la cocina. Le quitó el bonete con un cuchillo bueno para destazar cerdos, la partió por la mitad revelando el interior de un rojo intenso, fulgurante, y procedió enseguida a hacer rajas con una destreza admirable de experimentado agricultor con un rancio abolengo mediterráneo. Aseguraba, dirigiéndose a los dos moros que se hallaban presentes, que los árabes habían traído las sandías y melones para envenenar a todos los españoles y él aprovechaba la ocasión que se le ofrecía para devolverles el regalo. Ouissene replicó que aceptaría con gusto cuantas rajas de veneno, de esa naturaleza, le propusiese, añadiendo que la mala hierba nunca muere, o un proverbio de tema semejante, ya no recuerdo muy bien. Aquél recomendó que siguieran bebiendo vino, pues ese postre lo requería; después del melón, dijo, vino a porrón y después de la sandía, vino en demasía. Los comensales no necesitaron más para dejarse convencer y llenaron todos de nuevo sus vasos. Viendo la pulpa consistente, firme, de un granate encendido, pensé que nos comíamos pedazos de fuego frío, cuya tintura escarlata renovaba la sangre y daba a los ojos la necesaria reserva de color para plasmar en la cámara oscura del cerebro imágenes más rutilantes y más vivas. Café y coñac de la mejor reserva que se pudo encontrar coronaron el ágape. Ouissene trajo un estuche de madera y fue distribuyendo habanos con fuerte y vigoroso perfume, un olor de isla tropical, producto de la maduración de una infinidad de savias.&lt;br /&gt;Milos era el único que parecía rumiar severas cavilaciones, pero era evidente también su esfuerzo por disimularlo. Envuelto en pacas de humo blanco, ofrecía la imagen del jefe preocupado, del cabecilla a cuyo cargo se hallan los guerrilleros sitiados por el ejército enemigo y estudia en silencio el mejor modo de explotar la maleza y los accidentes del terreno. Si él estaba, probablemente, organizando la resistencia, yo, por el contrario, me hallaba conformando mi pensamiento en términos y estructuras de ataque; de una manera confusa, claro está, consciente de que me quedaban numerosos elementos por confirmar, incluso por identificar, pero francamente lanzado en esa dirección. Lo cierto es que intuía el modo de pasar a la ofensiva, o mejor dicho, de conservarla. Ambas operaciones no eran incompatibles teniendo en cuenta la peculiar guerra que nos envolvía, la cual estaba ya, por cierto, oficialmente declarada.&lt;br /&gt;También yo necesitaba comedir bien las cosas, pues la experiencia suele confirmar que la realidad se limita a concretar los pensamientos. A veces, observando éste y otros fenómenos que parecen probar la ilimitada plasticidad del mundo que nos rodea, me pregunto si no se le habrá asignado una realidad distinta a cada individuo, un universo entero cedido a todo sujeto provisto de una conciencia para que mantenga con él un diálogo particular y en el que los demás aparecen como sombras y como máscaras. “Todos los objetos visibles, gritó el capitán Ahab ante la tripulación entera del Pequod, no son sino máscaras de cartón. Pero en cada acontecimiento, en el acto vivo, en la acción resuelta, algo desconocido pero siempre razonable proyecta sus rasgos tras la máscara que no razona. ¡Y si el hombre quiere golpear, ha de golpear sobre la máscara! ¿Cómo puede salir el prisionero, si no atraviesa el muro? Para mí, la ballena blanca es ese muro que me aprisiona.” Por supuesto, señor Starbuck, todo sujeto provisto de conciencia tiene su particular e intransferible Leviatán. Y para eso nos hemos embarcado todos en el Pequod, para perseguir a esa ballena blanca a través del mundo entero, en cada lugar de la tierra, más allá del Cabo de Buena Esperanza y más allá del Cabo de Hornos. Es más, señor Starbuck, cuando hayamos descendido a la oscuridad del abismo sin fondo y nuestro bote se halle ante las fauces mismas del monstruo, quizá nuestra mirada penetre por algún resquicio de esa gran máscara de terror y alcance a entrever algún rasgo del rostro desconocido que se oculta tras ella. Sí, en la oscuridad más absoluta se halla la promesa de un descubrimiento decisivo.&lt;br /&gt;Los leviatanes hemos descendido más que nadie en las profundidades abisales y conocemos secretos capaces de provocar aullidos de terror en cualquier otro mortal. Alguna cosa sabemos pues de esa fuerza ciega y desconocida pero siempre razonable. Por eso nuestro rostro ha adquirido la impasibilidad de lo ineluctable y en él no hay fisuras. Ni la crueldad más atroz, ni el espectáculo de la ternura enamorada o la abnegación sublime, lograrán dilatar un milímetro nuestra minúscula pupila.&lt;br /&gt;No había tiempo que perder, de modo que me despedí y bajé a poner los pies en la calle; la cual seguía ardiendo disuasivamente durante las horas bravas de la tarde, los adoquines del pavimento y las barras de granito que forman el encintado de las aceras despedían fuego y continuarían exhalando el calor acumulado hasta más allá de la media noche. El sopor de la digestión y los vapores del vino vinieron a sumarse al bochorno que surgía de aquel inmenso horno de reverbero que era la ciudad misma. Sentí la necesidad de una dosis suplementaria de cafeína. Antes de entrar en cualquier sitio, preferí caminar un poco más hasta la plaza que llaman del Convento de los agustinos, donde supuse que la abundante vegetación que la cubre templaría un tanto la atmósfera. Fui y me senté solo bajo la lona de una terraza, rodeada por la sombra espesa de unos plátanos. Dentro del local, la televisión daba la noticia de que una ola de calor sofocaba Europa desde Madrid a Moscú y que París alcanzaba temperaturas más altas que La Meca. Tuve que dejar reposar la taza sobre su platillo porque quemaba los labios con sólo acercarla. Alguien apagó el televisor y tronó un silencio de montera boca arriba, como los de antes, como cuando casi no había coches particulares y eran muy pocos los que se permitían tener prisa. Los árboles certificaron de pronto que, no por carecer de palabra, su presencia era menos exacta y los bancos hundían cilindros de granito en la tierra muda para sondearla y nada. Calma chicha, patibularia quietud y unas escobinas de tensa espera en el paladar. La idea de que se había detenido el tiempo para siempre me hizo un poco de gracia, pero reparé en que no lograba recordar cuándo fue la última vez que había respirado en mi vida. Me apresuré a hacerlo, claro. Aspiré con cierta ansiedad y me convertí de pronto, sin saber por qué, en una bomba neumática. Fue justo entonces cuando entraron en la plaza, como si de dos naves espaciales se tratara, dos coches oscuros, con cristales intensamente tintados, que creí reconocer. De ellos descendieron ocho trajes de verano, unos de un blanco impoluto y cegador, otros de color pastel, con todas sus costuras tensadas y puestas a prueba por una imponente masa muscular, sobre ellos ocho gafas de sol decididamente negras. El grupo se concentró en un bloque compacto, de acantilado, antes de iniciar su avance hacia mí. Durante los escasos segundos que emplearon en cruzar la calle, un aluvión de pensamientos, acribillados por dudas e inquietudes, a cuál más alarmante, limpió el interior de mi cerebro dejándolo pulido y libre de aristas en todos sus recovecos. Todos ellos venían a desembocar en una única conclusión. Me han reconocido y vienen a ejecutarme mediante una ceremonia reducida al mínimo de sus formalidades. El momento para llevarla a cabo era idóneo. Fuera del camarero, del cual ni siquiera hubiera podido afirmar que seguía en el interior del local o si había puesto los pies en polvorosa a la vista de semejante bandada de tiburones, no existían testigos. Bastaba la facilidad con que se revelaba tal asesinato en mi mente para que considerara muy poco probable que no se produjera. Durante unos pocos segundos, asistí al silencio abrumador de mi entierro. Pero si por milagro se tratara sencillamente de una casualidad, una especie de broma de pésimo gusto por parte del destino, y echara a correr, me delataría y de todos modos no serviría de nada, pues ya entonces era un blanco seguro para las armas de fuego que no dejarían de llevar. Lo único que conseguiría con ello sería malgastar la exigua fracción de probabilidad de que se encontraran allí con el único objeto de tomarse un café, como yo, o quizá no un café sino un refresco, con la que estaba cayendo…. Di la orden irrevocable a todos mis músculos de no moverse ni un pelo de donde estaban y aguardé, en esa ocasión, el veredicto de los hados. Por si acaso fuera verdad que nos encontramos en un universo personal, me esforcé en forjar con mi pensamiento, en el tenso clamor de mi conciencia, una salida airosa, una salida, en esa masa plástica de realidad que sólo a mí concierne, que me permitiera seguir viviendo, por muy improbable que ello pudiera parecer. Ellos eligieron una mesa vecina a la mía, no los hados, sino los rusos. El rostro anguloso de Evgueni se hallaba orientado hacia el punto en que yo me encontraba, pero lo mismo podía estar sumido en la contemplación de la calle que arrancaba justo detrás y presentaba una atrayente perspectiva de fachadas decimonónicas, o simplemente había velado su mirada para mejor reflexionar. Imposible saberlo. Bajo aquellas condenadas gafas de sol con aspecto opaco, como si estuvieran hechas de baquelita, ofrecía una catadura indescifrable. Para mí, insoportable. No eran ellos, desde luego, con su blindado hermetismo, quienes corrían el riesgo de romper la calima de silencio que flotaba sobre la plaza, pues no intercambiaron ni una sola palabra durante toda la operación de sentar sus reales a una proximidad alucinante de mí. Tan sólo hablaron, habló Evgueni, una sola vez y fue con el camarero, para pedirle las consumiciones. Coca-cola con hielo para todos, sin previa consulta, no vayamos a andarnos con monsergas bajo este calor del diablo. Peligrosa banda que gozaba de tal uniformidad de criterio. Y con lo poco que a mí me gusta la Coca-cola, sólo faltaba esto. Reparé de nuevo en las chaquetas de verano, ligeras si se quiere, pero usarlas en un tiempo semejante debía equivaler a pasearse con un sarcófago puesto. Si las soportaban, sería sin duda por algo. Observé con mayor detenimiento y pronto encontré, como ya me temía, la razón, pues ni siquiera ellas lograban disimular convenientemente el bulto de la pistola. ¿Sería acaso veraz la legendaria frialdad de la sangre rusa hasta el punto de que preferían acordarse una pausa para los refrescos, antes de hacer tabletear las armas? Mi busto comenzó a derretirse como si hubiera sido fabricado con cera y ese descubrimiento me alarmó todavía más, pero enseguida me percaté de que también ellos sudaban la gota gorda. Tomé un sorbo de café, tal vez fuera aún posible pasar desapercibido. Tal vez fuera aún posible conservar por algún tiempo el apergaminado pellejo sobre este viejo montón de huesos. Evgueni bebía, impasible, su líquido marrón, haciendo cantar los hielos de cuando en cuando. Y lo mismo podía estar observándome, como el taxidermista a un ratón almizclero, del que va a ocuparse detenidamente durante las próximas horas, que soñando con las vastas estepas de su tierra. Acerqué de nuevo la taza a mis labios. El café se hallaba a la temperatura en que lo prefiero, es decir, todavía muy caliente pero ya sin fuego. Mi sistema nervioso, consideré, estaba siendo puesto a prueba, voluntaria o involuntariamente, y me dije que bien valía la pena intentar ganar la apuesta, recoger el guante que me arrojaba el destino. Alcé los ojos hacia la fachada del convento agustino y decidí ser una de esas figuras de piedra, eternizada en un gesto pío. Enseguida noté cómo mis músculos se entumecían, cobraban una consistencia mineral, aunque viva; tal vez en los minerales arda una suerte de vida, más serena en todo caso que la nuestra, como pude comprobar. Los regueros de sudor que habían cruzado un momento antes mi rostro se secaron, me olvidé del café y hasta del maldito calor y comencé a escrutar los impávidos rostros de carne con la misma ecuanimidad que los de roca, hasta borrar las diferencias perceptivas y conceptuales entre ellos. Nos anima un mismo fuego, oscuro y frío, oculto, que sólo aguarda la llama para hacerse llama y el agua para dormir su mismo sueño profundo que atraviesa eternidades. Somos todos, y todo, lo mismo, una luz oculta bajo el celemín de la materia. Así supe que Evgueni, más allá del cristal fosco de sus gafas, se había fijado en mí, cierto, pero me examinaba con la misma curiosidad, sosegada y neutra, con que escudriñaba los bajo relieves que ornamentaban el pórtico del convento. Idéntica, por lo demás, a la que ellos mismos nos devolvían desde lo alto. ¡Vaya por Dios! Tú, Evgueni, mafioso y gánster, aventurero y forajido, venido del frío a este infierno tradicional y resplandeciente, de la más pura veta judeo-cristiana, en el cual flotan aún unas pocas vaharadas franquistas que el viento no ha logrado todavía dispersar del todo, si supieras que es a mí a quien buscas con tanto ahínco, que soy yo, sin ir más lejos, ese tipo insignificante que tienes delante tratando de reducir sus constantes vitales al mínimo para combatir este calor que asola Europa y que ya ha causado numerosas víctimas, bueno y otra cosa, además del calor, yo, fíjate, lo que son las cosas ¿verdad? Yo, que para ti es casi como decir un bulto y más en la circunstancia presente, quien te fascina y aterroriza al mismo tiempo, quien desde hace unas horas ha surgido en tu horizonte como un espectro indeseable e inoportuno, pero si supieras que estoy aquí y que podrías liquidarme con la misma facilidad con que te bebes tu vaso de coca-cola helada, porque además es el momento ideal, mientras la ciudad entera duerme una siesta tan profunda como la muerte, ¿sabes? Soy yo, Evgueni, coño, ¿qué te crees? ¿Cómo es posible que estés ahí parado, a un par de metros y no te des cuenta? Pero Evgueni buscaba a alguien completamente distinto. Si él lo hubiera sabido. Yo no era interesante para él, lugarteniente de uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, tan poco interesante, o menos, como los santos y los apóstoles aureolados que nos observaban desde la fachada frontera. ¿A quién buscaba realmente Evgueni? Vamos a ver… Pues buscaba, para empezar, a un compatriota, de eso no hay duda, alguien capaz de inspirarle un miedo cerval, ese detalle también parece cierto, no hay más que verlo, todavía luciendo un bronceado saludable y despreocupado en las precisas fotos de la mañana, al entrar en el chalet, y a media tarde, severamente retrogradado a estadios anteriores, pre-hispánicos, de morbosa palidez. Acaso se hubieran conocido en su país, donde el individuo en cuestión, su perseguidor, poseía un poder desmesurado, pero aquí Evgueni debía juzgar que las fuerzas se hallaban más equilibradas, pues salía abiertamente a su encuentro, con una escolta similar a la que suponía debía llevar el otro en esta tierra extranjera y lejana para ambos. Un duelo bajo el sol, desenlace épico para este asunto peliagudo. Sí, todo eso parecía plausible. O tal vez Evgueni suponía que ese monstruo temible, fuera quien fuera, no había salido, personalmente, de Rusia, sino que había sacado un tentáculo por esta parte, como una sucursal de su solvente banco de fuerza. En tal caso debes conservar la calma, amigo Evgueni, no estamos todavía en el instante supremo en que hay que doblegar la cerviz ante la fría cuchilla, serénate y refresca tus ojos, pues eres un jefe mafioso y a quienes pertenecen a semejante linaje no les conviene manifestar a las claras que han perdido los papeles, porque su misma guardia pretoriana les segaría la cabeza como si fueran una mies en estío. ¿Qué? ¿Qué dices, que está en todas partes? Pero vamos, Evgueni, eso no es posible. Ni que fuera Dios, con su universalmente reconocido don de la ubicuidad. Mas Evgueni había dado por concluida la entrevista. Con un gesto seco indicó a uno de sus hombres que fuera a pagar la consumición. Al regreso de éste, se levantaron todos al unísono y se fueron tan sigilosamente como habían venido.&lt;br /&gt;Me sentí invulnerable. Había pasado entre un tropel de tigres y podía contar todos mis huesos. El café estaba ya frío. Bueno, frío es un decir, frío para ser un café que no había nacido con la vocación de ser un café del tiempo. Lo terminé sin verdadero placer, pagué y me fui a mi vez.&lt;br /&gt;Cuando llegué a casa, noté que se me había pasado todo el sopor, así que aproveché para sentarme a leer en el jardín y hacerles la pascua a los mirlos, acostumbrados a venir a picotear los higos en la más absoluta de las paces. En cuanto anocheció, me preparé una cena ligera y subí a mi habitación dispuesto a dormir a pierna suelta, objetivo que no me resultó difícil alcanzar.&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente me despertó la jovial claridad que cada mañana invadía mi habitación. Permanecí un rato observando las paredes desconchadas, las vigas desvaídas y algo comidas de carcoma. Consideré que esa casa me gustaba tal como estaba. Si la reparaba, perdería todo el encanto que poseía a mis ojos. Y es que siempre he albergado la convicción que de nada sirve edificar un palacio digno de la reina de Saba en un lugar que está maldito. Sin embargo, hay otros, no siempre sublimes, ni siquiera particularmente bellos, pero que reciben, como los rostros de los anacoretas, una difusa, aunque innegable, gracia santificante. En estos enclaves es donde uno quisiera ser sepultado. He conocido varios, pero éste es sin duda el que menos pretensiones alberga, parece limpio, fresco, sereno y presenta esa otra cualidad, indefinible, de la que acabo de hablar. Sólo faltaría, si acaso, la buena y restringida compañía que deben ofrecer esos recoletos y pulcros cementerios de los pueblos españoles, siempre cuidados y generosamente enjalbegados, una pequeña mesnada de seres con quienes conversar a la caída de la tarde, bajo la sombra de una higuera, cuando no de un simple ciprés. El bueno de don Quijote solía decir con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo. Y es que las conversaciones con los muertos españoles deben ser tan castizas como las de los casinos que frecuentan los vivos, pero desinteresadas. Me pierdo. Sólo quería decir que podría vivir una eternidad en esa casa, sin que ella sea, por lo demás, nada del otro mundo. A lo sumo, ya que se encontraba casi vacía, podría poblarla de muebles y enseres antiguos, de poco precio, ese tipo de trastos que suelen encontrarse en la tienda de un anticuario de carretera.&lt;br /&gt;Viendo que no tenía llamadas ni mensajes, tras prepararme un somero desayuno, me puse el bañador, una camiseta, eché una toalla sobre mi hombro, escondí una llave en el jardín y fui andando hasta la playa. No dejaba de ser una actitud irresponsable, pero el caso es que cedí ante la insistencia de una voz interior que me urgía a aprovechar esos instantes inesperados de libertad como si fueran los últimos. A lo mejor, me dije, influenciado por el repentino recuerdo de lo que sucedió el día anterior, va y resulta que sí son los últimos, quién sabe…, pero todo esto lo meditaba con serenidad. El calor, que seguía intenso, implacable, demoledor, un calor propio de latitudes más bajas, también debió influir en esa súbita decisión de recubrirme de mar y de espuma. A esa hora temprana, la inmensa pradera de lavanda en flor se hallaba tranquila como una formidable balsa de aceite en la que se reflejaba el cielo de un azul afinado, perfecto, una amatista gigantesca, elegida por carecer de la más mínima impureza, en la que se había cavado la cúpula del día. Me puse a nadar paralelamente a la costa, observando el suelo arenoso, corrigiendo mi trayectoria en función de la mayor o menor profundidad, también de la distancia con relación a los edificios que se alineaban en el paseo marítimo y constituían el pastel inmenso que había atraído a unos insectos tan peligrosos y tan voraces como esos con quienes me había codeado durante los últimos días y del que también yo parecía que estaba reclamando mi parte, sí, la estaba reclamando, una porción consecuente, después de todo. La parte del león, ¡qué diablos! Todavía no habían visto con quién se jugaban las pesetas. No podía contentarme con menos, porque intuía que me era absolutamente necesaria para alcanzar algo que no podía precisar aún, pero cuya llamada se había revelado imperiosa e ineludible. Me imaginaba convertido en un navío griego o fenicio, poco importa el pabellón al fin y al cabo, surcando un mar mucho más nuevo, un mar prístino y todavía poco navegado, pero para el que éste, algo gastado y un tanto contaminado, claro, bien podía servir como fuente de inspiración, proveniente, me refiero al barco, que sería una galera, de la metrópoli, en la que, además de obtener el cargamento que llenaba mi bodega, se había saciado mi alma, que habita el centro oscuro de la madera densa, impregnada de agua salada y fragor marino, de las músicas y fuegos nocturnos que entretienen a su población cosmopolita, de las blancas y rectilíneas piedras de los templos y demás edificios públicos o privados que enrojecían durante la noche y comenzaban a palidecer a medida que llegaba el día. Acababa de avistar en ese momento la costa y navegaba junto a ella en busca de la colonia en que descargar el precioso contenido que me pesaba en la cala y el pañol. Mi frente era el mascarón de proa hendiendo la espuma de las olas como una magnesia blanquísima que crepitaba y salpicaba el maderamen, incrustándose en él por sus poros, impregnándolo para siempre de sal y del rumor de la resaca. El mundo era substancialmente el mismo, si acaso más puro en aquel entonces, tal vez más salvaje y cruento, próximo todavía al origen de las civilizaciones en las que el conglomerado moral no estaba sino al comienzo de una larga y laboriosa escisión que, por cierto, no ha avanzado lo que debía, más despejado, en todo caso, sin todos esos falsos acantilados de cemento cuya calidad era más que dudosa. Y los hombres, a decir verdad, prácticamente idénticos. Yo, por ejemplo, podía ser también el piloto que sostenía con mano firme el timón de aquella nave y escrutaba con atención el color del mar para no dejarme sorprender por un escollo o un banco de arena. Cosa curiosa, ese piloto, griego hasta la médula blanca como yo, griego de las colonias griegas, o fenicio de las colonias fenicias, ¡qué más da al fin y al cabo!, se hallaba al corriente de todas mis cuitas y anhelos, tal vez más al corriente que yo mismo, y mientras buscaba en las aguas un azul más seguro o daba vueltas al timón para sortear un arrecife, pasaba revista a los rostros que me obsesionaban, emitía hipótesis a propósito de la identidad del príncipe árabe que gozaba de ciertos privilegios con Verónica de la Mata, el cual parecía poco probable que viniera hasta la piel de toro sólo por ella, o de la pesadilla de Evgueni, o del resultado incierto de la guerra del Peloponeso, todo se mezclaba en mi mente, pero yo barajaba sin cesar posibilidades y establecía una estrategia provisional. Cuando quise levantar la cabeza, me encontraba cerca de la escollera del puerto. El viento había sido extremadamente favorable. Entonces desvié la trayectoria hasta ir a encallar en la playa y salí a la orilla para desandar de inmediato el camino, esta vez a pie.&lt;br /&gt;Nada más salir, voy y me encuentro de manos a boca con el mismísimo Evgueni. Con tantísima gente que posee chalets en la playa y tener que darme de bruces justamente con él. Aturdido como estaba, me quedé un momento parado sin comprender y sobre todo sin saber qué hacer. ¿Pero qué clase de bromista organiza los encuentros y desencuentros de la gente? El ruso, claro, por segunda vez no reparó en mí. En bañador somos todos muy distintos y ni siquiera estoy seguro de que la primera vez se hubiera fijado un solo segundo en mi humilde persona. También él poseía, en esa ocasión, menos empaque que enfundado en su traje cegador a fuerza de blanco, rodeado de sus gorilas, escudriñando todo o pasando de todo tras sus negrísimas gafas de sol. Estaba, a la sazón en bañador, como yo, por supuesto, jugando a hacer castillos de arena con tres niños de corta edad que debían ser sus hijos. Ni siquiera me hacía falta saber dónde vivía, pues mis hombres lo habían averiguado ya. ¡Qué derroche de emociones para nada! Mas yo no había prestado atención al emplazamiento preciso de la dirección que ellos me habían comunicado, me bastaba, por el momento, con saber que la teníamos. ¡Y lo que son las cosas, al día siguiente, con lo larga que es la playa, vengo a emerger justamente allí! No dejaba de ser curioso constatar que con Evgueni me había cruzado dos veces en dos días y con mi mujer, por ejemplo, ni una sola en dos meses. Me volví rumiando la impresión de que el pensamiento actúa como una poderosa fuerza magnética que une a las gentes, para bien o para mal, sin discriminación alguna, y también con la otra idea de que el mundo posee una lógica interna distinta a la superficial, esa que nosotros llamamos, justamente, si bien con toda probabilidad equivocadamente, la lógica de los acontecimientos. Observando ese espacio apabullante, a fuerza de azul, que poco antes había surcado, ese trozo de mar griego, testigo de los misterios de Eleusis, comprendí que, con tal meditación, acababa de rozar un secreto estremecedor.&lt;br /&gt;De regreso a casa, consulté el móvil y seguía sin presentar llamadas. Era pronto para todo, para los distintos informes, pronto para el micrófono destinado a Verónica de la Mata, pronto para comer…. Por primera vez, desde que me metí en ese Cafarnaúm del copón en que me hallaba hundido hasta el corvejón, me tocaba tener paciencia. Y no es fácil ser paciente cuando a uno le hierve la cabeza de proyectos. Sherlock Holmes necesitaba tomar droga o tocar el violín. Sin embargo, conviene aprender a serlo, pase lo que pase y caiga quien caiga, porque justamente en esos momentos de marasmo es cuando más errores se cometen. La paciencia es una virtud sumamente útil para el cazador, con su ayuda no deja un palmo de terreno por registrar; pero más provechosa le resulta a la presa para no pestañear siquiera y no romper el mimetismo cuando aquél le clava la vista encima y sólo Dios o el diablo saben si le ha visto o no.&lt;br /&gt;Puse mi mesa de trabajo debajo de la higuera y traté de concentrarme en la lectura. Si esa actividad no lograba reducir mi ansiedad, ninguna otra lo haría. Mas, ¿por qué diablos me encontraba en ese estado de desasosiego comparable al que propicia la inminencia de un oral de oposición, pero después de que le hayan embargado a uno el piso alquilado y se haya quedado con sólo lo puesto, si ya he dicho que aquello para mí no difería mucho de un juego? Cierto que había conseguido poner en pie de guerra a dos mafias internacionales y que ambas, con mayor o menor vaguedad, analizaban mi acto y, por lo tanto, pensaban en mí, lo cual temía como si estuvieran invocando mi sombra en la oscuridad y ella no pudiera evitar aparecérseles a pesar de mis vehementes exhortaciones en sentido contrario, aunque por suerte de momento fueran incapaces, al parecer, de reconocerme, pero vaya usted a saber. No obstante, mi sentimiento al pensar en ellas era más bien de orgullo, por haber sembrado tanta confusión, que de miedo. Se trataba pues de otra cosa. La intuición de que estaba a punto de tocar con los dedos algo grande, comparado con lo cual cuanto había logrado hasta el momento, que no era poco en términos absolutos, se me antojaba pacotilla, un asunto menor. Ignoraba dónde se hallaba escondido ese tesoro, cuyo valor no era únicamente material, pero me habitaba la certeza incomprensible de que se encontraba muy cerca de mí, haciéndome guiños que sólo yo podía entender. Admití que durante aquellos días delirantes podía considerarme, por primera vez en mi vida y bajo un cierto aspecto, un paniaguado de la providencia. Las decisiones que tomaba se revelaban certeras, las provisiones exactas, el camino elegido se abría en camino real, cada vez más ancho y cuidado. Yo estaba decidido a construir algo con mis manos y en ese momento supe qué iba a ser. Sería precisamente el trayecto que conduce a ese impreciso, múltiple, variado y valioso Vellocino de Oro, del cual también hay uno distinto para cada individuo. Siempre había sido un mandado, a quien lo ínfimo requería una voluntad y un esfuerzo hercúleos, obligado a presenciar cómo los mejores pedazos de realidad iban a parar invariablemente a otros, cual gracia gratis data, y a mí sólo me correspondía paciencia y resignación y órdenes y obligaciones por un tubo y alguna que otra migaja, de cuando en cuando, poca cosa. Pero entonces aspiraba a lo portentoso, a lo maravilloso, a las minas del Potosí y al escondido vericueto de la sabiduría. Y ése era el auténtico origen de toda mi ansiedad, porque tenía la impresión de que todo ello lo tenía al alcance de mi mano, o por lo menos escondido muy cerca.&lt;br /&gt;Cuando el sol comenzó a declinar, fui dando un paseo hasta la agencia inmobiliaria. Allí estaba mi alto estado mayor al completo, de pie, alrededor de una mesa sobre la que habían colocado cuatro ordenadores portátiles; uno de ellos, encendido, absorbía toda la atención del equipo. Felipe, ratón en mano, daba explicaciones. Al verme llegar, no tuvo más remedio que empezar desde el principio. Mira, he diseñado una página Web que permite acceder, tras introducir un código evidentemente, no solamente a las grabaciones almacenadas, sino también seguir, en directo, a cualquiera de nuestros personajes preferidos. Incluso he previsto la transmisión de imágenes por web cam. Fíjate. Abrió una página que parecía un catálogo de los más variados electrodomésticos, televisores, radio despertadores, lámparas, relojes de pared, cadenas hi-fi y hasta frigoríficos. Todos estos objetos llevan una cámara y un micrófono incorporados. Por supuesto que no es preciso comprarlos en este catálogo, hace ya mucho tiempo que me las arreglo solo para estos menesteres. Las imágenes siempre han tenido mayor valor probatorio que un simple discurso grabado, son útiles especialmente para las agniciones y, si no me equivoco, tenemos un interés especial en conocer la identidad de cierto príncipe… No parece probable que los encuentros con Verónica de la Mata se produzcan en la propia casa de ésta, objeté, basándome, quizá con demasiada rapidez, en mi desdichada experiencia personal. Felipe desvió la mirada. ¿Y por qué no? ¿Qué mejor y más discreto hotel que éste, durante las largas ausencias de su marido? Una mansión vastísima, bien vallada, bien arbolada, con numerosas entradas. Casa con dos puertas, mala es de guardar, dice el proverbio. Luego está Ruano, que sigue siendo la piedra angular de un edificio que todavía promete sorpresas en algunos rincones. Podemos ponerlas en cada sitio donde sabemos que ha concedido entrevistas, así como en sus dos despachos, el de casa y el del Excelentísimo Ayuntamiento. ¿Y qué me dices de Kloss? ¿Y Evgueni y don Caetano? Esos últimos ya son pájaros de más cuidado, sus casas están mejor vigiladas. De acuerdo, pero no son inexpugnables. Mi plan es comenzar instalando unos micrófonos orientables y ultrasensibles en los alrededores, tal vez en el jardín. Y en cuanto reclamen a un fontanero, a un albañil, o requieran cualquier otro servicio a domicilio, intervenimos nosotros, previa anulación de la demanda dirigida a la empresa en cuestión. De este modo y estando un poco alerta para no perder oportunidades, pronto dispondremos de una tupida red audio-visual. El mérito de poder consultarla cada uno en su propia casa consiste especialmente en que evitará las afluencias irregulares e intempestivas que se producen aquí durante las alertas. Por cierto, tienes dos grabaciones de Ruano que no carecen de interés. Vuk asintió con la cabeza.&lt;br /&gt;¡Dichosos los ojos, Juanjo! Ya desesperábamos de que consiguieras acordarte de la época en que estamos y de que la gente, en verano, suele tomarse un respiro y visitar a los amigos. Tuve un pequeño contratiempo. ¡Vaya por Dios! Excusas de mal pagador. Cierto como he de morir. Anda, anda, pues tu Ramiro ahí lo tienes, detrás de la casa, en el jardín, aburrido ya como una semana con sopa. Gracias Carmen, voy. ¡Pero hombre, Juanjo! ¿De dónde demonios sales? Te he llamado varias veces. Digo este hombre ha ido a parar, por su mala cabeza, a un infierno en el que no hay cobertura y de tantos teléfonos móviles como tiene no le funciona ninguno. Muy gracioso. Pues si no es así, ¿qué diantres te ha pasado? Me han llamado a consultas. ¿Cómo? Me han llamado a consultas manu militari, como ellos suelen hacer las cosas. ¡Joder, eso se dice en castellano secuestrar! Cabalmente, Ramiro, aunque me han tratado bien, dentro de lo que cabe. Me han quitado mi buena pasta, eso por descontado, pero no es ello lo que más me preocupa. ¿La fuga de información? Justo. Lo sabían todo. Es decir, todo lo que hay en Galíndez-Lastarria, para ser precisos. Ah, y lo que hay en el Ayuntamiento. Es curioso, allí, en Madrid, no hay nadie que no tenga el teléfono pinchado y la vida y milagros averiguados desde el día en que hizo la primera comunión. ¿Quiénes han sido los autores del desaguisado, lo sabes? Los operarios hablaban ruso, aunque el sujeto que ha conducido el interrogatorio era más andaluz que Alfonso Guerra. Otra vez los rusos, ¡y qué diablos de pesados son estos rusos, nos ha caído el gordo con ellos! ¡A ver si todavía tenía Franco razón respecto a los rusos! Eso es que se han buscado un agente local, para expresarse mejor en la lengua de Cervantes. Pero los rusos no necesitan dinero, sino buenas espitas para vaciarlo en la alberca adecuada. Ahí hay algo que no cuadra. Evgueni asegura que no estaba al corriente y me pareció sincero. Tal vez se esté abriendo un cisma entre ellos. Pero el dinero, en todo caso, era una tapadera, una maniobra de diversión. A mi modo de ver, lo que buscaban era información. La información la tenían, ese es el problema, y de primera mano, exacta, se han descargado los documentos auténticos, ¡ahí es nada! ¿Y no han intentado ir más lejos por caminos tortuosos? No. No al menos empleando malos modos. ¿Quieres decir que te han ofrecido algo a cambio de un mayor conocimiento? Nada de eso, simplemente el tipo ha conversado conmigo, pero serenamente, como tú y yo lo estamos haciendo ahora. Ha hecho preguntas y yo le he dado mis respuestas, de modo que he ido lo lejos que he querido, ni más, ni menos. Esto es muy extraño. Tanto que ha desconcertado a todos excepto a uno. ¿A quién? A Evgueni. ¡Joder! ¿Y qué te hace pensar que Evgueni sabe más que los otros? A él este trajín le ha puesto en el cuerpo un canguelo de los que retiran el alma hasta la médula de los huesos. Y cuando uno tiene miedo, es que sabe. Se puso amarillo como la cera en cuanto conoció los detalles y zanjó la conversación de cualquier manera para poder irse enseguida. Curioso. Y tanto, quien siente un espanto semejante, sabe cosas que los demás ignoran. En todo caso, no nos vamos a quedar con los brazos cruzados. Si los documentos pillados provienen del despacho Galíndez-Lastarria, ésa es la fuente a la que hay que remontar. Insisto en que al personal del gabinete lo tengo atado con lazo corto. No obstante, echaré un vistazo al edificio. Si alguien ha entrado por efracción, lo sabré enseguida. ¿Cuándo vas? Mañana a primera hora saldré para Madrid. Utiliza mi helicóptero, así podrás ir y volver en el mismo día.&lt;br /&gt;La segunda conversación, previno Vuk, es con Alfredo Kloss. Asentí maquinalmente.&lt;br /&gt;Paso los preliminares en los que Ruano tuvo que relatar, de modo semejante a como lo hizo en sus citas anteriores, las vicisitudes que lo habían envuelto durante las últimas horas. También Kloss trató de comunicarse con él varias veces durante su ausencia.&lt;br /&gt;La cuestión, ahora, es determinar hasta dónde ha llegado la gangrena y en función de eso amputar. Debes reflexionar bien, Juanjo, entre todos los documentos que te mostraron, ¿no había ninguno que se saliera del dominio Galíndez-Lastarria? En el cuerpo del informe, ¿alguna alusión indirecta, equívoca o sospechosa, a algo más? Nada. ¿Y luego, en el interrogatorio? El interrogatorio giró en torno a la base documental. Sea como fuere, no podemos tener la seguridad absoluta de que, utilizando el procedimiento que les ha permitido volar en pedazos este cerrojo, no hayan logrado acceder a otras fuentes. Tendrían que conocer primero la existencia de esos otros manantiales y el eje sobre el que giran todos ellos lo constituye tan sólo un puñado de personas. Personalmente considero que es pronto para pensar en una alta traición. Lo sé, no conviene echar las campanas al vuelo. Aunque me sentiría más tranquilo si supiera, con toda exactitud, cómo han conseguido descubrir ese pastel, porque no ignoras que hay otras operaciones en curso, algunas de ellas delicadas por naturaleza, entonces la decisión que se impone es si paramos todo, por precaución, o al contrario, si lo aceleramos para ganarles unas décimas a quienes nos vienen pisando los talones. Porque ahora lo sabemos de cierto, alguien, quien quiera que sea, nos viene a la zaga y, a juzgar por los métodos que emplea, no parece que se trate de la policía, ante cuyo posible embate habíamos preparado nuestra estrategia defensiva, pero ¿de qué sirve haber aprendido de memoria discursos, ante una banda de gánsteres? Majano piensa que han conseguido entrar físicamente en el edificio donde se encuentra el despacho y sus anexos. Mañana sale para Madrid con mi helicóptero, así que, hacia la noche, sabremos probablemente a qué atenernos. Buena iniciativa, perfecto, bueno, durante los próximos días estaré solo en casa, por lo que os propongo que vengáis aquí para discutir de la situación en torno a una buena mesa, con pan y vino se anda el camino y las penas se adelgazan y se vuelven más ligeras. Cierto, siempre es mejor discutir en tales condiciones que a palo seco y más conociendo las virtudes de la tuya; los duelos, con pan son menos. Será un placer. Estupendo. Por cierto, habrá otros temas, algunos de ellos sensibles, como te acabo de insinuar, y sobre los cuales urge tomar una decisión en función de las noticias que nos traiga Ramiro. Justo en este momento el asunto del palacio del marqués de la Teja está que arde y ya conoces la importancia que puede tener para sentar precedente. Luego, esto es como el agua, una vez ha encontrado su camino, no hay quien la pare. Pues bien, ése que hemos convenido en llamar, por precaución, el Delfín blanco, está en este momento ya muy maduro, a punto de claudicar, y es que las fuerzas más antiguas y más portentosas que afectan a la humanidad tiran de él como maromas de barco. Muy pocos son los que resisten. Una vez más, Elena, aparte de ser una buena abogada, ha demostrado poseer otras cualidades apreciables. Bueno, esas otras cualidades de las que hablas, nunca le hizo falta demostrarlas, saltan a la vista. Cierto, se afirman solas con una rotundidad axiomática. Además, ahí parece haber también una historia antigua. Dejaremos, entonces, la causa pendiente hasta mañana por la noche.&lt;br /&gt;Puesto que no era una audición en directo, la grabación se detenía ahí. Tomé el ordenador portátil que me ofrecía Felipe y, con andar moroso, como si yendo no quisiera llegar, dirigí mis pasos hacia casa. La naturaleza a veces palpita al ritmo de nuestro corazón, pero otras tiene ritmos tan largos que nos estragamos, sumergidos en nuestra propia ansiedad. El calor excesivo me había quitado el apetito. También el de la lectura. Me acosté, pero fue un error pues no hice más que dar vueltas y vueltas sobre la cama, sudando la gota gorda, enredándome aún más en mis cálculos, en mis previsiones, en mis predicciones. Cuando resultó evidente que no iba a dormir aquella noche, a menos que no hiciera un ejercicio que me fatigara, mental o físicamente, me vestí y salí de casa en busca del mar. Durante aquellos días el mar me atrajo más que nunca y siempre me había cautivado confusamente. En cuanto me lo encontré de bruces, ese mar bronco y oscuro, con puntillas almidonadas en su majestuosa vestidura nocturna, me metí dentro sin pensarlo dos veces, ni tan siquiera una, pues lo cierto es que me sorprendí a mí mismo con el agua en la cintura y las sandalias en la mano, como si hubiera pretendido cruzarlo, como peregrino, en toda su inmensa extensión. La razón de la sinrazón que a mi razón mueve. Al darme cuenta de lo que había hecho, alcancé a comprender la miseria en que había caído y retrocedí como avergonzado, pero me puse a pasear por la orilla hasta el amanecer. Momento en que regresé a mi cama y me dormí al fin.&lt;br /&gt;Por poco que aprieten los acontecimientos, enseguida el exiguo espesor de vuestros cuerpos no puede soportar la presión y exhala el alma por arriba. Incluso los tipos que parecen bastante equilibrados, de puertas afuera, como tú. Pero creo que ésos son los peores, cuando de verdad pierden los papeles.&lt;br /&gt;Cuando quise despertarme, era demasiado tarde para desayunar, así que comí cualquier cosa, a pesar de que también era demasiado pronto para comer, y me acosté de nuevo. Hacia las cinco de la siesta desperté de un profundo sueño y caminando, es verdad, como si toda el alma se me quisiera salir por la boca, fui de nuevo a la playa dispuesto a atravesarla, a nado, de punta a punta. El mar, el sueño, idéntico viaje por la cara oculta de la razón. En ciertas circunstancias, el fin del uno solicita el comienzo del otro porque el espíritu todavía no ha acabado de caer en el fondo de su abismo. Noté que la nave en que me había convertido experimentaba regularmente dificultades en atravesar cierta zona, intensamente batida por unas olas que, tras embestir contra las cuadernas del barco, se paseaban por la cubierta de proa a popa, recorrida por corrientes contrarias que provocaban choques de masas de agua y removían el suelo arenoso. Por la tarde, el mediterráneo suele estar más agitado. Había allí un edificio alto, señero, el cual resultaba laborioso de doblar y ante él, la embarcación avanzaba milímetro a milímetro, sufriendo los embates incesantes de las olas, más encrespadas en ese lugar que en cualquier otro, las cuales, a veces, me arrastraban dando revolcones, envuelto en humo frío. Sin embargo, yo albergaba la certeza de que aquello tenía valor de símbolo. Si me derrotaba el mar, las olas y las corrientes de la vida me arrastrarían indefectiblemente hacia la sima insondable. Por el contrario, si ganaba yo, una merecida recompensa me aguardaría en aquel puerto resplandeciente y dorado como un cáliz bajo el sol. Las velas y los cordajes crujían oponiéndose a la furia del viento, los remeros estaban exhaustos, el casco volaba por los aires levantado por la desmesurada fuerza del mar vivo. Pero cuando al fin salía de esa zona de turbulencias, surcaba las aguas como una flecha que guarda, entero, el impulso conferido por la cuerda del arco y el bloque de cemento acribillado de ojos quedaba muy pronto atrás. No quería salir delante de Evgueni, así que nadé hasta la propia escollera. Aunque al volver me crucé de nuevo con él, eso ni qué decirlo. Pero no pareció prestarme atención, entretenido como estaba jugando con la chiquillería.&lt;br /&gt;Kloss recibió a sus asociados al anochecer. La mesa estaba servida en una terraza que aprovechaba un saliente del acantilado. Mantel blanco, casi fosforescente entre dos luces, velas y un sumiller a su cargo. Escondidos entre las peñas de lo alto, mis hombres fotografiaban y filmaban la escena. Otros, en la trastienda de la agencia la gravaban. Y yo, tranquilamente sentado en mi casa frente al ordenador, veía y oía todo en directo como Zeus desde el Olimpo. A pesar del lujo que los rodeaba, del paisaje agreste y francamente sublime que tenían a sus pies, con el mar rompiéndose en los escollos y revelando su pulpa blanquísima bajo una piel endrina como la de las ballenas, de la mesa suntuosa que se ofrecía para su regalo, de la brisa blanda y tibia que, de vez en cuando, hacía ondear los flecos del mantel, los rostros de los tres hombres aparecían tirantes, adustos, como si se hubieran tragado el hueso de un albaricoque. La luz de las velas daba a la reunión una estampa de sábado de hechiceros.&lt;br /&gt;Hubo, en efecto, efracción. Entraron por lo alto del edificio. Bien, pero ¿cómo diablos se las arreglaron para acceder a los archivos, protegidos como están por un código secreto que se cambia con cierta regularidad? A mi modo de ver penetraron dos veces. La primera para instalar su material espía, el cual se reduce, si mi hipótesis es correcta, a una pequeña llave USB que se coloca en la parte posterior del ordenador, donde puede permanecer disimulada durante un tiempo indefinido. Es raro que alguien se ponga a curiosear por la parte trasera de la columna central. En dicho artilugio quedan registradas todas las claves que se han introducido en el aparato durante el transcurso de un determinado intervalo. La segunda vez que estuvieron allí, presumiblemente al cabo de sólo unos pocos días, abrieron el contenido de las llaves, rompieron los sellos que protegían los documentos, los grabaron y se fueron por donde habían venido, con los bolsillos repletos de nuestros trapos sucios. Dicho esto, ahora veamos qué conclusiones se imponen. El personal del gabinete, tal y como había vaticinado, está libre de pecado. Los ordenadores, por el contrario, deben ser examinados de cerca, no vaya a ser que todavía les quede algo en las tripas, una sorpresa en forma de caballo de Troya, por ejemplo. Los empleados tienen instrucciones precisas para neutralizar este tipo de virus cuando viene del exterior, pero no hay sino el enemigo de dentro para empecer y ellos, nuestros misteriosos y hábiles espías, estuvieron dentro, de eso no cabe la menor duda. La estructura financiera, desde luego, hay que maquillarla de punta a punta. Lo cual quiere decir que se nos acabó el verano. Por descontado y que sea sólo eso, el verano, lo que se nos ha acabado. Ello por cuanto se refiere a las diligencias que deben tomarse puertas adentro. Volvamos ahora la mirada al enemigo que nos acosa. No se trata de una congregación de monaguillos con bozo de melocotón, sino de una peligrosa organización que ha probado disponer de una amplia gama de recursos. No es fácil tender un cable de un edificio a otro y deslizarse por él, eso es tarea de expertos. Neutralizar todo un sistema de seguridad, basado en una tecnología de punta, tampoco lo es y requiere otro tipo de habilidades muy diferente. Para terminar, volvamos a lo que hay que colocar antes del principio para obtener la figura de la pescadilla que se muerde la cola y que revela para mí la certeza absoluta del poder detentado por el grupo, me estoy refiriendo a la eficaz labor de investigación que les condujo hasta ese edificio concreto. Por no hablar de la reacción, espectacular e inmediata, que conocemos, me refiero a tu fulminante secuestro, la cual no puede ser sino el resultado de un plan premeditado y estudiado en sus más mínimos detalles. Detrás de eso hay un cerebro vigoroso que alberga una estrategia. ¿Piensas que no se van a contentar con el botín obtenido? Me sorprendería que lo hicieran, cada forma lleva aparejado un significado. Tiburón, por ejemplo, significa voracidad. En todo caso, he puesto a hombres de mi confianza tras su pista. Personalmente he visitado durante el día otros santuarios y no me da la impresión de que hayan sido profanados. He aumentado la vigilancia física en todos y tomado las prevenciones necesarias para que se consolide, lo antes posible, el dispositivo técnico de seguridad. Bien, entonces podemos considerar, mientras no se demuestre lo contrario, que la infección afecta tan sólo al gabinete Galíndez-Lastarria y que lo demás permanece sano en la actualidad. Todos los datos apuntan hacia esa hipótesis de trabajo. Sin embargo, hay otra conclusión que me parece evidente y es que estamos, seguimos estando con toda probabilidad, en su punto de mira, por lo cual es de suponer que continúen estudiando con lupa todos nuestros movimientos. De modo que es preciso tener mucho cuidado a la hora de hablar por teléfono. Bueno, cuidado en todo, pero especialmente en eso. En ese ámbito, he puesto trampas en las más altas esferas, veremos qué cae en ellas. La buena cuestión es que, justamente en estos momentos, hay razones, las conozcan ellos o no y espero que no, para seguir nuestros movimientos. Ya se sabe, a perro flaco, todo son pulgas, ¿y de qué se trata esta vez? De nuestro proyecto encaminado a habilitar antiguos palacios madrileños en hoteles de lujo. Ya os hablé de ello. Pues bien, la cosa sigue su curso viento en popa, porque habéis de saber, queridos hermanos en la caridad, que la sin par Elena de Troya ha sabido hacerse desear a fondo por el ínclito Paris, el cual, según parece, ha estado bebiéndose los vientos por ella, sin resultado alguno por el momento, desde los tiempos de la facultad, que no es moco de pavo, pero ahora que la soberbia belleza se digna al fin mirarle, se diría que lo han puesto a asar en la misma parrilla de San Antonio, peor que la de San Lorenzo, si se me permite. Ella sabía muy bien a dónde quería llevarle, anunciando con antelación los síntomas. Cuando se encuentre tan irritado como tierno, dijo la bella, y de los ojos desorbitados le salgan chiribitas, cuando no sepa ya a qué santo encomendarse y se le corrompan las oraciones, cuando esté tan soliviantado que le resulte imposible echar marcha atrás en cualquiera de sus acepciones, entonces estará a punto de caramelo para hacer negocios con él. Y se da la circunstancia de que en este preciso momento lo está, cabalmente como queda dicho, ni más ni menos. Ella le ha dado a conocer el precio, favor con favor se paga. Y él, renovado Paris, se halla dispuesto a desencadenar la guerra de Troya por obtener las embelesadoras caricias de esa Elena, aunque sólo sea durante una noche. Si se desenvuelve bien, serán varias, mientras duren las formalidades, y las cosas de palacio, ya se sabe, van despacio, pero eso es asunto suyo. Ella ha demostrado en numerosas ocasiones poseer un elevado espíritu de sacrificio y bien puede regalarle durante algún tiempo lo que tan poco le cuesta. Cierto. Pero tampoco cabe que las obras del Escorial duren más allá de lo razonable, pues cada una de las lides de cama será filmada desde todos los ángulos de la misma y si no se da prisa, nosotros sabremos acicatearle. Bueno, en eso estábamos cuando ayer le pedí a ella que aguardara unas horas a ver en qué paraba este asunto que nos ocupa. Y él, claro, parece que se sube por las paredes; la acusa de estar jugando con sus nervios. Es natural. Con los políticos de alto vuelo, es de dominio público, hay que andarse con los pies de plomo, pues todas las miradas están puestas en sus actos para devorarlos al menor indicio de debilidad o en cuanto den un paso en falso, razón por la cual siempre resulta arriesgado hacer tratos con ellos y más por lo que se refiere a los menesteres que han ganado nuestra amorosa afección. Sin embargo, llega un momento en que no hay más remedio que recurrir a ellos, así son las cosas. Pues adelante con los faroles, ella sabrá cómo llevar este asunto por los mejores derroteros, así que puedes darle la autorización, de la manera más discreta posible, para que prosiga, pero luego procura no comunicar con ella durante una buena temporada.&lt;br /&gt;De modo que el hombre, extraído del suelo, esperaba una recompensa, un tesoro escondido en las entrañas de la tierra; el hombre, que ha sido destinado al polvo, a ser polvo confundido entre más polvo, quería ser navío navegando en la mar océana, lanzado a la búsqueda de su Vellocino de oro. ¿Y dónde se hallarán las ejecutorias y los pergaminos de alcurnia que le autoricen a ceñir las ínfulas? En verdad, el hombre nacido de mujer no fue creado para la soberbia sino para la humildad. “Quien se ensalza, será humillado y quien se humilla, será ensalzado;” pero después, no en el reino de la carne y de la sangre, sino en el del espíritu. No serás príncipe en el reino de este mundo sino por procuración y cuando la ocasión se presente, cuando llegue el instante sublime de afrontar el portentoso soplo de la muerte, inclinarás tu cerviz ante la maravillosa majestad de Leviatán. De él se ha dicho “Tan sólo con estar ante su vista, seremos lanzados a tierra.” “¿Concluirá él un pacto contigo?” “Acuérdate del día de la batalla y no vuelvas a empezar.” Navegando por aguas turbulentas, soñé con las enjalbegadas residencias de la colonia que comenzaba a avistar desde la cubierta, designadas por macizos de esbeltas y cimbreantes palmeras, rodeadas por espesos vergeles de naranjos y limoneros, arropadas por tupidas higueras. Dormí el plácido sueño de la tarde bajo las parras de una pérgola, desbordante de hojas y pámpanos, donde maduraban racimos dorados, para cuyo transporte dos gañanes fornidos no hubieran sido suficientes. Mas antes del reposo conviene avezarse en la lucha que opone la vela a los vientos contrarios. De nada sirve negar los signos trazados en el cielo estrellado que relatan cómo la soberbia del hombre debe ser sujetada. Los grandes reyes de la tierra levantan ejércitos numerosos como las arenas del desierto, viene el huracán y los dispersa cual si fueran viruta. Las antiguas ciudades imperiales, donde se apilaban y dilapidaban las riquezas del mundo, hoy son solares en los que dormita el lagarto y acecha el escorpión, con las raíces de todas sus murallas al aire; espectáculo desolado que hoy sólo se ofrece, de cuando en cuando, como escarmiento para los ojos de las caravanas extraviadas. “Vanidad y anhelo de viento es aquello por lo que el hombre se arrastra bajo el sol.” Aún así, el hombre está hecho para las grandes empresas, los esfuerzos colosales, doblar el cabo de Buena Esperanza y el de Hornos, dar la vuelta al mundo cada vez más rápido, conquistar las Galias, crear un imperio, escribir la Summa Teológica, entrever la luz oscura de su Dios, construir catedrales, explorar la galaxia, dar caza al Leviatán en todos los mundos. El hombre es el único ser creado que luchó con el ángel y le venció. Sí, pero eso fue tan sólo en sueños. ¿Y para qué son los sueños, sino para la instrucción de los hombres? ¿Acaso sueña el Leviatán? El Leviatán sueña con el leve crujido de la espina dorsal de su presa cuando la tritura entre sus mandíbulas. El Leviatán es el mal. El Leviatán no es el mal ni el bien, sino el subconsciente de Dios. Cuando Dios sueña, lo hace con los leviatanes nadando libremente en el mar, dejando una estela brillante tras de sí; cuando Dios monta en cólera, envía a los leviatanes en orden de batalla. “Todo lo que atormenta y enloquece más la razón humana; todo lo que trastrueca las cosas, toda verdad contaminada de malicia; todo lo que enturbia la mente; todo el sutil demonismo de la vida y el pensamiento; todo el mal estaba encarnado en Moby Dick para el enloquecido Ahab y, por lo tanto, en ella le era posible atacarlo.” Así habló Jehová mismo, para que lo sepas: “Mi cólera ha llegado a ser ardiente contra ti y tus dos compañeros, porque no habéis dicho de mí lo que es verídico, como mi servidor Job.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el palacete del matrimonio de la Mata, no fue difícil instalar cámaras y micrófonos por todas partes. Felipe y sus expertos, secundados por mis hombres, hicieron un trabajo rápido y eficaz. Les bastaron dos visitas para dejarlo todo a punto. Durante la primera, cuaderno y bolígrafo en ristre, tomaron nota de los emplazamientos, para los cuales, unas veces se aprovecharían espacios o accidentes de la propia casa mediante alguna modificación, en otras ocasiones se trocaría algún mueble o algún objeto, un trifásico, por ejemplo, se convertiría asimismo en un micrófono autoalimentado permanentemente. El portal Web lo arregló de manera que se pudiera seguir con comodidad a los personajes de esa película a través de todas las habitaciones y dependencias de la casa. En esos momentos, la mansión se encontraba solitaria, adormilada por los susurros de sus viejos fantasmas, sumida en la oscuridad. El personal de servicio no dormía en ella y la pareja de propietarios cenaba con unos amigos en un restaurante de la ciudad. Bastaba una presión sobre el ratón de mi ordenador para averiguar de qué estaban hablando, pues el móvil de Verónica también había sido intervenido.&lt;br /&gt;Estamos asistiendo a la deriva de un sistema financiero mundial, exento de todo control, en medio de la euforia más irresponsable. Los financieros entran en un acceso de locura, con unos banqueros incompetentes cuya excesiva libertad de acción ha llevado al dislate de las subprimes, a la burbuja inmobiliaria, a la banalización y al desarrollo incontrolado de productos financieros sofisticados y peligrosos. Disculpen los señores, para el asado me permito recomendarles este Bordeaux añejo que acaba de adquirir la casa. Excelente idea, lo probaremos. Pero la responsabilidad incumbe también a los que supuestamente debían estar encargados de regularlo todo, como es el caso de la Reserva Federal estadounidense, que cerró un ojo ante esos préstamos hipotecarios de alto riesgo que son las subprimes. Con este dinero distribuido tan generosamente, los banqueros se dejan arrastrar por esa deriva financiera. Traiga también una botella de agua mineral, por favor. Habría que empezar por regular a los reguladores, pero la regulación del sistema financiero mundial no tiene sentido si no es global y coordinada entre los grandes países, algo difícil de imaginar dado que las finanzas se han convertido en una industria como tantas otras. Querido, acuérdate de que tienes que tomarte algo cinco minutos antes del plato principal. Gracias encanto, lo había olvidado por completo. En medio de semejante descontrol, el día que ocurra un accidente saltará todo por los aires. Especialmente en España, donde se ha construido en masa y sin cimientos, sobre la pura arena, junto al río, para acabarlo de arreglar. La primera avenida se lo llevará todo por delante. Hemos alzado una economía falsa, virtual, basada en la construcción y en la especulación inmobiliaria. Pero yo no le doy más de tres años de vida al boom inmobiliario español. ¿À point? Para mí, gracias. ¿Saingnant? Ése es el mío. No sé cómo puedes comerte la carne así. Siempre he sido un afrancesado, querida. Si te oyera mi padre, dejaría de hablarte. Tu padre es un absolutista que se conserva muy bien. Delicioso el asado, hay que felicitar al cocinero. Mi consejo es que vendáis ahora lo mucho que habéis comprado en casas y terrenos y no os carguéis con más, por el momento. Ahora estamos en el punto álgido, hay que aprovechar para desembarazarse de todo, es preciso echar todo el lastre por la borda y volar por encima de las nubes de tempestad que se acercan.&lt;br /&gt;Apagué el ordenador y cuando volví en mí y me encontré bañado en sudor, supe que, una vez más, no podría dormir hasta bien entrada la madrugada. Deseché la idea de ir a revolcarme sin tregua sobre las sábanas, a pesar del cansancio, y me dirigí al paseo marítimo con el único objeto de caminar, esperando también recoger alguna bocanada de brisa marina. Así que ésas tenemos, dos o tres años de vida al boom inmobiliario; razón de más para pisar el acelerador a fondo, para no demorarnos en consideraciones superfluas; se impone agachar la testuz y embestir contra lo que se ponga por delante. Hay circunstancias en que la precaución es un suicidio y el tiempo se convierte en un agua que se va espesando y solidificando como un cemento recién hecho.&lt;br /&gt;La gente, la muchedumbre más bien, que había tenido la misma brillante idea que yo de ir a buscar la brisa del mar, hablaba en voz alta a mi alrededor, impidiéndome pensar. Descarté la alternativa de caminar por la orilla y de asistir al último esfuerzo de las olas para llegar a tierra, cuando ya han conseguido atravesar el piélago de un extremo al otro y están tan delgadas como un papel de fumar, sólo por no afligirme más y también por no llenarme los pies de arena. Es así como llegan a la meta los hombres que han escuchado la llamada y han acatado la orden, manteniéndose firmes contra viento y marea, con el último aliento de su carne y de su sangre. Las fuerzas de la naturaleza parecen haberse conjurado todas contra ellos y cuando más cerca los ven de alcanzar sus objetivos, más menudean los ataques y los golpes de mano para hacerles ceder, para que claudiquen aunque sea en el último instante, como Moisés, igual, a todos les sucede lo mismo, como si fueran un solo hombre, cuando ya tienen a la vista esa tierra mítica que habían estado buscando durante cuarenta años de travesía del desierto, muchos la palman, otros abandonan y los pocos que llegan con vida, llegan de puro milagro. La mayoría de las conversaciones que escuchaba a mi alrededor las protagonizaban voces irritadas, tal vez a causa de la atmósfera pesada y sofocante que caía como un lienzo espeso aunque invisible, o bien a causa de la promiscuidad en que vivían dentro de los reducidos apartamentos alquilados, la mayor parte de ellos con vistas que no diferían en nada de las de las grandes ciudades en las que vivían todo el año, donde solían acoplarse como sardinas en lata los componentes de todo un árbol genealógico o de un grupo de amigos con sus respectivas familias. El caso es que cuando salían por parejas de esa olla a presión, las más de las veces se entregaban a una crítica acerba, estentórea, de los restantes inquilinos del mismo piso en que vivían, es un decir, quien quiera que fueran. Probablemente esa inquina no llegaría más allá del mes de septiembre y en Navidad todos juntos de nuevo partiendo un piñón. Pero el mes de agosto es largo de pasar con ese bochorno y esa calma chicha, cuando no sopla ni un solo retazo de brisa, en semejantes celdas de colmena. Esa cháchara estentórea y antipática que me envolvía allá donde fuera, tensaba todavía más la entera red de mis nervios. Aceleré el paso pero ello se reveló una provisión inútil, pues más adelante me encontraba con la continuación de la conversación que había dejado atrás, como cuando uno viaja por la autopista y el aparato de radio va pasando por las sucesivas zonas de influencia de los repetidores de ondas alineados que transmiten la misma emisora. Por el contrario, para los que están en primera fila de apartamentos, en el propio paseo marítimo, y contemplan el horizonte con los barcos mercantes y los cruceros, las vicisitudes de las vacaciones en la costa constituyen, evidentemente, otra historia, pero ellos son harina de otro costal, ellos suelen ser antiguos propietarios de fábricas o de almacenes, rentistas o especuladores, actualmente saboreando una generosa jubilación y disponen de una amplia y suntuosamente decorada vivienda para ellos solos, incluso con algunas habitaciones cerradas por falta de ocupantes. También ellos llegan finos y blancos como un papel de fumar al final de sus vidas, no como los pescadores que se ven en los muelles del puerto, por ejemplo, atezados y robustos hasta el mismo día de la extremaunción. En fin, así es el mundo. Como también es verdad que, hace veinticinco o treinta años, en el vasto espacio donde se alzan esos curiosos emparedados de vidas, no había sino huertos de clementinas que bajaban hasta casi lamer la espuma salada del mar. Hoy hay cemento y baldosas y sobre el cauce que forman, todos apiñados, se desliza un caudal tupido de humanidad componiendo un magma variopinto con todas sus cataduras y pelajes, murmurando o vociferando en todas las lenguas, dejándose seducir más por los neones multicolores que por el espectáculo inefable del mar, sobre el que riela una autopista pavimentada con lingotes de plata, ascendiendo hasta el ámbito donde refulge el templo rotundo de Diana. Únicamente se dignan torcer la vista hacia la playa cuando, cada doscientos metros, unos artistas de lo efímero han construido, empleando arena mojada, a cambio del puñado de monedas que les servirá al día siguiente para comprar su pan untado con tocino, paisajes con dragones y castillos encantados, provistos de sus almenas y torreones, fosos y murallas, vestiglos, doncellas desnudas y unicornios. En tales casos, se llegan a formar nutridos grupos de mirones que contemplan fascinados los misteriosos retablos de esa peculiar mitología, pecando a veces de incongruencia, bajo la temblorosa luz de las hogueras. El mundo entero se está convirtiendo en una gran Babilonia que venera ídolos cada vez más banales, por eso ya no será cuestión de destruir esta o aquella civilización, sino todas al mismo tiempo, aunque los ángeles tengan que trabajar a destajo. La hora de Leviatán ha sonado, es cierto, y ya no es tiempo de disimular, sino de cultivar la cólera. “Y en cuanto a mí, he aquí que traeré el diluvio de aguas sobre la tierra para exterminar de debajo de los cielos toda carne en la cual la fuerza de vida está en acción. Todo lo que se halla sobre la tierra, expirará.” Entonces el océano desenrollará sus olas por encima de los Andes y del Himalaya y las pocas criaturas terrestres que sobrevivan alimentarán la ira de los leviatanes, entrarán en sus fauces abiertas como las puertas de los templos y perecerán triturados por la doble hilera de dientes. Es posible que así sea.&lt;br /&gt;Regresé a casa bien entrada la madrugada, relajado pero no extenuado como era mi propósito. Ahora bien, durante esos días tan representativos del período cimero de la canícula, no basta con tener sueño para entrar dulcemente en el reino de Morfeo, uno sólo alcanza a dormirse cuando se halla en una fase bien precisa del cansancio, es decir, rendido pero no hasta el punto de ser despertado a cada momento por las agujetas y el dolor de huesos. Como quiera que no era ése mi caso, pues un saludable paseo nocturno no mata a nadie, me coloqué frente a mi improvisada mesa de trabajo, encendí el flexo y me puse a leer hasta que empezó a clarear. Si no hubiera hecho más que eso desde que el horrible espectro de la necesidad desapareció de mi vista, otro gallo cantaría, pero los dioses lo habían decidido de otra manera.&lt;br /&gt;Amanecí rayando el mediodía. Un desayuno ligero me devolvió el tono y cuando quise instalarme con mi ordenador debajo de la higuera, oí una suerte de berrido. Alcé la vista y vi que alguien, desde la cancela, trataba de llamar mi atención con el brazo levantado como si estuviera citando a un toro. Reconocí a mi vecina, atisbada con frecuencia en mis idas y venidas charlando incansablemente con otras mujeres y cuyos habituales alaridos domésticos pasaban con suma facilidad a través del espeso muro defensivo que separa las dos propiedades, hecho con voluminosos mampuestos. Se trata de una de esas serranillas que el bueno del Arcipreste de Hita encontró, muy a su pesar, en la zona de alta montaña. Está abierto, puede pasar, le dije, reforzando mi autorización con la adecuada gesticulación de manos. Pero maldita la gracia que me hacía tener que recibirla. Y así salí a su encuentro. Buenos días. Buenos días nos dé Dios, señora. Ah, esta mañana me dije pues este señor de aquí al lado, somos vecinos y todavía no hemos intercambiado ni media palabra. Ah, bueno, usted sabrá disculparme, es que he estado muy atareado desde que me mudé y… ¿Qué atareado ni qué ocho cuartos, si apenas sale de casa o si sale es a la hora del mochuelo? Verá…lo que pasa es que soy escritor y trabajo en mi domicilio. A veces salgo para hacer mis averiguaciones pero enseguida vuelvo y me pongo a escribir. Ya decía yo….una vida tan irregular… Pero a lo que íbamos… Usted dirá, señora. Pues mire, pero mire bien a su alrededor. ¿Qué? Pues que su jardín está que da pena, la maleza se está apoderando de él; como siga así, va a infestarse de ratas y nosotros vivimos al lado, ¿comprende? Sí, señora, me hago cargo, le prometo que hoy mismo comenzaré a ocuparme de él. ¡Usted qué va a ocuparse de él! Usted es un escritor, ¿o no es usted un escritor? Pues sí….lo soy, ¿y en qué me impide eso trabajar en mi jardín, cuando tenga un momento libre? Pues que usted es un escritor y los escritores tienen las manos hechas de pasta de cacahuete. Tampoco hay que exagerar…. Mire, mi Ginés tiene unas manazas que parecen pies y unos pies que parecen esquís. Puede contratarle y le dejará el jardín más limpio que una patena y más coqueto que los de Versalles. Además, él posee todo el arsenal de utensilios que hace falta para esos menesteres. Apuesto a que usted no tiene en casa ni un destornillador. Bien….pues que venga un día de estos. Hoy, que ya lo tiene bien de holgazanear, porque es un gandul, ¿sabe?, hasta las dos no comemos y todavía son las doce, tiene dos horas para ir adelantando la tarea. De acuerdo, pues dígale que puede venir cuando guste. No se arrepentirá, verá cómo cambia todo esto que, la verdad, está hecho una pocilga. Luego, por encima de la tapia oí gritar a voz en cuello, con tanta claridad como si el berrido hubiera estallado dentro mismo de mi caja craneana, Ginés, que te levantes ya de la hamaca, gandul. Coge los trastos de matar, que te está esperando. A los diez minutos apareció Ginés, un armatoste de huesos y músculos, algo encorvado como la lámina de una hoz, pero que aún así debía medir por lo menos un metro noventa, cuando la serranilla, su esposa, no pasaba sin duda del uno cincuenta. ¡A la buena hora, señor! ¿Por dónde empiezo? Haga como le plazca, en sus manos lo encomiendo. ¡Pues no se hable más, al tajo! Al momento puso en marcha sus instrumentos de infernal tortura sonora y tuve que recluirme en el interior de la casa para intentar concentrarme en algo. No consiguiéndolo, salí, fui a la farmacia, compré unos tapones de cera para los oídos y así pude seguir leyendo. Pero no efectué ni una sola audición porque, a pesar de los auriculares, no me hubiera sido posible prestar la atención debida. Como además las conversaciones importantes iban a ser grabadas por el personal de servicio, nada se perdería con ello. Hacia las dos, cesó la trapatiesta. Lo cual aproveché para comer también yo, en paz y sosiego, que buena falta me hacía. Se reanudó a las cuatro en punto y duró hasta las siete cabales. Enseguida sonaron tres aldabonazos. El espectro reclamaba su salario. Le pagué generosamente y, en vista de ello, supongo, o bien aleccionado por la tarasca, me propuso venir cada quince días en verano y cada mes en invierno. Entiendo también de carpintería y fontanería y puedo efectuar cualquier trabajo de los que se requieren en una casa. Trato hecho. He visto que tiene una chimenea en estado; en octubre, si quiere, le puedo traer una carga de leña, astillársela y apilársela para que pueda quemarla cómodamente. Me parece una excelente idea, veremos eso en octubre. Y si tiene algún problema, no dude en llamar, estaremos a su servicio. Gracias, no dejaré de hacerlo. Con este último cumplimiento, agarró al fin los cuernos de la carretilla y se marchó con la música a otra parte. Los vecinos son los agentes de la autoridad más bajos en el escalafón pero también los más inmediatos, una auténtica policía de proximidad organizada en milicia. Cuando, por una razón u otra, delictiva o no, uno debe ocultar la verdad, necesita tener a punto una coartada para lanzarla como carnaza en el momento oportuno ante esos grandes devoradores de explicaciones. Por el momento estaban saciados y si encima recibían una compensación regular, miel sobre hojuelas. En cualquier caso, mediante ese acto, fastidioso si se quiere, ya podía darme por integrado con normalidad en ese barrio.&lt;br /&gt;Subí a mi despacho y puse en funcionamiento el ordenador. La lista de los personajes cuya vida y milagros se podía seguir en directo había aumentado considerablemente. Ninguno de ellos araba recto, excepto quizá, Verónica de la Mata, pero no es seguro, tenía mis barruntos, lo cual disminuía la culpabilidad que, de todos modos, operaba sobre mi conciencia, pero esa cuestión estaba zanjada. Digamos que, en un momento dado, me encontré huyendo, como en esas brumosas películas de espionaje de los años cincuenta o sesenta, en las que el agente secreto infiltrado es perseguido por una nube de uniformes grises, llega a una tétrica estación y se ve obligado a tomar el primer tren que sale en el andén más cercano. Ante él se abren una serie de interrogantes ¿hacia dónde se dirige el tren? ¿en qué estación bajarse? Habrá de ser una que no esté tan cerca como para que lo atrapen a los pocos minutos de apearse, ni tal lejos como para que la policía haya tenido tiempo de organizarse. Desde luego la estación terminal hay que descartarla. Quizá la mejor solución sería, siempre que se presente la ocasión, bajarse del tren en marcha, en algún paso en que ésta haya sido lo suficientemente aminorada. Por lo que a mí respecta, cabía aún una nueva pregunta, ¿de qué estaba huyendo? No sabría decirlo. Lo que no ofrecía la menor duda es que estaba huyendo de algo. Acaso de mí mismo.&lt;br /&gt;Puede que con Verónica de la Mata, me dije, esté haciendo un uso abusivo de todos esos medios técnicos que utilizamos para desempeñar con pulcritud nuestro oficio de concusionarios, o mejor expresado, de concusionarios de concusionarios. Por el momento, el asunto presentaba tan sólo uno de esos carices humanos, muy humanos. Una esposa aparentemente ejemplar, tiene un desliz con un príncipe árabe, nada menos. Eso puede ocurrir hasta en las mejores familias. La suya lo es, por cierto, y de la más alta alcurnia. Pero en su caso concurrían una serie de circunstancias, digamos, irracionales. No debo ocultarme que su belleza perturbadora, bajo la que parecía agazaparse el germen de un ciclón, tuvo algo que ver en mi arbitrio. Luego, al aparecer este supuesto príncipe árabe, se añadieron otras connotaciones de signo muy distinto. La popular fascinación por los dólares del petróleo, los yates con los cagaderos de oro, los enjalbegados palacios llenos de costosos tapices y de aire seco, las piscinas como campos de fútbol en medio del desierto, la poca simpatía que el ciudadano medio occidental experimenta hacia esos gobernantes que flotan en un lujo ultrajante, mientras sus pueblos se arrastran en el polvo, devorados por la miseria, como una tabla vieja y olvidada es comida a dentelladas por la carcoma, todo eso influyó en mi elección, pues yo, no hay que olvidarlo, desde el punto de vista de mi configuración mental, no soy más que un tipo perteneciente a la pululante clase media occidental, ésa que da la vara en todos los ámbitos y no para de molestar en los periódicos y a la que, a pesar de todo, hay que hacerle un poco de caso porque, al fin y al cabo, constituye el cincuenta por ciento del electorado. Sea como fuere, el linajudo nombre de esa mujer brillaba en la pantalla con un atractivo irresistible. Puse el cursor encima de él y rocé dos veces la cabeza del ratón con ese índice al que el hombre de la era informática le ha encontrado una utilidad capital, nunca antes igualada, dentro del dominio en el que ya se hallaba especializado, el de mostrar. Accedí con un temblor a la página de la rotunda tentación trigueña. A partir de allí, no tuve dificultad en encontrarla. Al aparecer en pantalla, tuve la sensación de que una repentina y vigorosa ola me derribaba, sin que hubiera tenido el tiempo de verla venir. Se encontraba en la habitación de matrimonio con su marido, pero éste le daba la espalda, ocupado como estaba haciendo su menuda maleta de ejecutivo. Ella se desnudaba implacablemente ante el espejo del armario ropero. De espaldas era una poderosa potra alazana de grupas relucientes, torneadas y briosas. Se puso un bañador y sobre él un pareo. Adiviné enseguida lo que se disponía a hacer. Si me daba prisa y cogía pronto un autobús, todavía podría verla adentrarse y evolucionar en el mar. La primera vez, dije entre mí mientras recogía raudo las llaves y el móvil, me dio la impresión de que era una grácil corbeta, hoy, después de haberla visto con todas las velas desplegadas ante el espejo, me parece un suntuoso galeón.&lt;br /&gt;Llegado ante el parapeto del paseo marítimo, me detuve para escrutar la porción de arena y de agua que se extendía ante mí. La descubrí traspasando olas y tomando fondo. Los remos subían con un ritmo pausado pero uniforme, los pies se movían como la hélice que hace girar un motor y deja una estela tras de sí. Llevaba la velocidad suave de un crucero, lo que explicaba tal vez la constitución de su cuerpo, redondeado y sin aristas, no con las formas abruptas y angulosas de los músculos cuando se han desarrollado en exceso, que parecen cortadas en crudo con escoplo, sino bien cepilladas y bien bruñidas. Antes de ponerme a avanzar a la par que ella, miré bien alrededor por ver si acaso se encontraba de nuevo por allí el Melenas de las piruletas, u otro personaje sospechoso. Así que el príncipe árabe quería saber si la gacela no tiene otro amante. ¿Celoso, entonces? Resulta sorprendente comprobar lo intrincados que suelen ser los vericuetos del espíritu, por donde pasan las pasiones. El amor, dice Salomón en su Cantar de los Cantares, es fuerte como la muerte, el deseo de ser el objeto de una afección única es tan inflexible como el Abismo. No obstante, el marido puede constituir legítimamente una excepción entre todos los hombres que pululan sobre la faz de la tierra. El marido estaba antes y eso lo justifica todo. ¿O tendrá acaso otros motivos para establecer esa pertinaz vigilancia para con su amante? Nadando en un fondo todavía turbio, comencé a entrever la idea de que ese príncipe de marras tenía sus reales razones para sospechar que alguien, quizá en contacto con la ligera gacela, podía estar examinando de cerca todos sus actos y pretendía salirle al paso. Sin embargo, tales pesquisas no podían tener gran cosa que ver con la amenaza que suponían sus relaciones, digamos, extramaritales. No resulta fácil imaginar a sus veinte esposas celosas porque el marido se ha acostado con una cristiana. Respecto a ese punto, también yo debía deslastrar mi globo de ilusiones. No sería así como iba a lograr poner en un aprieto a ese elemento. Mas a pesar de todo zumbaba alrededor de mi cabeza el presentimiento de que me hallaba en los aledaños de un Sésamo portentoso. Ya encontraría un hilo del que tirar, pues toda fortaleza tiene su punto débil por el que hacerse una brecha.&lt;br /&gt;Por cuanto se refiere a ese cebo color miel que oscilaba en la punta del anzuelo, noté que ejercía una fascinación excesiva, intolerable, peligrosa incluso para mí, que era el pescador. Di media vuelta e inicié el camino de regreso a casa. Debía proveerme, en breve, de un antídoto contra esa fiebre malsana, capaz de apoderarse de todo un cuerpo mediante un único y definitivo soplo. Los buenos soldados tienen la obligación de acudir bien pertrechados al combate.&lt;br /&gt;Al empujar la cancela del jardín, anochecía; en el cielo, de un azul profundo pronto a desvanecerse para mostrar maravillas ocultas, brillaban sólo los planetas, y tuve la impresión de que me encontraba ante una morada desconocida, tanto había cambiado su entorno con el paso de las cuchillas del vestiglo. Flotaba un característico olor a sandía que emanaba de la hierba recién cortada, mezclado con otras fragancias a las que antes no había prestado atención. Esa armonía recién descubierta despertó una apetencia de aire libre, por lo que decidí encender la barbacoa y asarme en ella unas buenas chuletas de cordero que había puesto a descongelar. Ya tenía colocado el ordenador sobre la mesa de plástico ante la que me disponía a cenar, cuando me le quedé mirando y decidí no encenderlo. Era preciso que aprendiera a controlar mi ansiedad frente a la inminencia de mis objetivos. El hombre necesita alcanzar el dominio del tiempo al igual que, hace muchos miles de años, alcanzó el dominio del fuego. Un poco de paja seca, una chispa, unos rastrojos y la cantidad justa de leña, pues no hay mejor modo de agradecer al donante que aprovechando bien sus dones. En la naturaleza hay un equilibrio que debe ser respetado. Así, cuando las chuletas estén correctamente hechas, sólo quedarán en el lar unos rescoldos tibios que no tardarán en apagarse. El tiempo es como el fuego, cuece las cosas y las pone a punto, pero tiene su ritmo según la naturaleza de cada una de ellas. Para lograr los asuntos, reviste una capital importancia alcanzar un cabal conocimiento del mismo y una absoluta maestría en la correcta graduación de su intensidad en función del objeto al que se le aplica su acción ancestral. En la mayor parte de las ocasiones, se requiere un fuego lento y ello pone a prueba la paciencia del cocinero. Pero ese ejercicio es primordial para la consecución del arte.&lt;br /&gt;Tus palabras no hacen, una vez más, sino certificar el buen sentido de mis clientes. A alguien que hable así, no se le puede dejar que ande libremente por estos mundos de Dios.&lt;br /&gt;Así que cené arropado tan sólo por un concierto en el que se mezclaban los violines de los grillos con las voces de las ranas, provenientes de alguna charca oculta, contemplando las evoluciones de los murciélagos alrededor de las luces y la portentosa impavidez de los lagartos, con sus garras incrustadas en el basto muro, a la espera de la presa. Una impagable lección de dominio del tiempo y de las emociones, la que daban esos pequeños caimanes al conseguir ocultar, bajo el aspecto de la somnolencia, la máxima potenciación de todas sus facultades mentales. Y luego el murciélago, que ha sabido cultivar con tan maravillosa pasión su mayor defecto que lo ha convertido en su más preciosa virtud, la ceguera. Esa portentosa ceguera de los murciélagos que les permite dominar la noche. Con tales maestros y observando atentamente sus enseñanzas, no hay enemigo que dé la talla. Sí lo hay, cuando un ser desmesurado, que ha conseguido reunir en su vasto ser las fuerzas telúricas, las desata, todo lo demás tiene la obligación de saltar por los aires. La fuerza bruta es el modo visible en que se manifiesta el pensamiento divino. El razonamiento de Dios se confunde con una incesante serie de explosiones de energía que convulsionan el mundo y tiene que retenerse continuamente para no reventarlo en un descuido.&lt;br /&gt;Entonces abrí una de mis armas secretas, fastuosamente encuadernada. “El Tao está vacío; si se hace uso de él, parece inagotable. ¡Cuán profundo es! Parece el patriarca de todos los seres. Embota su sutileza, se desembaraza de todos los lazos, tempera su esplendor, se asimila al polvo. ¡Qué puro es! Parece subsistir eternamente. Ignoro de quién es hijo; parece haber precedido al dueño del cielo.”&lt;br /&gt;Durante unos días, únicamente frecuenté lecturas que me familiarizaran con la muerte, porque sólo cuando uno se familiariza con la muerte logra sobrellevar el mundo de los vivos con el ánimo adecuado. Ése es el más elemental de los principios que uno debe asumir antes de aspirar a lo más alto. Vivir intensamente es desafiar a la muerte, morir en vida es brillar en la nada. No existen más alternativas. Hacia cualquier horizonte que se mire, ella nos aguarda solícita.&lt;br /&gt;El tiempo que, por puro agotamiento, no dedicaba a los libros, lo consagraba a la oscuridad. Hacía todo con una tupida venda en los ojos. Lo negro constituye siempre el principio de toda obra.&lt;br /&gt;Así estuve hasta que sonó el móvil. Mediante un sms, Vuk me comunicaba que se me había remitido por correo electrónico el informe de Nicolai. Mientras la impresora hacía su trabajo, me preparé un café bien cargado, un café negro como dicen algunos, pues sabía perfectamente que el castellano de Nicolai, al menos en aquel entonces, debía ser enmendado. El resultado del trabajo de ambos todavía lo conservo. Está ahí, en la gaveta de ese mueble.&lt;br /&gt;¡Un momento! No vamos a echar mano alegremente a los documentos privados de una casa ajena. Una delicadeza que te honra, Leviatán. Y una precaución un tanto peregrina, a mi juicio. En fin, éste es el informe de Nicolai. Leo los pasajes más significativos. Una vez puestos, puedes presentarlo integralmente, diez minutos de más o de menos no cambiarán gran cosa nuestro expediente. Como gustes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lucha de los llamados conservadores contra la economía de mercado, no es sino el combate de una parte de la mafia para defender sus posiciones y sus riquezas, indebidamente adquiridas mediante la perversión progresiva y organizada de un determinado sistema político y económico. Ante ella se alza la otra mitad de su propio ser, su doble invertido. De hecho, el hundimiento del bloque soviético y la bancarrota de su economía han provocado la escisión de la familia mafiosa en dos grandes clanes, opuestos por ideología y temperamento. Los enemigos hermanos, Cástor y Pólux, una vieja historia. Uno de ellos, el que no cuenta sino con la situación adquirida, acaba enfrentándose contra el que está dispuesto a ponerse a trabajar en nuevas condiciones económicas para hacer fructificar un capital acumulado y hasta entonces improductivo. Con la llegada de la economía de mercado, esta última rama se esfuerza por convertirse en un actor económico “normal”, dentro de unas relaciones económicas normales. Asistimos pues a una redistribución de las cartas, a la integración de los dirigentes mafiosos en las nuevas estructuras económicas. Con tal fin, la mafia del partido se adapta rápidamente a las nuevas condiciones, sacrificando, evidentemente, la ideología comunista. Su mayor preocupación consiste ahora en salvaguardar sus riquezas situando en los puestos adecuados a las gentes susceptibles de ayudarla a realizar sus objetivos. Dado que la nomenclatura, durante el período de transición entre el socialismo y el capitalismo soviético, conservó las palancas de mando y el capital de inversión, orientado ya hacia el futuro mercado, poseía una ventaja real para ocupar las posiciones más favorables en la nueva economía que se estaba gestando a marchas forzadas, como también se gestó, en el pasado, a marchas forzadas el proceso contrario. El paso de un sistema económico al otro, es la nomenclatura quien lo gestiona, por supuesto, elaborando un mecanismo de transición ventajoso para ella.&lt;br /&gt;Los bienes nacionales fueron privatizados a toda prisa, incluso podría decirse que precipitadamente, como un entierro bajo la lluvia, que es lo que era, en realidad, al amparo de una espesa nube de misterio, con todo sigilo y sin esperar a la ley sobre la privatización, proporcionando así un capital de lanzamiento a toda suerte de bancos, de sociedades por acciones, de sociedades de responsabilidad limitada, de empresas mixtas, etc.… A la cabeza de las mismas se coloca a la gente de dentro, a los de casa, faltaría más. Antiguos responsables del partido se transforman para la ocasión en directivos y en presidentes de empresa. Se trata de una adaptación, de un aprendizaje a trabajar en condiciones distintas, una genuflexión ante el signo de los tiempos nuevos. Eso sí, la nomenclatura debe sufragar la costosa formación de sus delfines en escuelas de comercio extranjeras, porque lo que se prepara no es una reparación de circunstancias y lo que hay en juego no es precisamente una bagatela. En el seno de prestigiosas instituciones occidentales, como por ejemplo “L´École des Roches” de Verneuil-sur-Avre, cerca de París, la comunidad estudiantil de origen ruso pasó, durante la década de los noventa, de tener una presencia meramente simbólica a ocupar una posición dominante.&lt;br /&gt;No había tiempo que perder, era preciso actuar deprisa y bien, antes de que comenzaran a caer los velos y se desataran, en serio, las hostilidades. Lo cual debía producirse fatídicamente. El oro, el petróleo, las armas, pasaron sin dificultad las fronteras y fueron pagados con moneda fuerte, que está ahora a buen recaudo en cuentas bancarias secretas del extranjero. A través de las empresas mixtas existentes y mediante una participación en el capital, se entró en consorcios internacionales. Los rublos se iban transmutando rápidamente en dólares contantes y sonantes.&lt;br /&gt;Por esa misma época se desató una tenaz epidemia de suicidios. Muchas personas cayeron por las ventanas de grandes edificios propiedad del Comité Central, otras se ahorcaron o fueron arrolladas por una gran variedad de medios de locomoción. Todas ellas tenían un punto en común, saber demasiado, conocer los números de las cuentas secretas domiciliadas fuera del país, los códigos de los cofres, etc.&lt;br /&gt;El secreto esencial era, sin embargo, que el dinero del Partido, gracias al cual la mafia sobrevivirá y comenzará una nueva vida, ha sido preservado en lugar seguro. Las manos que tiran de los hilos desde la oscuridad, nadie las ve. Los rostros que contemplan en el fondo de un cajón la llave de plata que abre el cofre del tesoro, nadie los conoce, se hallan en la más absoluta oscuridad. Pues es muy probable que los personajes elevados del Partido no sean la real fuerza dirigente, no sean el estado mayor ni el centro de decisión de la mafia. Por ello, las acusaciones contra las cabezas visibles, sobre las que no cuesta nada dirigir la cólera de los expoliados, no solamente no representan una amenaza contra la verdadera mafia, sino que, antes al contrario, constituyen una maniobra de diversión que le permite escapar a los problemas de mayor calibre y permanecer agazapada en la sombra, aguardando el momento en que su posición sea tan firme que resulte de nuevo inatacable. Entonces, esa parte proteica y acomodaticia de la mafia que ha sabido invertir su capital inicial, se integrará en el sistema económico mundial y quedará tan imbricada en él que resultará imposible arrancarla ya de su cuerpo, como sucede, por cierto, con las demás mafias occidentales. La otra facción, la esclerotizada, la que se ha acostumbrado a vivir en un mundo congelado, tratará de mantener contra viento y marea el clima en el que se ha desenvuelto habitualmente y del que ha sabido sacar siempre provecho, para ello se aferrará a los resortes del poder, tratará de mantener sus posiciones en una administración todavía anquilosada que seguirá siendo utilizada como un formidable instrumento de extorsión en beneficio de una casta. Con ese objeto, aún renunciando a los antiguos dogmas comunistas en los que, por cierto, jamás creyeron, se esforzarán por conservar una estructura política, mutatis mutandis, similar a la anterior. Es decir, se trata, hablando claro, de adoptar el llamado sistema Singapur, el cual consiste en dar a las instituciones una fachada democrática que decore un edificio totalitario. Basta con ello para que el hipócrita mundo occidental lo respete y se halle dispuesto a hacer negocios con él.&lt;br /&gt;Resulta obvio que ambas mafias estaban destinadas a hacerse una guerra sorda, de veneno y puñales, de almohadas que ahogan y manos expertas que estrangulan. También de defenestraciones y atropellos. Una guerra de guante blanco, sin estruendo ni propaganda, pero no por ello menos cruenta y encarnizada.&lt;br /&gt;Como para muestra vale un botón, paso a exponer el caso de Víctor Iazov. Nuestro hombre se crió en el seno de una familia de clase media que consiguió organizarse dentro de un apartamento moscovita con sólo dos habitaciones, un baño, una cocina pequeña y un comedor. Pero él era ambicioso. Alcanzó excelentes calificaciones en sus estudios e inició una brillante carrera como comunista. Eligió una vía óptima, bien pavimentada, para orientarse hacia las filas del Partido, se alzó como cabecilla del Komsomol (juventudes comunistas) en el ámbito de su universidad, el Instituto Mendeleev de Tecnología Química.&lt;br /&gt;Tras el lanzamiento de la Perestroika, Iazov utilizó sus ya numerosas conexiones en el interior del Partido Comunista para ganarse un espacio en el libre mercado que a la sazón estaba en ciernes. Solicitó la ayuda de poderosos para iniciar sus negocios bajo la cobertura del Komsomol. Amigo de otro líder del citado organismo, Alexey Golubovich, éste le ayudó en sus éxitos financieros recurriendo a parientes y amigos que ocupaban posiciones elevadas en el Banco Estatal de la URSS.&lt;br /&gt;Su primer paso en el mundo de los negocios parece modesto si se le considera fuera del contexto de la época. He aquí que, con socios del Komsomol y operando técnicamente bajo la autoridad del mismo, abrió un café privado, empresa hecha posible por la Perestroika y la Glasnost. Ese mismo grupo fundó en 1987 el Centro de ciencia y tecnología Amenhotep (el futuro banco Amenhotep). Bajo este ceñudo epígrafe, el centro “científico” se consagró a un próspero negocio de importación y reventa de ordenadores en el que se imbricaba un comercio a gran escala de otros productos como coñac francés y vodka suiza. Se ha dicho que estos productos eran falsificaciones, la vodka suiza estaba hecha en Polonia y el coñac francés no era más francés que la vodka suiza. Al año siguiente, levantó ya una gran empresa de importación-exportación cuyos beneficios alcanzaban los 10 millones de dólares anuales.&lt;br /&gt;Armado con el capital de sus negocios y los de sus socios, usó sus conexiones internacionales para obtener una licencia que le permitió crear el banco Amenhotep en 1989, uno de los primeros bancos privados de la Rusia post-comunista. Enseguida comenzó a progresar gracias a las actividades de préstamo a la especulación sobre las monedas, hasta convertirse en el sexto banco del país. Se ha sugerido que hacia 1990, dicha banca desarrollaba una actividad frenética facilitando los robos a gran escala de los fondos del Tesoro Soviético, y su oportuna transferencia más allá de las fronteras, que precedieron al colapso de 1991.&lt;br /&gt;En los tiempos de Yeltsin, las reformas de mercado eran conducidas con tanta celeridad que en numerosas ocasiones constituían un mero saqueo de los bienes nacionales. Antiguas compañías públicas eran rápidamente puestas entre las manos de miembros de la nomenclatura o de conocidos padrinos de la mafia. Por regla general, el director de una factoría durante el régimen soviético, pasaba a ser el propietario de la misma. Durante ese mismo período, violentos grupos criminales tomaron a menudo las empresas estatales desbrozando el camino mediante asesinatos o extorsiones. Asimismo, bajo la cobertura del gobierno, ultrajantes manipulaciones financieras se llevaron a cabo con objeto de enriquecer al estrecho grupo de individuos que ocupaban puestos clave en los negocios y en la mafia del gobierno.&lt;br /&gt;Víctor Iazov se ejercitó en las agitadas aguas de ese río revuelto adquiriendo Azoth, una gigantesca empresa de fertilizantes. Para hacerse con ella no dejó nada al azar. Las cuatro empresas que litigaban en la subasta las controlaba él y las había creado unas semanas antes sólo para dicho efecto.&lt;br /&gt;Mientras tanto, el banco Amenhotep crecía a galope tendido con ayuda de la institución Rotchild and Sons, ganando progresivamente la confianza del Ministerio de Finanzas, del Servicio Estatal de los Impuestos, del gobierno municipal de Moscú y de la Agencia de Exportación de Armas de Rusia, todos ellos depositaron sus fondos en Amenhotep, los cuales Iazov utilizó para expandir su imperio comercial.&lt;br /&gt;Fue igualmente el banco Amenhotep la entidad que proporcionó los fondos para adquirir la compañía petrolera Sukros en 1995. En esta manipulación, un pequeño grupo de individuos bien conectados a las estructuras del gobierno recibieron valiosas piezas de la propiedad estatal a cambio de préstamos, muy a menudo fundados en cuentas pertenecientes al banco estatal.&lt;br /&gt;Iazov adquirió Sukros a precio de saldo, por sólo 350 millones de dólares. Él argumenta que un valor tan bajo se debió al hecho de que por aquel entonces se difundieron rumores según los cuales los comunistas ganarían las próximas elecciones legislativas y tomarían la compañía de nuevo.&lt;br /&gt;Sukros había sido creada en 1993 y llegó a ser, tras la adquisición por Iazov, una de las más grandes compañías no estatales del mundo, aportando el 20 por ciento de la producción petrolífera rusa y el 2 por ciento de la mundial. Ya desde su creación, constituía una de las más preciadas joyas de la economía estatal.&lt;br /&gt;Los prolegómenos de la “oligárquica privatización” se caracterizaron por la efusión de sangre a raudales y en ese aspecto Sukros tampoco fue una excepción. Alexei Vorotnikov, el antiguo jefe de seguridad de Sukros, resultó convicto, en numerosos casos, de asesinato. Se le acusa, junto a Evgueni Ismailovo, socio de la compañía, del asesinato del alcalde de Yugansk, notorio oponente a Sukros, en el propio día del cumpleaños de Iazov.&lt;br /&gt;Cuando en 1998 se produjo el colapso del rublo, muy pocos inversores extranjeros se mostraban interesados por efectuar negocios en Rusia. Iazov introdujo entonces una transparencia sin precedentes en Sukros, admitió su control sobre la compañía y sobre la banca Amenhotep, reveló la identidad de los accionistas de la primera, publicó balances y comenzó a pagar impuestos y dividendos. Contrató gran número de ejecutivos provenientes de importantes compañías petrolíferas occidentales, colocándolos en puestos clave. Fue uno de los primeros magnates de Rusia en comprender que la inversión extranjera era necesaria para construir una actividad económica sólida y global. Sus conexiones internacionales con las grandes familias del mundo de la banca y las finanzas internacionales le ayudaron enormemente. Su sueño era hacer de Amenhotep la punta de lanza de la reestructuración industrial rusa. En 2003 fue nombrado Persona del Año por Expert magazine, influyente y respetado semanario financiero ruso. Ha sido calificado como una de las 10 personas que controlan la economía de su país, es el hombre más rico de Rusia y ocupa el puesto número 16 a escala mundial. Se ha dicho que fundó varios partidos políticos: Yabloko, el Partido Comunista de la Federación Rusa y muy probablemente Rusia Unida. Muy próximo a los antiguos apparatchis (se le acusa de haber facilitado la transferencia al Oeste de los capitales del ex –Partido comunista), cultiva igualmente amistades en el nuevo régimen. Sus lazos con la mafia parecen probados. También despunta la evidencia de que ha traficado con mujeres, blanqueado dinero y defraudado a pequeños inversores.&lt;br /&gt;Se hallaba negociando un proyecto de confluencia con Sibneft y con Exxon Mobil y Chevron Texaco para que compraran participaciones en Sukros, el resultado hubiera sido la segunda compañía mundial en concepto de reservas de gas y petróleo y la cuarta en términos de producción, cuando la operación se abortó por el arresto de Iazov. Fue detenido en el aeropuerto de Novosibirsk con cargos de fraude, aprovechando la ocasión de que su avión personal se vio obligado a efectuar una escala para resolver ciertos problemas técnicos y reponer combustible, hombres armados y con uniforme de combate rodearon el aparato e irrumpieron a bordo. El gobierno congeló de inmediato las acciones de Sukros.&lt;br /&gt;En los medias occidentales y de la oposición rusa, se atribuye el arresto de Iazov a su participación en el proceso político ruso. La razón dada por el gobierno, además del aludido fraude fiscal por un montante de 7 billones de dólares, usando delictivamente paraísos fiscales interiores, fue evitar la venta por parte del grupo dirigido por Iazov de una larga porción de la compañía a la firma estadounidense Exxon.&lt;br /&gt;La verdadera causa quizá haya que buscarla en otra parte. Bajo la férula de Boris Yeltsin se vivió una suerte de far-west de las privatizaciones. En ese momento, Iazov adquirió Sukros. Sin embargo, la llegada de Vladimir Putin a la más alta magistratura, en 2000, marca el principio de la vuelta al control del Estado sobre los negocios suculentos de la industria nacional. Enfrentados al nuevo inquilino del Kremlin, ciertos oligarcas tomarán el camino del exilio, otros aceptarán las redefinidas reglas del juego. Iazov, por su parte, optará por desafiar al poder. Ahora dispone de ocho años, en la congelada soledad siberiana, para meditar sobre las consecuencias de su atrevimiento.&lt;br /&gt;El Kremlin, a su vez, se ha aplicado a echar mano sobre los activos más rentables de Sukros, que serán comprados por allegados al gobierno a través de una firma pantalla creada unos días antes de la venta, cuyo presidente del consejo de administración no es otro que Oleg Kalinichenco, número dos del equipo presidencial, considerado como el jefe de filas de los silaviki, el clan que reagrupa a los veteranos del antiguo KGB y a los militares de la vieja guardia. Pero antes de que ello sucediera, los directivos y accionistas de Sukros se aplicaron a aprovechar al máximo el exiguo plazo que les marcaba la ley. Evgueni Ismailovo, antiguo rector de la Universidad de Ciencias Humanitarias de Moscú y alto cargo de Sukros, Iazov le había dado asimismo un 60 por ciento de las acciones del holding que controla la firma, y responsable de seguridad en ese momento, tomó el control de la compañía. De inmediato procedió a efectuar varias inversiones en empresas extranjeras para sustraer capitales al derecho ruso, antes de ser declarada en quiebra por un tribunal americano y liquidada.&lt;br /&gt;Hoy en día, también Evgueni Ismailovo, que es objeto de un mandato internacional de arresto por organización de asesinato e infracciones financieras, ha tenido que abandonar el país, como tantos otros de su género, y vive alternativamente en Israel, donde ha obtenido la nacionalidad por derecho de sangre pues su padre es de ascendencia judía, país en el que ha efectuado igualmente colosales inversiones en la industria petrolífera, y en el sur de España, muy cerca del paraíso fiscal de Gibraltar. El Parquet General ruso parte de la tarea que le ha sido encomendada por el poder político, obtener la extradición de Ismailovo, enviarle a un campo en el fondo de Siberia y, por fin, echar mano, del modo que sea, a los últimos activos del grupo Sukros/Amenhotep, varios miles de millones de dólares reinvertidos en el sector petrolífero israelí (y quién sabe si en otras muchas partes), los cuales, con toda evidencia, turban el sueño de los habitantes del Kremlin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al leer esto llegué a varias conclusiones. La primera de ellas, evidentemente, que Evgueni tenía sus sobradas razones para palidecer. La segunda, si me permites la suputación, fue que procedía dar un golpe certero a la mafia rusa en España. Bueno, al menos comprendí que, con un poco de habilidad, tal vez fuera posible hacerlo. E instalarte en su lugar. Evidentemente. Claro que, al mismo tiempo, era consciente de la ardua tarea que se alzaba ante mí, así como del peligro que representaba; a pesar de que yo tenía ya una vaga idea respecto a cómo llevar a cabo esa jugada. Hasta ese momento todo había resultado muy fácil, en parte porque habíamos tenido suerte, puede que sea verdad, pero también porque nuestros adversarios iniciales no eran sino unos intrigantes en el ámbito de una economía y una política municipal, por mucho que se tratara de una localidad dotada con vastas posibilidades, mas no unos mercenarios del crimen organizado, que ya tenían en sus vitrinas un abultado historial según pude comprobar en el informe Nicolai, como iba a ser el caso a partir de entonces. Con el agravante de que Evgueni había declarado, de eso no cabe la menor duda, el estado de sitio en su organización. Tanto más férreo cuanto que se imaginaba un enemigo infinitamente más poderoso que el inexperto adversario que le acosaba en ese preciso momento.&lt;br /&gt;Pues bien, una vez alcanzada la redacción definitiva del mencionado informe Nicolai, reuní a mi estado mayor en la atalaya, incluido Felipe, a la hora de comer. Previamente había dispuesto que se le hiciera llegar a cada uno de ellos una copia del mismo, de modo que, al comenzar el sínodo, todos se hallaban instruidos con relación a la causa.&lt;br /&gt;Al pasar junto a la cocina, no pude sino percibir un sugestivo aroma de marisco. Cedí a la curiosidad y entré. Mefiboshet vigilaba la última fase de la cocción y ni siquiera se volvió para enterarse de quién había osado penetrar en su santuario. ¿Qué tal, Juan? ¿Qué nos has preparado hoy? Todavía sin volverse, sonrió. Arroz del señorito. Se dice del señorito porque no hay que tomarse la molestia de pelar las gambas. Una vez más has dado en el clavo, Juan, pues hoy no podemos permitirnos perder mucho tiempo, ni vagar en distracciones inútiles.&lt;br /&gt;Salí al enclave radiante y elevado de la terraza, donde me aguardaban ya todos los miembros conscriptos, sentados alrededor de la mesa. Reinaba, en ese círculo, un silencio expectante que dejaba pasar algunos detalles de la circulación, muchos metros más debajo de nuestros pies. Pienso que la única razón por la cual los rostros no se mostraban decididamente graves era la perspectiva de comerse el arroz del señorito del que sin duda habían tenido barruntos, o acaso confundía las apariencias en los demás con mis sensaciones íntimas. En todo caso, una moderada alharaca saludó mi presencia. Tomé asiento en el puesto preferencial que me había sido asignado y di por levantada la sesión.&lt;br /&gt;Bien, en este caso se trata de perforar el telón de acero. Nada menos. Felipe, ¿tienes alguna remota idea de cómo hacerlo? No solamente tengo varias sino que, además, ya hemos conseguido establecer una primera cabeza de puente en la residencia de los Ismailovo. ¡Cáspita! ¿Y de qué manera? Pues nos enteramos de que la esposa de Evgueni había efectuado la compra de un aparador en la tienda de un anticuario. No obstante, puesto que el mueble requería unas cuantas reparaciones, todavía se hallaba en el taller de dicho comerciante. Fuimos a visitarle y, tras llegar a un acuerdo mediante una módica suma, no sin darle igualmente una serie de garantías, éste transigió en dejarnos un rato a solas con el armatoste en cuestión. Abrumado por las preocupaciones recientes, imagino que Evgueni debió olvidar por completo la compra, y cuando su mujer le comunicó que la entrega era inminente, parece que no se atrevió a rechazarle ese capricho a su adorada consorte. Efectuarían, probablemente, sus inspecciones, pero el micrófono se hallaba tan oculto que hubiera sido necesario astillarlo minuciosamente para encontrarlo. Los detectores más sofisticados son inservibles pues esta maravilla de la tecnología tiene un dispositivo de activación a distancia por lo que cuando ellos llevaron a cabo el inevitable examen, el micrófono no emitía y se confundía su presencia con la de las restantes partes metálicas del cuerpo de este testigo solemne y silencioso. Ahora tenemos instalado permanentemente un oído poderosísimo en el comedor de Ismailovo que nos transmite hasta el fragor de la resaca proveniente de la cercana playa. Pero necesitamos permanentemente la colaboración de Nicolai para la traducción. Muy bien, la piedra que los constructores desecharon vino a ser, una vez más, la piedra angular, pues Nicolai, sin eso, ya había hecho un excelente informe, cuya eficacia como colirio no podía sino ser reconocida por todos los presentes. Hasta el momento no hemos asistido más que a conversaciones domésticas, prosiguió Felipe. Aunque sabemos que Evgueni suele convocar sus cónclaves secretos en ese exacto lugar, donde sus lugartenientes beben vodka servidos por la propia señora de Ismailovo.&lt;br /&gt;Mefiboshet hizo su aparición con una enorme marmita humeante e inició la tarea de servir generosamente los platos de los numerosos comensales. Destapó un cuenco de barro repleto de ajoaceite y sugirió que debía mezclarse bien con el arroz. Se fue para regresar de inmediato con varias botellas de un caldo ambarino fuertemente empañadas por el frío del congelador y una bandeja de pan cortado en rodajas. El trabajo literario del día anterior había despertado en mí un apetito voraz, así que le hice los correspondientes honores al arroz de Mefiboshet sin hablar demasiado durante el ágape. Los demás, sintiéndose dispensados por mi mutismo del candente orden del día, pues al fin y al cabo se trataba de un almuerzo de trabajo, lo que les había dejado un poco confusos al principio, se dejaron arrastrar enseguida hacia conversaciones intrascendentes, postergando la patata caliente del tema central del mismo para el momento de los licores y el café.&lt;br /&gt;Mientras daba buena cuenta del plato cocinado por el genio popular de Mefiboshet, gustaba el excelente blanco de estirpe local seleccionado por el enólogo en potencia que era igualmente el propio Mefiboshet, cada vez estaba más convencido de que su fichaje había sido uno de mis mejores aciertos, y atendía con un retazo de conciencia la ágil palabrería que revoloteaba en el entorno, consideré una vez más cuán rápido avanzaban las aguas turbulentas en que flotábamos, por no decir que se precipitaban irremediablemente hacia un vacío que se hallaba, por el momento, más allá del alcance de nuestros ojos. Esos corrimientos del destino siempre intimidan, aunque sea para bien, o lo parezca, porque uno siente que pierde el control de los acontecimientos. Uno abandona la patria para hacer la guerra a una ciudad vecina y cuando vuelve a tomar conciencia de sí, se encuentra batallando en la India, sin que se hayan agotado los horizontes que conquistar. En tales casos, uno es un héroe, un gran general, un estratega, un visionario, pero ¿conserva el dominio de su propia persona? El menor resquicio de su alma se convertirá en una brecha por donde se vaciará por completo. Estos grandes alisios de los hados nos llevan, como si fuéramos restos de un naufragio, hacia la dorada playa o el abismo; y donde quiera que sea, sólo lo sabremos en el último momento, en el tramo final.&lt;br /&gt;Sí, hay hombres que estáis destinados a viajar como paquetes en la cala de un barco. Y otros son los timoneles que usan el sextante y bregan con los vientos.&lt;br /&gt;Con la llegada de la sobremesa, Felipe consideró oportuno reanudar la conversación. Exhaló pues una gran bocanada de humo denso de puro y continuó el asunto allí donde lo había dejado. Nicolai, pues, hace horas suplementarias con los auriculares en las orejas y por el momento no hay nada digno de mención. En cuanto aparezca algo con cierta relevancia, Nicolai apretará el botón rojo de la grabación. Luego transcribirá con toda exactitud la escucha y la pondrá en nuestra página privada, que todos deberemos consultar con cierta frecuencia. Si acaso se tratara de algo urgente, te enviaríamos un sms de tenor neutro, de esos que circulan a millares, como por ejemplo echa un vistazo al blog o algo así. Incluso si la urgencia es máxima, Nicolai podría grabar de viva voz la conversación interceptada y colgarla en nuestra página privada. Bien, pero por supuesto no debemos contentarnos con haber puesto un micrófono en el comedor de Evgueni, aún admitiendo que ha sido un paso formidable. No, claro, estamos al acecho y en cuanto se presente una buena oportunidad para instalar otros micrófonos e incluso cámaras en las restantes piezas de la casa, la tomamos de inmediato. Correcto, sin embargo, además de ello, hay que seguir, con toda discreción desde luego, cada uno de los pasos no sólo de Evgueni sino también de sus hombres, y tomar buena nota de todos sus contactos. Los cuales, a su vez, serán objeto de una selección y de una posterior investigación. Milos, da consignas estrictas a tus alfiles para que se anden con pies de plomo. Ahora nos vamos a ver las caras, por primera vez, con un ejército de veteranos bien entrenados y sé de buena tinta que no suelen andarse con chiquitas. Para nosotros será un bautismo de fuego, para ellos una guerra más. Otro factor que cambia es que ya no podemos contar con el efecto sorpresa, el adversario se halla en estado de alerta roja. Una vez más puede confundirnos con su enemigo mortal y si eso ocurre, el coletazo podría ser tanto más temible cuanto que se siente acosado y herido, con su principal jefe entre barrotes, haciendo los cien pasos en una inconfortable celda de Siberia. Así que ¡ojo al Cristo, que es de plata!&lt;br /&gt;A medida que le iban dando el último sorbo al café, se iban despidiendo y eclipsando, cada cual a su tajo. Se acabaron los tiempos en que sólo había una punta de lanza activa aquí y allá, unos ordenadores rodando y otros con las ruedas en el aire; en ese momento, hombres y máquinas, todos tenían grano que moler. Y el trabajo febril de muchos operarios, orientados hacia un mismo objetivo, siempre tiene algo de sobrecogedor, una sensación que culebrea como un rayo y que acaba en escalofrío. Cuando el mecanismo está lanzado de tal manera que surge calor de todos sus engranajes, uno no tiene que esperar mucho para que aparezca ante sus ojos el bastimento de una fábrica con sus numerosas naves alrededor, los primeros tomos de una monumental enciclopedia, compendio del saber humano, o la catedral que pretende simbolizarlo para la eternidad. Sí, pero no olvides que tú lo único que pretendías era crear una fabulosa máquina de fabricar dinero; en fin, dinero y poder, como ya admitiste en más de una ocasión. Es cierto que eso está grabado con letra indeleble en el ADN de todo hombre, mas conviene no perder de vista ese grano de modestia que consiste en reconocerlo. Porque no me digas que tenías pensado utilizar ese dinero y ese poder para hacer el bien al género humano. Tú, en esos momentos no tenías ni la más puñetera idea de para qué querías semejante dinero y semejante poder, únicamente alcanzabas perfecto conocimiento de que te hallabas lanzado en una desenfrenada carrera por obtenerlos y que más valía que no surgieran obstáculos que plantearan severos problemas de conciencia, porque estabas dispuesto a todo. A mucho sí, a todo no, Leviatán. Y ésa es posiblemente la diferencia que nos separa; Leviatán tiene unos ojitos muy reducidos en comparación con su abultado cuerpo, adecuados para ver tan sólo la potencialidad de practicar el mal que contienen las cosas. Te equivocas, esos ojitos son tan pequeños para que no pueda ver ni el bien ni el mal en las cosas. Leviatán sigue su instinto y para él los objetos se ven reducidos a sus meras cualidades físicas de volumen, dureza y color. Te hallas ante el perfecto brazo ejecutor. Nadie me ha amenazado con el castigo eterno, pero si lo hubiera hecho, no albergaría ningún temor, puesto que no tengo alma. Soy una criatura inocente, anterior al concilio del pecado original. La fuerza con la que se me ha dotado es una fuerza telúrica. Dime. ¿Quién está detrás de ti, Leviatán? ¿A quién obedeces? ¿Qué entidad oculta te envía? Leviatán es insensible a las preguntas, aunque provengan de él mismo. Sigue contando tu historia, si todavía tienes ganas de hacerlo.&lt;br /&gt;Mefiboshet quitó la mesa y me dejó solo en la terraza. Tenía al alcance de mi mano los periódicos del día, pero no me apetecía leerlos. También me dije que cuando el pensamiento se convierte en obsesión improductiva, hay que aplacarlo. Había sabido lanzar a mis hombres, había conseguido acordarlos en un frenesí único, tenía una idea detrás de la cabeza, bailando en el occipucio de mi cráneo, tan sólo me restaba refrescarme los ojos y aguardar a que me presentaran datos, cifras, detalles concretos. Si seguíamos avanzando al ritmo con que lo habíamos hecho hasta ese momento, no tardaría en tenerlos. Entonces no haría falta reflexionar, todo estaba decidido, bajar la visera y lanzarse al ataque, golpear de una vez por todas en la testa del dragón.&lt;br /&gt;Me levanté para dar campo a mi vista. Desde la atalaya se contemplan todos los puntos de la ciudad, el mar, tras la barrera de edificios que jalonan el paseo marítimo, la escollera donde arrancaba mejillones con mi padre y donde atravesé por primera vez el río, a los seis años. Se han borrado muchas cosas de la memoria, pero otras permanecen indelebles, como un daguerrotipo sobre la conciencia, este chico ya nada, venga, pasemos a la otra parte y flanqueado por mi padre y un amigo suyo crucé aquellas aguas entreveradas de mar y de río, con un sabor único que no volverá, bajo un cielo infinitamente más azul y resplandeciente que los de ahora. Sentado en una roca, recibí los encomios entusiastas de ambos y gusté del mayor triunfo de mi vida. Luego, un poco más mayor, solía ir más allá, aguas arriba, a nadar bajo un puente cuyo arco también se divisaba desde la atalaya. Allí se reunió una vez toda una tribu de gitanos para ver cómo me lanzaba desde lo más alto, pero lo que no se me borrará nunca es la especial frescura del aire al iniciar la caída, debió ser hacia finales del verano, quizás ya en septiembre, cuando la atmósfera recupera el resplandor puro de los días soleados de invierno. Detrás se hallan las montañas donde, también en septiembre, solíamos ir de acampada, explorábamos sus recovecos solitarios, sus grutas, espiábamos sus animales, escalábamos sus cumbres; por la noche, al fulgor de la hoguera, escuchábamos la música de entonces. Regresábamos al pueblo para la feria, aureolados de aventura, nos poníamos de manga larga y en la escuela, con el olor de los libros nuevos, éramos un año más mayores. Lo mejor está vivido ya, Leviatán. Ahora, por lo que resta, podemos chalanear, si te apetece, pero sin demasiado entusiasmo. Veremos cuando suenen los clarines del último lance si hablas con ese mismo aplomo; con los afortunados, con los que han tenido el viento en popa en todos sus viajes, cuando llega el instante supremo, siempre ocurre lo mismo, el metal del que están hechos no ha sido templado en la fragua de la desesperación y se desmenuzan como si fueran hojaldre; por otra parte, ¿quién ha hablado de chalanear?, yo no. Poco vivirá el que no asista a ese último lance, Leviatán, los corazones han de ser copelados, cierto, para ver qué coño tienen dentro. El de Leviatán es de acero cromado, no se funde. Aunque fuera de diamante, siempre hay un fuego que lo derrite y un agua que lo disuelve, este mundo es un abismo donde no hay criatura viviente que no penda de un hilo. Si quieres prolongar tu existencia todavía un poco, cuenta más bien tu historia, ya que tus bravuconadas me aburren. Sigo con el relato, pero sólo porque no me complace dejar las cosas a medias. Habla pues, llena este hueco amable con palabras, ¿qué actividad, me pregunto, podría suplantar con éxito una grata conversación antes de ir a dormir?&lt;br /&gt;Permanecí en la atalaya hasta que el sol se hundió por completo en sus ardientes cobijas de oro. Luego, dando un lento paseo, regresé directamente a casa. Llegué cuando ya era noche cerrada. Bajé mi ordenador portátil a la mesa del jardín y me dispuse a escrutar vidas ajenas como un dios que se ha aburrido de todo excepto de castigar. Elegí el epígrafe de Verónica de la Mata, entré en su página y comprobé que no había documentos audiovisuales disponibles para la descarga. No obstante, opté por colarme de rondón en su residencia.&lt;br /&gt;En el comedor encontré a una pareja extraña por varios modos. En un extremo de la mesa, de espaldas a la cámara, un hombre rechoncho, luciendo una coronilla con un diámetro considerable, vistiendo un traje blanco de lino que hacía todo lo que podía para dar un mínimo de elegancia a aquel cuerpo de tapón de garrafa. En el otro extremo una paloma torcaz a punto de alzar el vuelo, una jineta furiosa, una gacela veloz y esbelta, una mujer revestida de sol, es decir, Verónica de la Mata ataviada con una mínima y sugerente combinación de lencería. Cuando vi a unos ensabanados y enturbantados sirviendo el condumio en bandejas de plata, se disiparon todas las dudas y supe que se trataba del príncipe de marras que contrató al melenudo chupador de caramelos para sus labores de espionaje. En todo caso, no parecía ser un gran conversador, el moro de la morería, pues con Verónica apenas intercambió palabra y a los criados les hablaba por señas, mediante signos convenidos, para la confección de los cuales a veces empleaba los dedos. Tampoco ella, que debía estar al corriente del carácter taciturno de su insigne huésped, hacía nada para animar la conversación, se limitaba a dejarse contemplar.&lt;br /&gt;Sin pérdida de tiempo llamé al móvil de Milos. El león rampante se halla en la guarida de la gacela, quiero que apañes con la mayor celeridad posible un dispositivo de seguimiento que contemple la máxima discreción. Milos sabía perfectamente a qué me refería.&lt;br /&gt;Terminado el ágape y la infinita procesión de mamelucos con postres y brebajes humeantes, sin decir esta boca es mía, el prócer fue a sentarse en el canapé. Verónica avanzó majestuosa e imponente hacia él, se arrodilló entre sus dos piernas abiertas, inclinó su cuerpo hacia delante. La oreja de uno de los sillones le ocultaba la cara, pero el cabeceo armónico al que se veía sometida su melena no dejaba el menor espacio para la duda respecto a la operación que estaba realizando. A los cinco minutos de consagración metódica e ininterrumpida a su labor, sonó el móvil principesco. Antes de abrir la comunicación ordenó con despotismo: ¡sigue! Verónica obedeció en silencio. Por su parte, el tan agasajado como ilustre varón escuchaba con seriedad gallinácea el contenido de la información que vertía en su oído el invisible interlocutor. Al final concedió. Muy bien, allí estaré. Cortó la conversación y guardó de nuevo el móvil en el bolsillo. Pasó largo tiempo antes de que se dignara mirar a Verónica. Mientras tanto, yo me repetía, con las más variadas estructuras sintácticas, que ese móvil debía ser intervenido lo antes posible de la manera que fuese.&lt;br /&gt;La mencionada operación, que el principal interesado observaba con un ojo distraído, duró un rato considerable. Al cabo, debió hacerle un gesto a Verónica que no pude contemplar, pues ésta se puso en pie y se dirigió hacia la mesa donde se quedó apoyada. El príncipe fondón no tardó en seguirla. Entonces hicieron de nuevo su aparición los ensabanados. Uno de ellos tomó a su cargo el pantalón y los calzoncillos que su señor le había confiado, pero no desapareció con ellos sino que se limitó a hacerse a un lado, otro parecía estar allí a la espera de una orden cualquiera y un tercero acudió con un escabel que colocó detrás de Verónica, una vez que ésta se hubo puesto en posición. No hacía falta menos que eso para que su serenísima pudiera montar la yegua pura sangre que tenía delante, la cual, en el momento de ofrecerse, le obsequió con una sonrisa retrechera increíble por cuanto que se sabía era venal, a menos que esa naturalidad y gracejo no le vinieran del sano regocijo por lo cómico de la situación. El único rasgo viril lo tuvo cuando bramó como un toro en el momento del clímax. Después, con la prosopopeya de un urogallo, bajó del escabel, alcanzó los calzoncillos y los pantalones que el familiar le tendía y sin despedirse tomó las de Villadiego.&lt;br /&gt;Gracias a la languidez de Verónica, los hombres de Milos pudieron tomar posiciones, identificar a la guardia del príncipe y seguirlos a todos, por tramos, no hasta el rimbombante hotel que había imaginado, sino hasta la fastuosa mansión en que moraba cuando residía en la ciudad, naturalmente vigilada como un cuartel en territorio ocupado. Utilizando la dirección y las imágenes obtenidas, la agencia se puso de inmediato a averiguar la identidad del aristócrata de la morisma.&lt;br /&gt;Mientras todo eso tenía lugar, yo, siguiendo el consejo de Milos, leía en nuestra Web privada la primera transcripción hecha por Nicolai de una conversación interceptada en casa de Evgueni. El traductor precisaba que en ella intervenían ocho personas, a saber, el propio padrino, esporádicamente su esposa Lizaveta que efectuaba frecuentes entradas y salidas en el área, y sus seis lugartenientes, Igor, Loukian, Kostia, Iván, Gavrila, Iouri. Todos estos nombres aparecían en la conversación, así como sus funciones dentro de la estructura mafiosa aclaradas por el contexto. También la tengo aquí, a mano, en este mismo legajo.&lt;br /&gt;Hoy la vodka de las reflexiones serenas, Lizaveta, las autoridades aquí presentes necesitarán apelar a toda su ecuanimidad para zanjar con suficiencia el orden del día. La mejor vodka de las reflexiones serenas que conozco es el agua bien fría, la que bajan de la sierra de Granada; pero en fin, ésa es una razón de mujer, que una asamblea de machos sabe despreciar como se debe, aquí y en Siberia. No es eso, querida, es que para actuar, e incluso para pensar, a veces es mejor mezclar un poco de agua con un poco de fuego. Pero ya conoces nuestra legendaria frugalidad, raramente vamos más allá de un solo vaso de cualquiera de nuestras vodkas, que sientan todas bien. Además, ahora lo sé de cierto, en general, bebemos la misma vodka que los miembros del gobierno, sólo que cuando ellos toman una vodka de ataque, nosotros tomamos otra de reflexión y viceversa. También, cuando nosotros tomamos la vodka de los triunfos, ellos toman la de las amarguras y al contrario. Pero no nos alejemos del objeto de la presente reunión. En mi entrevista de esta mañana con el señor Lemos Torquemada, hemos llegado a un acuerdo sobre el precio del complejo urbanístico “Las torcaces”, si bien nada se ha firmado por el momento, de modo que todavía podemos echarnos atrás si lo consideramos oportuno. Éste será pues el eje de nuestro debate, la conveniencia de firmar o de renunciar a dicho contrato de compra. Para facilitar el examen de la cuestión, expongo brevemente las circunstancias que lo rodean. La llamada loma de las torcaces se encuentra en una zona no urbanizable, dado su interés ecológico y paisajístico. Muy probablemente, cuando empiecen a talar los olivos, a entrar las excavadoras y demás maquinaria pesada en estos terrenos, algunas asociaciones bienpensantes o grupos políticos sin representación en el consistorio, o muy marginal, pondrán el grito en el cielo y obtendrán un eco en ciertos sectores de la sociedad. Tal vez la prensa se ocupe de ello y la noticia salte los lindes del término municipal. Lemos me ha mostrado la documentación aferente y todo está en orden desde el punto de vista legal, pues el municipio ha acordado las oportunas licencias; si falta hubiere, ésta sería considerada como interior al consistorio. De lo cual ya tenía conocimiento a través de Ruano, quien, una vez más, ha efectuado un excelente trabajo. Tanto uno como otro, me han dado garantías de que, dentro del Ayuntamiento, ninguna voz se alzará contra el proyecto. El problema surgiría si, según el modo que acabo de sugerir, el asunto se les fuera de las manos. Tal y como están las cosas, la inmobiliaria Lemos saldría perdiendo. Si firmamos, obviamente perderíamos nosotros, jamás recuperaríamos el capital íntegro invertido. Dada la situación en que se encuentra el señor Lemos Torquemada, presumo que no admitirá un aplazamiento, antes al contrario, buscará un comprador más osado y sabemos por experiencia que no escasean por estos lares. Aparte de estas consideraciones internas a este particular negocio, nos enfrentamos a la dificultad suplementaria de que, si nuestros temores se confirman, el gobierno vigila ahora nuestros pasos desde muy cerca, su largo brazo ha alcanzado la ciudad y este hecho, prácticamente probado, constituye una grave amenaza para nosotros. Ésta es, en líneas generales, la situación a la que debemos enfrentarnos.&lt;br /&gt;Mi opinión es que debemos dejar de lado los complejos y admitir, de una vez por todas, que somos un grupo mafioso y que debemos actuar como tal, utilizando los medios de presión que están a nuestro alcance. Eso es lo que, según creo, esperan de nosotros tanto los miembros del ilustrísimo Ayuntamiento como el señor Torquemada y sus consejeros. Si alguna voz casquivana se alzara, te aseguro que conozco una buena docena de métodos, y me quedo corto, para hacerla callar. Esas asociaciones de las que nos hablas, son fácilmente previsibles. Basta con vigilar a sus cabecillas y al menor desliz o veleidad de desliz, dejar caer algunas palabras en el cáliz de sus oídos. Estoy seguro que entenderán.&lt;br /&gt;¿Es ése el parecer de todos? Absolutamente. Fantástico. El apartado siguiente debe contemplar las modalidades de canalización de ese dinero. Amenhotep transferirá, por supuesto, el aporte principal, pero no carecería de interés y de oportunidad recoger las colas de las remesas pendientes que corresponden a las diversas actividades. Eso evitaría el correspondiente viaje de ida y vuelta a Gibraltar de los fondos que puedan ser asimilados por las sociedades pantalla de que disponemos y rápidamente invertidos en dicha operación. Ni qué decir tiene que ello no incumbe a las partidas desmesuradas del tráfico de armas, o de droga, que no conviene fraccionar ni retrasar; por el contrario, los sectores de Iván o de Kostia, pueden aprovechar la ocasión para vaciar cajas y subsuelos demasiado henchidos. Ello no es óbice para que tanto Igor como Loukian, si disponen de algún remanente disperso, algún pago no efectuado o una inversión no realizada, puedan incluirlos en este expediente. A tales efectos, os propongo la siguiente agenda, mañana a primera hora cada uno hace sus cuentas, por la tarde os reunís con Gavrilia y hacéis balance. Por la noche, Gavrilia me comunica el resultado. Mientras tanto, Iouri y yo mismo nos encargaremos de diseñar un plan minucioso por cuanto atañe a las medidas de seguridad indispensables. Pasado mañana, con una carpeta bien ordenada y unas cuentas claras, nos plantamos en el gabinete de Virgilio Piñera, con quien voy a tomar cita ahora mismo. Gavrilia me acompañará. Iouri, tú te encargarás de cubrir nuestra retaguardia y de abrir bien los ojos para ver si alguien nos sigue. Reconozco que es una excelente oportunidad para colocar un buen paquete de dinero, pero por otra parte los últimos acontecimientos me han alarmado seriamente y ello porque ese movimiento por parte del gobierno era de prever. La verdad es que los estaba aguardando; mas, como sucede siempre, llegan en el peor momento, o por lo menos en el de más compromiso.&lt;br /&gt;No te preocupes, por ahora les toca beber a ellos la vodka de la ansiedad y de la espera. Yo me encargaré de que sigan bebiéndola durante mucho tiempo. Nosotros, en cambio, si todo sale bien, podremos permitirnos abrir unas cuantas botellas de la vodka del triunfo que tienes preparada para las grandes ocasiones. Ésa la beberemos en “el ánfora”, con mis sirenas, donde nos correremos una parranda memorable. No hables tan alto de tu ánfora, Iván, que si te oye mi mujer, en vez de vodka beberemos un día de estos matarratas.&lt;br /&gt;Resultaba obvio que para el día siguiente debía convocar, a mi vez, una cumbre extraordinaria en la atalaya. Nos reunimos pues a las nueve en punto de la mañana, esta vez en el despacho, alrededor de la gran mesa que había mandado poner en el centro. Dejé el que creía plato fuerte de los rusos para el final y comencé por nuestro príncipe de la Arabia Feliz. ¿Conocemos ya su identidad, Vuk? La conocemos, en efecto. Se trata del príncipe Moshin, hijo del príncipe Seifu-l-Muluk, ministro de la defensa, y de Bedietu-Ch-Chemal, una concubina del padre. Se educó en los mejores colegios y universidades británicos, completó su formación en la Royal Air Force College de Cranwell. Al principio tuvo que hacerse con dificultad un hueco entre la regia parentela que pululaba en su contorno, hasta que logró ganarse definitivamente la confianza de su ínclito progenitor gracias a su despierta inteligencia y a un innegable don de gentes. Durante los años ochenta fue embajador en los Estados Unidos y en tanto que tal desempeñó el papel de lazo de unión entre su familia y la administración norteamericana, gozando de un acceso directo, sin precedentes, hacia los presidentes y altos oficiales de la misma. Después regresó a su país, donde ocupa un puesto clave en el ministerio de defensa. Es inmensamente rico, como lo son todos los integrantes de su estirpe. Fue él quien negoció con el gobierno británico, en 1985, el acuerdo llamado al-Yamamah, o la paloma; el cual, a pesar del nombre que lleva, constituía en realidad un colosal convenio de entrega y mantenimiento de material militar. No era pues una paloma blanca de la paz y sí una paloma mensajera que se infiltra entre las líneas enemigas. Tal era la envergadura de la operación, que se considera como el mayor contrato de exportación jamás realizado por los británicos. Las malas lenguas aseguran que dicha transacción contribuyó notablemente a acrecentar su ya portentosa fortuna, mediante el cobro de comisiones ocultas. Es una lástima que esa paloma haya levantado el vuelo hace ya tanto tiempo. No ha muerto, sin embargo, intervino Felipe. ¿Qué quieres decir con ello? Pues que el exorbitante contrato contemplaba tres fases, de las cuales únicamente se han cumplido dos. Un asunto de esa envergadura constituye una obra a largo plazo, sólo el acuerdo referente al mantenimiento supone contactos casi permanentes cuya duración resulta imprevisible. De modo que otra vez, sin buscarlo, hemos puesto el dedo en la llaga. Esto es más que una llaga, se trata de una auténtica infección a gran escala en un cuerpo inmenso. Hay dos estados implicados, el equilibrio de una zona sensible comprometido, posiblemente altas personalidades en la cuerda floja y sobre todo montañas de dinero solvente en juego.&lt;br /&gt;Si no te faltó pues, como veo, el consejo sensato y la palabra justa, hay que concluir que te faltó discernimiento. Es posible, los abismos tienen su particular fascinación. A la que sólo los locos sucumben. Pero en fin, toda la culpa no fue vuestra. Gran parte de la responsabilidad incumbe a la cáfila de chapuceros de buena familia que suelen realizar ese tipo de operaciones. Sólo cuando el asunto entra en una incontrolable espiral hacia abajo entonces, como último recurso, acceden a solicitar la intervención de un verdadero profesional, el cual ya no tiene otro remedio que comportarse como el cirujano de hierro. Estos mampolones, por descuido o por inepcia, que en el fondo viene a ser lo mismo, dejaron que unos niños, adoleciendo todavía de las rozaduras producidas por los pañales, penetraran con antorchas en la santabárbara del barco. No, si cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que la cosa tiene huevos, pero de verdad.&lt;br /&gt;Felipe explicó con sus particulares dotes de pedagogo que las grandes firmas suelen contratar agentes locales, en países cercanos a paraísos fiscales, a fin de negociar, con total libertad para practicar ciertas inducciones tan sugestivas como poco ortodoxas, voluminosos contratos. No era la primera vez que intervenía en asuntos de esa índole, empleado por empresas rivales. Bien podría darse el caso de que nuestro príncipe hubiera elegido residencia fija en estos parajes, que no carecen de valor estratégico por las razones anteriormente indicadas, para tratar con mayor comodidad el fabuloso negocio que se trae entre manos. Los árabes, en todo caso, tienen para estas cosas una especial predilección por Al-Andalus, pues la consideran como una patria perdida únicamente por avatares de la historia pero secretamente reivindicada y si no puede ser reconquistada por las armas, como en 711, tal vez lo sea por el dinero; la puerta por la que pretenden penetrar es, en todo caso, la misma, me refiero a Gibraltar. Aquí se bañan en sus calas privadas con su nutrido harén, pescan doradas desde sus nacarados yates con bañeras de oro y se entrevistan a menudo con los agentes del terreno mandatados oficiosamente por colosos de la industria occidental. De modo y manera que la caverna de Alí-Baba bien podría encontrarse en los sillares de nuestro vecino peñón de Gibraltar, controlado, para colmo de males, por la pérfida Albión. Así lo pienso yo también ¡yé monarca, el afortunado!&lt;br /&gt;Bueno, Vuk ¿y qué pasa con nuestros amigos bebedores de vodka? También ellos parecen gravitar en torno al peñón. En efecto, los satélites que giran alrededor de la roca forman un verdadero cinturón de asteroides y de lunas. Gibraltar, como otros muchos centros financieros extraterritoriales creados para responder a las acuciantes necesidades de la globalización neoliberal, se beneficia de la permisividad internacional en materia de fiscalidad, su territorio se halla eximido de la legislación y de la política económica comunitaria en lo que se refiere, por poner un ejemplo, a la aplicación del IVA. Como centro de actividad financiera, se ha especializado en el registro de sociedades exentas del pago de impuestos mediante el abono de una moderada tasa anual que oscila entre 300 y 550 libras, las cuales no manifiestan ninguna actividad mercantil local y cuyo número supera con creces al de los habitantes del reducido enclave británico, pisoteando de este modo las normas comunitarias de la competencia. Tales paraísos fiscales han sido utilizados rápidamente, no sólo para evadir los impuestos de las grandes fortunas y de gigantescas entidades, sino también por las redes internacionales del blanqueo de capitales. Se trata de sociedades tapadera que ocultan complejos entramados de empresas dedicadas especialmente a las inversiones inmobiliarias, tanto en la costa mediterránea como en la atlántica. De este modo, transforman en activos declarables los fondos del narcotráfico y de la economía criminal. Hacienda no ignora que el sector inmobiliario es refugio del dinero negro y que algunas entidades ofrecen productos opacos para colectar ese capital, una de cuyas características es la no desdeñable de esconder la verdadera identidad del cliente a través de sociedades en las que figuran como accionistas y consejeros personas interpuestas. Los bancos mismos abren filiales off Shore para poder aceptar fondos sobre los que más vale cerrar los ojos o bien provenientes de otros paraísos fiscales, para poder prestarse a la construcción de fideicomisos o Trust, utilizados enseguida por el dinero sucio para transitar hacia ellos por medio de sociedades ficticias.&lt;br /&gt;Todo parece indicar que el holding Amenhotep ha echado sus potentes raíces en la roca para desde allí operar según el método descrito. Pero ello bajo la atenta mirada del dragón ruso, que se considera legítimo custodio del fabuloso tesoro robado por unos modernos argonautas sin escrúpulos, aguardando el menor error, el más leve paso en falso, para saltar sobre ellos y arrancarles con sus garras aceradas el pérfido corazón.&lt;br /&gt;Esa noche soñé que los murciélagos se lanzaban como pilotos suicidas contra mi carne y se quedaban incrustados dentro como las piedras que echan los niños contra el barro de una ciénaga. Luego quedaba una llaga purulenta en el lugar del impacto. Me desperté no muy inquieto, pero chorreando de sudor. Entonces recordé que había tenido otro sueño, la casa estaba derruida, bajo el sol, apenas quedaba en su sitio una porción del techo. Yo me hallaba colgado por los pies de una viga, con las manos atadas a la espalda, y boca abajo veía al esqueleto amarillento de las danzas macabras segar con su guadaña, pausadamente, la maleza que había crecido en su interior. Consulté mi reloj y eran apenas las cuatro de la madrugada. Atravesé la ciudad adormecida, donde aquí y allá cantaban aún los borrachos, parques mudos donde jóvenes desarrapados dormían el sueño frío de las drogas duras junto a sus propios vómitos, hasta llegar a la multitudinaria arena de la playa a la que la luna sigue instruyendo sobre los secretos del tiempo. Me eché de cabeza en su cauce de plata y nadé con rabia hasta el amanecer.&lt;br /&gt;Tras una ducha y un desayuno, rápidos ambos, encaminé mis pasos de nuevo hacia la atalaya. Mefiboshet me trajo un café para acompañar a los otros en la terraza, durante su primera colación del día. Los hombres de Milos se iban a limitar a observar de lejos la entrada de Evgueni en el edificio donde se hallaban las dependencias que integraban el gabinete del abogado Virgilio Piñera, letrado con cierto renombre en la región. Milos supervisaría la acción y Vuk le acompañaría para familiarizarse con el lugar. Estaba claro que ese despacho desempeñaba para Amenhotep la misma función que el gabinete jurídico Galíndez-Lastarria para Ruano y sus secuaces, crear y gestionar empresas pantalla. Sólo que aquél parecía orientado más bien hacia el repetidor local del peñón. Entonces era lógico pensar que la medicina aplicada a uno sería igualmente efectiva para el otro, pero había que aguardar el parecer técnico de Milos y de Vuk.&lt;br /&gt;De repente todo el mundo se eclipsó para atender a sus respectivas ocupaciones. Mefiboshet vino para anunciarme que bajaba a comprar los periódicos. Me quedé solo en ese puente de mando y decidí afrontar las decisiones que debían tomarse durante los próximos días. Respecto al príncipe Mohsin, resultaba palmario que no iba a ser fácil introducir en él ese gusanillo que nos cuchichea todos los secretos, dado el numeroso séquito que lo rodea y protege permanentemente. También era obvio que nuestro primer intento debía pasar por Verónica de la Mata. Teníamos, cierto, unas imágenes suficientemente comprometedoras para hacerla entrar en razón. Sin embargo, la pavorosa fulguración que destellaron sus ojos bajo las candilejas del teatro, me hacía dudar. La sospecha de que nos las estuviéramos jugando, las pesetas, con una diabolique de Barbey d´Aurevilli, comenzó a ganar terreno en mi mente. Pero, por la misma razón, me conforté en la idea de que había hecho bien en mostrarle mi alfil. Decidí que el carácter de la moza, así como el peso de cuanto estaba en juego, bien merecía un doble plan, una doble red, para que todo lo que escapara a la primera fuera recogido por la segunda. Realmente Nicolai se hallaba en vías de encontrar su posición como pieza esencial en el conjunto del mecanismo, aunque en esa ocasión lo enviaba con la conciencia absolutamente tranquila, dando por seguro que lo encaminaba hacia la más soberbia parranda que se hubiera podido correr en su vida, con la añadidura de que sería, paradójicamente, una parranda útil.&lt;br /&gt;Respecto a Evgueni, el caso no apelaba al mismo procedimiento. Si lográbamos tener acceso a los archivos de Piñera, habría que hacer uso de ellos sin pérdida de tiempo y matar así dos pájaros de un tiro. Por un lado, venderlos a un precio razonable a quien bebía los vientos por ellos y sabría pagar con gusto el diezmo que le pidiéramos. Por otro, crear un vacío a la medida de nuestro cuerpo, pues es su vacío lo que le da la utilidad al vaso y, en este puñetero mundo en que vivimos, no son nada despreciables las artes del alfarero. Se cuenta que Dios mismo, antes de crearlo, tuvo que fabricar un hueco oscuro para hacer en él la luz y ocuparlo con ella. Aparte de que, a partir del momento en que dichos archivos obraran en nuestro poder, no sería sólo Evgueni quien removería cielo y tierra para dar con nosotros, sino que a Evgueni se sumaría el terror de Evgueni y ése ya es, desde luego, harina de otro costal. Era evidente que se imponía una negociación. Sin embargo, habrá que encaminarse con el pedazo de queso hasta la boca del lobo y semejante expedición, aunque no se llevaría a cabo sin las debidas precauciones, nunca carece de peligro. Por eso, a partir de ese mismo instante, comencé a comedir bien el plan y no tuve que darle muchas vueltas puesto que se me apareció enseguida, de una pieza, ante los ojos de la imaginación, punto por punto, como si lo esencial ya lo hubiera vivido. Hice una lista con lo que íbamos a necesitar, en caso de que mis previsiones resultaran acertadas, para nuestro viaje a Rusia, y dado que algunas gestiones debían iniciarse con tiempo, determiné tratarlas con Milos en la primera ocasión que se presentara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debo admitir que vivimos unos tiempos agitados. No nos hallamos en pleno invierno del mundo ni en pleno verano, sino en una juntura entre ambos, durante la cual no son infrecuentes los encuentros de masas de aire con temperaturas muy distantes, que producen choques térmicos con consecuencias nefastas. Sin embargo, esa nube de furia que se desarrolló en unas cuantas horas y luego descargó en un solo punto una tercera parte de un mar del cielo, preludio de lo que iba a ocurrir en el mundo físico un par de meses más tarde, eso es un hecho ciertamente extraordinario y que no deja de ser sintomático de los tiempos que nos han tocado en suerte, una época en que el hombre pretende, en su irreversible, al tiempo que ilusorio, proceso de endiosamiento, ponerse al abrigo de la contingencia al precio que sea. Para ello, en política ha conseguido al fin matar de raíz las revoluciones, en finanzas elaborar numerosas fórmulas para obtener la riqueza fácil a la vez que se le abren al dinero sucio, al dinero inmoral, unas puertas secretas para que entre en la economía legítima y, por si fuera poco, en climatología crear una zona estable que garantice una actividad laboral continuada para los países desarrollados. La naturaleza, sin embargo, jamás dejará de sorprender al hombre, en especial durante esos momentos de soberbia insensata y culpable en los que éste albergue el convencimiento ilusorio de que la domina con su ciencia y su tecnología, le pone diques y barreras al frío y a las borrascas de nieve para que no impidan a los trabajadores acceder a las fábricas y que no se pierda ni un solo día hábil, pero esa energía terrible es desplazada a otra parte del mundo, donde se forman olas gigantes que sepultan comarcas o tifones que arrancan los cimientos de las fortalezas antiguas. Y de allí vuelven a su lugar de origen para levantar por los aires copas de árboles como si fueran plumas. Nos hallamos en un período, que tal vez no haya sido el único en la historia, en que la humanidad, por una cuestión mezcla de egocentrismo, comodidad y engreimiento, quiere ponerle un cabestro a la naturaleza y ésta aguarda tan sólo, fingiéndose dormida, profiriendo únicamente algún que otro ronquido falso, a sentirse a los más audaces trepando por su cuello, para entonces sacudírselos a todos como pulgas.&lt;br /&gt;Dios ha puesto los leviatanes sobre la tierra para que el hombre comprenda, pero éste tiene una dura cerviz, una cabeza de pedernal con una masa de fango en su núcleo. Es capaz de ingenio, pero no de inteligencia, porque la verdadera inteligencia, está bien claro en el libro de Job, es el temor de Dios. Hablas como si fueras algo más que un asesino a sueldo. Leviatán recibe con gusto las treinta monedas, pero si anda suelto es porque se han abierto ya las compuertas del terror y de la destrucción y porque han llegado los días malditos del llanto y el crujir de dientes.&lt;br /&gt;Ese día, en cambio, visto desde lo alto de la atalaya, parecía destinado a la eternidad. A esa hora todavía temprana de la mañana, de la compacta masa del sempiterno azul celeste parecía emanar un suave frescor, los gorriones revoloteaban con brío entre las cornisas y los cables de la luz, en esos riscos blanqueados y soleados del paisaje urbano donde se sentían inalcanzables, las zigzagueantes golondrinas eran unos cursores negros dibujando en las alturas los jeroglíficos de la libertad. Se respiraba una serenidad resplandeciente que extraía del cuerpo los instantes más plenos de los veranos más remotos y la piel parecía recubrirse del refrescante bálsamo de la resurrección. Mi memoria operó la devolución de todo mi cuerpo al sol de los años sesenta, al aire de entonces, a aquellos cielos pasados, cúpula y crisol vivo de la luminosa infancia, con su jaula de jilgueros en la sombra, con las primeras lecciones aprendidas en los olvidados libros de texto y las primeras lecturas, con su brisa de mar y su brisa de río, con sus ensoñaciones febriles envueltas en el aliento denso de los naranjales, que se cree perdida pero que, de repente, con la excusa de la más insignificante reminiscencia, nos llena la cara con su soplo vivificador. Sin saber lo que hacía, me levanté con un impulso tan irrefrenable como inconsciente y me dirigí al extremo de la terraza para contemplar el mar, para avizorar el horizonte de oriente, como si mis ojos quisieran, por sí solos, abrirse un camino, mostrarme una dirección, urgirme y arrastrarme a la lucha. De repente me vi en el puente de un barco, las velas henchidas, el tajamar hendiendo las olas y haciendo saltar por los aires una espuma blanca como la leche y en mis venas la sangre bullía y se agitaba con un estruendo de abordaje. Alcé los ojos, ante mí se hallaba Faros de Alejandría.&lt;br /&gt;Hacia mediodía regresaron los expedicionarios. Los ojos de Milos refulgían con un brillo acerado que reflejaba júbilo contenido. A pesar de eso, cuando le pregunté si consideraba hacedero lanzar el asalto esa misma noche al edificio de Virgilio Piñera, se quedó parado como si lo hubiera convertido en su propia fotografía. Sin salir de su estupor consultó los ojos de Vuk, pero éste respondió con un gesto afirmativo perfectamente aplomado. Así sea, repuso Milos, un tanto excedido, comamos ahora. Mefiboshet estaba allí para oírlo, por lo que dio media vuelta y se dirigió a la cocina, regresando a poco con una gran olla humeante. Arroz caldoso con sepia, declaró. Y lo fue sirviendo en vastos platos llanos para que se enfriara mejor. Para Mefiboshet, a mediodía se comía caliente, poco importaba que el ardor del aire quemara las pestañas, ése parecía ser uno de sus más firmes principios en materia culinaria. Y nadie levantó jamás la menor protesta, ni siquiera la más leve insinuación irónica. Los platos que aterrizaban en la mesa de la atalaya eran siempre esperados y recibidos con reverencia.&lt;br /&gt;Con los cafés y el consabido puro, se vio bien a las claras que el plan estaba, en el fondo, bien meditado. Los dos hombres habían discutido previamente todos los pormenores del mismo; incluso, a la partida de Evgueni y sus secuaces, habían efectuado algunas averiguaciones tan discretas como útiles. Lo único que no debía entender Milos era esa precipitación. Y yo no podía explicársela porque, a decir verdad, tampoco la entendía. Tú no sabías que habías iniciado una atropellada carrera hacia un fin inmediato, pero algo o alguien dentro de ti percibía bien el vértigo de la caída, la oscuridad y el silencio del abismo. La fosa, cuando se abre para recibirnos, hace sonar siempre un cuerno, una llamada terrible que no se oye con los oídos del cuerpo, pero no escapa a la percepción de nuestro espíritu. El tuyo la había oído y quería acabar pronto las últimas diligencias en las que se había visto envuelto, eso es todo. Admito que no resulta descabellada tu idea, ya Freud nos advirtió en su momento que no somos los dueños de nosotros mismos. Tal vez el verdadero amo que se oculta tras los velos de sombra, en las estancias y los parajes de los sueños, hubiera percibido el fin de este cuerpo que se ha de comer la tierra y decidiera adoptar la vía rápida como única solución abordable. Pero la vía rápida es siempre peligrosa. Y bien, ¿acaso debe el hombre rehuir el peligro cuando todos los demás caminos están cerrados? Una puerta envuelta en fuego abrasador es siempre preferible a una puerta cerrada. No obstante, los plazos y las etapas estipulados por la naturaleza deben ser respetados; de lo contrario, lo que se consigue es uno de esos frutos de pretemporada madurado en cámaras, cuyo color es parecido al que se obtiene si se le ha dejado el tiempo cabal en la rama, pero cuando se le come, amarga. Al poner los pies en Andalucía, lo primero que hice no fue precipitarme en tu búsqueda, sino que me detuve en el Hospital de la Santa Caridad de Sevilla, donde se conserva un cuadro que goza de gran reputación en ciertos ambientes. Se trata de una pintura algo macabra titulada “Finis Gloriae Mundi”, cuyo autor se llama Juan Valdés Leal. La conozco, esa pintura. La mayor parte de los exégetas interpreta la obra con arreglo al tópico del desprecio del mundo y sus falsos oropeles, consecuencia lógica del “vanitas vanitatum” tal y como se nos explica en el Eclesiastés. Existe, sin embargo, otra lectura del cuadro que no invalida la ya mencionada, sino que corre paralela a la misma. El autor de ese panorama siniestro nos invita a efectuar un recorrido que parte del resplandor de la luz del día, que se derrama desde la puerta de la cripta, hasta otra luz, sobrenatural esta vez, proveniente de una mano en cuyo dorso se observa el estigma de la crucifixión, pasando por las diferentes fases de la descomposición de la materia hasta alcanzar la final, representada por el montón de huesos, ya sin la estructura de la figura humana. Esa mano que irradia un tenue resplandor divino sostiene una balanza en un equilibrio casi perfecto. El platillo de la izquierda lleva la leyenda “ni más” y contiene los símbolos de los pecados capitales según unos, los de la caballería según otros, mientras que el platillo de la derecha lleva la leyenda “ni menos” y sostiene los símbolos de las virtudes según los primeros, los símbolos litúrgicos según los otros. Si detenemos nuestra observación ahí, obtenemos una enseñanza perfectamente salomónica pero poco cristiana, pues la buena nueva que nos transmite el Nuevo Testamento es precisamente la resurrección de la carne. No obstante, notemos que es la luz nueva de la regeneración la que ilumina el esqueleto, así como el osario. La transmutación podrá realizarse, siempre que se respete el equilibrio manifestado por la balanza, el cual regula también ese recorrido oculto y oscuro de la naturaleza, tan natural como el que se desarrolla a la luz del día. En los primeros peldaños de la escalera que inicia ese descenso a los infiernos se encuentra la lechuza de Minerva, la cual nos mira a nosotros, testigos de la escena, para decirnos que la inteligencia y el conocimiento deben acompañarnos desde el principio en ese proceso de metamorfosis total. Mas si se quiere tomar un atajo, si se le da más fuego del debido a la olla, ésta explota y la obra se malogra. Entonces aparece, como sucede en ese cuadro, la prostituta escarlata, signo de mal agüero. He ahí la moraleja que debes aplicarte, aunque sea tan tarde, por si acaso resucitas.&lt;br /&gt;Ya he dicho que vi enseguida en los ojos de Milos que el plan estaba madurado; además, hay momentos en que la naturaleza entera parece precipitarse toda por una catarata, mientras que en otros se halla como estancada, inmovilizada, en un apacible lago. Más tarde vendría mi otoño de involución, cuando unas hojas palidecen y otras se vuelven moradas como las filacterias de las coronas mortuorias, luego van dejándose caer perezosamente y pudriéndose muy despacio bajo la lluvia hasta confundirse con la tierra. También llegaría mi invierno, el de las ramas peladas y ateridas, fragmentando un cielo invariablemente gris, el del café amargo junto al cristal empañado de la ventana. Te equivocas al sugerir que los plazos no han sido cumplidos. Considera también que el primer asalto a la fortaleza de Virgilio Piñera constituyó todo un éxito. El segundo, en cambio, cuando se ha de volver para recolectar la información, casi fracasa debido a una circunstancia imprevisible.&lt;br /&gt;Pero no adelantemos acontecimientos. Tal como hicimos con la torre madrileña, decidimos aguardar tres días a que las nasas se llenaran de anguilas. Por mi parte me propuse consagrar ese tiempo al caso del príncipe Moshin, antes de que todas mis energías fueran aspiradas por el otro torbellino. Sin embargo, Felipe me había sugerido, cuando todavía me hallaba en la atalaya, que echara un vistazo en cuanto pudiera a la página de Alfredo Kloss. Al hacerlo, comprobé que habíamos conseguido introducir varias cámaras en la residencia de este conspicuo hombre de negocios. Lo encontré de nuevo tomando el desayuno en la misma mesa de la terraza, junto a los acantilados, en que había cenado con sus dos asociados, aunque esta vez se le veía de mucho más cerca, desde otra perspectiva mucho más cómoda y pude oír con una impecable calidad de sonido la conversación que mantuvo con su mayordomo. Eché un vistazo al depósito de las grabaciones y, en efecto, había una. La pinché. Mi pantalla se llenó con la imagen de Alfredo Kloss, de espaldas, mirando a su vez hacia otra pantalla de tamaño considerable, casi una pantalla de cine. En ella apareció la efigie de un conocido político a nivel nacional, con un poder tangible sobre el aparato autonómico, no el de aquí sino el de la Comunidad de Madrid, y con eternas aspiraciones a las más altas magistraturas del Estado. Todavía joven, sólo parecía esperar la ocasión propicia para dar el gran salto. Estaba acompañado de una mujer, joven también y atractiva, respecto a cuya personalidad deduje fácilmente que se trataba de Elena Castañeda Espejo, abogada y testaferro de Ruano, enviada plenipotenciaria de los tres secuaces reunidos durante la plástica cena en casa de Kloss, con poder de hacer y deshacer en nombre del trío. Ambos sostenían una copa de champán cuyo casco se hallaba en una mesilla baja, dentro de una corchera repleta de cubitos de hielo. En el interior del armario de la habitación contigua encontrarás una colección de lencería con la cual quiero verte desfilar ante mí, pero primero quiero averiguar cómo te has equipado tú misma para este lance. ¿No te parece un poco brusco y conminatorio como procedimiento? La verdad, no me esperaba esto de ti. ¿Ah, no? Vienes como una puta, mi deber es tratarte como tal. ¿O acaso tu presencia aquí no obedece al acuerdo establecido entre nosotros, según el cual tú te acuestas conmigo y yo firmo las licencias oportunas que os permitirán transformar antiguos palacios madrileños, verdaderas joyas arquitectónicas de la ciudad, en hoteles y restaurantes de lujo? Pasando con ello, como muy bien sabes, por encima de la legalidad vigente. Cierto; a pesar de eso, habida cuenta de los sentimientos que siempre has manifestado hacia mí, nunca había imaginado que tuvieras pensado tratarme de esta guisa. Sentimientos que, metódica e invariablemente, te has complacido en aplastar con la suela de tus zapatos de tafilete como si fueran una colilla. No se ama por decreto. Estoy de acuerdo, por decreto no se ama, se folla. Y eso es lo que vas a hacer esta noche. Te vas a dejar follar viva, si quieres que estampe esas dichosas firmas en los documentos correspondientes. Te vas a comportar conmigo como la real puta de lujo que eres, o de lo dicho no hay na. Bueno, no es que no haya sentido jamás nada por ti, incluso dudé al cerciorarme de la honestidad de los propósitos que albergabas; no quiero ocultarte que, junto a tus indudables calidades personales, pesaron también las prerrogativas que te venían de cuna, tanto por lo que comportaban de fortuna familiar como de influencia política en el centro neurálgico del poder, a nivel de las más altas esferas del Estado. Pero yo no me veía a la vuelta de unos años como una honorable matrona de la nación. Al menos no antes de gustar a una vida trepidante e independiente, en legítimo uso de mis prerrogativas de mujer moderna, dotada de una carrera universitaria y pertrechada con una fortuna propia y una innegable carga de atractivo personal, que no suele figurar muy a menudo entre los triunfos de las mujeres inteligentes, cultas y ricas. En virtud de lo cual, consideraste oportuno bañarte hasta las cejas en el lodazal más abyecto de la villa y corte. Has hecho bien, pues, en vestirte de púrpura y escarlata, ataviada con oro y piedras preciosas y perlas, así, tu copa está llena, no de champán, sino de cosas inmundas y de las impurezas de la fornicación. Elena no lo pudo sufrir eso y le lanzó a la cara el contenido de su copa. Pero el prócer la agarró de la muñeca, la atrajo hacia sí y la besó largamente. Ella entró en razón y se dejó hacer, pensando tal vez que también él había entrado en razón. No obstante, si acaso se había arrepentido de la extrema dureza de sus palabras, pronto se advirtió que se había arrepentido de arrepentirse y con la misma mano con que la había agarrado la empujó hacia atrás. ¡Chupa! Y diciendo esto se dejó caer en el sofá. ¿Qué? ¡Que mames, te digo! Elena no protestó ya más. Alzándose un poco su ya exigua y estrecha falda para poder arrodillarse ante el inflexible hombre público, le desabrochó, no sin cierta habilidad, el cinturón, bajó la cremallera del pantalón y agarró con decisión la vara que cabeceaba como el mascarón de proa de un buque. Tan sólo se demoró el tiempo necesario para apartarse a un lado el mechón que le había caído sobre la cara. Lo que sigue terminó como debía terminar.&lt;br /&gt;Verónica de la Mata se estaba desperezando cuando me conecté con la cámara de su habitación, en la que el sol entraba a raudales. No tardó en levantarse y vestida con una leve saya se dirigió a la cocina, donde alguien le había preparado un desayuno completo. Una vez hubo dado buena cuenta de él, se puso un vestido muy corto y muy ceñido al cuerpo y salió de casa. Yo sabía que alguien estaba apostado no lejos de la puerta de la misma y que iba a seguirla a todas partes, como nos sigue la luna aunque cambiemos de país.&lt;br /&gt;Llevé mi ordenador hasta la cocina para seguir pasando revista al repertorio de mis personajes de película mientras me preparaba mi propio desayuno. Pinché a continuación el nombre del príncipe de las mil y una noches. No había aún ninguna grabación, pero sí un informe con fotos tomadas mediante una cámara provista de lentes de gran potencia. Se le adivinaba a través de los cristales tintados de un potente modelo de Mercedes saliendo de su fantástica mansión, vestido a la moda occidental y disimulado el rostro por unas oscuras gafas de sol, acompañado de su habitual séquito. Junto a la fotografía, el texto daba las oportunas precisiones de tiempo y lugar. Luego venían unas cuantas fotos que mostraban el susodicho Mercedes tomado desde atrás, alejándose de la ciudad, con las montañas a proa. Otra nos lo presentaba entrando a una propiedad privada, al tiempo que, tras él, unos campesinos cerraban una alta barrera. No necesité leer la explicación pues reconocí la posición de aquella finca. Se hallaba situada a una altura en que las tierras de labranza comienzan a acusar, todavía con suavidad, las primeras pendientes de la falda de la montaña. Por fin, era evidente que los hombres de Milos habían tomado posiciones entre los naranjos, lo más cerca posible de una casa rústica bajo cuya parra aparecía el príncipe Mohsin, sentado en una silla de enea con el respaldo apoyado indolentemente contra la encalada pared, junto a otro hombre dotado de una apariencia en verdad curiosa, frente ampliamente despejada, si bien tras ella arrancaba una cabellera leonina que le llegaba hasta los hombros, barba poblada y luenga, tan negra como la melena y una mirada oscura y profunda, para cuya proyección necesitaba agacharse ligeramente, como un toro cuando se dispone a embestir. Parecía un fauno o un antiguo dramaturgo griego, en fin, cualquier cosa excepto lo que era.&lt;br /&gt;Despaché mi sumario desayuno, me puse encima lo primero que encontré a mano y encaminé mis pasos hacia la atalaya donde esperaba obtener rápidas noticias a propósito de las actividades de Verónica de la Mata, así como del príncipe Mohsin o de su estrafalario, al tiempo que bucólico, contertulio de la casa campestre. Sin embargo, no encontré en ella más que a Mefiboshet, quien me dijo que todos habían alzado el vuelo de buena mañana, excepto Nicolai que trabajaba frente a su ordenador, encerrado en su habitación. Esa vez sí me puse a leer los periódicos del día y no paré hasta que las aves comenzaron a regresar al nido para la comida de mediodía. Mientras abordábamos con precaución el guiso de anguilas que nos había presentado nuestro cocinero, cautela que obedecía a varias razones, primera porque ardía, segunda por lo picante y tercera por la anguila que, de entrada, no parecía convencer a todos, aunque lo cierto es que, a medida que se iba enfriando, el contenido de los platos fue desapareciendo cada vez con mayor rapidez, recibí la información que ansiaba.&lt;br /&gt;Verónica había ido a parar a una especie de gimnasio mezclado con escuela de danza y centro de belleza como los hay por doquier hoy en día, sólo que ése ofrecía un aspecto de un lujo sospechoso, se trataba de un edificio bastante moderno, de dos plantas, rodeado por un frondoso jardín y éste por una elevada tapia. En el cristal de la puerta podía leerse el sugerente nombre de “El ánfora”. Había pasado allí dos buenas horas, tras las cuales salió acompañada de otras dos sirenas, como ella, y se dirigieron a una terraza del paseo marítimo donde tomaron unos aperitivos antes de dispersarse. Seguidamente, Verónica regresó a su casa. Ahora bien, mientras unos la seguían, otros averiguaban ya los datos catastrales del local. Resulta que pertenece a un ciudadano ruso cuya gracia es Dimitri Tchourbanov. Nicolai advirtió enseguida que el nombre del local había sido citado por uno de los esbirros de Evgueni, durante la primera grabación efectuada en su casa. Nos trajo la hoja de la transcripción y comprobamos que era cierto. No obstante di la orden de que Dimitri Tchourbanov fuera vigilado de cerca y que se realizara una investigación con objeto de averiguar cuáles eran exactamente las actividades a que se dedicaba el centro.&lt;br /&gt;El príncipe Mohsin no había salido de casa. Uno de nuestros hombres lo había fotografiado, desde un ala Delta, luciendo su tersa y oronda panza tendido sobre una hamaca, junto a su vasta piscina, rodeado de mujeres y niños de toda edad y pelaje, y tomando zumos con pajita. De paso, fotografió la entera mansión, así como todos sus accesos y dependencias.&lt;br /&gt;Por lo que se refiere al hirsuto y barbudo hombre de las cavernas con quien había compartido la pastoril tarde en Arcadia, respondía al nombre de Gedeón Pacheco y, según llegaron a saber nuestros investigadores, tenía por oficio escritor. Había publicado, corriendo él mismo con los gastos, una novela sobre el papa Silvestre II, una biografía de Luciano de Samosata y un tratado sobre el aoristo griego. Mandé que lo vigilaran igualmente.&lt;br /&gt;Cuando, a eso de las cuatro de la tarde y a pesar del bochorno que marchitaba hasta el cemento de la ciudad entera, ahuecaron los comensales el ala puesto que, el que más y el que menos, todos tenían algo de pan en el horno, pedí a Mefiboshet que llamara a Nicolai, quien ya se había retirado de nuevo a su cuarto. Entonces le comuniqué mis planes respecto a Verónica de la Mata. Él debía convertirse en su amante y eso lo más rápidamente posible, pues cabía la posibilidad de que ambos tuviéramos que levar el ancla en breve para Moscú. Convenía pues que, al menos los primeros pasos, los diéramos antes de iniciar nuestro viaje. De modo y manera que él no tenía más que hallarse preparado para tal eventualidad, mientras yo seguía atentamente los pasos de Verónica, acechando el momento más oportuno para tenderle una emboscada. Cuando terminé de hablar, se retiró sin que su rostro diera la menor muestra de emoción, cualquiera que ésta fuera.&lt;br /&gt;Entre el calor y el mal recuerdo de mi encuentro con Evgueni, no me atreví a salir a la calle a esas horas intempestivas. Pedí a Mefiboshet un segundo café y permanecí en el balancín con los ojos cerrados pero sin dormir. Luego, pasada la cuesta bravía de la siesta, volví a hojear mi interrumpida lectura de los periódicos. Finalmente, a eso de las siete, justo cuando ya me disponía a salir, regresó Milos. Hemos convencido a alguien de confianza, un antiguo inmigrante nacionalizado ya, de que nos preste a su hija para que averigüemos qué es lo que contiene esa misteriosa ánfora. Le he pagado bien, claro, y le he prometido que no corre ningún peligro, pues estará continuamente vigilada y asistida, al menos desde fuera, asegurándole que su misión es puramente informativa y su cometido no la arrastra a cometer ningún acto deshonesto, pues tiene nuestra autorización para plegar velas ante la más mínima insinuación dudosa, la cual sería ya concluyente para nosotros. La chica habla un castellano perfecto con acento madrileño. La haremos pasar por la hija de un industrial de la capital, disfrutando de unas vacaciones en la costa que le permitirán quedarse lo que resta de verano. La niña tiene diecinueve años y una belleza que espanta. Bien, toma las precauciones necesarias para que no le ocurra nada malo. Si en algún momento se halla realmente en peligro, no dudes en lanzar a tus hombres al asalto pistola en mano. Bueno, pistola o fusil, lo que sea y te parezca más adecuado.&lt;br /&gt;Por cierto, hay una grabación que deberías escuchar lo antes posible. Pues vamos a escucharla ahora mismo. Sí, le he pedido a Felipe que se reúna con nosotros para darnos su opinión de experto, no tardará en llegar. Mientras lo hace, vamos a ir preparándola. Entramos en el despacho que nos servía de sala de reunión también. El sol había iniciado su última cuerda de arco y daba de lleno en esa habitación, recubriéndola de una pátina de oro, transformando la sólida mesa de trabajo en un lingote macizo y descomunal. Milos eligió un extremo de ella recortado por un retazo de sombra y allí puso el ordenador para que el resplandor no anulara la luz de la pantalla. Se conectó a nuestra página secreta y, en tanto que aguardábamos la llegada de Felipe, me puso en antecedentes. Días atrás, él mismo había penetrado junto con otros dos hombres en aquella mansión en que Ruano recibió a uno de sus testaferros, el que negociaba con la inmobiliaria Lemos. Lo hizo guiado por la acertada presunción de que el interfecto solía utilizar a menudo esa casa para sus entrevistas más delicadas, o que al menos era uno de sus lugares predilectos para ello. Instaló pues cámaras y micrófonos por todas partes, según el método explicado por Felipe, es decir, incrustados o formando parte de los más variados objetos. Sólo un par de días más tarde, cazó al trío maravillas, verbigracia a don Ramiro Majano, ex¬-comisario de policía en uso de buen retiro, Alfredo Kloss, vividor, abogado y trabucante de alto voltaje, y al propio anfitrión, en pleno debate confidencial, del cual, algunos fragmentos resultan interesantes, por no decir inquietantes. En eso, sonaron unos golpecitos quedos en la puerta. Se trataba, en efecto, de Felipe al que hicimos pasar. Milos lanzó la grabación. Se les veía sentados en un tresillo, sosteniendo cada uno un vaso alto lleno de cubitos y un líquido amarillento; ante ellos, sobre una mesa baja, una botella de whisky. El antiguo policía tomó la palabra. Lo sé de buena tinta, vuestros teléfonos están intervenidos. Al oír eso, me dio un vuelco el corazón. ¿Desde cuándo lo están? Eso no puedo precisarlo. De modo que no resulta fácil saber hasta dónde llegan sus conocimientos sobre nuestros negocios. Por mi parte, jamás he hecho uso del teléfono, ya sea el fijo o el móvil, los móviles, para tratar de un asunto delicado y si alguna vez hubo alusiones, éstas revistieron un carácter tan críptico que nadie, creo, excepto la persona a quien iban dirigidas, podría descifrarlas. Yo no estoy tan seguro de ello, pero en todo caso, tenemos que rendirnos a la evidencia de un hecho que ahora resulta insoslayable, la policía se interesa por nosotros y ello, evidentemente, porque, como mínimo, ha venteado algo. Osemos esperar que se trate sólo de eso y que no tengan todavía pruebas determinantes. Si bien no podemos descartar la hipótesis contraria de que sí las tengan, por la sencilla razón de que quienes organizaron el asalto a los despachos de Galíndez-Lastarria, así como tu propio secuestro e interrogatorio, tal vez no fueran rusos ni checoeslovacos, sino los propios agentes de la Guardia Civil. Entonces sí que habríamos hecho de la torta un pan. Pero eso es ilegal, la policía no puede servirse de una información obtenida por un método tan poco ortodoxo. No puede utilizarla, desde luego, así, en bruto, pero pueden emplearla para ver sus fines en lontananza y encauzar sus investigaciones por otros caminos. Joder, entonces tenemos las horas contadas. Sobre todo, no debe apoderarse de nosotros el pánico. Lo más urgente es repasar minuciosamente la totalidad de nuestros asuntos y comprobar que no hemos dejado ni un cabo suelto. Si lo hemos hecho, borrar de inmediato las huellas. Seguidamente poner las ganancias a buen recaudo y aplicar toda la panoplia de medias habituales en caso de acoso. Y desde luego, muchísima atención al teléfono, no sólo por lo que podamos decir nosotros, sino también por lo que puedan decirnos los demás. Por otra parte, considerad que nos hemos entrenado a fondo para afrontar con éxito un interrogatorio policial, hemos aprendido jugadas y estrategias de memoria. Hay que revisar con frecuencia todo eso y comprobar que no nos pisaremos los hilos con los últimos toques que tal vez nos veamos obligados a efectuar. ¿Y qué hacemos con respecto al asunto del palacio del marqués de las Tejas? ¿Habrá que pararlo también, ahora que poseemos todos los ases en la manga? Sostengo que no, tenemos a Pigmalión atado con una cadena y una argolla al cuello. No se atreverán con él. En cuanto se den cuenta de que es nuestro rehén, no moverán ni un párpado. Todavía hay ciertas familias que conservan la sartén por el mango.&lt;br /&gt;¿Qué opinas de todo esto, Felipe? A todas luces, no es nuestra manipulación sobre sus teléfonos móviles lo que han descubierto, sino una verdadera escucha policial, con o sin autorización por parte del juez. A ese respecto, nosotros debemos, por precaución, y de hecho ya lo estamos haciendo pues últimamente disponemos en muchos casos de otros procedimientos de escucha, limitar la utilización de dicho canal, aunque nosotros pasamos por un número que nada tiene que ver con los implicados, pero en fin, nunca se sabe. Por otra parte sabemos que sus sospechas respecto a los verdaderos autores del saqueo del despacho Galíndez-Lastarria son infundadas, lo cual les otorga un respiro más largo de lo que suponen. ¿Consideras ineluctable su caída y que sólo es una cuestión de tiempo? Depende de lo que entiendas por “su caída”. Es obvio que tarde o temprano su historial quedará mancillado y que la justicia acabará poniendo a secar, a la vista de todos, sus trapos sucios. Sufrirán una persecución más o menos larga y enconada y luego se les dejará en paz, caerán en el olvido. Entonces sacarán de sus escondrijos todo lo que ahora están ocultando y, o bien se dedicarán al aprovechamiento del éxito, o bien reanudarán sus negocios como si nada hubiera pasado, amparados en un renovado anonimato y, lo que constituye su mejor baza, en una crecida experiencia. Pues que no se les dé cuartel, nada de aflojarles las ligaduras, debemos supervisar cada uno de sus movimientos y tratar de controlar todas sus transacciones. En eso estamos, recuerda que no hay ni un solo ordenador de Ruano que no posea su caballo de Troya y, por si fuera poco, con la anuencia de su antivirus, por obra y gracia de nuestros técnicos funámbulos. Perfecto. La consigna es sacar partido de ellos mientras se pueda, localizar sus gavetas secretas y, si es posible prever de algún modo el momento de su caída, venderles unos días antes al mejor postor. Imagino que ciertos medios de comunicación, dada la rentabilidad mediática de algunas caras, directa o indirectamente implicadas en la trama, pagarían suculentas cantidades por tener la exclusiva de su divulgación. Ah, y que tus economistas vayan tomando buena nota de todo cuanto vean, pues dentro de nada no cabe la menor duda de que comenzaremos a sentir las mismas necesidades acuciantes que ellos sienten ahora.&lt;br /&gt;Llegué a mi casa a la hora en que los mirlos comienzan a refugiarse en el interior de la tupida higuera, como dentro de un vasto y fresco templo, lleno de pasillos interminables y amplias salas. Durante unos minutos, me abandoné a esa atmósfera que comenzaba a mostrarse algo más clemente, a impregnarse también del perfume de los jazmines y galanes de noche. La embriaguez en que quedé sumido no pudo sino recordarme a Verónica de la Mata y me vino, a pesar mío, la certeza de que también ella, como la tierra, cambiaría de fragancia en las horas mágicas del día, al amanecer y a la entrada de la noche. El hombre tiene poca jurisdicción ante los sortilegios de poder que rigen el mundo desde su inicio. Bajé el ordenador y fui a verla a su casa. Estaba ya lista para salir. Justamente se hallaba ante el espejo de su habitación, vaporizando sobre su cuello un perfume que no debía diferir mucho del que yo mismo estaba percibiendo en esos momentos. Noté que, desde que no estaba su marido, Verónica había adoptado en el vestir un estilo sensiblemente más osado. Luego salió de casa. La seguí por las diferentes dependencias hasta el garaje y desde allí pasé a la cámara exterior para verla acelerar con su magnífico descapotable, seguida por el coche gris y vulgar del encargado de espiarla. Telefoneé a Milos para encomendarle que, en cuanto supiera dónde paraba Verónica, me llamara para comunicármelo.&lt;br /&gt;Diez minutos más tarde, me reveló el nombre de un lujoso restaurante de la playa donde la singular aristócrata se disponía a cenar con unas amigas. A mi vez, llamé a Nicolai para que acudiera allí de inmediato. Otra vez marqué el número de Milos. Que se le dé un navajazo a uno cualquiera de los neumáticos del deportivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El segundo asalto al cuartel general de nuestro amigo Piñera, como ya dije, estuvo a punto de culminar en un desastre. Y ello por una casualidad ciertamente inoportuna, uno de esos imprevistos que sobrevienen con harta frecuencia para complacerse en estropear los planes más meditados, pero que suelen ignorar con desprecio los actos irreflexivos. Sucedió que un comando de encapuchados, probablemente pertenecientes a la policía, logró entrar en el edificio sin que, los que vigilábamos desde el exterior el desarrollo de la operación, alcanzáramos a detectar su presencia. Todo parece indicar que penetraron a través de alguna abertura disimulada que comunicaba los garajes colindantes de dos edificios, lo cual sugiere una operación bien preparada por una organización con recursos. Vuk y Moussa tan sólo percibieron un leve crujido todavía lejano y apenas tuvieron tiempo de atrapar la bolsa con el material, que afortunadamente ya habían recogido, y meterse en tromba por un tubo de aeración a través del cual habían descendido, cuya rejilla sujetaban casi con las uñas pues a causa de la precipitación no pudieron afirmarla y si se les caía delataría su presencia. Los desconocidos no dejaron un rincón de la pieza sin registrar. Evidentemente barruntaban la presencia de alguien en el edificio. Cuando concluyeron la inspección se supo la causa de dicha sospecha. Uno de ellos, con su chaqueta, el único que la llevaba, los demás vestían una combinación de asalto, casi rozando la rejilla que sostenían nuestros atribulados agentes, habló de esta manera. Es posible que algún operario de seguridad haya manipulado el sistema y después haya olvidado reactivarlo. En tal caso, ¿lo dejamos como estaba? Sí, dejadlo como estaba. Ahora poned las ratoneras. Y Moussa, a través de los resquicios, les vio efectuar la misma operación que ellos recién habían concluido. Antes de ponerse manos a la obra, dejaron, aquí y allá, sus fusiles de asalto. Sobre la mesa de despacho, situada delante mismo del escondite en que se encontraban nuestros observadores, aterrizó un Heckler and Koch, arma que suelen utilizar algunos cuerpos de seguridad españoles. Mientras unos ponían patas arriba los ordenadores y les insertaban sendas llaves USB, otros consultaban archivos y carpetas. Dado que el aire acondicionado debía ponerse en marcha automáticamente una hora antes de la apertura de las oficinas, comenzaba a apretar el calor dentro del agujero en que Moussa y Vuk se hallaban embutidos, las manos les sudaban y cada vez les era más difícil mantener la rejilla en su sitio. La sostenían entre los dos, de manera que cuando se le escapaba a uno, la tenía el otro. Los encapuchados, por su parte, no parecían acuciados por la prisa, iban de un lado para otro alumbrándose con sus linternas, se sentaban ante las diferentes mesas y leían plácidamente. A menudo contrastaban entre ellos sus lecturas o se consultaban por cualquier cosa, a veces sin que tuviera la menor relación con el caso. El que parecía el jefe se sentó justo delante de los dos sostenedores de rejilla, a sólo unos centímetros de distancia. Consultaba con un inconfundible rasgo de autoridad los documentos que iba extrayendo de las diferentes carpetas y luego los devolvía a su lugar sin miramientos. Bueno, dijo al cabo, vámonos ya para casa. Todavía podremos echar una cabezadita antes de que acabe la noche. Hubo aún una cierta confusión para dejar todo en el estado en que lo encontraron y con las mismas se fueron. Apenas hacía un par de segundos que habían cerrado la puerta tras ellos cuando la rejilla se les escapó al fin de entre las manos. Al estrellarse contra el suelo produjo el mismo efecto que un plato vacío caído boca abajo en las losas de un mausoleo. Aún no habría acabado de rebotar del piso, cuando ya la había agarrado Moussa y puesto de nuevo en su lugar justo antes de que se abriera la puerta y un haz de luz azulada comenzara a barrer nerviosamente el espacio de la sala. ¿Qué ocurre? He oído un ruido aquí. No hombre, no; sería en otra parte. Aquí no puede haber nadie, hemos estado ciento y la madre en este despacho durante un buen rato. Te digo que he oído un ruido fuerte aquí. Será algún trozo de plástico que se habrá desprendido de una fotocopiadora, o alguna carpeta caída, vete tú a saber…. Venga, vamos. Nos están aguardando todos. Si hacemos esperar al jefe y retrasamos la operación salida por una tontería, nos levanta un consejo de guerra. La puerta se cerró al fin. Vuk y Moussa, tomando todas las precauciones, salieron de su escondite, efectuaron una somera inspección de los corredores y despachos contiguos. Al cerciorarse de que ya no quedaba nadie, conectaron el sistema de alarma y salieron del edificio. Nosotros, que estábamos fuera y teníamos la finca rodeada, no percibimos el menor signo anormal. Y no nos enteramos de nada hasta que nos lo contaron. Tan sólo nos extrañó, por supuesto, que tardaran tanto y no contestaran a nuestras llamadas por radio. Al llegar a casa, Mefiboshet tuvo que prepararles una tila para que se les fuera la palidez del cuerpo.&lt;br /&gt;Tales acontecimientos avalaron, por supuesto, mi tesis de la celeridad. Milos pasó de un extremo al otro. Tras averiguar que la policía española le andaba pisando los talones a Virgilio Piñera y no tardaría en saber lo mismo que nosotros íbamos a saber durante las próximas horas, sea lo que fuere el contenido que obraba ya, por cierto, en nuestras manos, llegó a pensar que todo estaba perdido y lo mejor era abandonar la operación. Le dije que todavía teníamos posibilidades, que las cosas de palacio van despacio y que los engranajes de un Estado son enormes y tardan más en dar las vueltas necesarias. Si no se han dado cuenta de que nosotros les hemos precedido en las investigaciones, se tomarán el tiempo necesario para montar un proceso judicial en buena y debida forma. Nosotros, por el contrario, debemos actuar de inmediato. Felipe estuvo de acuerdo conmigo. Afortunadamente, todos los hombres que cabían en la trastienda de la agencia inmobiliaria aguardaban con los ordenadores encendidos que Ouissene llegara aportando las gotas del concentrado de información, para repartírselas, agrandarlas, estudiarlas a fondo y finalmente confeccionar un informe contundente y preciso. Luego de eso, sin más pláticas, les mandé a todos a dormir, pues los próximos días prometían ser densos. Por mi parte fui, como siempre, andando muy despacio hacia mi casa y afinando mi plan, estableciendo sus jalones y sus itinerarios.&lt;br /&gt;Nicolai me había contado cómo al entrar en el comedor del restaurante notó que Verónica lo había reconocido al instante. Luego, en el transcurso de la cena, tanto ella como sus amigas le lanzaron miradas totalmente desprovistas de disimulo. La cosa, sin embargo, no pasó de ahí. Mas antes de partir, Verónica apoyó en él una mirada más profunda y más prolongada, una mirada negra de pozo que consiguió turbarle y sólo cuando hubo terminado con la mirada, le obsequió con una sonrisa invitadora. Nicolai, haciendo uso de una precaución elemental, había abonado ya su consumición, así que se limitó a seguirla. La despedida con las amigas fue breve, ellas comprendían. Verónica se dirigió a su coche con un movimiento de caderas que Nicolai calificó de insufrible, con prácticamente la totalidad de las piernas y de la espalda al aire, encaramada en unos zapatos de un tacón fino como un hilo fuerte y erguido que no necesitaba en absoluto para rozar con su negra cabellera las estrellas de la noche, que se le quedaban prendidas al pelo. Sólo faltaba una leve excusa para poder abordarla y el cerebro de Nicolai bullía y se retorcía tratando de encontrarla. Cuando, de repente, ella se quedó parada, con la mano delante de la boca para reprimir una exclamación que, sin embargo, prometía ser de felicidad. Se volvió hacia Nicolai con la absoluta certeza de encontrarlo allí, tan sólo a unos pocos pasos de distancia. La rueda, le dijo sencillamente, señalando el neumático totalmente deshinchado y la llanta tocando el suelo. Nicolai debió sonreír con la misma sonrisa con la que se mea cuando uno ya no puede aguantar ni un segundo más. Pues habrá que cambiarla ahora mismo. Sí, dijo ella con una risa de cascabeles. Es decir, si es usted tan amable…. Para mí constituirá un placer inconmensurable, aseguró Nicolai que le respondió. Ciertamente la literatura selecta con la que había mandado llenar los anaqueles del despacho había surtido su efecto. Ambos se pusieron a buscar en el maletero las herramientas necesarias y, en palabras de nuestro improvisado mecánico, aquél cuerpo inclinado, tanteando en el fondo del deportivo, poseía una fuerza de atracción tan intensa, tan inmensa, que se vio en la necesidad de apelar a toda su fuerza de voluntad para no dejarse arrastrar allí mismo por semejante llamada, pues no sólo tiraba de él mediante el sentido de la vista, sino que tiranizaba también todos y cada uno de los sentidos que restaban. Los roces accidentales con aquella piel tersa y bronceada repercutían en su cuerpo como verdaderas descargas eléctricas. Apenas diez minutos después, el deportivo estaba de nuevo en estado de marcha. Para recompensarle del trabajo que se había tomado, lo invitaba, cómo no, a tomar una copa en su casa. Parece que pronunció el verbo recompensar con un tono tan especial que no dejaba la menor duda sobre el modo en que ella pensaba otorgar dicha gratificación, ni le importaba en lo más mínimo que él hiciera, desde ese mismo momento, la interpretación correcta.&lt;br /&gt;Lo que sucedió después quedó, por supuesto, grabado por las distintas cámaras de la casa. Jamás copa alguna salió de la alacena, al menos no durante aquella noche. Apenas si alcanzaron a llegar con dignidad al salón, pero allí se echaron el uno al otro, alternativamente, contra las distintas paredes, rodaron sobre los muebles, derribaron candelabros y veladores. Verónica buscaba desesperadamente apoyos sólidos para tratar de parar al fin, con eficacia, el empuje arrollador del ariete masculino. Y fue agarrada a la maciza mesa de comedor, de la misma manera y en el mismo lugar en que se había entregado al príncipe Mohsin unos días antes, donde recibió el primer descomunal puyazo. Pero el efecto que éste le produjo no fue en nada comparable al de la ocasión anterior. Verónica ya no lucía esa sonrisa condescendiente y divertida, sino que su rostro manifestaba una verdadera lucha por soportar, sin el desahogo de los gritos, una oleada de dolor insufrible, tal era la conmoción interna que le estaba causando la pétrea vara de Nicolai. De repente éste desenvainó de nuevo la espada y la derribó boca arriba sobre la misma mesa. Luego, mediante un golpe seco, con una brusquedad que debió alcanzarle hasta la matriz, la volvió a penetrar, reanudando así el tormento que la hacía retorcerse como una anguila atrapada por la cola. A poco, con la misma rapidez y eficacia, la devolvió a la posición inicial. Para entonces Verónica se vaciaba ya con unos gritos desgarradores y se empinaba por detrás y por delante con objeto de parar la ofensiva del enemigo para mejor acogerlo después, acomodándose al golpe de su murueco, estremeciéndose toda ella como si aspirara oleadas ardientes de una energía difícil de definir, pero que la alcanzaba de lleno en la quimérica divisoria que separa el dolor extremo del placer extremo. Por siete veces Nicolai vertió en ella la lava incandescente que surgía de sus huesos y Verónica, al recibirla, rugía como si se le fueran a derretir las entrañas. Al cabo de las cuales, más sosegada ya, y con más curiosidad que deseo, atrapó aquel cetro de poder y se lo introdujo en la boca para propiciarle un último y sentido homenaje.&lt;br /&gt;Durante los días que siguieron, la nueva pareja se entregó, sin salir para nada de la casa, a unos amores desaforados, con una frecuencia inverosímil.&lt;br /&gt;Mientras tanto, en la recámara de la inmobiliaria se trabajaba día y noche, por turnos. Milos y Vuk también tuvieron que dividirse el trabajo. El primero se encargó de mantener vigilados a los rusos, averiguar las actividades a las que se dedicaba la banda en sus distintas ramificaciones y canalizar todos los datos y documentos hacia el centro de operaciones. El segundo hizo lo propio con la banda de los tres, siguiendo minuciosamente todos sus movimientos y sobre todo tratando de interceptar sus comunicaciones a través de Internet, interviniendo cuanto ordenador se hallaba a su alcance.&lt;br /&gt;Por mi parte, encerrado en mi frágil refugio, establecí un orden de prioridades. Y suponiendo que todos los hilos trajeran el ovillo que tenían en su extremo, confeccioné una hoja de ruta lo más detallada posible, anotando los medios de que me iba a valer en cada etapa.&lt;br /&gt;Cuando llegué a un estado en que, por mucho que reflexionaba, no conseguía añadir un solo detalle a mi plan, entonces dejé de pensar y me puse a leer. No es fácil parar un tren cuando está lanzado a toda máquina, pero un buen maquinista debe poder hacerlo. “El ser que se encuentra entre el cielo y la tierra, se parece a un fuelle de forja, que está vacío y no se agota nunca.”&lt;br /&gt;Por aquellos días, la canícula dio unas vueltas de tuerca suplementarias. No se podía dormir ni por la noche, con todas las ventanas abiertas de par en par, ni durante el día, con las ventanas cerradas a cal y canto, tapadas con colchas. Cuando el cuerpo parecía querer deslizarse, montado en el esquife del sueño, el calor lo recuperaba para la consciencia. Así hasta alcanzar altas horas de la madrugada, momento en que al fin se quedaba traspuesto, aunque por poco tiempo, pues el sol no tardaba en levantarse de nuevo y achicharrar el mundo con su mirada de fuego. Entonces era preciso abandonar el lecho de brasas, constatando que el sudor había impregnado el colchón, después de haber atravesado la sábana. Con frecuencia recurrí al expediente de la travesía a nado, para refrescarme y pasar el rato. Luego, desplazando la mesa de plástico en busca de la sombra de la casa, conseguía concentrarme en la lectura a lo largo de las horas más tenues, pero la inevitable siesta era interminable en medio de aquel marasmo demoledor en el que sólo se oía el ronroneo sordo y monótono de las hormigoneras. Hasta la serranilla del otro lado de la tapia había renunciado a regañar al vestiglo de su marido, lanzándole a voz en cuello sonoros improperios.&lt;br /&gt;Al cabo, llamó Milos. Los informes estaban listos. Le pedí que convocara de inmediato a la plana mayor. Llegué un poco antes que los demás y aproveché para leer atentamente una de las copias que se hallaban sobre la mesa de reunión. Cuando concluí la lectura, dudé si acaso mi boca sería capaz de emitir algún sonido. En esos papeles se hacía mención de una cantidad desmesurada, sin sentido propio para un particular, incluso para una organización no gubernamental; era una cifra no de hombre, sino de Estado. Y allí figuraban también las claves que la ponían al alcance de cualquiera que tuviera conocimiento de ellas. Tentado estuve de realizar el mayor golpe financiero de la historia. El corazón golpeaba con fuerza contra la caja que lo aprisionaba. No, realmente ese número no era un número de hombre. Ahí, ¿ves?, conseguí mostrarme razonable. Nosotros no disponíamos ni del respaldo ni del refugio con que contaba Evgueni. Si lo hubiéramos hecho, el gran oso hubiera montado en una cólera irrefrenable y nosotros apenas le cabíamos en una muela. En el mismo caso os encontrabais ante el león rampante y sin embargo seguisteis adelante haciendo uso de una temeridad que no admite adjetivos. No, se trataba de un caso distinto. En aquél podíamos negociar, en éste no. El gobierno en cuestión defendía con uñas y dientes, en cualquier instancia, la tesis de la ausencia total de su participación en el asunto; según él, fue una transacción entre una empresa privada y un gobierno extranjero. Nada os impedía intentar una negociación secreta, pero os pareció una entidad demasiado cercana y temisteis sus servicios secretos, además, estoy seguro de que creísteis, sin razón, que un gobierno democrático no es capaz de ciertas cosas cuando se trata de defender sus intereses, como una república bananera cualquiera. Admite que la cantidad de dinero no era comparable, en este último caso se trataba sencillamente de una extorsión, aunque estuviera dirigida a las más altas esferas. Aquélla daba realmente miedo, pues constituía, ahí es nada, el patrimonio robado, durante casi un siglo, a uno de los más grandes Estados del planeta.&lt;br /&gt;Cuando la mesa se hubo poblado del todo, defendí, pues, dicha opción. Todos se mostraron conformes. Únicamente se discutió sobre la porción del pastel que debíamos reservarnos y con qué cantidad convenía abrir las negociaciones. Aclarado este punto, pasé a exponerles mi plan. Partiría de inmediato a Moscú, pero no directamente, ni siquiera desde Madrid, puede que alguien se halle al acecho, controlando los movimientos de pasajeros, tanto de ida como de vuelta, entre nuestro país y esta capital, sino que haremos escala en París, desde donde compraremos los billetes para la siguiente etapa. Nicolai y Moussa me acompañarán. Milos objetó que tal vez fuera mejor que yo me quedara aquí, para tomar las decisiones que se impusieran en cada momento. Le repuse que no, que los asuntos locales no tenían más que seguir su curso, que ellos tenían instrucciones precisas a propósito de los objetivos y que albergaba una confianza plena en ellos. Además, una vez en Rusia e iniciados los contactos, la comunicación entre nosotros era desaconsejable, de modo que, quien fuera, debía tomar las decisiones solo. Vuk, ¿se han cambiado ya las claves de las cuentas? Sí, todas a la vez, como nos aconsejaste. ¿Hubo algún problema? Ninguno, la totalidad de los cambios fue aceptada. De modo que ya somos depositarios de una cantidad suficiente como para hacer temblar las bolsas del mundo entero. Así es. ¿Cuándo se hizo? Esta mañana. Encárgate de comprar tres billetes con destino a París para esta misma tarde y controlad de cerca las reacciones de los rusos. ¿Hemos recuperado alguna conversación al respecto? Todavía no. Puede que tarden unos días en darse cuenta. Milos se ofreció a acompañarnos al aeropuerto. De ninguna manera, tomaremos el tren y después el metro. Hasta salir del país, cualquier precaución es poca.&lt;br /&gt;Una vez confundidos en el tumulto de París, me sentí más libre para echar mano de la cartera y durante tres días llevamos la vida de tres turistas haberados, pero anónimos. No nos ocupamos de otra cosa más que de visitar los lugares emblemáticos, los monumentos ineludibles, los museos más reputados y los restaurantes más insignes. En París, el calor no había disminuido un ápice con respecto al que habíamos dejado dos mil kilómetros más abajo. También asistimos a dos espectáculos, el primero en la Ópera y el otro en el Crazy Horse, uno de los más selectos cabarets de la ciudad. Al mismo tiempo quise volver a visitar el cementerio del Père Lachaise, porque ese lugar sugiere y representa tantas cosas de París como la torre Eiffel o la colina de Montparnasse o el Sacré Coeur, pero además sugiere y representa mucho de nuestro mundo occidental, de nuestra visión de las cosas, de nuestro esquema para pensar el universo y de nuestra escatología.&lt;br /&gt;En el semblante de Moussa y Nicolai se podía leer bien a las claras que consideraban esa visita como absolutamente prescindible. ¿Por qué nos has traído aquí?-dijo al fin Nicolai. Para acostumbraros a la idea de la muerte. Muy amable de tu parte. Cierto, porque el que no medita sobre la muerte, no merece el título de hombre. Y somos tres hombres y no tres fantasmas los que nos hemos embarcado en una de las más difíciles aventuras que concebirse pueda.&lt;br /&gt;Transcurridos los tres días, nos plantamos en el aeropuerto Charles de Gaulle, ante la ventanilla de Aeroflot y compramos tres pasajes para el próximo vuelo a Moscú.&lt;br /&gt;Llegados a esta ciudad, Nicolai se convirtió en mi boca. Ello requirió al principio un adiestramiento y una gimnasia. Tuve que pensar en él no solamente como un utensilio de traducir palabras, sino como una máquina que debía avanzar o retroceder con objeto de situarse en la posición adecuada para hablar por mí. Pronto me convencí de que utilizando ese instrumento con la debida calma, no solamente no era un engorro, sino que constituía una ventaja, pues imponía un hábito de reflexión sistemática mientras se aguardaban las respuestas de los distintos interlocutores.&lt;br /&gt;Incluso en Moscú hacía un calor de mil diablos. Fue un verano de fin del mundo.&lt;br /&gt;En el aeropuerto recogimos un catálogo con los principales hoteles de la ciudad. Elegí el que me pareció más lujoso. Nicolai me aseguró que pertenecía a la mafia. Bueno, tampoco vayamos a meternos, de entrada, entre las fauces del lobo. Aunque no hubiera estado mal como rasgo de humor el venir a darle un golpe mortal a la mafia y conseguir que fueran ellos mismos quienes nos alojaran. Elegí otro entre los más suntuosos. Éste también. ¡Joder, pues empieza tú por decirme uno que no pertenezca a la mafia! No puedo sugerirte ninguno que no pertenezca a la mafia, sino alguno de los que no tengo ni idea si pertenecen o no. Bien, nómbrame uno, el mejor de los que ofrezcan dudas. Al bajar del metro, tomamos un taxi y nos dirigimos a él.&lt;br /&gt;Nos apeamos ante una inmensa torre semejante a las que aparecen en “El Señor de los anillos”. Dejé que se adelantara Nicolai para efectuar las formalidades. Una vez cumplimentadas, se acercó un botones luciendo un soberbio uniforme rojo y nos propuso acompañarnos a nuestras habitaciones. La mía poseía dos amplias ventanas desde las que se divisaba una buena parte de la ciudad, a una altura de vértigo, dos camas blanquísimas e inmensas, un sillón relax junto a la primera de las ventanas y una mesa de despacho, sobre la cual lucía un jarrón conteniendo flores naturales, con dos buenas sillas, una de ellas provista de ruedecillas, junto a la segunda. Los muros parecían hechos de azúcar en ciertas partes, mientras que en otras se hallaban revestidos de madera. Conté dos veladores, dos lamparillas sobre las mesillas de noche y las luces incrustadas en el techo. El suelo era de parqué.&lt;br /&gt;Serían aproximadamente las ocho de la tarde. Les había sugerido a mis compañeros que dentro de una hora bajáramos a cenar. Aproveché para tomar una buena ducha en un espléndido cuarto de baño forrado de mármol. Luego descendimos diez pisos hasta uno de los restaurantes. A través de amplios ventanales, que daban la impresión que entre el observador y la ciudad no había sino cristal y que los distintos pisos flotaban en el aire, comprobamos que todavía nos encontrábamos a una altura considerable.&lt;br /&gt;Aconsejé a mis acompañantes que pidieran una cena opípara, que la regaran regiamente, que se olvidaran de todo y que procuraran dormir a pierna suelta. “Carpe diem” es la consigna, mañana será otro día. Ellos parecieron entender el espíritu de la idea. Comenzamos por seguir los consejos del barman para los aperitivos. Para el resto, Nicolai nos fue de alguna utilidad. Y con los cafés y los licores alcanzamos fácilmente la media noche. Todavía nos tomamos un par de copas en el club, mirando hacia la ciudad aún activa.&lt;br /&gt;Por fin tuvimos que dar por concluida la velada, escalando de nuevo hasta nuestras altas moradas, tras un largo viaje en ascensor. Una vez en mi habitación, comprendí que no podría acostarme enseguida. Preferí sentarme un rato en el sillón relax a contemplar el paisaje y sus luces. Al venir del aeropuerto, había entrevisto una ciudad maciza, de cemento gris y líneas rectas. Los resplandores de la noche me ayudaron sólo un poco a imaginar la antigua capital de los zares, hecha de madera en llamas, que Napoleón recorrió a caballo, en una desesperada galopada hacia el vacío. Una vez más pude sentir, como quien siente un objeto que sostiene entre las manos, mi antigua fascinación por la historia, la literatura y el paisaje de la vieja Rusia, sobre todo y a pesar de todo, de la vieja, cuya alma austera parecía avezada en la contemplación asidua de la ceniza. Los personajes de Dostoievsky son todos como ascuas que palidecen en la cernada y los de Tolstoi la luz que todavía perdura debajo de toda consunción. Príncipe Mychkine, torpe e idiota, príncipe de raza extinta fui una vez entre la altiva estirpe de príncipes y condesas en el exilio, a la que me vi mezclado, sin saber cómo, al entrar en la dorada iglesia ortodoxa de París con mi ropaje de calle, sin otra pretensión que la visita casual. Pero quedé sacudido como si yo mismo fuera el joven sacerdote a quien otro más viejo zarandeaba como si de una rama de almendro se tratara, junto al altar. Luego se acercaron unas monjas vestidas de blanco de los pies a la cabeza y me dieron la comunión sin preguntarse quién era ni qué hacía allí. Ese pan de eucaristía me dejó tan atónito, tan embriagado, tan flotando en el aire, como lo estaba en ese momento. Entonces vi a aquellos seres majestuosos y serenos, tan absolutamente fuera de lugar, con una añoranza de su país tan intensa, tan callada pero al propio tiempo tan patente que parecía que una voz la estaba salmodiando más allá de los pilares, con la misma gravedad con que surgían sus cantos, y sin que nadie me dijera una sola palabra y aunque no hubiera leído jamás una sola línea ni hubiera sabido nada de ese pueblo, sentí que el alma rusa me hablaba desde dentro como se habla a un huésped extranjero. Aquella noche, mientras recordaba en mi habitación del hotel las vicisitudes de aquella ceremonia lejana, descubrí que mi rostro se hallaba bañado en lágrimas y que gotas de ese agua luminosa resbalaban por mi mejilla y me empapaban la camisa, porque tuve la sensación de que en poco tiempo lo había estropeado todo, había mancillado un tejido níveo, y ello era para siempre.&lt;br /&gt;En otras palabras, que cogiste una melopea de no te menees. No tanto, pero tuve que dejar transcurrir, sentado en el sillón relax, por lo menos hora y media antes de atreverme a entrar en la cama. Sin embargo, en cuanto lo hice, dormí hasta bien entrada la mañana, a pesar de que el sol había inundado, como una tromba furiosa, aquella habitación situada tan cerca de su propia morada que no le debió costar mucho trabajo bajar. A pesar de las pocas horas de sueño que había recorrido, me encontraba totalmente despejado y restablecido. Una buena ducha contribuyó a reforzar esa impresión.&lt;br /&gt;Durante el desayuno decidimos pasar a la acción de inmediato. La etapa inicial de nuestro plan, que ya habíamos trazado en su totalidad durante conversaciones anteriores, consistía antes que nada en comprar un coche; Nicolai había recibido el encargo, le recomendé uno de ésos que los concesionarios tienen para dejárselos probar a los clientes y que uno se puede llevar enseguida a casa, si así lo desea; luego, el segundo, en concertar una entrevista, a ser posible durante el día, con un periodista que, según Nicolai, había empleado treinta años de su vida siguiendo el rastro de la mafia y aprendiendo a esquivar sus coletazos. Se llamaba Guéorgui Lebedev y seguía escribiendo en un periódico moscovita de gran tirada. No íbamos a decirle toda la verdad, claro está, pero sí una porción suficiente como para darle una razonable certeza de que la colaboración que se le demandaba podía inscribirse en el memorial de su inveterada lucha contra la mafia rusa. Revisamos una última vez el papel y los argumentos de cada uno, así como las explicaciones que sólo había que dar si se nos acuciaba con preguntas. Yo era un periodista español, el cual, junto con otros colegas de su diario, había descubierto por casualidad, investigando otro caso de corrupción local, la caverna de Alí Baba donde se guardaban los tesoros, o una buena parte de ellos, acumulados por la mafia de su país. Pretendía devolverlos, mediante una razonable recompensa, a su legítimo propietario, el gobierno de Rusia. Con ello, además de la modesta recompensa para mí y para mis colegas que arriesgaron la vida en ello y la siguen arriesgando, obtengo la altruista ventaja de erradicar de mi país una mafia que estaba alcanzando un poder inmenso, insano e indeseable, cuyo incremento se hacía visible de un día para otro. Ellos eran mis ayudantes en esta misión, un guardaespaldas y un guía local. ¿Qué pretendíamos de él? Que nos orientara hacia el personaje más indicado para iniciar con él la gestión preliminar, es decir, el eslabón más alto de la administración que teníamos posibilidades de alcanzar en un primer contacto y, si fuera posible, se le pedía asimismo que nos sugiriera el camino para llegar hasta él.&lt;br /&gt;Todo estaba claro, así que, tras aguardar un rato a que Nicolai regresara con el coche y lo dejara aparcado en el subsuelo del hotel, nos encaminamos hacia la sede del periódico en cuestión. Durante el trayecto, que hicimos a pie, en un momento en que cacé al vuelo la mirada nostálgica que lanzaba Nicolai hacia las aguas oscuras y los malecones del Moscova, recordé que él era moscovita y que muy probablemente su familia vivía por allí cerca. Lo detuve en seco. Acaso quieras hacerles una visita, aunque sea breve, a los tuyos…. Porque si es el caso, convendría que la efectuaras antes de iniciar las hostilidades. Puedes tomarte la mañana para ello, aplazaremos la visita al periódico hasta la tarde. No. La negativa la largó con un tono tan cortante y decisivo que comprendí enseguida. No deseaba correr el menor riesgo, aunque fuera remoto, de comprometerles. Era lo más prudente, desde luego, así que no insistí en ello.&lt;br /&gt;Mientras caminábamos a lo largo de las macizas murallas rojas que rodeaban el inmenso rascayú de merengue del Kremlin, para entretenerles, le comenté a Nicolai ¿sabes que uno de los inquilinos de esta casa, según cuenta una leyenda, tuvo la peregrina idea de abandonarla para irse a hacer vida de anacoreta en Siberia, muriendo en la pobreza, en una pequeña cabaña prestada? Jamás he oído una cosa así. Bueno, no forma parte de la historia oficial, tan sólo es una hipótesis que manejan algunos miembros del círculo zarista y que ha trascendido e incluso se han publicado algunos libros. ¿Y quién sería ese personaje? Se trataría del zar Alejandro I, nada menos; el soberano que entró como vencedor en París tras haber derrotado al mismísimo Napoleón, quien poco antes pretendía haberle dado jaque mate tomándole esta ciudad en que estamos. Alejandro I murió en Taganrog, una pequeña ciudad situada en el mar de Azov, y está enterrado en San Petersburgo, en la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, junto a la mayor parte de los zares. Ésa es, como te digo, la historia oficial. Sin embargo, los defensores de la mencionada teoría aseguran que en Taganrog falsificó su muerte y puso dentro del féretro, que no se abrió sino en contadas ocasiones, el cadáver de un oficial muerto accidentalmente. ¿Y por qué haría una cosa así? Parece ser que su participación, aunque indirecta, en la deposición y asesinato de su padre, el zar Pablo I, generó en él unos remordimientos que no hicieron sino aumentar a lo largo de su vida, hasta que se convirtieron en un dolor moral insostenible. El único remedio que encontró para aplacarlo fue la expiación en el rigor y la pobreza, con el auxilio de la religión, llegando a ser un santo varón. Para ello necesitó, evidentemente, la colaboración de varios funcionarios y, probablemente, de su hermano Nicolás, el futuro zar. Entiendo que es una historia peregrina, pero, ya sea falsa o verdadera, no está mal como historia, ¿no? Cierto, si es que realmente ha sido vivida, es indiscutible que lo habrá sido con fuerza, repuso Nicolai.&lt;br /&gt;Llegamos al fin a un enorme paralelepípedo ceniciento que exhibía las insignias del diario en cuestión. Preguntamos en recepción por el señor Guéorgui Lebedev. La respuesta debió ser la prevista pues creí comprender la palabra rusa que significa “español” y yo le había dicho a Nicolai que si inquirían por el motivo de nuestra visita, respondiera que un colega español deseaba entrevistarse con el señor Lebedev. Eso debía bastar para excitar su curiosidad. Si no fuera así, que diera el nombre del periódico para el que trabajaba. Si acaso no era suficiente, ya veríamos… El recepcionista descolgó el teléfono y pronunció tres o cuatro frases. Luego apuntó algo en un papel y se lo dio a Nicolai, añadiendo muy probablemente instrucciones suplementarias para encontrar el despacho del señor Guéorgui Lebedev en aquel edificio que debía ser un auténtico laberinto de celdas. Tomamos el ascensor y aparecimos en un larguísimo y concurrido corredor, con oficinas acristaladas a ambos lados. Por todas partes la gente se interpelaba a voz en cuello, se daba fuertes palmadas, lanzaba estentóreas risotadas. Todas las puertas estaban abiertas. De modo que Nicolai se plantó, indeciso, en el umbral de una de ellas. Dentro había un hombre alto, cuya delgadez dejaba aparente una prominente estructura ósea, pelo negro aunque con numerosas canas, piel clorótica tachonada de manchas marrones, vestía una chaqueta marrón francamente descolorida en los codos. Debía frisar los sesenta. Al cabo alzó los ojos de la hoja que estaba leyendo, nos vio e hizo gestos apremiantes para que pasáramos. Nos estrechó la mano a los tres y habló. Nicolai le respondía y en su discurso volví a oír la palabra que significa “español.” Me miró con ojos asombrados y me sonrió. Luego acercó unas sillas y nos las ofreció con ademán de franca campechanía. Por su parte, se sentó en la suya, al otro lado del despacho. Le dijo algo a Nicolai antes de dirigir otra vez la mirada hacia mí. Nicolai tradujo. ¿A qué debe el honor de nuestra visita?&lt;br /&gt;Ya me disponía a hablar cuando entró un sujeto por la puerta de daba a la oficina anterior, pasó por detrás de nosotros murmurando unas palabras, tal vez de disculpa, y se puso a revolver papeles en la mesa contigua a la de Lebedev. Tras él entró otro por la misma puerta que nosotros, pero viendo que nuestro anfitrión se hallaba ocupado, saludó y se fue. También el primero abandonó la oficina con unas cuantas hojas garabateadas a mano. Lebedev debió comprender ya que el tema que deseaba someterle era confidencial. Sin embargo, esperó pacientemente a que me decidiera a exponerlo. Se trata de la mafia rusa, alcancé a decir al fin. Sin aguardar traducción, hizo teatralmente el signo internacional que pone un sello sobre los labios. Seguidamente, a través de Nicolai, me llegó la proposición de que fuéramos a comer juntos a cualquier parte. Acepté encantado. A partir de entonces inició una conversación de índole gastronómica que Nicolai, bien adiestrado en una gimnasia inversa a la mía, traducía puntualmente y transmitía mis respuestas. Sólo cuando estuvimos en la calle admitió que no podía garantizar que su despacho fuera un lugar seguro y discreto para hablar de la mafia, habían sido demasiados años luchando contra la misma como para no colegir que ésta se hallaba interesada “de cerca” por él. Únicamente en la calle o en los lugares muy concurridos y ruidosos alcanzaba a sentirse relativamente cómodo abordando ese tema. Entonces le referí lo que había pensado decirle, que era una verdad a medias. Nunca creí que aquel hombre pudiera llegar a palidecer, dado el color amarillento, casi glauco, que poseía naturalmente su tez, sin embargo juraría que lo hizo. Permaneció en silencio incluso un buen rato después de que Nicolai le hiciera la última entrega de mis palabras. Usted va a desnudar a Pedro para vestir a Pablo, dijo al fin. Entendí el sentido de sus palabras y se lo hice saber. Aún así, considero que para su país resulta más ventajoso tener ese dinero dentro de las fronteras que en un paraíso fiscal a las puertas de África. Agachó su barbilla sobre el pecho y cayó de nuevo en una meditación profunda. Acabó por reconocer lo bien fundado de mi argumento. Por otra parte, no sé si son ustedes conscientes del peligro que corren, del engranaje mortífero en el que se disponen a entrar, o en el que tal vez ya hayan entrado y de manera irreversible además, con sólo tomar contacto conmigo. Me pregunto si han considerado, lejos como están de la realidad social rusa, una circunstancia elemental, si bien determinante; me refiero al hecho, incontestable hoy en día, de que la mafia ha estado dirigiendo este país inmenso desde hace casi un siglo y que conserva aún hoy una mano invisible en todas las esferas del poder, así como en todos los eslabones de la administración, en todos los sectores de la economía y hasta en los medios de información. Está al corriente de todas las investigaciones policiales porque está dentro de la policía, pone bastones en las ruedas del aparato judicial porque está dentro de él y mucho me temo que conozca en todo momento las intenciones del gobierno porque forma parte igualmente de él, o al menos tiene oídos situados muy cerca. A la mafia le sobra el dinero y las influencias para manipular el entero aparato del Estado. Si toman en consideración estos parámetros, tal vez nuevos para ustedes, comprenderán que en el momento mismo de establecer una conexión con una pieza cualquiera del eslabón administrativo, puesto que no se puede llamar, como ustedes comprenderán, a las puertas del Kremlin y decir quiero hablar con el Presidente, y aunque dicha pieza sea una persona perfectamente honesta pero que se verá obligada, como es natural, a propulsar la demanda hacia los estratos superiores, entonces tienen ustedes muchas posibilidades de establecer al mismo tiempo un contacto, muy probablemente letal, con la mafia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guéorgui Lebedev nos condujo a un tugurio largo y estrecho, sin ventanas, iluminado con barras de neón, donde se servía comida popular para la tropa de oficinistas y menestrales. Se disculpó por haber preferido un lugar tan cutre, alegando razones de seguridad. El periodista eligió una mesa situada hacia la mitad de esa especie de cañón. Era todavía algo pronto; no obstante, los comensales más adelantados comenzaban a instalarse alrededor. Lebedev no volvió a entrar en materia hasta que no se hubo llenado el local y la atmósfera se convirtió en una nube densa de humo y de conversaciones ininteligibles; se trataba, de hecho, de un único rumor profundo con miles de patas. Entretanto, los dos moscovitas se pusieron de acuerdo a propósito de un menú que nos diera una idea aproximada de lo que puede ofrecer la cocina tradicional rusa. Para empezar pidieron un plato que se llamaba stúden, el cual resultó ser carne de vaca desmenuzada con gelatina, luego seguimos con una sopa denominada solianka, de la que eligieron la variedad de pescado, para cambiar de la carne que contenía el plato anterior, como plato fuerte escogieron el pití, un estofado de carne de cordero con picantes y especias. Todo lo cual fue cumplidamente regado con un vino georgiano.&lt;br /&gt;Lebedev prosiguió. El hombre hacia el que les voy a encaminar es un antiguo detective del desaparecido KGB, lo cual no constituye una garantía, por sí misma, de hallarse limpio de polvo y paja, quiero decir de que no mantenga lazos con la mafia, pero sí lo es el hecho de que ha conducido una larga lucha de casi veinte años contra la misma, lo cual le ha procurado altos y bajos, junto con numerosos sinsabores, sobre todo estos últimos son el lote de quien osa oponerse, en este país, al omnipotente poder de la penumbra. Su nombre es Semion Kouliev y hoy en día es un alto funcionario del ministerio del interior. Dado que compartimos desde hace mucho los mismos intereses, nos une una vieja y sólida amistad. Le llamaré esta tarde para concertarles una entrevista con él. No obstante, mi consejo es, a pesar de todo, que olviden cuanto antes este asunto y tomen el primer avión que salga para Madrid. Y que una vez allí pongan toda la información de que disponen en manos del gobierno español, para que éste se entienda con su homólogo ruso. Cuando todo se haya resuelto, publiquen sus peripecias, hagan incluso un libro, tal vez puedan negociar con su gobierno la exclusiva de lo que pueda ser publicado, ésa será bastante recompensa, a mi modo de ver; en cualquier caso, una recompensa honesta y mucho más segura en todas las acepciones de la palabra. Les puedo prometer que se venderá como rosquillas y no le quiero decir nada si se traduce al ruso y se logran atravesar las barreras administrativas, lo cual me parece difícil, pero en fin…. Hemos pensado en ello, desde luego. Sin embargo, por lo que se refiere a esa pequeña alcabala que le vamos a pedir al Estado ruso, he sido mandatado por mis compañeros para negociarla. No hacerlo, constituiría, en cierto modo, una traición. Digámoslo de otra manera, sería la constatación sobre el terreno de la práctica imposibilidad de alcanzar el objetivo fijado. También se puede traicionar por cobardía. Cierto, pero tampoco se alcanza el heroísmo con la temeridad. No pretendo alcanzar el heroísmo, sino ofrecer a mis colegas y a mí mismo la merecida retribución de nuestros actos, los cuales ya han conllevado en varias ocasiones riesgo de nuestras vidas. Por otra parte, si fracaso en este intento, pienso que mis colegas no tendrán otra opción que la que usted acaba de apuntar. ¿Sabe cuál será el precio a pagar por su fracaso? Mire, la vuelta atrás es imposible. A estas alturas, el grupo mafioso establecido en España nos estará ya buscando. Se trata de un árbol que ha desarrollado poderosas y prolongadas raíces, bien alimentado como está por el flujo incesante que le viene de Gibraltar, así como por los múltiples negocios y especulaciones que mantiene sobre el terreno. Si es preciso, habrá solicitado refuerzos. Le aseguro que es tan peligroso allá como aquí, pero sólo aquí podemos hincarle la espada en la mismísima cabeza. Será realmente la lucha del caballero contra el dragón que echa fuego por sus fauces. ¿Y ha leído usted alguna historia en la que no haya salido vencedor el caballero? Esa es una respuesta de irresponsable. ¿Y qué sería de la virginidad de las princesas si todo caballero no fuera, en el fondo de su alma, un desahuciado irresponsable? Lebedev estalló en una risa estentórea y goliardesca, que tampoco hubiera imaginado jamás saliendo de su pecho sutil como el de un tuberculoso. Muy bien, admitió al fin, cruzaremos este Rubicón. Esta noche, a eso de las ocho, nos volvemos a ver aquí. Entonces les diré cuándo se producirá la entrevista con Kouliev y si les recibe en su despacho del ministerio o en otro sitio. Apuró el último sorbo de vodka que habíamos pedido con objeto de prestarle un auxilio a nuestro aparato digestivo, quiso pagar la cuenta pero no se lo permitimos, le dije que éramos nosotros quienes teníamos que agradecerle el inmenso favor que nos hacía, así como el tiempo que nos consagraba, entonces se despidió hasta la noche.&lt;br /&gt;Una vez fuera del bullicioso tabuco, determinamos que nos convenía sobre todo caminar para que toda la máquina del organismo ayudara al estómago a machacar la cantidad de comida, buena a pesar de todo, pero ciertamente excesiva, con que lo habíamos cargado. Por bromear, le dije a Moussa ¡quién te ha visto y quién te ve, matita de hinojo! Ayer comiendo un bocadillo con una cerveza de pie, a pleno sol, y hoy banqueteándote por todo lo alto a derecha e izquierda en París y en Moscú. A ello me respondió con un razonamiento que bien podría equipararse a nuestro proverbio “más vale un poco de pan con sosiego que muchos manjares con rencilla”. Cierto, según lo que acabo de oír, puede que todas estas gollerías se nos conviertan en “carne de buitrera, que suelen pagar bien el escote los que a comerla vienen,” como dicen en mi tierra. Nicolai confesó que tenía conocimiento de que la mafia gozaba de un poder elevado, pero no sabía aún que ello fuera hasta ese punto. Aquí estamos indefensos –terció Moussa-, no tenemos ni una mala pistola para hacer frente a la menor emboscada y lo más peliagudo, desde mi punto de vista, es que, en caso de enfrentamiento, no seríamos tratados con igualdad por parte de un aparato judicial que se adivina, como mínimo, no muy sano. A lo peor, totalmente parcial, remató Nicolai. Traté de apaciguar un poco los ánimos. Como ya os dije, el gobierno nos protegerá; por lo menos hasta que le entreguemos las claves y no las tendrá mientras no estemos sanos y salvos tras las puertas de casa. En tanto le llega conocimiento de nuestra existencia, tendremos que abrir bien los ojos; pero ello es cuestión de horas, si todo sale bien. Además, es posible que elementos de la mafia hayan reparado en nuestra presencia junto a Lebedev, pero en ningún modo pueden ser conscientes todavía de la amenaza que representamos. A no ser que Evgueni haya descubierto ya la jugada y haya vislumbrado el ataque. Sabemos, sin embargo, que Evgueni teme a los servicios secretos de su país, no se imagina que cuatro gatos pelados hayan sido capaces de dejarle sin plumas y cacareando, a él, que es un águila real. Pero de todos modos debemos estar alerta. Pienso que, si corremos peligro, ello será, como os he dicho, durante unas cuantas horas, entre el momento en que Lebedev le comunique la información completa a Kouliev, a partir de ahí podemos considerar que la caja de Pandora está abierta, es decir, que todo es posible, y el momento en que nos entrevistemos con un alto responsable del gobierno. O sea, a partir de ahora, poco más o menos. Nos quedamos mirando a Moussa como si hubiéramos estado esperando sus palabras para darnos perfecta cuenta de la delicada situación en que nos encontrábamos, de que los plazos habían concluido de verdad y de la necesidad, también, de hacer algo de manera urgente, de preparar al menos una estrategia de defensa. Nuestro margen de maniobra era, no obstante, limitado. Reflexioné un instante. Durante el día, pienso que estamos relativamente seguros si integramos las tupidas hordas de turistas, lo cual, además de prestarnos protección, ensanchará nuestra cultura. Por la noche, en cambio, somos de todos modos más vulnerables, poco importa lo que hagamos. Mi propuesta es que finjamos instalarnos en nuestra habitación para dormir y, a poco, la abandonemos incógnito. Seguidamente, usando nuestra segunda documentación falsa, nos registremos en otro hotel de categoría más modesta, con objeto de dificultarles la búsqueda en cuanto descubran nuestro quite. Pero bueno, objetó Moussa, eso en el caso de que nos sigan; si no es así, más vale que vayamos directamente a ese nuevo hotel, porque desde luego el método más elemental para encontrar nuestro rastro, e incluso para acabar con nosotros allí mismo, es aguardarnos no lejos de la recepción o de nuestras habitaciones. Pienso, no obstante, que cuando nos entrevistemos esta noche con Lebedev, hay grandes posibilidades de que ya nos estén observando, aunque tal vez se curen muy bien de manifestar su presencia. Si hiciéramos lo que dices, perderíamos la ocasión de burlar su vigilancia y les conduciríamos nosotros mismos a nuestra nueva guarida. Por el contrario, si no acuden a presenciar la cita, tampoco es probable que nos aguarden tan pronto en el hotel y aunque lo hicieran, presumo que no lanzarían de inmediato un ataque, esperarían un mejor momento. Puede que me equivoque, pero pesando bien ambas posibilidades considero que mi propuesta es más segura. Claro, lo que se impone es entrar con mucha precaución en nuestras habitaciones. Y se me ocurre una idea totalmente descabellada que no funcionará, pero que si funcionara nos reiríamos un rato, aparte de que nos proporcionaría como respiro la noche entera. Cuando les desvelé ese detalle del plan, ambos hicieron mofa abiertamente ante tamaña puerilidad, incluso yo me reí francamente de ella. La vamos a poner en práctica, de todos modos, porque no nos cuesta nada, concluí. Hagamos pues unas compras antes de que la jauría comience a querer mordernos los jarretes. Ah, y si alguien desea hacer aguas menores o mayores, ahora es el momento; más tarde tal vez sea peligroso aislarse en cualquier lugar.&lt;br /&gt;Una vez hechas las compras, con una bolsa en la mano, como cualquiera de los incontables grupos de turistas que pululan por la ciudad en verano, nos fuimos a visitar la plaza roja, en cuya entrada se encuentra la recoleta y jaspeada catedral de San Basilio, de donde dicen que surgía un andrajoso y ayunador pope para proferir, al paso del zar, cuando éste salía de su palacio del Kremlin, los más graves improperios. Los hombres de su séquito murmuraban que sería preciso intervenir de un modo u otro para acallar a ese hombre, pero el zar replicaba que no tenían sino que dejarlo hacer, pues era la voz de Dios. He ahí una muestra significativa, les dije a mis acompañantes, de la grandeza de esta nación. El autócrata de todas las Rusias, resignándose a los airados vituperios de un desharrapado, se muestra más digno de su cargo que al frente de sus ejércitos de militares y de funcionarios. Lo cual prueba que la modestia y el autodominio caen bien en cualquier asiento. Cuando seáis inmensamente ricos, acordaos de esto, añadí para animarles. Tras ello, atravesamos el umbral de la iglesia y penetramos en una oscuridad fresca y acogedora, que nos cayó como un bálsamo sobre la piel después de haber soportado el sol ardiente y cegador de fuera.&lt;br /&gt;Por un momento creí que estábamos solos en las tinieblas de una caverna, atravesadas aquí y allá por fuegos y resplandores dorados. Pero poco a poco fueron apareciendo los púrpuras, el brillo mate de la plata y por fin los iconos y las gentes avanzando a su antojo en grupos nutridos. A un lado se veía una concentración mayor que las otras, agrupada en semicírculo alrededor de un sacerdote revestido de nata y oro. Nicolai nos proporcionó la exégesis de la escena. Se trata de la ceremonia de la veneración de las reliquias de San Basilio. Avanzamos hacia la congregación, pero antes de llegar concluyó el rito y el sacerdote nos daba ya la espalda, así como el resto del clero que lo acompañaba. Los curiosos, o los fieles, o una mezcla de ambos, se dispersaba, dejando ver una mesa que, en lugar de tablero, tenía un cristal, a través del cual podía verse un icono, lo que parecían libros de tapa dura con inscripciones y pinturas, pero que tal vez eran relicarios, y luego algunos objetos de plata, lámparas o incensarios. Todo ello rodeado de flores naturales. Desde las tripas de esa mesa hasta el artesonado y marquetería de techos y rincones, se observaba el predominio de estos dos colores, dorado y púrpura, con algunas pinceladas de plata. El conjunto daba la impresión de una suntuosidad y un lujo oriental, impregnado de la sangre de Cristo. De repente sentí el peso de una mirada como una losa que, sin darme cuenta, me hubiera puesto a sostener mediante un esfuerzo progresivo. Alcé los ojos y vi al autor de la misma. Uno de los sacerdotes, joven, vestido, él, de ocre y oro, no terminó de retirarse con los demás, sino que había regresado, fingiendo ordenar objetos aquí y allá; tenía un rostro muy blanco que parecía hecho con retazos de sábanas y unos ojos muy negros, con los cuales nos echó aún tres o cuatro vistas inquisitivas. Comprendí que se quedaría más tranquilo si nos alejábamos de las reliquias de san Basilio. Lo hicimos. Tanto Moussa como Nicolai escrutaban a través de la gelatinosa oscuridad, sin perder de vista la entrada. Me preguntaba cómo se las habría arreglado Lebedev para comunicar esa delicada información a Semión Kouliev. Esperaba que no lo hubiera hecho por teléfono, aunque fuera con un lenguaje críptico. Ambos eran, según parece, personajes provectos, con una larga experiencia en la lucha contra la mafia. Indudablemente habrá tomado precauciones, me dije. Sin embargo, a ese argumento se le podía dar la vuelta como a un guante. Precisamente a causa de esa oposición inveterada, pertinaz, hacia la mafia, ésta no habrá escatimado medios para acercar sus oídos lo más posible de sus bocas. Hoy en día, la técnica aporta instrumentos dotados de una eficacia temible y en ese aspecto yo mismo podía hablar con conocimiento de causa, ¿qué no sería para nuestros ricos y poderosos adversarios? A estas alturas, el toro habrá sentido ya el aguijón en el pescuezo, razoné, y estará furioso. Habrá iniciado las pesquisas en España, para borrar de la faz de la tierra a los nuevos detentores de las claves, después de haberlos torturado profusamente, por supuesto, para que les revelen los cambios introducidos en las mismas, pero también habrá activado todas sus células sensibles aquí en Moscú, donde sospecha que va a acabar llegando, tarde o temprano, el dinero escamoteado, pues de casa les parece que viene el golpe, aunque la verdad es que contra éstos poco parece que puedan hacer. En cuanto detecte nuestra presencia, sin embargo, comprenderá que hemos venido a entregar dichas claves y que no tiene más remedio que enviarnos a pudrir malvas, empleando para ello el procedimiento que haga falta, sin exclusión de los más extremos y truculentos, antes de que pongamos por obra nuestro designio. Tal vez ni siquiera estemos seguros en medio de las masas de turistas, dado el volumen del capital que está en juego.&lt;br /&gt;También yo me puse a escudriñar meticulosamente los rasgos de cuanto rostro caía en mi campo visual, con objeto de ver si descubría algún brillo sospechoso, particularmente intenso, por inquietud o exceso de atención. En especial de los que surgían desde rincones oscuros, de detrás de las columnas, o del interior de capillas, en cuyas pupilas quemaban todavía las candelas de los altares.&lt;br /&gt;El recinto, a pesar de su inquietante tenebrosidad, nos protegía, no solamente por su naturaleza sacra, sino también por el arte que contenía, surgiendo allí donde quisiera posarse la mirada. Razón por la cual traté de demorarme el mayor tiempo posible. Pero al fin tuvimos que abandonar la iglesia, pues las miradas negras del sacerdote pálido se hacían cada vez más frecuentes e inquietas.&lt;br /&gt;Al trasponer el umbral, la rutilante luminosidad exterior nos cegó en el mismo momento en que una nueva tromba de gente accedía al templo. Mientras nos abríamos paso entre la muchedumbre, conocimos instantes de incertidumbre, cada individuo que surgía de la marea humana podría ser el portador de una daga o de una pistola y desbrozarnos un camino hacia la muerte antes de que pudiéramos darnos cuenta de lo que había sucedido.&lt;br /&gt;Atravesamos, sin embargo, el tropel con más miedo que pena e iniciamos nuestro avance a través de la plaza roja. Ese teatro al aire libre de las glorias soviéticas me produjo un cierto malestar, una sensación parecida al remordimiento de un pecado que yo mismo hubiera cometido y era ciertamente una mezcla de nostalgia y desilusión. Pensé que eran muy pocos los fervores del desgraciado siglo veinte que merecieran ser salvados para la posteridad, el lector que consiga leer, en los tiempos venideros, hasta el final la historia de ese siglo aciago, cerrará con un horror y con un hastío cercano a la náusea las tapas de semejante libro. Se podrá discutir si en él se produjo o no el Apocalipsis anunciado por Juan, pero de lo que no hay duda es que generó el advenimiento de la prostituta escarlata, uno de sus símbolos más claros de desilusión, degeneración y muerte irrevocable e irremisible, con la cual hemos fornicado cuantos hemos vivido esos tiempos malogrados por el infortunio, excepto acaso un puñado de seres perfectos, si los hubiere, porque parece que siempre tiene que haberlos.&lt;br /&gt;En el otro extremo alcancé a ver un imponente edificio de ladrillo rojo y tejado blanco, con múltiples torreones coronados por conos de dicho color, como si hubiera acabado de nevar en el mes de agosto. Le pregunté por él a Nicolai. Es el museo histórico, repuso. Pues vamos a dejar pasar en su interior un buen rato, ahí sí podemos demorarnos porque justamente uno va para demorarse.&lt;br /&gt;Permanecimos en él hasta la hora del cierre, con los nervios cada vez más tensos a medida que se acercaba el momento fijado para la cita con Lebedev. Sin proponérmelo, como si de un movimiento peristáltico se tratara, mientras observaba los objetos expuestos en las vitrinas, los incunables de los anaqueles, los cuadros, los retazos de la capital que se podían percibir a través de las ventanas, no podía dejar de imaginar las escenas que se habrían sucedido durante esa larguísima tarde, bajo la corteza de pizarra y de cemento de la urbe, a partir del instante en que se había producido la fuga de información. Si es que realmente ésta había tenido lugar. Y no podía parar de temer que así había sido y consideraba como un hecho absolutamente portentoso, casi improbable, que pudiéramos estar disfrutando, a nuestro sabor, durante toda la extensión de aquella sobredorada tarde de un verano perfecto en su serena madurez, de semejante tranquilidad, tan resueltamente cuajada en todo aquello que podía alcanzar nuestra vista. Sin embargo, a medida que iban pasando los minutos, comenzaba a cundir la esperanza de que el milagro se estuviera gestando en toda su rotunda magnificencia, en medio de aquellas pinturas cubiertas de la pátina de los siglos y de aquellos papeles amarillentos, exhibiendo una caligrafía enigmática, incomprensible para mí, tal una profecía declarada en lenguaje críptico y simbólico.&lt;br /&gt;Sentados en un banco de la plaza situada a las espaldas del museo histórico, esperamos un rato más, desconfiando ya de cualquiera, hasta de los turistas japoneses que tomaban fotos en las que forzosamente habíamos de salir. Cambiamos, a poco, de banco pues nos habíamos situado en un punto en el que se cruzaban muchas líneas de mira para las instantáneas, las del Kremlin, las del Carrusel, las del propio museo histórico. Pero entonces nos inquietaban los automóviles que circulaban a nuestras espaldas, excesivamente cerca.&lt;br /&gt;La incertidumbre de la muerte es mil veces peor que la muerte misma. Fíjate, ahora sabes que vas a morir y pareces tranquilo. La has asimilado ya la muerte, te has resignado a ella. El hombre que sea capaz de efectuar esa operación sin que lo encañonen con una pistola, en verdad puede aspirar a todo. Pero con la pistola, es una actitud casi banal; los ojos de Leviatán la han contemplado hasta la saciedad. El temor a la muerte es sólo una cuestión de imaginación y también de experiencia del dolor, por supuesto. Mas en este último aspecto nada tienes que temer entre las manos expertas de Leviatán, verás tan sólo un punto de luz antes de entrar en la sombra espesa; si te portas bien, claro. Me pregunto qué demonios van a ganar con mi muerte los que te envían, si la información que poseo está a buen recaudo y la comparto con mi organización. Leviatán es un ejecutor, no se hace preguntas. Sin embargo, pienso que algo habrán previsto a este respecto….&lt;br /&gt;Por el contrario, la acción es un buen remedio contra la angustia, aunque se trate de un mero paseo, incluso si somos perfectamente conscientes que dicho paseo nos conduce todo recto hacia el lugar en que nos aguarda el peligro. Cuando al fin nos encaminamos, con paso lento, hacia la taberna en que debíamos encontrarnos con Lebedev, sentí el corazón más ligero y determinado, a pesar de que toda una tarde de reflexiones intensas me habían llevado al convencimiento de que había muy pocas probabilidades de que saliéramos con vida de aquella empresa, la cual se hallaba, ciertamente, muy por encima de nuestras posibilidades. Pero ¿acaso podíamos parar desde el momento en que procedimos al secuestro de Ruano? Ese acto significó ya un atentado contra los intereses de grupos poderosísimos, a partir de ahí no tuvimos otra elección más que la huída hacia delante. Si exceptuamos, por supuesto, vuestra osada injerencia en los asuntos íntimos de la altiva paloma. Vosotros mismos le pusisteis el segundo brazo al torno que os había de aplastar. Si quieres mi punto de vista, aunque ya no te sirva de gran cosa, todo lo demás hubiera pasado, excepto esto, tus otras travesuras hubieran podido ser consentidas, en espera de ser asimiladas, pero no ésta, que fue la gota que hizo desbordar el vaso; si bien yo en realidad no sé nada, a decir verdad.&lt;br /&gt;Acudimos a nuestra cita diez minutos antes de las ocho. Lebedev todavía no estaba. No hubo más remedio que pedir unos aperitivos mientras lo aguardábamos. Personalmente no tenía todavía ni pizca de hambre. Le pedí a Nicolai que, cuando llegara el moment
